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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Marejada

Por Andrea Jeftanovic

Nada bueno puede augurar un llamado a medianoche. Y que de fondo se escuchen sirenas de ambulancia. Cristóbal había tenido un accidente automovilístico. Lo llevaban al hospital. Me vestí rápido. La misma ropa tendida en el respaldo de la silla dejada hace unas horas atrás. Me despedí de mi marido con un beso en la frente. Sentado en la cama se disculpaba absurdamente por no poder dejar la casa con nuestras dos hijas pequeñas dormidas. Prometí llamar en cuanto tuviera novedades.

La ciudad silenciosa, las calles que se abrían como puntos de fugas y líneas oblicuas. Escuché el rumor del auto en cada semáforo hasta llegar a destino. A la entrada del recinto estaba Javier. No nos veíamos hace años. Nunca supe bien por qué nos divorciamos. Un médico pulcro y pausado nos esperaba. Apenas nos sentamos en el estrecho cubículo nos informó acerca de una fractura de clavícula, una perforación al hígado. Calló unos segundos mientras colocaba un par de radiografías bajo una luz titilante. Los órganos como diminutas antorchas, un monte humeante de células. Cambió el tono de su voz cuando exhibió el escáner: “Este derrame cerebral es lo que debemos estabilizar en forma urgente”. La imagen proyectaba una enorme mancha. “Con el golpe un vaso sanguíneo del encéfalo se reventó, y la sangre se derrama en los tejidos circundantes”. Una marea de sangre que oscurecía hemisferios y cavidades. Yo sólo miraba la mancha mientras él detallaba procedimientos y posibles escenarios. Sus palabras en torno a flujos y coágulos eran un murmullo lejano. Cuando dejó de hablar yo seguía detenida en las placas del examen, en esa sombra oscura en su cráneo, sobre el lóbulo derecho. Por su mirada compasiva imaginé que también era padre y entendía nuestro mutismo. Nos pidió algunas informaciones sobre la salud de Cristóbal. Enfermedades importantes, confirmar el grupo sanguíneo, uso de medicamentos.

Le pedí verlo. Accedió a que lo contempláramos unos instantes desde los box de la unidad de cuidados intensivos. Me impactó su rostro magullado, el cuerpo intervenido por sondas, agujas y un monitor lleno de números. Distinguí un leve temblor en sus tupidas pestañas y eso me reconfortó un poco. En el pasillo, el médico nos pidió que pese a lo angustiante de las circunstancias intentáramos ir a casa. No podíamos estar en el piso. La noche sería crítica en su evolución y nadie podría atendernos. El zumbido de las máquinas, la frialdad de las baldosas eran un paisaje desolador. Una mujer de chaleco rosado dormía exhausta con la boca abierta y la nuca apoyada en la pared de azulejos. Cuando estaba sacando las llaves del auto Javier me sugirió ir a su casa a sólo un par de cuadras. Caminamos en silencio por una ciudad vacía.

Era un apartamento pequeño, cálido, bien decorado, en el que sin duda vivía solo. Mientras preparaba café apagué el celular. Discos apilados, libros irregularmente dispuestos en estantes. En la única repisa, una foto antigua de Cristóbal y Javier en la playa, ambos sonriendo. Una mullida alfombra me hizo sentir ganas de quedar descalza. Yo jugaba con las pelusas de alpaca. Javier tamborileaba sus dedos contra la mesa de centro. No podíamos hablar de Cristóbal. No pronunciábamos su nombre, como si no fuéramos sus padres. Como si fuéramos dos extraños intentando distraernos.

La lectura de un libro común que estaba sobre la mesa fue el punto de partida de una deshilvanada conversación. Ambos recordábamos con fascinación un pasaje del protagonista viajando solo por Ciudad de México, esa ciudad construida sobre un lago. Una ciudad que habíamos recorrido de novios y que ahora afloraba de modo inesperado: una mancha de tierra sobre una base acuosa que en cualquier momento se resquebrajaba. No creyendo que alguna vez las olas de ese lago silenciado nos amenazarían con pronunciar letra a letra ese nombre sugerido por un pueblo colonial. Ahora el nombre anhelado era un conjunto de sílabas entrecortadas.

