piedepágina.com » El escapista

El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

El escapista

Por Carlos Wynter Melo

Conocí a Vittorio Casagrande en una cantina. Sí, bebiéndose litros y litros de alcohol. Aunque rodeado de mujeres se veía harto. Abordaba una, conversaban y, después de mirarla y remirarla, después de no encontrar algo buscado con insistencia, la despedía. Regresaba a las botellas. Si volvía a armarse de ganas, tomaba a una mujer diferente y repetía el procedimiento. Nada. Luego me aseguraría su esperanza de ser sorprendido. La sorpresa era muy importante para él; como en aquella cantina, la perseguía en cada cosa. Al final de la noche, se fue renqueando; para mí sólo era un borracho más.

No supe de su fama hasta que asistí a su espectáculo. Fue una presentación sublime. Vittorio ataviado de negro, se metía en una caja del mismo tono. Silencio y todo el asunto, solo la figura de su asistente, vestida de hada madrina, mantenía el lugar vivo. Luego quitar la caja negra descubriendo una caja negra de menor tamaño, quitar la nueva caja y que pasara lo mismo, y de nuevo, como en las muñequitas rusas donde una esconde siempre otra, hasta que se llegó a una cajetilla como para cerillos. ¿Y dónde estaba Vittorio si antes de que lo guardaran se revisó el suelo y se mostró el interior de la caja? El público soltó un ¡aaahh! de admiración. El hada madrina mantenía la caja de cerillos a la vista de todos. La lanzó al suelo. Surgió una llamarada chispeante y mezclada con humo. Vittorio apareció. Vestido de blanco y con una sonrisa vacía. Es decir, yo sentí su sonrisa vacía, como la noche de las botellas y las mujeres, tan de hastío.

En ese tiempo yo tenía un hambre de revelación metafísica que a todo le ponía significado. Percibí el acto de Vittorio como un viaje. Los misterios, como las cajas de la presentación, son negros. El detalle laberíntico, tipo muñequita rusa, me pareció simbólico. Tanto me agradaron esas imágenes que decidí meterme a su camerino y conocerlo, decirle que yo compartía su visión y que agradecía su forma hermosa de comunicarla. Me deslicé entre la gente, como yendo a los baños, crucé un pasillo y llegué a la puerta. Me miraban las letras doradas: “Vittorio Casagrande. Escapista”.

Al principio me decepcionó: yo hablaba mientras él fingía bostezos y se limaba las uñas. Le parecí un frívolo buscador de autógrafos. Le dije que su acto era impresionante. Y me dijo que no si lo había visto la semana pasada. Le dije que el show era trascendente y contestó: “Comercio, hijo, comercio, cuando se repite para que la gente se lo aprenda el asunto es comercial”. Pero me prestó atención cuando le hablé de lo alegórico. “…Usted viste de negro al principio, con las tinieblas de lo desconocido, se lanza a un dédalo de misterios, el mundo tal vez, su búsqueda llega a la ansiada profundidad, que resulta ser la nada, entonces lo toca la gracia de un ángel, su hada madrina, y con ella, por medio de ella, ocurre la iluminación: reaparece pero vestido de luz, de blanco, de sabiduría”. Durante mi explicación se había recostado en el asiento. Me miraba desde ahí con una ligera sonrisa. Exclamó: “Tenemos un filósofo entre nosotros, ¡aleluya!, invitémosle un trago”.

Nos fuimos a un prostíbulo cualquiera. Nos sentamos en la barra y después de pedir dos whiskys, me soltó más o menos estas cosas: “¿Así que te gustó mi acto?”, asentí con la cabeza, “pero si te he dicho que es comercio: ya no hay sorpresa y la gente perezosa, la que quiere las vainas masticadas, lo compra. Por supuesto, no me refiero a ti, filósofo: tú le diste un giro que te asombró. ¿Cómo era lo que me decías de lo negro y los misterios y el hada madrina?… Si es verdad que no era la idea del acto decirte todo eso, también lo es que a veces se meten ese tipo de cosas, deseos, fantasmas, como duendes. Yo había soñado con un hada madrina que, no me lo vas a creer pero me tocaba con su varita mágica y me llevaba a lugares increíbles. Después de eso, preparé mi acto y salió lo que tú interpretaste. Y me ha pasado varias veces, tantas que he perdido la cuenta. Trato de cambiar el acto lo más pronto posible y que tenga algo de mí, íntimo. Me entristece el tedio, ver a la gente pasmada con lo mismo. ¿Me creerías que prefiero cuando no entienden, cuando se quedan, como con algunos actos nuevos, tan desconcertados que el agrado no les llega hasta después? Es que eso es vivir, eso es vida. Yo tengo que arrancársela a los callejones, al fondo de un vaso, a las putas, y se la sirvo a mi público en bandeja de plata, en la comodidad de sus asientos, espantando el fastidio: ¡qué más quieren! Hay tanto tedio en la calle, hombre, tanto tedio…”

