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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

El gran capricho

Por Arquímedes González

-No voy a trabajar -anunció el marido tendido boca arriba en la cama sobre las sábanas recién dobladas. Ya estaba vestido, con los zapatos puestos y tres botones de la camisa sueltos. Tenía los ojos cerrados. Los dedos de sus manos estaban entrelazados y descansaban a la altura de su pecho.

La esposa no lo escuchó. Cuando estaba perfumada, polvoreada y pintarrajeada, entró al cuarto. Vio su reloj. Eran las siete en punto de la mañana. Se fijó en el hombre acostado, no le dijo nada y fue a la cocina. Ordenó a la criada lo que debía cocinar para la cena, rogó limpiar el inodoro con cloro, pulir el fondo con el cepillo, no lavar la ropa con detergente porque la estropeaba, fregar los platos, dejarlos escurrir y secarlos con las servilletas desechables, sacar la basura e hizo énfasis en limpiar las ventanas, pues usualmente quedaban mugrosas.

Desesperada, se asomó al cuarto y con las manos en las caderas, ordenó al hombre:

-¡Levantáte perezoso!

Pero él no se movió. La mujer fue hacia la cama, se inclinó y le dio un empujón gritándole:

-¡Son más de las siete!

Dando oportunidad a parar la farsa, salió, buscó la cartera, sacó la llave del vehículo y se arrimó golpeando la puerta con la punta metálica.

Reprendió molesta:

-Si no querés trabajar, es tu problema. Sos dueño de quedarte en la cama pero deberías llamar a la oficina para que no te esperen.

Taconeó insistente apoyada en el marco de la puerta, los brazos cruzados presionando la cartera en sus senos, la mirada agria y los labios contraídos. La criada, temiendo la tormenta, escapó a la cocina y se ocupó de los trastos sucios.

La esposa desesperada, dio media vuelta, fue a la cocina, esquivó a la sirvienta, sacó un vaso, lo llenó de agua fría del congelador, bebió un largo sorbo, respiró profundo, lo dejó en la mesa y volvió al cuarto.

En esos minutos el hombre como sintiendo que ella se había alejado, abrió el paquete de cigarros recuperado del bolsillo trasero del pantalón -tenía otro más escondido bajo la almohada-, extrajo uno y lo encendió dando largas chupadas, tirando las cenizas al suelo.

-¡Te he dicho que no fumés… y menos en el cuarto! -gruñó la mujer cuando regresó y lo descubrió.

Furiosa, se acercó y trató de quitarle el cigarro, pero él le dio la espalda. Aspiró el humo y alejó la colilla más allá de su alcance. Rabiosa, lo golpeó con la cartera. El esposo la enfrentó gritándole:

-¡Arpía!, ¡Andáte a la mierda!

Otra vez salió o más bien, esta vez huyó del cuarto, fue al sanitario, se encerró y lloró pasmada por la inesperada reacción del esposo. De su cartera sacó pañuelos desechables y se sonó la nariz. Se asomó al espejo, confirmó el daño del maquillaje y se lamentó de lo que tardaría en retocarlo.

Cuando la mujer reparaba el desastre, el esposo se levantó, cerró bajo llave la puerta del cuarto, volvió a la cama y encendió otro cigarro.

De vuelta en el pasillo, la mujer tenía la expresión satisfecha de haber recuperado el control y haberse arreglado. En caso de emergencia mantenía en su mano derecha otro de los pañuelos desechables. Al descubrir la puerta del cuarto cerrada, oprimió el pañuelo en su mano derecha y lo lanzó contra la puerta transformado en una deforme bola. No lo podía creer. Era el colmo. La empleada, que había visto la mutación del rostro, desempolvaba los muebles y trataba de hacerse invisible para evitar lo que se venía. La patrona pasó a su lado sin verla, fue al teléfono y apurada, marcó.

-Vení ya -ordenó y, agregó -tu papá no quiere ir a trabajar.

Colgó y pareció recordar la presencia de la empleada mandándola a calentar agua para un té de manzanilla. Se sentó en la mecedora, dejó la cartera en la mesa, cruzó las piernas, abrió la ventana y, colérica, vio a la calle con los brazos cruzados.

Pasaron los minutos, se escuchó la bocina y vio detenerse el carro azul de la hija. La empleada corrió a abrir y entró la hija del hombre que, refugiado en el cuarto, encendía su quinto cigarrillo. La chica vestía jeans y camisa ligera. El cabello suelto recién lavado, brillaba como alquitrán. Una pulsera de oro colgaba en su muñeca izquierda y en su derecha, mostraba un diminuto reloj.

Su madre estaba enojada y asustada pero parecía más asustada que enojada. El hombre jamás en treinta años se había ausentado un solo día del trabajo. Incluso cuando padecía dolores de oído había insistido en ir. Más aún, al morir su madre y su padre, no pidió días libres y se excusó por ausentarse debido a los funerales y entierros. Lo peor de este inexplicable comportamiento, era el trato tan bochornoso que había recibido de él frente a la empleada.

Tras explicar lo sucedido la hija atravesó sin apuro la sala, pasó por la cocina, el comedor, la sala de lectura y llegó a la puerta cerrada. Consultó el reloj. Eran las ocho menos cuarto de la mañana.

Golpeó pero el hombre no abrió.

-Papá, soy yo… -se anunció.

Sorprendida, insistió y al no recibir respuesta, preguntó:

-¿Decíme qué pasa…?

