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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

El edificio de la calle Los Pinos

Por Jeremías Gamboa

Cuando el timbre de la casa sonó por primera vez en medio de la noche, lo primero que pensé fue que aquello solo podría ser producto de una alucinación o quizás de una mala broma. Llevaba acostado una hora, tenía los ojos cerrados e intentaba dormir infructuosamente después de haber sido relegado a un extremo de la cama por Lorena. Me estaba empeñando en evitar esas ideas absurdas que todas las noches se suceden en mi mente antes del sueño, cuando de pronto escuché que el timbre sonó. Con la intensidad de cualquier ruido a las cuatro de la madrugada, cuando el vecindario, la ciudad entera, parecen dormir. Abrí los ojos de golpe y permanecí así, alerta, inmóvil: solo hubo silencio. Después de unos segundos de quietud supuse que alguien había llegado tarde al edificio, tal vez ebrio, y se había equivocado de intercomunicador. Cuando el timbre volvió a sonar, menos alarmante que la primera vez, empecé a sospechar vagamente de qué se trataba. Ver a Pineda ahí, atisbando ávidamente la ventana de la casa desde la puerta del edificio, vestido tal como se había despedido de nosotros hacía más de una hora, me pareció de alguna manera lógico, lo único posible a esas alturas de la madrugada: seguramente se había olvidado de las llaves de su casa, como muchas otras veces, de decirme alguna cosa importante -el motivo principal por el cual me visitó y que olvidó a lo largo de la noche- o de algo similar. Solo después de abrirle la reja y acercarme a la puerta, cuando lo vi entrar pidiendo disculpas por la irrupción y con el rostro desencajado, es que empecé a preocuparme. Pineda estaba agitado, distanciado, como alguien que, se me antojó, acabara de cometer un crimen involuntario. Intenté calmarlo, recuerdo haberle pedido que se sentara y me dijera con calma qué había pasado, por qué volvía a la casa después de una hora y media de habernos despedido. Él intentó controlarse, se dejó caer sobre un cojín de la sala, y después de un rato se animó a decirme aquello que, desde que lo vi parado ahí en la entrada del edificio, me temía:

-Es por mi casa -me dijo-. Alguien ha entrado a ella y no sé qué hacer.

-¿A tu piso? -le dije, entre asustado y divertido, imaginando policías, llamadas telefónicas, denuncias y yo en el medio de todo ese delirio.

-No, al piso no -respondió, cortante-: al edificio. Al edificio de la calle Los Pinos.

-Bueno, entonces cuál es el problema; un culo de gente extraña entra a los edificios de otras personas.

-No te hagas el loco -me respondió-. Tú y yo sabemos bien cómo es el edificio de la calle Los Pinos.

Tenía razón. Claro que lo sabía. Sabía muy bien cómo era. Así que no supe qué decir.

Había una cajetilla de cigarrillos encima de la mesa, de modo que prendí uno nerviosamente mientras me daba cuenta de que en verdad no tenía nada que decir, como tampoco tuve nada que decir cuando vi por primera vez el edifi cio de la calle Los Pinos, el departamento de Pineda, las condiciones en que lo había tomado. Mi amigo me había contado más o menos cómo era el lugar que había rentado para estar por fin solo, lejos de los problemas de su familia, según me dijo, con tiempo para vivir en paz y para escribir en sus ratos libres, y la verdad es que todo sonaba muy bien. Incluso llegué a sentir algo de envidia al escucharlo: el sitio era amplísimo, lleno de luz, y estaba ubicado en el undécimo piso de un edificio que quedaba a solo una cuadra del parque central de Miraflores. Desde las ventanas de su habitación -recuerdo que me dijo esto con un brillo intenso en los ojos-, se podía ver el mar y el perfil de la ciudad. Recuerdo que lo felicité muchas veces durante esa tarde, luego del cine y mientras caminábamos rumbo a mi casa, y al despedirme lo felicité una vez más. No sé si hice bien. El día en que conocí el departamento, un domingo en que lo ayudé en una mudanza minúscula en la que apenas tuvimos que desplazar algunos libros, una cama y un televisor, comprobé que la descripción que había hecho Pineda era en buena parte cierta -aun cuando del mar no se veía más que una pequeña franja muy al fondo, entre una maraña de edificios-, pero que había algo sórdido, tenazmente perturbador en el lugar.

