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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Álbum

Por Rodrigo Hasbún

Sábado. Departamento.

Alejandra está desnuda, en el baño, sólo se ha dejado el sostén, y tiene unas tijeras enormes en la mano. Son de su hermana, las ha encontrado hace un rato en la salita de costura, las ha cogido y se ha encerrado en su cuarto, luego ha decidido ir al baño, quitarse la ropa, mirarse en el espejo. Alejandra ha descolgado el espejo y lo ha acomodado en el suelo, sus pies descalzos están ahora fríos, inclinándolo lo necesario para verse reflejada de cuerpo entero. Desnuda, viéndose de cuerpo entero, sólo un pequeño sostén de algodón cubriéndole el cuerpo, las tetas empezando a perder firmeza, no sonríe y tiene unas tijeras enormes en la mano. Le encantaría que le tomaran una foto en ese momento. En realidad le encantaría que los demás, sobre todo él, que la ha poseído, que le ha robado la vida, pensaran que le encantaría. Se acaricia el pubis, mirándose en el espejo como si no fuera ella misma, como si la mano delicada y el pubis frondoso y oscuro, ese pedazo de cuerpo por el que se pasea la mano intrusa, no le pertenecieran o al menos no del todo, sólo a veces, en tardes diferentes. Es sábado y su hermana y el novio de su hermana hacen la siesta en el dormitorio contiguo al suyo, el departamento permanece silencioso, la gente de su ciudad descansa. Él, el hombre que ha hecho tanto daño y tanto bien, también debería estar con ella. Piensa en el hombre, en el muchachito, y empuña las tijeras enormes con fuerza, las acerca al pubis, hace un primer corte, caen unos pocos pelos diminutos. La próxima vez que me desnude y hagamos el amor, la próxima vez que aparezca, piensa Alejandra, se llevará una sorpresa. Preguntará por qué lo he hecho y le diré que estaba aburrida, que tenía curiosidad de verme así. Debería ir por la cámara de fotos, piensa también, mientras hace un segundo corte, debajo del pubis frondoso y oscuro piel blanca y suave, como de niña, pero esto lo piensa sin convicción. En ese momento exacto suena el timbre de su departamento. Se pone nerviosa, no sabe qué hacer, debería vestirse rápido, asomarse a la ventana, ver quién es, ver si es él, probablemente es él, aburrido, con ganas de sexo y su excusa habitual de recompensa, un recorte de periódico, un helado, una película, pero no puede dejar el baño así, no quiere correr el riesgo de que su hermana o su cuñado vean algo y luego pregunten. Vuelve a sonar el timbre, Alejandra se ha quedado quieta, paralizada por las dudas. Escucha a su hermana abrir la puerta de su dormitorio, la escucha preguntándole en voz muy alta por qué no atiende. La imagina asomándose a la ventana mientras larga el agua. ¿Ale? Estoy en el baño. Es para ti. ¿Quién? Rodrigo. ¿Le digo que suba? Se está vistiendo rápido, está acomodando el espejo en la pared. Sí, porfa. Aunque estaba segura hasta hace segundos ya no sabe qué dirá cuándo él la desnude y le pregunte qué le ha pasado a su pubis, a qué se deben esos huecos. Sale, tijeras en mano, pero ocultas, y su hermana, aún soñolienta, le pide que ella conteste timbres y llamadas, si no se ha dado cuenta intentan dormir. Sí, dice Alejandra, yo me encargo. Su hermana entra en su dormitorio y ella deja las tijeras en la salita de costura, abre la puerta de su departamento, sale a las escaleras, escucha sus pasos. Apenas lo ve abre sus brazos para que él la abrace. Se ha prometido no volver a hacerlo pero no puede evitarlo. Y abre sus brazos y él la abraza. No la besa en la boca, no le dice que está linda o que ha estado pensando en ella. Esta vez ni siquiera trae consigo una excusa para su visita supuestamente inesperada. Se encierran en su dormitorio y hacen el amor, él no se da cuenta de nada. Se quedan dormidos. Cuando despiertan, una hora después, dice que debe irse. ¿A dónde?, pregunta Alejandra. A trabajar. Hoy es sábado. Sí, los sábados suelen ser días productivos. Sorprendida de su propia docilidad, no ha hecho nada por retenerlo, lo despide en las escaleras. Luego vuelve a su dormitorio y se mete en cama, las sábanas todavía huelen a ellos dos, el cuarto cargado de una fragancia espesa. Mira la estantería de libros. Coge uno al azar, lo hojea, lo deja sobre el velador. Tiene veintidós años, no se siente en control de sí misma, está pensando irse a vivir al exterior. Lo haré, se dice una y otra vez, en voz baja, como si oírse a sí misma dotara a su deseo de mayor realidad. Media hora después regresa al baño, esta vez sin tijeras. Abre los grifos de la ducha, espera que el agua entibie, deja la mano debajo del chorro de agua. Se mira al espejo mientras tanto. Y vuelve a repetir dos o tres veces más que lo hará. Pero ya no cree mucho en sus palabras.


