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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

El incrédulo

Por Gabriel Schutz


Siempre que salía de trabajar pasaba un instante por la confitería, se sentaba a la barra y ordenaba café express y dos “ojos de membrillo”. Y siempre estaba acodado aquel señor viejo, de aspecto especialmente pasado de moda. Aunque le daba curiosidad el personaje, nunca había cambiado una sola palabra con él, incluso cuando las más de las veces eran los únicos dos sentados a la barra. Esta vez, sin embargo, decidió que intentaría una conversación. Se sentó al lado del viejo, se levantaron las cejas afablemente y ordenó lo de cada tarde.

No sabía muy bien cómo hacer para empezar. El aspecto del viejo rechazaba de antemano cualquier apreciación meteorológica o deportiva, de modo que cuando le trajeron su orden no lo pensó dos veces y comentó entusiasta:

-Adoro los ojos de membrillo. ¿A usted le gustan?

El viejo lo miró cariñosamente, como si agradeciera la pregunta. Repuso:

-Los adoro también. A los ojos en general: a los de las puertas, a los ojos de buey, a los de las personas todas. Me deleito con los ojos de los pájaros y los peces, con los de las plantas, con los del viento, con los ojos de la madera, del aire y del polvo.

“Caramba -se dijo el hombre-, sí que es extravagante. Ha de ser un viejo poeta”. Y sin poder reprimir su curiosidad, preguntó:

-¿Es usted poeta?

-Bueno -dijo el viejo modestamente-, no sé si diría tanto. Algunos podrían decir que he hecho poesía alguna vez.

-No es poca cosa. Digo, que otros le reconozcan sus méritos. Supongo, entonces, que ha conseguido publicar. -Estaba colmado de emoción; nunca había conversado con un poeta y mucho menos con uno de semejante talla.

-Más de lo que imagina.

-¿De veras?

-De veras.

El hombre evaluó que el sujeto no mentía: era lo bastante extravagante como para ser poeta y lo bastante viejo como para haber publicado mucho.

-¿Así que le gustan los ojos de membrillo? -volvió a inquirir-. Vea, hay dos: uno es para usted.

El viejo sonrió casi conmovido, aunque se adivinaba en el gesto una nota de resignación.

-No, buen hombre, muchas gracias. En verdad le agradezco su generosidad.

-Como quiera -dijo el joven-. Se pierde de algo único, algo que muy pocas personas consiguen apreciar. Después no diga que no le avisé.

El viejo pensó tristemente en lo irónicas que eran las cosas.

-Ya tengo yo muchos ojos. Créame, no preciso más.

El más joven sonrió y palmeando confianzudamente el hombro del otro, dijo:

-¡Usted sí que es un poeta! -Asentía con la cabeza, mientras masticaba, de muy buen humor, uno de los ojos.

-Ni tanto. Lo que le dije es llano y simple: tengo muchísimos ojos. Tantos como partículas hay en el universo.

-¡Bravo! -celebró vivamente el hombre y agregó-: Una maravillosa manera de decir que ya lo ha visto todo.

-Créame -se apuró a reponer el viejo-, ya lo he visto todo.

-¡Brindo por eso! -dijo el hombre entusiasmado, y tras una breve pausa añadió, no sin cierta solemnidad-: Brindo porque a su edad pueda yo decir lo mismo.

El viejo volvió a soltar una expresión enigmática.

-Mi edad es más vieja que el universo mismo. Créame.

-Vamos, no diga eso. Se le ve muy bien. No sé cuántos años tenga, pero, si me permite el atrevimiento, ese porte suyo, con esas ropas, hablan de su independencia de criterio. Y mientras tenga independencia de criterio -dijo, advirtiendo con sorpresa las palabras que brotaban de su propia boca-, mientras conserve ese precioso tesoro, entonces tendrá todavía el corazón joven.

El viejo volvió a dedicarle una sonrisa melancólica.

-Yo no tengo la independencia de criterio que usted cree. No podría ser de otra manera. Ni yo, ni usted, ni nadie. Créame.

El hombre se dijo que si “haberlo visto todo” conducía a semejante fatalismo, entonces retiraba inmediatamente las palabras con las que había brindado.

-Quiero creer que no es así -se animó a murmurar.

-Créame: es así.

-¿Y usted cómo puede saberlo? Por muchos años que tenga no puede saber una cosa como ésa. Nunca es tarde para llevarse sorpresas.

-Ya le he dicho que tengo todos los ojos que usted pueda concebir. Y más. Muchos más. Créame.

-Si usted dice… -repuso el hombre y se aplicó en sorber el café. Había perdido las ganas de hablar. Aquél era un viejo depresivo y tenía esa manía irritante de coronar cada frase diciendo: “Créame”.

