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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

La casa Bender

Por Gonzalo Garcés

La semana del señor Bender, está claro, no empieza nada bien. Por la mañana ha llamado su ex mujer y ha dicho que Pablito estaba desaparecido. ¿Desaparecido? El señor Bender detesta la dicción de su ex mujer. Casi tanto como detesta esta casa: un cubo irregular de dos pisos, cubierto de metal corrugado. Con ventanas tan grandes, piensa el señor Bender, que todo el vecindario puede verme. Como si la Coalición no vigilara ya bastante. Mientras procura entender las explicaciones de su ex mujer el señor Bender abre la correspondencia. La factura de electricidad indica quinientos mil pesos. Ha enviado protestas: las facturas siguen llegando. Y que sí, que te escucho. Voy a tener que cortarte para llamar a Enersur. Y que sí, que me ocuparé de Pablito.

Sobre las once ha venido el chico de Enersur. Al señor Bender le gusta su mechón de pelo verde. Su aire competente, aunque nunca encuentre nada. Desde el jardín vieron bajar a dos soldados de un camión. Colocaron un panel: Concepción dice NO a la insurgencia. Tengo que hablar con Pablito, piensa el señor Bender.

Tras despedir al chico de Enersur, que promete un nuevo informe, el señor Bender sube a su escritorio. Nada de pánico, decide. Desde que Chile es un país ocupado pasan muchas cosas, pero no que un joven de buena familia desaparezca. Salvo claro esos huevones. Insurgentes organizan células, advierte El Mercurio. Los demás diarios no advierten nada pues están prohibidos. El señor Bender no tiene temple de héroe; en este cuento, al contrario, su papel evoca el desconcierto, la tibieza, el equilibrio a la larga insostenible entre dos mundos antagónicos. Su puesto de gerente en Papaya SA le permite una vida desahogada. Que lo será aun más cuando venda esta casa, resabio doloroso de su matrimonio. O eso dicen para animarlo Marta y Fredi, los simpáticos vecinos que lo visitan, le traen tortas caseras, se interesan por sus problemas. Todos son simpáticos aquí. El chico de la electricidad. El cartero que le da charla. Al señor Bender lo cansa tanta simpatía. La privacidad debe respetarse, a menos que esté en juego la seguridad del Estado. De pronto el señor Bender queda inmóvil, su taza en el aire.

El señor Bender tiene una idea horrible.

Si su hijo estuviera en la insurgencia ¿no sería natural que la policía lo vigilara a él, su padre? Y todas estas gentes solícitas ¿no serían agentes? El señor Bender no se atreve a mover un músculo. Por el ventanal (además del apocalíptico crepúsculo del sur) ve la casa de los vecinos. Ve cómo se abre la puerta y Marta cruza la calle. El timbre suena. El señor Bender pega un salto de dos metros.

El rostro de Marta está nublado. En este cuento Marta, a falta de algo más original, evoca la tragedia de la muerte joven y, en parte, a una amiga del autor llamada igualmente Marta, que por suerte está bien y vive en Quilpué. Con sonrisa forzada Marta anuncia que Fredi ha debido viajar en forma imprevista. Bruscamente coqueta, propone salir a bailar esta noche. El señor Bender no ha bailado en su vida. Mientras la ve alejarse por la calle, no duda: la policía pretende registrar su casa. Considera acudir a la autoridad y explicar el error. Pero si fuera culpable no actuaría de otro modo. No, debe encontrar a su hijo y devolverlo (a palos si es necesario) al recto camino.

Cita a su ex mujer en el bar Tono. Le pregunta: ¿Has visto últimamente a Pablito en mala compañía? Su ex mujer bufa. ¿Mala compañía como qué? No sé, estalla el señor Bender: como maleantes, como carne de presidio, como subversivos. Estás más gordo, observa su ex mujer, no haces nada de ejercicio. Pero agrega: tú sabes que Pablito nunca se juntó con resentidos. ¿Ah no? replica el señor Bender. ¿Y qué dices del primo Valerio? Qué ideas, protesta su ex mujer. Si Valerio fue el arquitecto de nuestra casa. No me hables de la casa, se mesa los cabellos el señor Bender. Esa casa me está matando. Qué raro, dice su ex mujer. Yo la adoraba. Recuerdo los bailes en el patio trasero. Recuerdo llegar por la noche como quien vuelve a su módulo lunar. Recuerdo hacer el amor entre copas vacías. El señor Bender ha levantado la cabeza. En el fondo hablamos de casas distintas, dice su ex mujer. ¿No lo entiendes? Siempre hay dos casas: iguales pero distintas.

