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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Sangre dulce

Por Giovanna Rivero


La cámara pestañeó dos veces. Su luminiscencia me hizo cerrar los ojos. En mi mente, el flash seguía arrojando relámpagos, si apretaba fuerte los párpados también podía ver soles y espirales. Silvia sonreía. Silvia era un murciélago feliz, el colmillo izquierdo le brillaba en la boca como un puñal diminuto. Su lengua asomaba por la ventanita que se formaba gracias al colmillo y a la ausencia de dientes delanteros.

-Cuando cumplamos onze, ezta foto noz va a dar vergüenza. Mi mamá ziempre dice que las fotos de loz ziete añoz dan vergüenza -dijo Silvia. Junto con las zetas escupía baba.

-¿Eso dijo tu mamá? Tu mamá está loca -dijo el padre de Silvia. Su padre venía una vez al año de algún lejano lugar de Sudáfrica, donde trabajaba como ingeniero de minas. No era, en verdad, un padre, un padre en el sentido total de la palabra. Pienso en mi propio padre y creo que jamás nos hubiera sacado fotos por el hecho de estar jugando en el patio, en calzones, picando gusanos con la navaja que le habíamos sacado a un tajador. Para el padre de Silvia todo era un paisaje, quizás porque venía de Sudáfrica y se asombraba de lo crecida que estaba Silvia. En secreto, yo me refería a él como Mr. Orange.

-Vamos, vamos, otra foto -dijo Mr. Orange. Acomodó el ojo de la cámara y se dispuso a arrojar tormentas sobre nosotras.

Nos paramos juntas y tiesas como dos soldados, con los hombros echados hacia atrás, orgullosas de ser amigas; el ombligo era todavía una tripa delatora en el centro de los vientres asexuados.

-Apéguense un poco más -ordenó Mr. Orange-. ¡Sonrían!

El ojo acorazado vomitó las tormentas de flash durante largo rato. Me dolían los cachetes de sonreír. Nos abrazábamos, nos mirábamos haciendo guerras de mirada profunda, nos poníamos cuernitos con los dedos, sacábamos la lengua, nos poníamos de espalda, nos agachábamos para asomar la cabeza por entre las rodillas en una acrobacia que sólo es posible cuando la columna vertebral no ha consolidado sus cartílagos.

-¿Cuándo vas a volver? -preguntó Silvia. El rollo se había acabado y la cámara hacía chasquidos, ciegos sonidos estomacales.

-Pero si estoy aquí, ¿acaso no he regresado? Yo regreso todos los años. ¿O no?-. Mr. Orange manipulaba el interior de la máquina dentro de un saco grueso, a ciegas, estaba acostumbrado a no ver sus propias acciones.

-No -dijo Silvia- yo quiero decir volver, de volver a vivir aquí. Volver, papi, volver, volver- Silvia hubiera querido aclarar “volver, no regresar”, pero en ese tiempo los términos nos huían, sólo poseíamos palabras lisas, sin segundas intenciones.

-No lo sé. Mirá, fijate bien en el resplandor, éstas las tomé con luz natural. El lente era ruso, una fortuna-dijo Mr. Orange. Había sacado un álbum plegable de su chaleco, un chaleco con un bolsillo grande en el lado del corazón, con un sello bordado que decía O. M. British Company. Sacudió el álbum y, como por arte de magia, una larga cola de fotografías se desenroscó frente a nuestros ojos.

-Esta la saqué a unas millas de Orange, cuando recién llegué. Mirá todo este oro -dijo el padre de Silvia, acariciando con el pulgar una imagen de piedras y minerales que para nada parecía oro-. Podrías ahogarte allí… morir… resucitar… ¿No te gustaría ir conmigo?

-¡Sí, sí! ¡Mil veces sí! ¡Mil veces sí! -dijo Silvia. Aunque la misma Silvia hacía esfuerzos por olvidar a su padre, su lugar no conseguía ser ocupado por nadie más. Ni siquiera por mí. En ese sentido Silvia era más impenetrable que la Gran Muralla China. Soy una bastarda, decía Silvia, cuando se daba cuenta que en el fondo odiaba a Mr. Orange. “Bastarda” era una palabra que entonces no tenía ningún significado, quería decir “bárbara”, quería decir “mala”, “canalla”, quería decir “¿cuándo pasará todo esto?”.

-Cuando cumplas once te voy a llevar -dijo él. Silvia sostuvo la sonrisa por unos segundos. Estoy segura que pensaba en lo imbécil que era su padre, en lo rematadamente imbécil que era, en lo infinita e irremediablemente imbécil que podía ser. Nuestro odio era un odio siamés. Pero en cambio dijo:

-Falta mucho y ya no voy a querer.