Lo primero que me sorprendió del edificio de la calle Los Pinos fue su aspecto: era una construcción aparatosa, horrenda y delirante. Seguramente la peor de cuantas haya habido en Miraflores. Lo segundo fue que pese a ello nunca me hubiera detenido en él: frente a mí se erguía un armatoste de unos veinte pisos, pintado de un color azul eléctrico llameante y agresivo, cuyos contornos en zigzag daban la impresión de pisos o departamentos a punto de desprenderse, de salir disparados de su base. Pensé inmediatamente en un enorme acordeón puesto de pie, en un sánguche desacertado, en una enorme nave espacial que nadie se animó a lanzar al espacio y que ahora existía como una absurda pieza de museo o una guarida de ratas o de locos.

Pineda se acercó a la base de esa nave y de pronto, de un punto casi invisible a primera vista, me descubrió la puerta de entrada: se paró al lado de una reja intimidante y después de muchos forcejeos liberó su candado; abrió las dos alas de fierro y desató un chirrido escalofriante que no olvidé incluso cuando seguí tras él cargando las cosas y me vi reflejado en una de las dos paredes de espejos que flanqueaban el corredor, un pasadizo estrecho que conducía irremediablemente a un antiguo ascensor: a un lado pude ver una lista que enumeraba los inquilinos morosos del edificio y los nombres de algunas sociedades de abogados, de ciertas agencias inmobiliarias y los consultorios de lo que parecía una clínica para enfermos mentales. No había ningún movimiento en el lugar, pese a que era una tarde de domingo: solo un hombre dormía abandonado en una oficina minúscula que más bien parecía una caseta, apenas resaltado por la luz de su mesa. Una vez en el piso once me interné en una ramificación caprichosa de pasadizos absolutamente oscuros. Comprobé que los focos existían, pero estaban todos apagados. Presentí un par de golpes fuertes a unos metros delante de mí, un traqueteo crispado, el sonido de otra reja casi igual de sólida que la anterior y de pronto un disparo de luz que nos cegó: era su departamento. En el momento en que miraba la ciudad desde sus ventanas, las calles de Miraflores por un lado, los edificios lejanos de San Isidro por el otro y más abajo la calle Porta, me di cuenta, con pánico, de que ese era un edificio destinado solo a oficinas en el que nadie, excepto él, se quedaría a dormir esa o cualquier otra noche. Entonces fue que no encontré las palabras.

-Es un sitio muy extraño -le dije por fin, resolviendo el tema de una buena vez, acabando mi cigarro y matándolo sobre el cenicero junto a los demás puchos que nos habíamos fumado toda la noche mientras hablamos con Lorena y escuchábamos música-, jodido.

-De noche sí, lo admito -respondió, secamente.

-Claro, claro -le dije.

No quise añadir más y me levanté para ir a la cocina -«¿Quieres un café?», le pregunté, «¿una gaseosa?» «Un té», me respondió-, abrí el caño para llenar la tetera y mientras veía el agua correr volví a pensar en lo duro que sería vivir en ese lugar. Me daba cuenta de que solo una persona como Pineda podría resistir en esas condiciones casi seis meses. Después de una noche en que Lorena y yo, luego de varias negativas, fuimos a visitarlo a su departamento, ella se había resistido totalmente a la idea de volver una sola vez más al edificio. A nadie en su sano juicio se le ocurriría pasar una sola noche ahí, me decía. Entrar a través de esa reja que nos abrió el portero legañoso, la oscuridad del corredor acentuada por los espejos que nos reproducían y que apenas entreveíamos por la luz de la linterna del guardia, las puertas abiertas del ascensor hacia un espacio tenebroso desde el cual tuvimos que llamar a nuestro anfitrión, el eco de nuestras voces por todos los pasillos y la aparición espectral de Pineda entre la oscuridad para guiarnos a su cuarto, fueron demasiado para ella. Él notó su nerviosismo y le dijo, disculpándose, explicándose, que como el edificio era de oficinas, los propietarios habían acordado restringir la iluminación de los pasillos a partir de las nueve de la noche, pero por gestiones suyas eso no había ocurrido con el ascensor. Cuando Lorena le preguntó si en efecto él era la única persona que se quedaba a dormir en ese sitio, si los tres en ese momento éramos los únicos que ocupábamos toda aquella enorme construcción, él dijo que teníamos que pensar las cosas desde otro punto de vista. En verdad el edificio era un sitio seguro; todo aquel que entraba o salía a cierta hora de la noche tenía que atravesar las rejas o pedir que alguien las abriera, y el único que vivía en el lugar, que tenía las llaves, era él. Después de esa cita, echados en la cama, Lorena y yo descubrimos asustados que ese espacio era perfecto para cometer un crimen, violar a una mujer o torturar a una víctima a lo largo de una noche lenta y minuciosa. Mientras servía el té me preguntaba qué le habría podido ocurrir a Pineda ahora, qué cosa lo había obligado a regresar a nuestra casa así, en ese estado. Recuerdo que dejé las dos tazas sobre la mesa y me quedé mirándolo, sus manos entrelazadas, sus ojos enterrados en el piso, fijos en un punto imposible de identificar. Le dije que el té estaba caliente, que se sirviera. Él tomó un sorbo y luego hizo un silencio. Me quedé callado, esperándolo. No fue necesario hacerle pregunta alguna.