Cristóbal se parecía mucho a su padre: las pupilas oscuras, el rostro anguloso, la forma de arquear las cejas y la sonrisa ladeada. Hablamos un par más de cosas y necesité abrazarlo. Rodearlo con fuerza, acariciar su cabello, su cara. Javier estaba inmóvil. Y yo seguí viendo en él a mi hijo, con la piel ajada, como sería en veinte años más si lograba sobrevivir a este accidente. Necesité besar sus labios y acercar mi cuerpo al suyo. Javier confundido seguía inerte con sus brazos caídos. Javier a punto de decir una palabra que acallé a tiempo. Desabroché uno a uno los botones de su camisa y sentí sus manos rodeando mi cintura debajo de la blusa. Se recostó sobre el sofá y hundí mi cabeza en su pecho desnudo. Mi piel y la suya se entibiaban, recreaban un tiempo anterior, cuando todo era calmado y dulce, cuando estábamos del lado de la vida y no en su frontera. Y recordé su olor a madera, y sentí su musculatura firme y aterciopelada, y vi sus párpados entre abiertos, sus labios brillantes. Ya era tarde para cuando había saliva ajena en la garganta, sudores mezclados y bocas entregadas.

En forma minuciosa recorría mi cuerpo extendido sobre el sofá cama. Quería pensar que la boca hambrienta de Javier era la boca infantil de Cristóbal succionando mis pezones. Pezones erectos, pechos inflamados para un neonato que electrizaba aureolas y venas. Un bebé que necesitaba alimentarse de los senos colmados de leche de su madre. Y su lengua lamía azuzante y su boca se llenaba de un líquido espeso. Come, devora la espuma, dime sucias palabras, necesito que te alimentes de mí, sólo de mí. Te puedo dar todas las proteínas, todos los minerales, todos los anticuerpos para defenderte del mundo. El hombre, el niño, sorbiendo las puntas y arremolinándose en la alfombra. Eres el pequeño ternero, que muerde fuerte, que comprime las tetillas con ritmo. Sus ojos están cerrados, su cordón umbilical abierto. Por la barbilla le corre un hilo de saliva. Las ubres blancas y redondas atentas a esa boca semiabierta. El niño es un pequeño animal bajo el tórax de su madre, que se aferra al hueco de sus axilas mientras gorgotea crema. Ha saciado el apetito y pasa sus fibrosos dedos por mi cuello, y la mirada cabizbaja se diluye en un dulce y familiar masaje de hombros como si nos hubiésemos separado en la víspera.

Hablamos en la oscuridad de la habitación evitando el nombre de sílabas entrecortadas. Proyectando en el techo el mapa de esa mancha de sangre que arrasaba con continentes y tejidos. Me pregunta si llevo una vida feliz. No contesto. Basta un mínimo roce para conectar delgados vellos, abrir poros. Laten las caderas, laten las sienes. Siento la suavidad de su piel en mis muslos. Intento separarme pero me abraza fuerte). Mi cuerpo despierta y me incorporo. Él tiene tres gotas de sudor en la frente. Giro en torno a la música del equipo. Maldice las medias y sube la falda hasta las caderas. Pienso en los agujeros de las cerraduras de esas puertas que no deben cruzarse. Su abdomen sobre el mío. Fricciona, separa mis rodillas y siento el peso de sus genitales. Una corriente de aire se cuela y evidencia la ínfima distancia que hay entre ambos. “No puedo, no puedo” dice dándome la espalda, ahogando un suspiro. Me detengo en el repliegue de su columna. Y es la misma arruga en la espalda.

Qué es todo esto. Un vestíbulo de emociones, conversaciones febriles dentro de un invernadero. “Ven aquí chiquitito, con mamá, no es momento de salir todavía, está calientito acá, no hay prisa, no hay. Quédate donde guardo todos mis secretos. Siembra nuevas semillas en mis entrañas. Déjame oler tu aliento de cría”. Javier golpea otra vez contra mi vientre. No me canso de tocarlo, de cerciorarme que está aquí y que nada podría pasarle. Acaricio una a una sus oscuras y onduladas pestañas. Y me doy cuenta de la enervante melodía del disco que ha sonado repetidamente toda la noche.