-Vas a querer, claro que sí -. A Mr. Orange le gustaba contradecirla, asegurar, modificar sus respuestas. Yo estaba atenta al momento en que él se exasperaría, porque él siempre terminaba exasperándose. Su vida como ingeniero de minas, según contaba, era muy dura, escuchaba dinamitas y sudaba con fiebres inexplicables-. Pero mirá, aquí tengo otras fotografías. Es un niño zulú.

-Parece de carbón -dijo Silvia. El niño estaba desnudo, pero las partes que te convierten en un ser desnudo no se veían debido al ángulo de la foto: de arriba hacia abajo. El niño tenía la cabeza levantada y nos miraba con ojos de órbita muy blanca y de un iris negro a morir. Sonreía y también le faltaban los dientes delanteros, pero no se avergonzaba como nosotras, no parecía que fuera un niño débil o que necesitara a su padre. A pesar de que nos estaba viendo fijo, miraba más allá de la foto, o al menos eso me parecía.

-Estos níggers – resopló Mr. Orange sin ganas de explicar mucho – son niños de carbón – Mr. Orange se incorporó y jaló la máquina de la soga que le había anudado con una etiquetita que también decía O.M. British Company. Seguramente del alma de Mr. Orange colgaba un escudo bordado que decía O.M. British Company. Mr. Orange podía ser muy imbécil-. Vení -dijo de pronto, como una maldición, -voy a sacarte otras fotos, a vos solita.

Silvia se paró con los brazos laxos, el flequillo estaba húmedo de sudor y se le pegaba en la frente. En ese tiempo nos hacían un corte estilo jesuita, aunque las liendres siempre ganaban la batalla. Teníamos la sangre dulce.

-Pero si todavía quiero -dijo Silvia, con una seriedad que yo siempre confundía con desilusión – me vas a llevar contigo al trópico de crapiconior.

-Capricornio. El trópico de Capricornio -corrigió él, molesto de que Silvia sólo fuera grande en tamaño pues no se esforzaba por pronunciar nada bien. Decía “cocholate” en vez de chocolate, y “mánica” en vez de máquina, y “bastardo” en vez de “canalla”. Y eso exasperaba a Mr. Orange. -Sonreí. Vos sos una niña feliz.

-No soy una niña feliz.

-Claro que sí. Seguro tu madre te dice que no sos feliz y vos te lo creés. Tu madre está loca de remate -dijo Mr. Orange y exclamó algo en un idioma incomprensible. Cada año traía consigo esas exclamaciones y las sacaba de su maleta cuando estaba a punto de enojarse. Siempre estaba a punto de enojarse. Silvia se hacía pis en la cama todas las navidades, que era cuando su padre la visitaba.

-No quiero sonreír -dijo Silvia, llevándose las manos a la boca, estremeciéndose.

-Estás sonriendo -dijo Mr. Orange y arremetió con sus relámpagos-. ¿Por qué no te apartás el pelo de la cara? Vamos, chiquita, mirame fijo.

Silvia en cambio me miró y me llamó con la mano. Yo ya no quería contraer mis cachetes para mostrar mis propios colmillos. La luz del sol me molestaba. ¿O acaso el imbécil de Mr. Orange no sabía que de un momento a otro, en lo que dura un suspiro, nuestro odio siamés podía convertirnos en vampiros peligrosos? Qué poco sabía Mr. Orange de nosotras. Qué tonto era Mr. Orange.

-No, esperá, a vos solita. Un par de fotos para tu papi.

-A mí me dan miedo los niños zulú -dijo Silvia por decir algo.

-No tengas miedo, voy a comprarte un tambor, ¿querés un tambor? Los niños zulú fabrican unos tambores increíbles-. Mr. Orange apretaba el flash sin compasión. Cada centelleo era una herida sobre Silvia.

-Vamos, no te pongás la mano en la boca. Sacá esa mano. Sonreí, mirame.

Silvia bajó la mano. Sonrió, tenía la encía ensangrentada. Yo sabía que cuando Silvia se ponía nerviosa, hincaba la uña en la carne blandita hasta lastimarse. Era un entretenimiento, un dolor placentero.

-¿Qué? ¿Vas a ponerte a llorar? -dijo Mr. Orange, que aunque venía cada año un poco más viejo, en el fondo no cambiaba. Sólo cambiaba el miedo. Mr. Orange decía que eso era “respeto”. Yo pensaba que era más malo que todos los villanos que yo conocía, y que eran muchos, pues no había cómic que no los tuviera.

-No, dijo Silvia -Y le vi temblar el labio inferior, y ella contuvo el temblor mordiéndoselo fuerte. Hundió la uña en la palma de la mano. Yo estaba atenta, yo le conocía todos los movimientos. Éramos amigas.