Domingo. Ciudad.

Se asoma a la ventana, es él, a unos pasos ha estacionado la vagonetita blanca. Antes de que le lance las llaves, Rodrigo dice que no tiene ganas de subir. Vamos a dar una vuelta, dice. ¿A dónde?, pregunta Alejandra. No sé, responde él, gritando, su voz llega apenas al cuarto piso, el último del edificio. No estoy arreglada. No importa, sal como estás. Su hermana y el novio de su hermana se han ido de excursión al campo, siempre están juntos, se quieren. A mi me gustaría llevar ese tipo de vida de pareja, piensa en el baño, pintándose apresuradamente labios y ojos. Va vestida con una falda muy corta, amarilla. Hace un calor infernal. Él ni la besa. Su presencia, haber aparecido, ya es suficiente o eso debe creer. Ella lo cree, no exige más. Está agradecida de verlo, sus visitas los domingos son aún más ocasionales que las de los sábados. Esa falda me va a matar, dice él. Alejandra sonríe, sus piernas cruzadas en el asiento de acompañante, la vagonetita blanca atravesando las calles de su barrio. Le encantaría que le tomaran una foto en ese momento, pero una foto que tuviera la capacidad de almacenar sonidos, la voz de él diciéndole lo que acaba de decirle. Para ella son palabras de amor. También una incitación a más sexo. ¿Cómo te fue ayer?, pregunta. Mal, responde él, estuve sentado delante de la computadora durante horas y no salió nada. No le pregunta cómo le fue a ella, qué hizo después de que se fuera, si salió en la noche. Estira una mano, la apoya sobre sus muslos descubiertos, ella los abre un poco, deja que la mano siga subiendo. Hoy saldré con una amiga, dice Alejandra, es mentira, hace tiempo que sus pocas amigas han desaparecido, ocupadas en amoríos pasajeros o permanentes, eso las rige, no tienen nada más en la vida, quizá yo tampoco, quizá nadie, sólo excusas. ¿Con quién?, pregunta Rodrigo y levanta su mano para cambiar de caja (después de cambiarla, sin embargo, no la vuelve a apoyar, está celoso, ella ha aprendido a interpretar sus reacciones). Una amiga de la oficina, responde Alejandra. ¿La conozco? No, es nueva. Se detienen ante un semáforo, le tocan la bocina. Él mira por el retrovisor, saca el brazo y apunta hacia la señal de tránsito. El conductor del coche, un cuarentón de barba, vuelve a tocar la bocina. Ella sabe que eso va a enfurecerlo, lo ve sacar su cabeza por la ventanilla, gritarle al otro que no sea hijo de puta, que el semáforo está en rojo. Cambia de color, parte, el coche de atrás empieza a seguirlo y a intentar rebasarlo. Hijo de puta, dice Rodrigo, hijo de la gran puta. No lo deja pasar, llegan a otro semáforo, la callecita es angosta. Se baja, furioso. Alejandra no sabe qué hacer, sólo lo mira desde el asiento de acompañante. ¿Eres ciego, mierda?, le grita al conductor del coche blanco. No hay nadie, es domingo, le grita el conductor a Rodrigo. ¿Y los domingos no hay accidentes? Si no hay gente, no. Por mierdas como tú el país está como está, por mierdas como tú que no son capaces de hacerle caso a un semáforo. Mierda tu madre, grita el cuarentón, detrás de su coche han aparecido dos más, tocan sus bocinas, quieren pasar. Lo siento, dice unos minutos después, son las primeras palabras. Alejandra le acaricia el cabello, es su respuesta. Se acerca y le da un beso en la mejilla. Renegón, dice, renegoncito lindo. Sabe que él va a volver a repetir su perorata sobre las normas básicas y sobre el respeto, pero no le importa oírlo nuevamente, lo siente más cerca cuando está así. La vagonetita blanca llega a la puerta del motel, Alejandra sabía que irían, dar vueltas había significado ya en tardes iguales alquilar una habitación en las afueras de la ciudad. La excita mucho la idea de hacer el amor en cuartos anónimos donde otras parejas han cogido ese mismo día o la noche anterior. Él la empuja a la cama y le quita la falda sin dificultades. Luego le arranca las bragas, se baja el pantalón hasta las rodillas y la penetra. Alejandra se mira en el espejo del techo, las piernas abiertas, el hombre embistiéndola a un ritmo constante, el culo blanco del hombre que ama perdidamente, la mitad de sus piernas peludas que no cubre el pantalón aún puesto. No traje cigarrillos, dice ella, desde el baño, está orinando, van a irse pronto. Compramos en el camino, responde él. Cuando vuelve y se echa a su lado, después de que ella ha apoyado la cabeza sobre su hombro, Rodrigo pregunta a qué hora se encontrará con su amiga. Alejandra se queda callada unos segundos. Era mentira, dice. Él siente el impulso de decirle que la quiere pero lo vence y dice alguna otra cosa. Ella se ha dado cuenta. Yo también te quiero, dice ella.