El placer como un gran oleaje que arrasa con rocas y corales, que se infiltra por desesperanzados arrecifes. Un remolino que estremece manos, piernas y labios. Gimes atizando una pequeña chispa de fuego. Introduce suave su mano en el surco de las nalgas. Ya no tengo bragas, ya no tengo vergüenza, ya no tengo pena. Nada como un amante que conoce tu cuerpo, que no anda a tropezones y pidiendo permiso. Que escribe en tu sexo un mensaje con letra legible y no se dedica a un ensayo de posiciones. No solloces, sigue, dí que mi sexo tiene la forma de una flor que ahora deshojas. Quiero que entres completo en mí, para albergarte en mi útero, para que nazcas de nuevo. Y luego, expulsarte sólo cuando ya no tengas espacio ni aire. Abro la boca, exploro a fondo con la juguetona lengua para derribar al hombre, al joven, al infante que aprieta su puño contra la almohada. Al pequeño niño que se va a acurrucar en medio de la cama para luego emitir leves ronquidos. El niño que se mece en la marejada que lo lleva a la rompiente que separa las aguas. Que lucha contra la resaca mientras se llena los bolsillos de calamares, medusas y estrellas.

Cuando la sombra del marco de la ventana se proyecta sobre las cortinas, sabemos que está amaneciendo. Salí corriendo a verme en el espejo del baño. Me sentí envejecida, demacrada. No pude llorar ni siguiera en el marco de la puerta y me encogí entre las paredes onduladas. Algo como un hálito de aire me susurró palabras desde polvorientos estantes, desde ordenadas certidumbres. No, ya verás cómo no importa. Qué he hecho qué. Sí, pero muchísimas veces con muchísimos hombres. Entonces regresé a la cama y volvió a tocarme, pero con la mano crispada. Estaba a medio vestir. Yo sollozaba sobre su camisa húmeda. Tendrás que apretar más fuerte. No llores. No estoy llorando. Aprieta mi mano. No llores. Pero no podía evitarlo al apoyar mi cabeza sobre su pecho y escuchar los débiles latidos de su corazón. No tienes por qué si no quieres. Hazme otro hijo, por favor. No ves cómo avanza la mancha en el mapa cerebral. Un rostro difuso apoyado sobre la almohada. Sí, lo sé, sube la marea e inunda cavidades y tejidos. Es un mar de vasos sanguíneos estallados que no retrocede. Sí, una marea que sube y sube y reviste la playa. Apenas podemos pisar la orilla de la arena para recogerlo. Le hacemos señas desde la costa pero oyes tus sentimientos retumbar como truenos y pasar como un tren expreso. Mi sombra contra la sombra de él, una sola sombra. Mi respiración más lenta. Estás pensando en él. Lo sé. Es agua y sangre, sólo agua que avanza con la fuerza de la corriente oceánica. Miro de reojo la foto de Javier y Cristóbal y acaricio a la distancia los dorados granos de arena que ahora son partículas que se desvanecen entre los dedos.

Hazme un hijo, sentencié. Hazme otro, el mismo hijo, insistí en el caso que no hubieses escuchado la frase a causa del sonido del tráfico. Sin atreverme a odiarlo, pero sin poder decir te amo. Salgamos a la plaza, hay un par de columpios. Tus labios tiemblan. No reaccionas. Tengo un sueño, no sólo lo palpes, quiero quedarme detenida en este nido. Me miras huérfano. Aprópiate de cada orificio, sella cada agujero, pero hazme un hijo por favor. Otro, el mismo, cualquiera, para eternizarme. Un primogénito. Ya lo hiciste una vez y fue tan fácil, cómo no vas a poder de nuevo. Un hijo varoncito, fuerte, tierno, que saque buenas notas, que le guste la música y el deporte. ¿Ves la mancha de sangre que sigue avanzando por el fondo abisal? ¿Escuchas los débiles latidos, cómo se termina de trizar el hueso en miles de astillas? La clavícula es la viga transversal que sostiene los músculos superiores. ¿Escuchaste al doctor? Una hemorragia por traumatismo, un derrame que avanza por el cerebro, un flujo se interrumpe y un grupo de células se muere. La ruptura de una arteria que cubre todo de sangre matando células y tejidos.