-Pues, entonces sonreí -dijo su padre, y mientras con una sola mano sostenía la cámara y oprimía el obturador, con la otra llevaba hacia atrás el flequillo de Silvia y permanecía así, con los dedos cerrados sobre el pedacito de pelo. De un solo jalón podría arrancarle el flequillo y Silvia tendría que usar pelucas igual que las grandes, o que Tina Turner, que tanto nos gustaba.

La nuca de Silvia cedió y ella quedó mirando hacia el cielo, como el chico zulú. Su padre acercó el ojo metálico y le tomó una foto, muy cerca, seguramente podían verse las cicatrices que las raíces de los dientes habían dejado, tiernas cicatrices.

¿Cómo sería estar en el lugar de Silvia? Creer en su padre y amarlo. Amarlo y desear viajar al Trópico de Capricornio. Decir las palabras correctas. Silvia quiso sonreír pero en cambio se le formaron arruguitas en el puente de la nariz, en los pequeños pómulos. Mr. Orange se acercó a la boca lastimada de su hija y aspiró su aliento, dijo algo en el idioma extraño que traía de las minas. Silvia estaba aguantándose para no llorar. Yo sabía lo que significaba aguantarse, no es como tener ganas de hacer pis y soportar el ardor o tener miedo a la oscuridad y apretar los ojos para no verla. Adentro también se está muy oscuro, adentro querés llorar. Pensé que cuando el padre de Silvia viajara otra vez a las minas de Orange, podríamos sacar las pelucas de su madre y pasear por la plaza, con las hebras coloradas de ese pelo artificial rozándonos la cintura. Nos menearíamos como Tina Tuner. De chica, Tina Turner debió ser también zulú. La loca de la plaza nos preguntaría por nuestros nombres, diríamos “llama, llama”, “¿y su apellido?”, “sapo encogido”. Y la loca se pondría a golpear sus rodillas, nerviosa, y diría “sapo encogido, sapo encogido” señalándose esa parte del cuerpo que se nos estaba prohibido señalar y luego se apretaría el estómago para reír a gusto. La loca tenía muelas de oro puro, un oro anaranjado y opaco. Oro de verdad. Todo esto iría a ocurrir cuando el padre de Silvia por fin se largara. Pero ese instante no acababa, y Silvia continuaba con el entrecejo fruncido y el padre oliéndole la respiración. Los tres, incluso él y su exótica estupidez, estábamos en el centro mismo de un tiempo que palpitaba con latidos furiosos. ¿Por qué todo tenía que ser de esta manera?

– Tómeme la foto a mí -dije.

Mr. Orange se volvió, todavía con el flequillo de su hija en la garra, ¿a vos?, los ojos azules se electrizaron, como el flash. ¿A vos, cerdita?, dijo. ¿A vos?, ¿a vos?, repitió “¿a vos?” un millón de veces, todas las veces que apretó el botón de la cámara y las veces que esa máquina cascabeleó devorando las películas.

Cuando su padre se largara con su chaleco crudo que olía a tabaco, nos pondríamos las pelucas rojas, nos llamaríamos con otros nombres. Silvia no sería Silvia. Le gustaba llamarse Susana. Esto iría a ocurrir, yo estaba segura, sólo había que cerrar los ojos para que el instante pasara de una vez. Cerrar los ojos e imaginar soles y espirales fosforescentes, como en los cómics cuando el héroe ruge.

¿A vos, cerdita? ¿A vos?

Silvia se echó a llorar hincándose la uña en la encía. Su padre le daba la espalda. Quise juntar saliva para escupirle la cara como hacía la loca, que propulsaba odio con la punta de la lengua. Chorros de furia, como en los cómics. Odio puro y simple. Odio verdadero. Pero la saliva pasaba de largo.

-Pues entonces sonreí, cerdita -dijo Mr. Orange, fastidiado.

La vena que le cruzaba el cuello empezó a hinchársele, si le pasábamos la navajita del tajador por encima, ese gusano invisible explotaría como explotaban todos los gusanos del patio. Apreté los ojos y sonreí y la cámara siguió iluminándome, atravesando mis párpados que se habían vuelto tan delgados como una tela de araña, o como esas membranas asquerosas que se ven en las láminas de embriones. Chac, chac, chac, la cámara, hasta que el sol se fue completamente y después. Yo, por debajo de mis párpados, pude ver la luna que no pestañeaba, seguro era llena. Un lobo tuerto. También pude ver a Silvia sacándose sangre de las encías y pude verme a mí misma, como si yo, mi mente, mi deseo, fuera una cámara y mi cara la de un chico zulú. Y me sentí tan fuerte como un chico zulú y pensé que, con toda esa fuerza, con mi odio verdadero y enorme, con mi invencible odio, ahora sí y para siempre podría matar al irremediablemente imbécil de Mr. Orange.

PiedePágina • 2008