Martes. Calle.

A Alejandra le encantaría que le tomen una foto de su regreso a casa poco antes del atardecer, fumando mientras camina, mirando a la demás gente existir. La demás gente existe más que yo, sus vidas son más auténticas, piensa Alejandra, y ésas serían las palabras que anotaría en el reverso de la foto. También anotaría: algunos cigarrillos son lo mejor que me ha pasado en la vida. Poca gente debe disfrutar más que ella los minutos de humo, las figuras en el aire, el regusto en la boca cuando todo ha terminado. Desde la oficina lo ha llamado. Una foto de ella llamándolo no le hubiera gustado, sobre todo porque luego, cuando le dijeron que no estaba, se puso triste. Ahora, de regreso a casa, lo ha olvidado y está tranquila. Terminará de leer la novela que ha empezado la noche anterior. Intentará escribir. Hará sus tareas para las clases de inglés, sólo las tiene dos días a la semana, miércoles y viernes. Te ha llamado Rodrigo, le dice su hermana. ¿Alguien mas?, pregunta ella, aunque está segura que no. Nadie, responde su hermana. Se sientan en la cocina y se preparan dos tazas de café. Conversan durante horas. La demás gente existe más que yo, vuelve a pensar Alejandra. También piensa que no va a poder terminar de leer la novela y menos aún escribir algo, un principio de cuento, un poema.


Miércoles. Café.

Quiere escribir un cuento sexual. Un cuento en el que se describa minuciosamente un encuentro amoroso entre un catedrático y su alumna preferida, lo que siente una mujer cuando se mete hasta la garganta un pene erecto, el adormecimiento de su boca después de algunos minutos. Quiere escribir un cuento sexual pero no mostrárselo a Rodrigo. Quiere escribir un cuento sexual que luego sea su secreto. Un cuento extremadamente sexual en el que el catedrático aguante horas antes de eyacular y la alumna quede adolorida de tanto coger. Ha intentado varios principios y ha escrito líneas sueltas, el asunto no prospera. A Alejandra le encantaría una foto de sí misma escribiendo, sentada en una mesa de café, detrás de un ventanal enorme, mirando hacia la página en blanco, perdida en sus pensamientos, distante, casi ausente, un cigarrillo consumiéndose en el cenicero.


Viernes. Departamento.

Alejandra se encierra en el baño. Tiene unas tijeras enormes en la mano, ha acomodado el espejo en una posición que le permita verse de cuerpo entero. Va a quitarse el pubis, primero cortando los pelitos, luego rasurándose lo que quede. Se la ha metido en la cabeza que debe hacerlo y que el descubrimiento agradará a Rodrigo. Tarde en la noche, después de darse una ducha y arreglarse, sale a caminar. Él le ha dicho unas horas antes que estaría en el cafecito de siempre. Está leyendo en una de las mesas de la terraza diminuta, concentrado, no la ve acercarse. Le tapa los ojos, le da un beso en la oreja. Por un momento se siente feliz. La halaga el hecho de que él la haya buscado tan pronto después de que ella no le devolviera la llamada del otro día. No le devolvió la llamada precisamente para ver cuánto tiempo tardaba en buscarla. Tardó tres días, mucho menos de lo que Alejandra hubiera supuesto y pronosticado. Chiquito, le dice Alejandra después de besarle la oreja y devolverle la visión. El lugar donde hemos sido felices, anotaría en la foto que le encantaría que le tomaran en ese momento. Si la anotación la haría ya desde su nuevo país, desde una ciudad enorme, añadiría entre paréntesis: (ya no existe, existe cada vez menos). ¿Un café?, pregunta Rodrigo. Creo que una cerveza, responde ella. Se siente extraña, debajo de las bragas hay un nuevo roce. ¿Qué estás leyendo? Él levanta el libro y se lo pasa. ¿Qué tal? Por el momento bien, responde, poniéndose de pie. Vuelve con un café y una cerveza. ¿Tú no querías? Estoy mal de la garganta. Para variar. Sí, para variar. Sonríen, él se acerca y le da un beso en la mejilla. He pensado mucho en ti esta semana, le dice. No menciona la llamada no devuelta, no menciona nada, dice esas cuantas palabras que a ella la alegran inmensamente y ninguna más. Yo también, responde ella. Dos horas después van caminando juntos hasta la puerta del edificio. Alejandra ha mirado desde la esquina hacia su departamento y ha visto las luces apagadas, su hermana no está, cuando su hermana no está se cohíbe menos en la cama, se calla menos, gime sin ningún pudor. Está segura que subirán, que harán el amor. Él, antes de que ella lo invite a pasar, le dice que está cansado. Subí un ratito, pide Alejandra, aunque se ha prometido en otras ocasiones no insistir jamás, sólo un ratito. No sabes lo cansado que estoy, dice Rodrigo, su mochila al hombro, y me está doliendo la cabeza. Yo te hago un té con limón y miel para la cabeza y para la garganta, y luego te curo con besitos. Otro día, Ale, dice él, ahora sólo quiero llegar a casa y meterme en cama. Te iba a mostrar algo, dice ella, no puede evitar seguir insistiendo, luego se lo reprochará a sí misma (luego anotará en su diario: perra, miserable, anotará: te gusta que te pisoteen, anotará: disfrutas, anotará: tienes que irte lejos, inventarte desde cero, olvidar tu afición de mierda y mugre, ser normal), él sonríe, a ella le cuesta descifrar el verdadero significado de esa sonrisa, ya empieza a sentirse mal, la felicidad que había estado durando tanto hasta hace poco se esfuma en segundos, antes de decirle que es una jodida, que siempre quiere salirse con la suya, que nunca hay manera de decirle no. Esas palabras la hieren, acentúan la nueva sensación de culpa. Sólo quería estar contigo un rato más, dice, no nos vemos hace mucho. Hace unos días, dice él. Hace una semana, dice Alejandra, no importa, para mí es mucho, al parecer para ti no. Sí es, dice él, sólo que estoy muy cansado, ¿te cuesta tanto entender eso?, ¿por qué siempre te atribuyes toda la culpa a ti? Si de verdad tuvieras ganas aguantarías el cansancio, dice Alejandra en voz baja, ya no quiere que suba, ya no quiere que hagan el amor, ya no quiere mostrarle su pubis lampiño (luego anotará en su diario: lo he hecho por ti, para excitarte más, para que pienses que soy otra). Lo que molesta es que insistas tanto, dice él, que no soportes una negativa. Mil negativas, un millón de negativas, sólo cuando tú quieres, cuando yo quiero no interesa. Rodrigo se queda callado, Alejandra se pone a llorar, Rodrigo la abraza. Tres minutos después está sentado en el asiento trasero de un taxi. Regresa a casa.


