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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

D-S156

Por Maurice Echeverría

Alan es Alejandra y resolvió huir a los Estados Unidos. En algún momento, decidió que era el básico paraíso de los travestís, por lo tanto: había que ir. ¿Cuál imagen en cuál televisor fue responsable de introducir en su cabeza -su cabeza algunas veces de hombre, y otras de mujer- el decreto de migrar a Norteamérica?, ¿en qué instante apareció el fallo definitivo, la honrosa gana de no sufrir más incomprensiones, humillaciones, afrentas, deshonras?, ¿y se le metió muy dentro la convicción de que el paraíso, entonces, el casto, verdadero, el certificado paraíso de los suyos, el lugar sin hogueras, allí donde la democracia había recogido todas las piedras que el hombre usaba para castigar y con ellas construido monumentos y discotecas, estaba precisamente en el Norte?

Son preguntas sobre Alan, pero son preguntan que Alan no podría responder, ni siquiera formular. Estaba viendo la televisión. De pronto: Nueva Jerusalén, Drag Queens en cantidades inverosímiles, de todos los colores, magníficas, tan altas, perfectas, hombres rebeldes al género, celestialmente al revés. Pues aquí Alan no tiene amigos, tampoco amigas, o pocas, o vulgares. A él le gusta ser Alejandra, esto es: experimentar, desde luego, mudar y transformarse en un sinnúmero de mujeres, pero sobre todo ser Alejandra, realizarse como Alejandra, ardiente, arrebatada Alejandra, clásica contemporánea Alejandra, semáforo siempre en verde Alejandra.

Alejandra es aparte.

Había que pedir visa, lo primero. Lo cual suponía comprar su derecho a entrevista en la Embajada de los EU. Cien dólares. Cien dólares que en principio Alan no tiene casi nunca, y esta vez tampoco, y tuvo que salir a la calle, vestida de mujer (aunque no de Alejandra, Alejandra no es una prostituta, ni un pasatiempo ni un disfraz) y con cinco polvos agenciarse buenamente el dinero. Asimismo le advirtieron sus compañeras de calle y trabajo: un carro blanco ha estado pasando en las noches; se abre una ventana, y pac pac, te disparan, o sea que mucho cuidado.

Razón de más para largarse.

El primer polvo fue con un organismo significativo, o un gordo. El segundo en cambio sucedió con un hombre muy delgado, muy pálido como una sábana. El tercero una mujer, todo un evento para Alan, evento que tardó de hecho una semana entera en metabolizarse en su (ya de sí) complicada identidad sexual. Se piensa que individuos como Alan cuentan con alguna relativa facilidad para asumir estos juegos, lo cual no es para nada cierto. El cuarto polvo fue estrepitoso; un niño rico medio trastornado, con caprichos, ganas de hacer daño. El quinto polvo muy dulce en cambio: un señor que decía las cosas de la manera más bonita, un poeta.

Alejandra se paseaba delante del espejo, riendo de emoción, porque ya se iba de Guatemala.

Un verdadero cataclismo de cambio en un ser humano que ha hecho del cambio su esencia más privada, y por veces más pública.

Tuvo que comprar luego una tarjeta telefónica (el sexto polvo); la misma le sirvió a Alan para hacer una llamada a los Estados Unidos y hablar con una mujer tal vez mexicana que le proporcionó la hora de su entrevista en la Embajada de los Estados Unidos en Guatemala. Excesivo, es burocrático, pero Alan sólo pensaba entretanto en las Altas Mujeres (llevan tacones altos y no los necesitan) que aparecen fastuosas en la televisión.

Llenó su formulario. Llenó de hecho dos formularios: uno para Alan en donde puso la foto de Alan y los datos de Alan y el otro para Alejandra en donde puso la foto de Alejandra y los datos de Alejandra. El formulario tenía preguntas como: “¿Alguna vez ha sufrido una enfermedad contagiosa de importancia para la salud pública o de un trastorno físico o mental peligroso, ha usado drogas indebidamente, o ha sido drogadicto?” No, más bien respondieron Alan y Alejandra, con cautela.

Por la noche se enteró: Paulina. La cosieron a balazos, cuando trabajaba. El carro blanco. Paulina era lo más parecido que tenía a una amiga.

Qué desamparo estar sola y huérfano y vacía y desolado.

Ha llegado el día de la entrevista. Nos encontramos pues en la Embajada de los Estados Unidos. Alan tan nervioso. La Embajada de los Estados Unidos es un poderoso bunker de resonancias psicológicas. Los regulares ciudadanos guatemaltecos salen por lo general de la Embajada lesionados: alguno dirá que son débiles y parasitarios, emocionalmente subalimentados.

El regular ciudadano guatemalteco interesado en ir a los Estados Unidos deberá ponerse en fila no una sino tres veces, antes de llegar a su entrevistador.

Alan se puso en fila no una sino tres veces, obediente, y cuando llegó finalmente a su entrevistador -un considerable hombre negro- estaba hecho una bomba de nervios. Tanto así que no se dio cuenta y en lugar de mostrarle al considerable hombre negro el formulario de Alan, le mostró el formulario de Alejandra y en el instante mismo le rechazaron la visa. Por supuesto, ni escucharon explicaciones. Era evidente que Alan no pasaba de ser una necia excentricidad, cuando excentricidades ya tenían muchas en los Estados Unidos.

Para colmo, esa noche, cuando trabajaba en la calle, le dispararon desde el carro blanco. No se murió, nada de eso. La bala a decir verdad ni siquiera lo perforó. Simplemente le rozó el rostro, más bien. Lo suficiente, eso sí, como para dejarle una marca grosera que no se borró nunca más.

Todos se reunieron en casa de Patricio y tomaron medidas de hecho. Los tonos poderosos, las viriles voces traicionaron de momento los vestiditos capciosos, las microfaldas, los atuendos eróticos y parafernalia nocturna que unos y otros usaban para sufragar el extraño capricho de ser mujeres. Casi lo eran. Pero no mientras decidían qué iban a hacer con los hijos de la gran puta que estaban disparando desde un carro blanco, y no los dejaban, o no las dejaban, trabajar en paz.

Se organizó una emboscada. Alan quiso ser el verdugo directo, y a él le encomendaron el arma y la venganza. Como si nada, regresaron a sus esquinas respectivas a cumplir con el oficio de subirse a carros de extraños. Estaban pertrechados; el plan conciso los protegía. En una semana no apareció el carro blanco, pero ninguno perdió la intimidad de su rencor, o cedió al miedo. Cuando finalmente asomó el carro blanco, la estrategia se desovilló con gran naturalidad; cada quien la había repasado mil veces mentalmente. A los dos tipos los metieron a un cuarto de motel, amordazados. Encantadas, más bellas, menos habituales, las princesas sacaron sus miembros de por debajo de las minifaldas, erectos y brutalmente violadores, les enseñaron a los señores a no meterse con las niñas de la cuadra.

Un año más tarde Alan se va a EU, o sea le dan la visa. En realidad es mentira que no tiene amigas. Lo cierto es que va a extrañar a varias.

PiedePágina • 2008