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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Silencios en la fiesta

Por Luis Valenzuela Prado

Frente al espejo del baño mohoso de su departamento, Urrutia se puso el parche negro cubriendo el ojo izquierdo. Con el otro ojo al descubierto pestañó. Recordó el consejo de su tía Berta: en reuniones importantes no hables si no te lo piden, sólo sonríe. Es el jugo en juego. Siempre decía cosas así su tía. ¿Lo del jugo en juego? Una estupidez sin sentido. Pero la recomendación la retuvo, para luego recuperarla, primero al momento de mirarse en el espejo y luego cuando entregara al portero la invitación a la fiesta. Nadie lo había invitado. Había recibido el parte para la inauguración del exclusivo gimnasio Body Full por equivocación. Al Body Full solían ir los egos VIP de Concepción y Urrutia no era uno de esos. Lo sabía, pero se dejó llevar. Así, con la invitación en la mano, creyó que podía ser parte de una broma o un simple error. Caviló, masticó y creyó: broma o error, no perdería mucho. Urrutia terminó de arreglar su parche y abandonó el baño.

Avanzó hasta la televisión y la apagó, giró para confirmar si la ventana estaba cerrada. Terminó de disfrazarse de elegante con el terno negro de siempre, algo rugoso y viejo. Tomó las llaves colgadas de un clavo en la pared. Abrió la puerta, caminó por el pasillo a oscuras, bajó las escaleras y antes de abandonar el edificio saludó a la señora Marta, la inquilina del 16 quien le preguntó.

-¿Una cita?

Urrutia sólo sonrió y siguió por su camino. Avanzó y detuvo un taxi. Un tibio intercambio de palabras con el taxista se esfumó gracias a Urrutia, quien no veía en ese momento alguna opción importante. Había que callar, cierto, y sonreír, simple, eso agradaba a la gente. Escuchar comentarios sonsos y nimios, a veces bizarros, y responder algo similar, a la altura de la circunstancia. No era difícil, era sólo cuestión de adaptarse a los otros. Pero en ese momento, en ese taxi, no.

-¿Cuánto es?

Sorteando las barreras correspondientes Urrutia llegó a la puerta del Body Full. Un mozo le pidió su chaqueta y éste se la entregó silente y con una sobria sonrisa. Así, comenzó a pasear por el lugar. A sacar canapés de camarón y sobre todo de palmito, su debilidad en los cócteles de matrimonios, bautizos y todo tipo de celebraciones.

-Perdón, su cara me es conocida ¿Usted es…? -le comentaron en una de sus detenciones azarosas frente a un grupo de personas.

Urrutia pensó rápido:

-Actor -respondió breve, calló y sonrió.

-¿Lo he visto en alguna película?

-Puede ser -repitió el rito.

-¿En cuál?

-Lo que sucede es que trabajo para la industria costarricense.

-¿Sí? mire que interesante.

Silencio y sonrisa de Urrutia.

-Tomás, escucha -el hombre interpelado dejó a un lado la conversación que sostenía con otro invitado-, este hombre es un actor chileno que trabaja en Costa Rica.

-¿Sí? -preguntó el hombre con un tibio interés-. Y… -le indica con una mueca el parche en el ojo- ¿le ha traído algún problema? No debe ser fácil conseguir un papel.

-Es que siempre hago de malo.

-Perfecto.

Urrutia sonrió y calló.

-¿Su nombre?

Se había salvado de la pregunta anterior, sin embargo, ésta, más sencilla, definitivamente lo descolocó, se dio cuenta de que su nombre no sería atractivo para la gente. Pensó.

-Hurundi Vutria.

-¿Árabe?

-No, albanés -dijo aliviado.

-¿Vivió allá?

-No -dijo cortante y sonrió.

La pareja se miró extrañada pero sin dudar de la palabra de Urrutia, esa noche y desde ese momento Vutria, quien transitaba por terrenos extraños y con movimientos cautelosos, avanzando sin dar pasos en falso. Con una copa en la mano, sonreía, callaba, hablando lo justo y necesario. Así lo hizo con esa pareja y luego con un trío de mujeres encantadoras que se dedicaban a fabricar ropa con diseños traídos y copiados de Buenos Aires. Tampoco conocían a Vutria, quien por su parte hablaba breve, levantaba los hombros o simplemente callaba, sin dejar, claro, de sonreír, mientras ellas se reían con él. Lo que en algunos pasajes de la conversación se transformó en un ir y venir de risas. Era simpático y pintoresco.