Sábado. Departamento.

Llama y cuelga. Llama, escucha su voz por unos segundos y cuelga. Al menos está ahí. El pensamiento reconforta a Alejandra. Al menos no ha salido. Quizá más tarde. Con otra mujer. O solo. O con algún amigo de colegio. No tiene muchos amigos, piensa Alejandra. Como yo. No le gusta mucho estar con otra gente. A la otra gente no le gusta mucho estar con él. La persona con la que pasa más tiempo es conmigo. Tengo que intentar comprenderlo, piensa Alejandra, darle mi apoyo, no ser una molestia. Tal vez la que está fallando finalmente soy yo. Tal vez lo presiono demasiado. Necesita más tiempo para la literatura. Necesita más tiempo para encontrarse con su deseo y venir corriendo a buscarme. Quiero ser un buen lugar para él, piensa. Coge el teléfono, marca su número. La voz de Rodrigo, esta vez más impaciente, repite hola, hola. Hola, dice Alejandra después de unos segundos de duda. ¿Llamaste antes?, pregunta él, estaba preocupado, imaginándome mil historias. No, dice Alejandra. ¿Cómo estás?, pregunta él. Bien, responde ella, ¿tú? Sentado delante de la computadora tres horas y ni una sola línea. Tómatelo con más calma. Me lo tomo con calma, no sé qué está pasando. Sólo quería saludarte, saber si estabas bien. Gracias, qué lindo que llames. ¿En serio? En serio. Alejandra está sobre su cama, mira hacia su estantería, se detiene en los lomos de algunos libros. Disculpa por anoche, dice Rodrigo. Yo debería ser la que se disculpa, por insistir tanto. Estoy frustrado, no poder avanzar me está desordenando entero. Lo peor es que sé hacia dónde ir y no salen las palabras. Ella aguarda a que él siga hablando. Tengo miedo de que aquí se muera todo, de no poder continuar. Alejandra cierra los ojos, lo imagina en su cuarto, la computadora encendida, una taza de café o una botellita de agua sobre el escritorio. ¿Tú?, pregunta. ¿Yo? ¿Estás escribiendo algo? Tengo una idea metida en la cabeza pero no sale nada, ni una sola frase convincente. No te impacientes, dice él. Tú tampoco, dice ella. Tiene ganas de preguntarle qué hará esa noche, si no quiere ir a visitarla un ratito, despejarse la cabeza. Tiene ganas de preguntarle qué hará al día siguiente, invitarlo a almorzar, sus tardes de domingo suelen ser aún más tediosas que las de los sábados. ¿Cómo lo harán estos tipos?, dice él. ¿Qué tipos? Estos tipos, ¿cómo lo hará Philip Roth, cómo lo hará Coetzee, cómo lo harán Bolaño o Marías? Escribir tanto y tan bien, no parar nunca, libro tras libro. Son escritores viejos, lo interrumpe ella, ya se han encontrado, debe ser más fácil entonces. ¿A ti no te inquieta escribir tan poco? Sí, pero me inquieta más escribir tan mal. No escribes mal, Ale. Escribo mal. Al lado de ellos, pésimo. Pero no puedes compararte con ellos, dice él. Tú eres el que se está comparando. Sólo en cantidad, dice Rodrigo. Alejandra ha deslizado una de sus manos debajo de su pantalón y de sus bragas, le entretiene tocarse la piel rasurada, suave. Como cuando era niña, piensa. ¿Por qué les excitará tanto a los hombres que nos rasuremos el pubis? ¿Por eso, porque nos hace parecer más niñas? Con el índice recorre los bordes de su vagina y se detiene en su clítoris. La sensación es placentera, imagina que es la mano de él. Hunde el dedo un poco y lo saca y vuelve a hundirlo, esta vez acompañado de otro. Luego los huele. Sólo hace unas semanas ha empezado a tocarse a sí misma, vencer el pudor, incursionar en su propio cuerpo, descubrir qué es lo que más le gusta. Me está doliendo la cabeza, dice Rodrigo. Chiquito, dice ella, deben ser los nervios. Apoya el teléfono en su hombro y mete su otra mano debajo de la blusa, recorre el sostén, se acaricia los pezones, los aprieta fuerte. No estoy nervioso. Estás. Nervioso no. Preocupado, pero tampoco tanto. ¿Qué vas a hacer esta noche?, pregunta Alejandra. Rodrigo se queda callado, no responde. Ven un ratito, le susurra ella en voz baja, provocativa, sabe que no debería pero tiene ganas de verlo. Si dice que no, no insistiré, se dice. Además quiero mostrarte algo. ¿Qué?, pregunta él. Algo que te va a gustar.