-Llegué a casa hace unos minutos, después de despedirme de ustedes y no noté nada raro -empezó a decir-. Siempre me fijo con cuidado que nadie merodee cerca de la puerta de mi edificio porque la calle Los Pinos es oscura y uno nunca sabe las cosas que pueden aparecer por ahí. Tú sabes que soy bien cuidadoso, así que cuando abría las rejas estaba seguro de que no había nadie a mi alrededor, pero después el tiempo que toma abrirlas es un poco largo y cuando tuve un ala separada a cada lado y lo vi aproximarse hacia donde estaba yo, no me quedó otra cosa que mantener el control. Me saludó con un monosílabo y yo hice lo mismo. Me pidió permiso para pasar y lo hice inmediatamente, pensando que de lo contrario podría sacar un arma o algo así. Después lo vi avanzar por el pasadizo con dirección al ascensor.

-Hiciste bien, claro -le dije, pero Pineda no parecía escucharme. Me sentí estúpido.

-Después hice como que entraba yo también pero luego de unos pasos me detuve. El hombre se acercó al ascensor y lo llamó, esperó a que se abriera y se metió en él. Cuando la luz del interior del aparato lo iluminó, pude ver que era una persona adulta, de ojos como perdidos, hundidos. Pensé que quizás era un drogadicto que se ocultaba de alguien, un ladrón, no lo supe bien. Yo me quedé en el pasillo, a la espera. El ascensor se cerró y en medio de la oscuridad, una vez que me acerqué a las puertas, vi que las luces indicaban que la máquina subía y se detenía precisamente en el piso once, en donde yo vivo, y que se quedaba ahí. Tuve deseos de salir corriendo del lugar. Ya empezaba a caminar hacia la salida cuando me contuve en la puerta y fríamente, con una determinación que desconocía en mí, me acerqué al ascensor y lo llamé para ver si el hombre aparecía en él. ¿A quién podría visitar en ese lugar si no a mí? El aparato comenzó a bajar y cuando se abrió -yo estaba a varios metros ya, pegado a la reja- nadie ni nada salió de él. Me di cuenta de que el hombre estaba en el piso en que yo vivía, seguramente me conocía, quizás quería robarme o matarme; lo cierto es que posiblemente se había quedado agazapado en la oscuridad esperando que yo subiera para saltar sobre mí. Me dio pánico, me acerqué a la puerta, cerré las alas de las rejas con calma, puse candado en ellas y salí a caminar a la calle.

-Dentro de todo hiciste lo mejor, en verdad -se me ocurrió decir-, lo mejor.

-Caminé durante un rato por el parque tratando de aclarar mis ideas. Pensé por un momento ir a un hotel a dormir hasta mañana y entonces, no sé, pensé que quizás podría quedarme aquí, en la casa de ustedes, molestarlos, solo por esta noche.

-Claro, claro que sí -dije, algo nervioso, aunque no sabía muy bien por qué estaba así-. No hay ningún problema.

Terminaba de decir esto cuando escuché un movimiento detrás de nosotros, una posible agitación de sábanas y almohadas en el cuarto de al lado, unos pasos: Lorena seguramente quería saber si hablaba solo. Apareció con los ojos agotados, el pelo sujeto por un gancho y, tal como yo un rato antes, se sorprendió de encontrar ahí a Pineda. De inmediato intenté tranquilizarla, decirle que no era nada. Alguien se había metido al edificio en donde vivía nuestro amigo y él había decidido venir a estar con nosotros, solo como una medida de precaución. Lorena sonrió y entró en la cocina. Distendió todo diciendo que no le sorprendía nada viniendo de Pineda; de Pineda siempre se podía esperar cualquier cosa.

