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Presentaciones

Dinamitar la propiedad ajena

Texto introductorio del especial El futuro no es nuestro

Por Naief Yehya

Juventud es demagogia.

Pocos atributos son empleados con tanto descaro para promocionar productos, y vender estilos de vida, como la noción de la juventud. Cada nueva generación, cada grupo de creadores noveles deben ser estandartes de vitalidad y ruptura, de transición y de inconformidad. Nada más peligroso que creer en ese cuento, nada más absurdo que ignorarlo. Por tanto debemos olvidarnos del mito de la juventud y poner atención al trabajo de los jóvenes. Eso es lo que ha hecho el escritor peruano, Diego Trelles Paz.

La tarea de hacer una antología de plumas jóvenes de todo un continente es obviamente compleja, indigesta e insalubre. No solamente, es una apuesta riesgosa sino que es la mejor manera de hacerse de enemigos. Sin embargo, alguien tiene que hacerlo. Alguien tiene que jugarse el prestigio y la vida mostrando la obra de estos autores a otros lectores, y estableciendo vínculos y puentes entre escritores jóvenes. Trelles, se aventuró por ese territorio, y recogió el trabajo de decenas de escritores nacidos, como él, entre 1970 y 1980. Eligió los mejores relatos a su parecer y los reunió en una antología. Así, simplemente, como un acto que no necesita ser justificado.

Trelles menciona que se trata simplemente de una selección de textos, hecha únicamente en consideración de su valor, no de los nombres, ni de los prestigios, ni las nacionalidades, ni los géneros, ni las ideologías, ni las editoriales. En el espíritu de esta era Trelles no hizo una antología, sino dos, una selección amplia en línea, en la que incluyó a 63 autores de 16 países, y otra impresa en papel con 20 escritores de 14 países. La tarea parecería rutinaria, una colección más de jóvenes optimistas deseosos de conquistar el mundo con unas cuantas páginas. Sin embargo, Trelles escogió un título significativo para la antología que resume su escepticismo: El futuro no es nuestro. Estas palabras pueden interpretarse de mucha maneras, pero es imposible perder de vista la ironía y el curioso desapego con que Trelles asume su función. Primero es el reconocimiento de que a estas alturas nadie puede ser tan romántico como para imaginar que las letras puedan cambiar al mundo (aunque exista la posibilidad de que lo hagan). El título tiene también una connotación geopolítica, un reconocimiento del orden cultural hegemónico y, sobre todo, un vigoroso deslindamiento de responsabilidades: “no tenemos culpa alguna por el futuro que nos espera”.

El futuro no es nuestro es un deleite por su diversidad y por sus propuestas desparpajadas que no buscan el cobijo de las viejas luminarias y santones latino americanos. En ese sentido sigue la trayectoria de antologías como McOndo (Fuguet y Gómez, 1996), pero afortunadamente las diferencias de tono, estilo y temáticas son notables. Estos autores no tienen ya la obligación de romper con el realismo mágico, ni con el boom, ni con el crack ni con otros traumas literarios desechables. Parecería que el calentamiento global ha desquiciado hasta las corrientes literarias.

Tenemos aquí la oportunidad de visitar pueblos antropófagos que tratan de preservar sus tradiciones en el mundo moderno, hijos de la revolución sandinista reeducados en el consumo, invasiones de gigantescas tortugas enfermas, enredos policíacos pesadillescos, superestrellas porno atribuladas por sus orígenes indígenas, asesinatos impunes y aparatosos actos sexuales (incluyendo un acto de perturbadora pedofilia). El futuro se parece al presente, pero como no es nuestro, nada mejor que ponerle una bomba y disfrutar el espectáculo pirotécnico.

Brooklyn, a 25 de julio del 2008

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