Lunes. Café.

El más llamativo de los principios: Cuando se agachó a recoger el bolígrafo que ella había hecho caer a propósito, el profesor descubrió que su alumna preferida tenía el pubis rasurado. Pero luego no prosperaba, no dejaba que otras frases se le unieran. El segundo más llamativo de los numerosos principios anotados en el cuaderno de escritura: La noche anterior el profesor soñó con su alumna preferida. Alejandra se da cuenta que uno de los hombres de la mesa de al lado la mira insistentemente. Se siente incómoda, pretende que está escribiendo, levanta la cabeza sólo para ver a través del ventanal. Otro principio: Aunque desconociera las causas precisas de su excitación, la muchacha estaba empapada. Otro: Le hedía la concha y sabía que él percibiría el olor desde la mesa de los profesores, a varios metros de distancia. La foto sería la misma. Alejandra en una mesa de café, escribiendo. El desconocido que está mirándola no se llegaría a ver o aparecería de fondo, fuera de foco.


Miércoles. Clases de inglés.

Alejandra piensa que quiere ser muy explícita en su cuento sexual. Piensa también que quiere ser muy vulgar. El profesor está hablando delante del curso. Foto de Alejandra pensando, distraída, la falda ligeramente levantada, pero sin querer.


Miércoles. Departamento.

Después de haber estado conversando durante una hora con su hermana y el novio de su hermana, estudiantes de Sociología ambos, Alejandra se encierra en su cuarto y saca el cuaderno de escritura. No le ha preguntado si alguien la ha llamado durante el día y siente pereza de ir hasta la cocina a averiguarlo. Lo más probable es que nadie. Le hedía la concha y sabía que él percibiría el olor desde la mesa de los profesores, a varios metros de distancia. Alejandra empieza a escribir. Era un olor acre, rancio, a podrido. Sin embargo resultaba agradable. Le hedía la concha porque no se la lavaba hace días. No se la lavaba para producir ese olor. Alejandra no sabe si adoptar el punto de vista de la muchacha. A pesar de ser horrible, el profesor le gustaba. Su desmesurada inteligencia, su apasionada erudición, la trastornaban, no la dejaban dormir. Decidió no lavarse la concha durante días, lograr que él percibiera el olor, atraerlo sin palabras. El profesor la miraba en clases. En ese momento la miraba fijamente. Ya habría empezado a darse cuenta, pensaba la muchacha. Alejandra deja el bolígrafo a un lado. Se siente estúpida. Soy una pésima escritora, piensa. Decide tomarse un descanso. Su hermana y el novio de su hermana le preguntan a dónde va tan tarde. A caminar, dice. ¿Y ese sobre?, pregunta su hermana. No preguntes, dice Alejandra. Es una carta que escribió durante la semana. La deja en la portería del edificio donde vive Rodrigo. El portero mira su reloj. Es un poco tarde, señorita, dice, se lo doy mañana en la mañana. Alejandra da la vuelta en la esquina y se queda observando el edificio de costado. Su dormitorio está con las luces apagadas. Aún no ha visto su pubis rasurado y los pelitos empiezan a crecer, la piel menos lisa, como una barba de días. Eres lo mejor que me sucedió en la vida, le ha escrito varias veces desde que lo conoció, hace ya años. Esta vez, al final de la carta, ha puesto otra línea, también de amor. Otra línea, la opuesta, pero que bien visto significa lo mismo. Y no ha mencionado lo del pubis.