Pineda reía de una manera algo fría mientras tomaba su té a sorbos espaciados. Lorena se puso a hablar con él y él volvió a contar todo de nuevo, con lujo de detalles; mientras lo hacía y ella asentía a todo con una expresión atenta fui consciente una vez más de la compasión que sentía por él. Al principio a Lorena le pareció un hombre extraño, algo perturbado, y le costó aceptar su proximidad. Solo con el paso del tiempo se dio cuenta de que Pineda era un buen tipo, algo errático, de veras entrañable. Nos habíamos conocido en la Universidad San Marcos. Él estudió Literatura solo hasta el segundo o tercer ciclo, cuando tuvo que retirarse para ayudar a su familia. En aquel tiempo yo estudiaba Cine en la de Lima y tenía la pretensión de terminar estudios de Literatura en San Marcos también. Nos hicimos amigos rápidamente. Quizás porque era necesario serlo, porque nos sentábamos cerca, porque los dos éramos, en modos distintos, bichos raros allí, porque a los dos nos gustaban los mismos poetas y músicos. Ambos dejamos esa universidad casi al mismo tiempo, aunque por causas diferentes. Nos vimos contadas veces. Con el tiempo me enteré de que era fotógrafo también y que había empezado a trabajar en distintas publicaciones viviendo a las justas con los pagos exiguos que recibía. En un momento, gracias a la gestión de un amigo común, empezó a colaborar en la revista que El Comercio sacaba los días sábados, primero como fotógrafo exclusivo de notas que todos los demás reporteros gráficos rechazaban -recorridos por cerros peligrosos, reportajes sobre bandas de matones o enclaves de fumones y malandros-, después como ocasional redactor y luego como redactor y fotógrafo de notas de viaje por el interior del país. Mis amigos me decían que prácticamente vivía en la revista, siempre pidiendo qué hacer, en qué ayudar, como aferrado a una tabla tras un naufragio, como quien se juega el pellejo en cada cierre de edición. No resultó raro por ello que con el tiempo lo contrataran. Se convirtió en un esforzado redactor de planta y tras un par de años lo ascendieron a editor adjunto. Desde entonces Pineda tuvo un sueldo seguro y estable: un día dejó la casa de sus padres, en el Rímac, y se fue a vivir a Miraflores. Lo que nunca imaginé después del esfuerzo que le supuso su sacrificado ascenso a través de esos tres o cuatro años, es que una vez en posesión de la estabilidad por la que tanto había luchado, escogería un sitio tan lúgubre y sórdido como ese para vivir; muchas veces me imaginé si secretamente él mismo se había impuesto ese castigo o si intentaba expiar con él algunas culpas, algunas responsabilidades de las que jamás hablaba. Él decía que pagaba poco por el piso, que era una ganga frente a otros espacios céntricos de Miraflores y él había querido siempre vivir en Miraflores. Yo, igual, nunca llegué a entender por qué un lugar así, un edificio como el de la calle Los Pinos.

-Está muy bien que te quedes aquí -escuché decir a Lorena-; mañana ya averiguarás lo que pasó.

Ambos nos miramos fugazmente y yo no tuve el tiempo suficiente para leer sus ojos. Durante esos últimos meses habíamos salido a manejar bicicleta por los malecones de Barranco y Miraflores junto a Pineda, lo habíamos invitado con frecuencia a la casa para almorzar o cenar los fines de semana, lo habíamos acogido las veces que él había llamado a preguntarnos dónde estábamos, qué hacíamos, dónde nos podíamos encontrar. Tuve conciencia de que no tenía nada de extraño que él terminara por dormir en nuestro piso, a nuestro lado, en un día como ese. Me pregunté cuándo ella se cansaría de esa clase de situaciones. Había un silencio entre nosotros.

-Lo que debes hacer es pensar si ese sitio te conviene, Pineda -dijo de pronto ella-. Parece un poco peligroso.

-Es posible, sí -dijo él, apesadumbrado.

Prendí otro cigarrillo justo cuando Lorena preguntaba si ese tipo de cosas le habían pasado antes, si un espacio como ese no le había traído algunas experiencias anómalas. Pineda encendió también un cigarrillo después de acabar su té y yo puse música muy baja. Lorena lo miraba como esperando su respuesta.