No podemos esperar más. La mancha purpúrea nos hace navegar extraviados en el mismo océano de nuestro hijo. Por eso levantas la pierna y te arrastras hacia mi cuerpo y te hundes, y te abres paso hasta la ingle y los espejos se empañan. Y te digo ven, más adentro precioso, no te muevas, espera, la boca aspirando el ombligo, peinando la columna de vellos, la saliva dibujando un camino. Fíjate en mí como un pulpo soportando el naufragio. El zumbido de los cuerpos, las pulsaciones enclavadas en una pelvis sorda al rumor de los crustáceos. Células y tejidos entrelazados como algas verdes que flotan en el agua. La red de arterias y venas estremecidas en ondas ascendentes y descendentes en este mar de líquido amniótico. Escribe la frase, sólo eso te pido. Y él se anima a vaciar su pena en un archipiélago atiborrado de cristales de sal. Por un instante pienso que te amo, pero es una sensación efímera como una ola. Una masa de agua que crece con fuerza pero luego se recoge, estalla y ya no existe. Una barca expulsada a los orígenes. Una capa de placenta latiendo desde su primera superficie. Javier gemía sin lágrimas. La muda miseria existente bajo el sol. Tienes el pelo empapado, los dedos mojados, las mejillas húmedas, los labios inflamados, ojos de tormenta. Y me das de mamar desde tus pequeños pezones de hombre. Botones mínimos, endurecidos; pobre cachorra de mí, caracol encerrado en su concha para no oír el rugido del mar.

Desde la ventana veía los fuegos fatuos del alumbrado público. De izquierda a derecha fluían cornisa y fachada. Atrás quedaba el edificio de ladrillos. Asomaba la tiranía de la línea recta de los urbanistas. Las máquinas bulldozers de las construcciones despertando en monótonas vibraciones. La ciudad nos devolvía a la realidad: un hijo de dieciocho años en peligro de muerte. Dos padres entrando a un hospital a primera hora de la mañana como si fuéramos a abordar una embarcación. El edificio blanco como un puerto de mármol. Pero no hay capitán sino un doctor con delantal verde caminando hacia nosotros. Un pulmón despertando, un débil aliento y ningún nombre. ¿Trae a nuestro hijo recién nacido en brazos? ¿A ese travieso pececito que flotaba en mi vientre? ¿Doctor, fue parto normal o cesárea? ¿Venía de cabeza o de nalgas? ¿Quién cortó el hilo umbilical?, ¿Cuánto pesó? ¿Cuánto midió? ¿Qué nota obtuvo en la escala Apgar? Un varoncito de piernas rollizas y lágrimas secas. Pero no. Un médico con las manos vacías. Un médico que se desanuda la gorra quirúrgica. Un médico que se pasa la mano por la frente sudada. Un médico con la cabeza gacha y el pelo desordenado. Un largo pasillo que se estrecha como una arteria del cerebro. Y la mujer del chaleco rosado está despierta y vigilante como un coágulo que se lanza a obstruir el torrente sanguíneo. Un coágulo que colgaba del útero y ahora se desliza y rueda por las baldosas. Una mujer de chaleco rosado se levanta brusco del asiento y nos intercepta. Nos habla desde el encéfalo, oxigenando su petición desde la nuca. La burbuja que estalla y deja el cerebro en una oscuridad triple. Una mujer que nos intercepta para preguntarnos desesperada si Cristóbal es donante. Y una ola gigante, onda rompiente, embate y resaca nos cubre con espuma la punta de los zapatos.

PiedePágina • 2008