Jueves. Oficina.

La criada le dice que el joven no está. Le pregunta de parte de quién, es nueva, no la conoce lo suficiente para identificarla y menos aún cuando Alejandra finge la voz y no la saluda por su nombre. Cuelga. Sigue revisando los papeles que su jefe ha dejado sobre su escritorio. Redacta un informe, lo imprime, se lo entrega. Le devuelve los papeles. A media tarde toma un café con la secretaria y una de las investigadoras jóvenes. Ellas también deben ser mujeres abandonadas, piensa. Todas las mujeres, piensa, son mujeres abandonadas. Hablan sobre el clima. Los últimos cuatro minutos antes de las seis se los pasa mirando su reloj.


Viernes. Clases de inglés.

Aunque desconociera las causas precisas de su excitación, la muchacha estaba empapada. Y su concha hedía, tanto que el profesor, a varios metros de distancia, parecía haberse dado cuenta. No dejaba de mirarla. Su alumna preferida, puesto que lo era, empezó a imaginarlo desnudo, masturbándose debajo de la ducha, pensando en ella. No era apuesto ni joven. Su manera torpe de moverse, sin embargo, sus titubeos, su nerviosismo, resultaban irresistibles. Alejandra escribe el párrafo y se distrae. Sus compañeros repiten en voz alta lo que el profesor dice en inglés en ese momento. Alejandra siente ganas de llorar. Alejandra piensa: cómo será cuando él deje de estar, el fin de la violencia y del amor. Imagina una ciudad enorme, de millones de habitantes. Escaparates iluminados, librerías abiertas toda la noche. Hombres besándose en la boca en esquinas oscuras. Viejas salas de cine sin una sola butaca libre. Alejandra piensa: ya tendré hacia dónde mirar, más materia para la nostalgia y la tristeza. Necesito hablar con usted, le dice al final de la clase el profesor a su alumna preferida. Cuando todas las demás muchachas han salido del aula, la última de ellas cerrando la puerta, él le pide que se siente sobre la mesa de los profesores. ¿Para qué?, pregunta ella mientras lo hace. Abra las piernas, dice él, quiero saber si el olor es suyo. No tiene puesto un calzón y su vagina es pequeña y rosada. ¿Así la imaginó?, pregunta la alumna. No la imaginé tan bonita, dice él, metiendo uno de sus dedos, ni tampoco tan hedionda. ¿Le daría asco chuparla?, pregunta la alumna. Alejandra sonríe. No se cree nada de lo que está contando. Le gusta poder hacerlo, ser capaz de nombrar las cosas por su nombre, inventarse como una escritora impúdica. Pero no lo es. Tampoco es una mujer impúdica. Se esfuerza por aparentarlo, eso es todo. Siempre ha forjado una imagen muy distinta a la verdadera y los demás le han creído siempre. Cuando ha intentado ser consecuente con la imagen forzada ha descubierto que ella no es así, que sólo puede ser tan atrevida y tan audaz en la imaginación. En el camino de regreso a casa decide ir a tomarse una cerveza. Desde el anterior viernes que no ve a Rodrigo y esa vez él no quiso subir a su departamento. Se está vengando, piensa Alejandra. Debió pasarlo muy mal con el asunto de Manuel. Es incapaz de olvidar, de darse una tregua, de dejar de ser tan autodestructivo. Le gusta hacerse daño, ya le han traído su cerveza, ya ha sacado el nuevo libro que está leyendo, igual que a mí. Pero es más fuerte. Su soledad es más verdadera, convive con ella mejor que yo. Yo ya no la soporto, piensa Alejandra. Sobre todo porque él está ahí detrás. Si él no estuviera ahí detrás sería más fácil. Estar sola significa ahora estar sin él. Para él estar solo significa estar solo. Abre el libro, se distrae. Leer la distrae, intentar escribir la distrae. Creerse en la mentira de que será una gran escritora. Él sí lo será, piensa Alejandra. Basta de pensar, piensa. Pasa de página, vuelve a pasar de página. Termina el capítulo y la cerveza, pide otra y luego una más. De regreso a casa decide detenerse en la tienda de la esquina, comprar un paquete de cervezas. Si su hermana y el novio de su hermana están en el departamento las beberá con ellos. Si no, lo hará sola. Últimamente le gusta beber sola. Últimamente bebe más que antes. Le da rabia que él no haya querido ir a visitarla la otra noche. Le da aún más rabia que luego no haya contestado a la carta que le dejó en su portería. Quizá no se la entregaron, piensa, subiendo las escaleras de su edificio, no sería la primera vez que pasa, esos porteros son olvidadizos o a veces las pierden a propósito para leerlas en sus casas, mujer al lado. Su hermana y el novio de su hermana están, pero encerrados. Hacen el amor. Su hermana gime. Como si le estuvieran provocando dolor, piensa Alejandra. Cierra la puerta de la cocina, se quita los zapatos, le gusta sentir las lozas heladas en la planta de los pies. Es un verano más caluroso que otros. Abre una primera botellita, enciende un cigarrillo. ¿Haría esto Valeria?, se pregunta. Se ha descubierto en más de una ocasión queriendo parecerse a ella. Haberse rasurado el pubis, por ejemplo, piensa ahora, fue un gesto de imitación. Aunque tal vez Valeria no lo haya hecho nunca es algo que Valeria podría sentirse inclinada a hacer. ¿Qué nos diferencia? Ella es más linda, sin duda. Y más independiente. Ella coge con otros hombres cuando tiene ganas. ¿Qué más? No sufre por Pablo, olvida a Pablo a cada rato, lo entierra en el fondo sin dificultades para sacarlo cuando se le antoja o cuando se pone triste. Alejandra piensa: me molesta que escriba sobre nosotros sin nuestros nombres, que se oculte detrás de esos personajes. Que robe escenas de nuestra realidad y se las atribuya a sí mismo, a su imaginación. Alejandra está pensando en los últimos cuentos que Rodrigo le ha mostrado: en ellos aparecían los mismos personajes, Valeria y Pablo, una transposición de ella y de él. Alejandra está pensando que Pablo siempre le dice cosas bonitas a Valeria y que Rodrigo nunca se las dice a ella. ¿Escribir esos cuentos es su manera de decírselas? Apaga la colilla de su cigarrillo, va al refrigerador por otra cerveza. Son las once de la noche. Alejandra, de nuevo, siente ganas de llorar. Coge su cuaderno de escritura. Se le acaban de ocurrir las frases finales del cuento sexual que intenta escribir. El profesor pregunta, la alumna responde. ¿Eres insaciable? Ya nada hace daño.