-Me han pasado un par de cosas medio extrañas -admitió.

Sentados uno al lado del otro, de pronto con las manos entrelazadas, ella y yo escuchamos que durante ciertos días, sin entender bien cómo, cuando llegaba a su casa muy tarde después de los cierres de edición en la revista, escuchaba, entre los pisos cuarto y quinto, porque así se lo indicaban las luces del ascensor, la voz de una soprano que cantaba a capela.

-He creído siempre que se puede tratar de una radio que algún guardián escucha en las clínicas. No se me ha ocurrido apretar el botón cuatro o cinco y salir a uno de esos pisos a averiguarlo.

-Debe de ser difícil llegar muerto de miedo a la casa de uno, ¿no? -disparó de pronto Lorena. Yo prendía un cigarro con la ayuda de otro que acababa de fumar.

-No es tan así -dijo él-. Casi nunca he tenido problemas. Solo una vez me ha pasado algo al interior del edificio. Un día que llegué totalmente borracho. Solo un día, por cierto. He llegado ebrio a mi casa muchas veces y nunca he tenido sobresaltos. Y ese día, como los otros, apenas cerré las rejas del edificio tras de mí me sentí en casa, muy a gusto. Como todas las noches, fui por el pasadizo, tomé el ascensor, caminé casi de memoria por los pasillos y llegué a mi cuarto muerto de cansancio y borrachera. Me quité la ropa y cuando estaba metido en la cama escuché claramente que alguien golpeaba salvajemente la puerta de mi departamento. El ruido me dejó helado. De pronto estaba sobrio en mi cuarto con la piel erizada y a oscuras porque apagué la luz de un salto, instintivamente, pensando que quizás lograría despistar al extraño. Estaba allí pensando en todos los objetos contundentes que tenía alrededor y con los que, por último, tendría que enfrentar al otro en caso de que llegara a irrumpir en mi departamento. Me acerqué a la cocina y cogí un cuchillo muy grande, uno capaz de causar un corte profundo, irreversible, y de pronto me sentí fuerte y seguro de que a cualquiera le sería difícil reducirme. Me quedé esperando el forcejeo de la puerta, inmóvil, en posición de ataque, pero detrás de esta solo había oscuridad y quietud. De pronto volví a oír ese repiqueteo igual de intenso pero lejano. Desde la ventana de mi cuarto noté que se trataba del ruido de una máquina que trabajaba en la construcción de un centro comercial en la esquina de mi casa. Sin embargo no estuve seguro de si el ruido que me alarmó fue aquel o uno producido en los pasadizos de mi piso. Esa noche dormí con el cuchillo entre las sábanas.

Lorena también prendió un cigarrillo pese a que ella no acostumbraba fumar, y menos a esas horas. Por un momento no supimos qué decir y ella no se animó a preguntar nada más. Tampoco se nos ocurrió dormir. Creo que hablamos de otro tema o que el mismo Pineda cambió la conversación. La hora había avanzado y en un momento Lorena se paró y trajo una colcha y una bolsa de dormir, también alguna ropa mía para que él pudiera cambiarse. Dijo que tenía sueño, se despidió de los dos y se fue a acostar. Antes de hacerlo dijo que mañana nos haría un desayuno muy bueno y que en la tarde Pineda como mínimo nos tenía que invitar un almuerzo como agradecimiento por nuestra hospitalidad. Él dijo que claro, que encantado lo haría. Cuando ella se fue no sé por qué me arrepentí de haberme quedado con él, pero ahí estaba, sin tener claro qué decir. Escuchamos un disco que no había podido mostrarle cuando estuvo en casa unas horas antes. En un momento, mientras él se concentraba en la música, me di perfecta cuenta de que aún estaba frente a él, desvelado, porque tenía una pregunta que hacerle y supe que no podría dormir hasta no tener una respuesta para ella.

-Oye, hermano -le dije de pronto-, ¿por qué decidiste irte a vivir a ese lugar?

Pineda me miró con extrañeza, como si no entendiera la pregunta.

-Es decir, por qué precisamente ese lugar si hay otros tantos en Miraflores, tantos que también puedes pagar.