-Podría servirnos para nuestros modelos masculinos, pero ¿ese parche?

Con un gesto ambiguo, pero siempre dejando entrever una sonrisa, Vutria dejaba abiertas las posibilidades sin concretar nada. Gesto que también repitió en el grupo compuesto por un senador y un diputado de la república que representaban a Concepción, pero con origen y residencia en Santiago, más dos políticos del ala conservadora de la política chilena. Por supuesto, con menos interés en Vutria, a quien solo miraban interesados, con fracasado disimulo, en su parche. De conversación, nada. Mientras avanzaba la noche y subía la cuota de alcohol en la sangre de Vutria, éste fue agregando a su silencio, a su respuesta breve y a su sonrisa, el gesto, dado por la mueca, la levantada de cejas o de manos o de hombros, lo cual también caía muy bien. Es decir, se sintió perfeccionando el consejo se su tía, claro, sin pretender con esto pasarla a llevar.

A esas alturas estaba contento y algo ebrio. No era tan complejo habitar ese lugar. Nadie se daba cuenta de su invitación por equivocación. Los tiempos que rodeaban a esa fiesta eran tiempos de risas, buen vodka y comida, y jet set y/o gente esnob. El país quería eso. Pero la risa de esos invitados era diferente a la de Urrutia-Vutria, él estaba ahí por error, no pertenecía a esa fauna de elite. Ni Vutria y menos Urrutia eran como el animador acompañado de tres bellas modelos riéndose de sus historias, tampoco tenía el garbo de las modelos que por doquier colmaban el gimnasio, ni el físico de los deportistas estrellas que habían arribado, en su mayoría futbolistas, ni menos el poder ni la influencia de los políticos que pululaban por el lugar. Todos eran una parte, quizá fragmentos o piezas, de una mecánica mayor, de un grupo cerrado hablando y sonriendo al son del alcohol, pero no como Vutria.

Así todo, Vutria se desplazaba con holgura. Paseaba, callaba (o deslizaba comentarios breves o simples gestos y muecas) y sonreía. Fue así como en un momento el mareo lo llevó a una escalera del gimnasio. Miró hacia arriba y por curiosidad se atrevió a subir al segundo piso. Cuidó de que nadie lo observara y nadie lo hizo. Subió lento los escalones sin arrancar de nadie ni buscar algo de manera desesperada. Estando arriba se detuvo. Vio ocho puertas. Ocho opciones para elegir. Golpeó una, y nadie contestó. Lo pensó, la abrió e ingresó. Observó a oscuras una oficina vacía, iluminada por la luz tenue y amarilla colándose por la ventana. Salió de ahí y avanzó por el pasillo y se detuvo frente a otra puerta. Golpeó e ingresó. El baño. Lo cerró de inmediato. Continuó y llegó a la puerta de una oficina, también a oscuras. Entró, encendió la luz y la recorrió. Observó cajas selladas, muebles vacíos, cuadros en el suelo. Fisgó con cierto relajo, sin la preocupación de llegar a ser descubierto, más al entender que nadie notaría su ausencia en la fiesta. En paralelo escuchó ruido en la sala contigua. Se acercó a paso lento a la pared y puso su oreja contra ésta. Bulla, algarabía, gritos, aplausos, festín. Vutria reaccionó interesado. De soslayo buscó y encontró otra puerta en la oficina, la cual daba al lugar del bullicio. Al otro lado. Decidido fue directo a abrirla, acomodándose para observar con su ojo. Cuando lo hizo vio algo que hubiese querido no oler ni palpar. Una escena extraña, por no decir, cerda. Cerró la puerta y pensó en abandonar la oficina y luego el gimnasio. Acomodó su parche, como reacción instintiva y nerviosa. No obstante optó por dar una nueva mirada con cierto atisbo de morbo velado. Reconoció varios de los personajes que pulularon por el gimnasio junto con él. Vutria otra vez cerró la puerta. Un atisbo de arcada y el pestañeo gris de su ojo izquierdo. Se quedó inmóvil por un instante y luego decidido abandonó el lugar. Su sonrisa se esfumó y su silencio se mantuvo. Bajó, llegó al salón donde estaba la fiesta oficial. Hizo una rápida panorámica al lugar y lo abandonó sin que nadie se percatara de su ausente presencia. Prefirió no decir nada, como muchos de los asistentes a ese festín, tanto en el segundo piso, como en el primero, todos gritando al ritmo del silencio cómplice. Nunca más fue invitado. Todo fue un error. Recordó a su tía. Todo quedó en silencio.

PiedePágina • 2008