Sábado. Departamento.

Una foto con su hermana, abrazadas, sonriendo y mirando fijamente a la cámara. Alejandra quisiera una foto así. Las fotos que Alejandra quisiera son menos interesantes que las que quisiera querer. Las que quisiera querer en realidad son las fotos que imagina que le gustarían a Valeria, las fotos que piensa que Valeria se haría tomar. El cuento sexual, el hecho de intentar escribirlo, aunque no haya logrado avanzar más de unas cuantas líneas, también lo atribuye a esa misma intención oculta: parecerse al personaje que ha sido inspirado en ella. Pero Alejandra no está pensando en nada de eso ahora. Está tomándose una cerveza con su hermana. Le ha preguntado hace un rato: ¿qué fotos te gustaría llevarte contigo a un viaje largo? No entiendo, ha respondido su hermana. Si supieras que dentro de unos días te vas a ir de viaje y no vas a volver en mucho tiempo, en décadas, digamos, qué fotos te harían más recuerdo a lo que eres ahora, a tu vida actual. ¿Cuántas?, pregunta la hermana de Alejandra, ya acostumbrada a ese tipo de situaciones mentales extravagantes. Cinco. Una contigo, dice la hermana de Alejandra. ¿Aquí en la cocina? Sí, aquí en la cocina y con nuestras cervezas en mano. ¿Otra? Con la familia entera. Pero ellos no están. No importa, volvemos a casa antes de que me vaya de viaje y sacamos una. Te quedan tres. Pero yo no quiero irme, dice la hermana de Alejandra, riendo. No importa, te irás: ahora sólo te queda decidir qué fotos se van contigo. ¿Puedo llevarme a Fabián conmigo? Puedes llevarte fotos de Fabián. Bueno, las otras tres serían fotos de él. ¿Fotos dónde, haciendo qué? El amor. Las dos se ríen. Alejandra mira por la ventana. Dos pájaros diminutos se posan un instante sobre la copa de un árbol altísimo, en el terreno de al lado. Después de menos de un segundo vuelven a emprender vuelo. Su hermana la nota triste. ¿Cuáles llevarías tú? No sé, dice Alejandra sin mirarla, un cielo azul en la ventana, nubes, sobre todo fotos de lugares, creo. El cafecito adonde voy a veces a escribir, las calles por las que camino volviendo del trabajo. También una contigo. Cuando está por decir algo más suena el timbre. Alejandra ha estado esperando que sonara el timbre. Es sábado. Él suele aparecer los sábados. Si es para mí no estoy. ¿En serio? Sí, porfa. Rodrigo mira hacia arriba, ve a su ex cuñada asomarse a la ventana, la saluda, pregunta por ella. No está. ¿Sabes adónde fue? No tengo ni idea. La hermana de Alejandra vuelve a la cocina. Era él, dice. Quiero que sepa qué se siente. Salud por eso. Salud. Se quedan calladas. ¿Sigues enamorada? Sí, no, demasiado, poco, no sé. Pero estoy pensando irme. ¿Irte adónde, Ale? Irme lejos, volver a empezar en alguna ciudad donde nadie me conozca, olvidarme de todo esto. Su hermana no dice nada, está sorprendida, jamás hubiera sospechado que Alejandra estuviera pensando algo así. Me he estado sintiendo muy sola, muy vulnerable, y ya estoy cansada. ¿Se lo has contado a él? No, ni a él ni a la mamá ni a nadie. Me da pena, Ale, pero al mismo tiempo me alegra. Sé que puedes ser más feliz de lo que eres. Terminan de tomar sus cervezas, Alejandra se levanta a buscar otras y descubre que se han acabado. Tómate unas cervezas más conmigo, dice Alejandra. Bueno, responde su hermana, pero vamos a algún boliche, que hoy sea nuestro día. ¿No va a venir Fabián? No he hablado todavía, le diré que ya tengo compromiso.