Él se rió, meneó la cabeza de una manera que podría juzgar despectiva pero también resignada. Yo apagué la música. Entonces le dio una pitada a su cigarrillo y empezó a hablar:

-Conocí el departamento un día domingo por la mañana y pensé que era un lugar como cualquier otro, con mucha gente que vive en diferentes departamentos, vecinos que te saludan, niños que juegan, esas cosas. Recuerdo que la primera vez que entré a él una luz muy bella, hasta nítida, caía de lleno en todo el espacio y lo iluminaba de una manera que jamás había visto en toda mi vida. Estaba también la vista. Desde mi cuarto, si haces un esfuerzo, es posible ver el mar. Sabes que me gusta mucho abrir las ventanas de mi cuarto y ver el mar. Me gusta despertar y de pronto correr las cortinas y ver la ciudad y más allá el mar. Es como vivir en otro país, como no estar en el Perú. Después entendí todo lo que hemos hablado ahora, que nadie más que yo vive en el edificio, que es algo extraño dormir en esas condiciones, pero creo que es muy tarde para arrepentirse. De algún modo yo trabajo demasiado de lunes a viernes, casi no estoy en casa los días de semana porque llego a las tres o cuatro de la mañana y salgo a las diez a la redacción, y los viernes por la noche me emborracho y duermo todo el sábado, y el sábado en la noche me vuelvo a emborrachar y el domingo los visito a ustedes o a veces, cuando los extraño, a mi familia. Entonces no estoy mucho tiempo ahí.

-Como si huyeras del lugar -le dije de pronto, como quemando el último cartucho, como diciéndome que no había llegado hasta ahí por nada-, como si nunca quisieras estar ahí.

-Quizás sí, lo he pensado también, no creas, quizás un día decida buscar otro lugar en el cual vivir, me mande mudar, lo olvide todo. Pero es que de pronto, cuando me levanto de mi cama y sé que no hay absolutamente nadie alrededor y las cortinas están llenas de luz y al abrirlas sé que veré al fondo la línea azul entre dos edificios que es el mar, entiendo que el edificio, con todo lo que tiene, con todo lo extraño que es, me gusta, no sé cómo explicarlo. Como si fuese un lugar mío, mi lugar, ¿entiendes?

Una vez más me quedé sin palabras y me di cuenta de que decir cualquier cosa sería inútil o no tendría sentido. Pensé de pronto que cada quien, en el fondo, busca el sitio en que está cómodo y nadie lo obliga a permanecer en él, el sitio en el que uno siente que encaja y al que pertenece como yo pertenecía a esa quinta en Barranco, a ese sitio en el que Lorena dormía y que nuestro gato recorría una y otra vez, en el que se veían mis libros de poesía regados por el piso, los discos que escuchaba con ella muchas veces después de hacer el amor y hablar y hablar y hablar horas de horas de la gente que conocíamos, entre ellos Pineda, su vida extraña, su casa de locos. Miré a mi amigo a los ojos y le sonreí, y creo que en esa mirada le dije de alguna manera que tenía razón. O al menos eso intenté.

-Oye, Diego -me dijo algún tiempo después de haber estado callados mirando el piso del cuarto-, ya no es necesario que te preocupes por mí, es tarde y yo estoy muy bien. De verdad.

Le dije entonces que me iba a dormir, lo abracé y me fui al cuarto. Me descubrí en un momento al lado de Lorena, alarmado, extrañado, sin deseos de dormir. En un momento tuve ganas de ir al baño -o eso creí- y a oscuras, para no despertarlo, pasé por la sala. Desde el umbral pude atisbar la bolsa de dormir que Pineda ocupaba. Entre los cojines me pareció advertir que su sombra se expandía y se encogía a una velocidad mucho mayor que la de alguien que respira dormido; más bien parecía la de alguien que se retuerce de dolor, que se ahoga o que simplemente llora. No sé bien. Cerré la puerta del baño súbitamente y decidí no prender la luz. De un momento a otro, quizás por la oscuridad, por la hora, recordé al hombre que había entrado al edificio de la calle Los Pinos y que, por una maniobra involuntaria de Pineda, había estado encerrado en él toda esa noche, aún estaría ahí, recorriendo los pasadizos, las escaleras, topándose con las rejas de la salida. Entonces me pregunté, con miedo, con pena, con una extraña mezcla de los dos, cómo podría hacer para llegar sin heridas a mi habitación, a la cama en la que debería estar durmiendo con Lorena.

PiedePágina • 2008