Nada. Tanteó el pestillo, estaba bajo llave y no se atrevió a forzarlo. Volvió a tocar, esta vez enérgica con los nudillos. La madre se acercó refunfuñando:

-Puros caprichos de viejo chocho -remató, con los brazos cruzados en el pecho. El hombre fumando, escuchó las palabras. Repitió “capricho” y no, no era un capricho. No quería volver al trabajo. No estaba enfadado ni desanimado más bien, resignado. Dijo: “Viejo”. ¡Ah!, vieja será tu abuela pero en verdad, muy viejo para aguantar abusos y se dijo: -Ah no, eso no, a los “chochos” los botan en el asilo -se defendió.

La joven al no escuchar respuesta, pensaba en un infarto o algo por el estilo, pero le envolvió el aroma del tabaco. Recuperó el ánimo y rogó a la puerta:

-Por lo menos podrías contestar…

La empleada, de reojo, seguía la escena de la indignada mujer y la preocupada hija, también extrañada porque el patrón no padecía rabietas. Siempre estaba de buen ánimo, daba bromas, la enamoraba, trataba de cogerle el trasero y ella le gritaba: “¡Cochino!” Y ahí concluía el juego.

-¡Papá!… Sé que estás fumando… Abrí para que hablemos -pidió la hija que acarició la puerta como si fuera la mejilla del padre.

-¡Dejáte de mierdas y abrí la puertaaaa! -rugió la esposa que protegida y respaldada con la hija, respingaba la nariz y empurraba la boca viendo en el reloj que faltaban quince minutos para las ocho.

La hija desaprobó la actitud, apretó sus labios y le hizo señas de callarse dando manotazos al aire como si soplara. La mamá se alejó, atravesó el lugar y se sentó de nuevo en la mecedora. La sirvienta acababa de colocar el té en la mesa y la patrona lo sorbió quemándose la garganta.

La hija fue hacia la mamá y de pie, le preguntó:

-¿Pelearon?

La madre negó con la cabeza y retorció los ojos.

-¿Y quién le dio los cigarros? -consultó.

Llamaron a la empleada.

-¡Maríaaaa!

En cuanto se paró frente a ellas, sabía lo que le esperaba. La interrogaron y confesó: El “señor” guarecido en el cuarto, le ordenó cuando “la señora” se bañaba, comprar dos paquetes de cigarrillos y un encendedor.

-¡Te he dicho que no le hagás caso! -amonestó la mujer.

La muchacha bajó la vista, encogió los hombros y nerviosa, se jaló los dedos. La dueña de la casa la regañó un rato más y procurando mantener su clase alta, le mandó lo más elegante posible, que se apartara de su vista y la sirvienta dejó a las dos mujeres que, en la sala, aún no sabían qué hacer con el obstinado hombre metido en el cuarto.

De pronto, la madre se puso de pie.

-¡Ya estoy harta! -gritó.

Fue a la puerta donde se paró en seco y sentenció:

-Si no salís, juro que llamo a tu jefe.

La hija se arrimó y le susurró:

-¿Y si no abre? Tengo que ir a la universidad y vos al trabajo…

Escucharon el chasquido del encendedor y olieron el fuerte aroma del humo de tabaco.

-¡Sos un desgraciado! -reprendió la esposa.

Fue a la sala, tomó el teléfono y marcó. Consultó el reloj. Faltaban seis minutos para las ocho.

En ese mismo instante, la hija fue al cuarto e insistió en la puerta tocando, casi mimando la madera con sus largas uñas:

-Papi, papito, acordáte del infarto… Te ordenaron dejar de fumar… -suplicó dulcificando la voz.

La madre esperó que la telefonista de la planta pasara la llamada a la extensión. Escuchó la melodía de fondo y un “espere que tiene la línea ocupada”, de nuevo la música y finalmente, la voz del jefe del esposo.

-¿Aló?

-Buenos días -dijo con voz inofensiva -¿Cómo está?

-Buenos días… Bien, ¿quién habla?

-La señora de Gutiérrez.

-Ah, señora Gutiérrez, ¿En qué puedo servirle?… Su esposo aún no aparece… Debe estar atascado en el tráfico.

-No, está aquí.

-¿Está enfermo?

-No, no quiere ir a trabajar.

Silencio. No escuchaba respuesta. Pasaron varios segundos y el hombre habló:

-Ah, debe ser por lo de la silla…

Esta vez fue ella que enmudeció.

-Es que desde ayer abandonó sus labores porque no encontró su silla, pero le expliqué que la están reparando. Acabo de preguntar al encargado del taller y me dijo que mañana la traerán.

-Le daré su mensaje -aseguró la mujer. -Disculpe. Muchas gracias.

La hija la vio avanzar. Tenía el rostro muy enfadado. De nuevo acomodó sus brazos en el pecho resaltando sus senos y sermoneó a la puerta como si fuera el hombre que fumaba dentro del cuarto.

-¡Sos un grandísimo caprichoso!, dice tu jefecito que mañana tendrás tu estúpida sillita intocable. Salí porque son más de las ocho.

Por fin, el hombre habló tras la puerta:

-De todas formas, me van a despedir…

La mujer y la hija se miraron confundidas oliendo el humo del nuevo cigarro. Consultaron sus relojes. Uno marcaba las ocho en punto y el otro, tres minutos más tarde.

PiedePágina • 2008