Martes. Café.

Te necesito por un momento, sólo un momento, mientras me caigo a pedazos. Te necesito porque no estaba del todo preparada para hacer lo que he hecho. ¿Y acaso no recuerdo que me dijiste que no era necesario hacer el viaje, pero que lo hiciese, si debía hacerlo? ¿Por qué no me convenciste para que no me marchara? Ah, convencer nunca fue lo tuyo. Alejandra ha copiado esas palabras en un pedazo de papel y lo ha guardado en un sobre. La cita y nada más, ninguna palabra suya. Que Rodrigo sepa que está pensando irse y la retenga si lo cree conveniente. Pero lo único que aceptaré como válido es que volvamos a ser novios. Y que no me eche en cara el asunto de Manuel nunca más, que lo olvide para siempre. Irá a dejar el sobre en la portería de su edificio. Se pone de pie y paga las tres cervezas. Cien metros más allá ve estacionada la vagonetita de Rodrigo (luego anotará en su diario: hasta me he aprendido el número de su placa, qué vergüenza). Raro, piensa Alejandra. Hoy es martes, piensa. Se le ocurre que lo va a encontrar con otra mujer. Entra en el boliche que está más cerca. Encuentra a Rodrigo borracho, acompañado de un muchacho al que nunca ha visto. Hola, le dice, parada a un costado de la mesa. Él se sorprende. Hola, responde, ordenando sus ideas, cómo sabías que estaba aquí. Pasaba y vi la vagonetita. Espera que él la invite a sentarse, no lo hace. La presenta a su amigo. Mucho gusto, dice Sebastián. Parece tímido, también está borracho. Iba a ir a dejar esto a tu portería pero prefiero dártelo directamente a ti. Saca el sobre, se lo entrega. Por favor ábrelo cuando estés en casa, le pide, cuando estés solo. Sí, claro, dice él. Bueno, dice ella, todavía esperando que la invite a quedarse, yo voy yendo. Cuídate, dice él, gracias por el sobre. Detesta besar en la mejilla a Rodrigo. Detesta no poder mostrar su amor, tener que cohibirse y ocultarse. Aparentar que no lo quiere.


Viernes. Departamento.

Luego recordarás estos días como los más felices de tu vida, piensa Alejandra. Te conoces, sabes que querrás volver. Pero ya no podrás. Volver ya no será posible en cuanto compres el pasaje, en cuanto subas al avión. Sufrirás menos, es cierto. Pero nunca lograrás amar a nadie tanto. El final de la violencia y el final del amor, piensa Alejandra, echada sobre su cama. El final de la intensidad. La resignación, ser como las demás. Curarse, superar el primer amor, lamer las heridas hasta que cicatrizan. Huir. Él podría seguirme, piensa. No lo hará y yo lo sé y aún así decido partir. ¿Partir viene de partirse?, se pregunta Alejandra, le gustan esos juegos de palabra, los ojos cerrados, ¿es cortarse en pedacitos una misma, botarlos al aire, desunirlos? Los lugares antes de los lugares y después de los lugares, piensa. Los lugares invisibles, piensa. Y luego añorarás regresar y ya no se podrá. Todos habrán crecido, otros también harán viajes parecidos. ¿En qué tipo de hombre se convertirá él? ¿En qué tipo de mujer me convertiré yo? En una a la que ya no harán sufrir tan fácilmente, piensa. En una que nunca volverá a amar así. Hablará con sus padres esa semana, verá qué dicen. Está segura de que su padre se alegrará mucho. También anunciará la posibilidad en la oficina. Sería curioso que decidan ascenderme o incrementarme el sueldo, piensa Alejandra. Abre los ojos. La estantería, el techo, las paredes. Suena el timbre.

PiedePágina • 2008