Mientras él pedía otra bebida, un Vodka (“ya me cansó el whisky de mierda este”), yo le hablo de las metáforas: cosas que representan otras cosas. “Le encuentras diferentes significados a la vida por medio de las metáforas. ¿Sabes lo que significa eso, hombre? No más tedio; vi-da-nue-va-ca-da-ma-ña-na.”

Él niega con la cabeza, con energía: “Yo he probado todas las metáforas. Yo soy un “metaforeador”. Y te voy a decir algo, son finitas, tarde o temprano te encuentras con el tedio, el todo poderoso tedio, la-vi-da-li-mi-ta-da.”

Y eso discutimos el resto de la noche, en un bar, en un restaurante, finalmente en la acera. Nos fuimos a dormir.

Algunos días después volví a colarme en su camerino. Se alegró mucho de verme: “¡Filósofo!”, gritó, “siéntate, hombre, siéntate. Tienes que salvarme: dime algo nuevo, interpreta mis presentaciones. Ahora sí estoy aburrido, aburrido en serio. ¿Crees que en Europa o en Oceanía o en Australia hayan sorpresas para mí? Si te has dado cuenta, no se me ha ocurrido ningún espectáculo: sigo con lo de la caja negra, la cajita negra y el hada madrina. ¿Y sabes que es lo más doloroso?, que a la gente le gusta cada vez más. Algunos son los mismos, cada noche. ¿Puedes concebir semejante estupidez? Ya saben lo que viene: cuando entro en la caja, acompañan el redoble del tambor; cuando el hada lanza la cajetilla, ya tienen los ojos cubiertos. ¡Hazme el favor, filósofo!…Pero, ¿sabes dónde empieza el problema?, en mí. El problema medular, filósofo, es que yo estoy vacío, no encuentro inspiración en la calle ni en las putas, nada me llena. Esto es grave, filósofo, muy grave…”

Cálmate hombre -le digo- esto no es más que una crisis y la crisis es la antesala del cambio.

Se quedó viéndome. Apareció su ligera sonrisa.

-Me gusta eso, filósofo, me gusta-. Fíjate que tiene mucho que ver con algo que me ha pasado: sigo soñando con el hada madrina. Sí, cada noche aparece y me toca con su varita mágica, me transforma. Yo tengo muchas ganas de que sea más que un sueño, de que una mañana mientras me afeito o tomo el desayuno, aparezca el hada, pero de carne y hueso, con poderes reales, y me lleve lejos de este eterno hastío. ¿Qué interpretación le das a mi sueño, filósofo?, ¿Qué metáfora le encuentras?

Se me ocurrieron varios significados al estilo de Jung. Pero el sólo se alegraba con uno: algo en su vida estaba a punto de cambiar.

Dejé de ver a Casagrande durante varios meses. Noté que me evitaba y supuse que me había sumado a la rutina que desecha. Me molestó y hasta me dolió: me había encariñado con el hombre y creí que él se había encariñado conmigo. Dejé de buscarlo pero lo que si me digné a hacer, fue verlo de lejos. Por un tiempo siguió como siempre: en todo tipo de cantinas y alternando con personas diversas; persiguiendo la borrachera y a las prostitutas más raras. Durante el trabajo, variaba lo más posible sus presentaciones. Después fue diferente. Se le veía poco pero con una sonrisa enorme, andaba desaliñado y distraído.

Estaba yo en algún bar cuando escuché su voz:

-¡Filósofo!, que gusto me da verte. ¿Sabes que te he estado buscando?

Lo miré con indiferencia.