El señor Bender no responde. Porque en la vereda de enfrente ha visto a Marta. Vio cómo un policía se acercaba a ella. Cambiaron pocas, calmosas palabras. Se alejaron entre el gentío.

El señor Bender regresa volando a casa. Al llegar lo inquieta el portón abierto. Quien ha entrado con tan poca discreción, razona, no puede ser policía. Debe ser su hijo. Que intenta, después de sus tropelías, esconderse en su casa. El señor Bender no es un hombre violento. Pero cuando cree sorprender el culo de su hijo, atareado en cuatro patas en el piso de su estudio, la ira nacida del susto lo obliga a patear ese culo. No es por entero su culpa si el muchacho da con la cabeza en la pared. Grande es su estupor cuando reconoce un inerte mechón verde. No es su hijo el desmayado: es el chico de Enersur.

El señor Bender advierte ahora un cable. Que sale del estudio y baja la escalera. Siguiéndolo con los dedos llega al medio del jardín y desaparece bajo tierra. En este cuento la tierra no evoca nada especial: es simplemente tierra, de calidad tirando a buena, como lo atestiguan las vigorosas bigornias del señor Bender. El señor Bender está escarbando para desenterrar el cable cuando oye pasos. No alcanza a darse vuelta, pues de golpe la oscuridad lo envuelve.

Cuando despierta, su hijo Pablo está frente a él.

El señor Bender no reconoce el lugar: una suerte de galpón o sótano. A un costado yace el chico de Enersur. Sin necesidad de explicaciones el señor Bender sabe que está muerto. Esta bestia te golpeó fuerte, dice Pablo mientras le tiende un vaso de agua. Explícate, se sacude el polvo el señor Bender.

Era un insurgente, dice Pablo. Por meses una célula ha acosado tu casa. El cartero fue abatido ayer; Fredi murió bajo el interrogatorio. A Marta la detuvieron hoy discretamente. Todos insurgentes. Entonces quedas sólo tú, dice conmovido el señor Bender. Yo nunca fui un insurgente, dice Pablo. Ésas son ideas tuyas. En este cuento mi papel evoca más bien la duplicidad, la lóbrega inconstancia del alma, la ignominia. Además, me pagan bien. Soy de la Coalición. El señor Bender murmura: ¿pero por qué esta casa?

El primo Valerio la concibió, dice Pablo. Valerio también está muerto. Ya antes de la invasión los resentidos construyeron escondites. Éste es de los mejores. Ejerce un modo clásico del disimulo: la ostentación. Por eso vives en la casa más vistosa de Concepción. También la más artística, aunque esto no lo aprecies, pues tu papel en este cuento evoca también, me temo, cierto filisteísmo y algo de rotería. Sigo sin entender, dice el señor Bender. ¿Cuál es el escondite? Estás sentado en él, responde Pablo. Por años una célula hizo de este sótano su casa. Hay varias dependencias, hay túneles secretos. Lo que llamas tu casa está a diez metros por encima de nosotros. ¿No lo entiendes? Siempre hay dos casas: iguales pero distintas.

Los insurgentes te robaban electricidad. Se excedieron y protestaste. Como sabes, las células no deben conocerse entre sí. Pero la célula de afuera, uno de cuyos miembros trabajaba para Enersur, dedujo de tus reclamos la existencia de ésta. Acosados, los de afuera buscaban unirse a sus compañeros en el escondite. Para su desgracia, nos guiaron también a nosotros.

El señor Bender se levanta; un brillo desconocido le subleva los ojos. Mi hijo no puede ser asesino y traidor. Ándate de mi casa. No te excites, papá, dice Pablo. Ésta es mi casa, grita el señor Bender. Nunca lo fue, replica Pablo. En este cuento tu casa evoca más bien la sangrante identidad de las cosas y, si me apuras, la entropía que está descajetando el universo. Fue propiedad de la insurgencia; ahora es propiedad de la Coalición. El señor Bender vuelve a sentarse. Su semana, está claro, no empieza nada bien. Y recién es lunes.

PiedePágina • 2008