-Vamos, hombre, no me mires así. Entre tú y yo no caben esas miradas: nosotros entendemos. ¿Te acuerdas de las metáforas?, ¡cómo no las vas a recordar! Pues ellas son las únicas que caben ahora. Esos ojos que chispean son para los que ignoran.

Le dije que estaba bien, que yo entendía y que soltara lo que tenía que decir. Se acercó para adoptar tono de confidencia. Me susurró algo. Desconcertado, pregunté: “¿Que vas a hacer qué?”. Y me soltó el más increíble plan que he escuchado en mi vida.

Me dije, pero no le dije, que estaba loco: que había llegado a su delirium tremens (ya era tiempo con lo que tomaba). Le dejé seguir por un rato y lo abandoné a la siguiente copa.

Dejamos de vernos nuevamente. Una vez que estuve a punto de entrar en su camerino, lo escuché mandando a todo y a todos a la mierda. La asistente temblaba en la entrada. El administrador del teatro trataba de calmarlo, pero con cuidado, porque de vez en vez, volaban botellas de vodka, de whisky, de Ginebra. Yo retrocedí, convencido de lo inoportuno de la visita.

Un tiempo después, aparecieron carteles anunciando el último acto de Vittorio. El escapista tenía pensado retirarse de la vida pública por razones desconocidas. También se decía que el acto sería único en la historia de la magia. La curiosidad se extendió como pólvora.

No me asombró la noticia. Hasta me produjo alivio. Vittorio cargaba una frustración del tamaño del mundo y no podía seguir así. Era mejor que descansara. El pobre quería cambiar su acto y nada la venía a la cabeza; daba su mano derecha por irse a otro lugar, ver nuevas cosas, y se revolcaba en lo mismos sitios, como queriendo sacarles nuevos rostros a fuerza de recorrerlos. Si no fuera por sus sueños, si no fuera por esa locura inminente que le daba luz, quién sabe qué sería de él.

Llegó el día de la presentación. Aseguré mi lugar en primera fila. Salieron él y su ayudante. Saludaron entre aplausos. Vittorio vestía un frac blanco y lo iluminaba una sonrisa de oreja a oreja. Me guiñó el ojo. Yo estaba tan impresionado con el ambiente que sonreí con todas mis ganas. Lo primero que hicieron fue descubrir la caja, ahora elegantemente pintada y con una serie de dibujos escarchados, un unicornio, me pareció ver algunos ángeles. Luego, después de que Vittorio efectuó pases que parecieron rezos, su ayudante lo encadenó, tres cadenas, cuatro candados. Él ponía tal cara de aflicción, que parecía estar representando algo, comunicando al público algún tipo de sufrimiento. Vittorio se metió en la caja. La ayudante quedó sola. Música de fondo y descubrir cajas más pequeñas, con rítmicos y estudiados movimientos. Cada caja destapada tenía unicornios pintados. En la última caja, mientras redoblaban los tambores, se encontró un pequeño avión de papel, de papel dorado. El pequeño avión se perdía entre los dedos del hada madrina. Lo lanzó. Todos miramos con ojos de sorpresa como la nave, aún con zigzagueante vuelo, se elevaba a las alturas del teatro y se perdía en lo oscuro de la marquesina. La gente aplaudió, aplaudieron mucho. Luego esperar la reaparición. Y Vittorio. ¿Dónde está Vittorio? Pero, hombre, ¿cuándo va a aparecer el escapista? Hasta la ayudante estaba desconcertada.

Vittorio no apareció. Ay Vittorio, ¿qué es eso de escaparse para siempre? Como debes suponer todavía algunos no cierran la boca, esperan pacientes en sus butacas que alguien vaya a explicarles; esos perezosos que lo quieren todo masticado. ¿Cómo iba tu plan?, ¿eso de soñar pero no dormir?, ¿eso de traerte al hada, a la verdadera, a esa que le pedirías Oceanía, Europa y Australia?, ¿cómo iba? La verdad es que sigo sin creerlo del todo, pero como la gota de agua horada la roca, no lo descarto. Espero, sin mucha ilusión, una postal de París, Roma o Sydney. ¿Un avioncito de papel?, qué metáfora, hombre, hermosa metáfora.

PiedePágina • 2008