-Por favor, no desacredite mis palabras atribuyéndoles un sentido oscuro -dijo el viejo de repente-. Lo que le digo es realmente sencillo: hay ojos por todos lados y yo puedo ver a través de ellos. O para que me entienda mejor: puedo ver lo que ve aquella partícula de polvo que flota en el aire.

El hombre no sabía si callar o seguirle la corriente al viejo para ver hasta dónde estaba dispuesto a llevar aquel devaneo. Como estaba de buen humor, decidió seguirle la corriente, aunque desafiando sus extravagancias.

-El problema es que yo no veo la partícula -declaró-. Y aun si la viera, no creo que ella pudiese verme a mí. Las partículas no tienen ojos.

-Oh, sí… Sí que los tienen. Todo tiene ojos.

-Oiga -dijo el hombre, tratando de no resultar agresivo-, si usted me pide que no le atribuya un sentido oscuro a las cosas que dice, entonces hable claro.

-Le estoy hablando con la mayor claridad de que soy capaz. Créame: las partículas de polvo y todas las partículas, sin excepción, tienen ojos.

-Conque ojos… ¿Y usted cómo diablos sabe una cosa así?

-Ya le he dicho, porque puedo ver a través de ellos.

-Entonces avíseme cuando pestañee la tal partícula: así puedo mirarla sin ser visto -ironizó el más joven y con ello creyó dar por terminada la conversación. Sí, no tenía sentido continuar dándole vueltas al absurdo… Al menos había sido un modo elegante de retirarse.

Pero el otro insistió:

-Las partículas no tienen pestañas, amigo. Tal vez me haga entender mejor si le digo que cada una tiene su propio punto de vista.

-¡Bueno! -exclamó el hombre, abriendo teatralmente los brazos-. Al menos ahora se entiende algo. Supongo que lo que está queriendo decir es que si yo fuera hasta donde está la supuesta partícula y mirara desde allí, entonces vería desde su punto de vista.

-No, en absoluto quise decir eso. Usted tiene su propio punto de vista; ella, el de ella. Este asunto no tiene que ver con determinar coordenadas en el espacio. Créame, hablo de otra cosa. Si fuera como usted supone, sería falso que ahora veo lo que ve la partícula; lo que ve, en realidad, cualquier partícula.

-No me diga nada, ya lo sé: además tiene todas las visiones simultáneamente. ¿Es así?

-Podría decirse que así es.

-Y la que está a miles de millones de años de luz de Plutón, ésa también.

-También.

-Ajá -dijo forzando una sonrisa y entonces, por primera vez en la tarde, sintió realmente miedo: nunca había estado tan cerca de la locura. Se hundió en el pocillo de café.

De repente escuchó que el loco decía:

-Tal vez si usted comprobara con sus ojos que bajo la mesa donde ahora toman café la señora de beige y su amiga, que allí, en la parte posterior de la madera, asoma un clavo que usted no puede ver ahora, y que ese clavo percibe, desde su singular punto de vista, que una araña de patas finas y largas se aleja de él para dirigirse a las piernas de la señora de beige, tal vez si efectivamente comprobara lo que yo ya sé, podría usted empezar a creerme.

El hombre sonrió incrédulamente; negaba con la cabeza y se mordía el labio.

-Pide demasiado, ¿no cree? Eso es algo que, como usted bien dijo, ahora no puedo ver.

-En efecto: ahora. ¿Pero qué tal si se llega hasta allí y hace la prueba?

-¿Pretende que voy a meter mis narices bajo la mesa, donde hay cuatro piernas femeninas desnudas hasta las rodillas? No gracias. Le reservo a usted el honor de las bofetadas.

-Yo no necesito ir hasta allí -contestó impasible el viejo-. No hay nada que deba comprobar. Además, no tiene por qué imaginar un modo tan torpe de llevar a cabo la comprobación. Hasta puede sacarle provecho a la circunstancia. Fíjese: se dirige hacia las señoras y les comunica, con la mayor serenidad que pueda, como para no asustarlas, que sabe que hay una araña bajo la mesa y que, por el bien de ellas, les convendría apartarse un instante mientras usted soluciona el asunto.

-¿Sabe cuál es el problema? Que yo no creo, por mucho que usted insista, que haya allí una araña.

-La hay.

-Mire, es muy sencillo. Supongamos que hay tal araña y que yo no lo sé. Ése no es en verdad el problema. El problema es que yo no tengo manera de saber que usted lo sabe, o cómo es que lo sabe, sencillamente porque usted no puede demostrarme semejante cosa. Y mientras no pueda demostrármela, no tiene sentido que yo me someta a ninguna prueba.

-No siempre las cosas son así, créame. No se trata de que sepa; se trata de que crea. Si cree, aunque sea mínimamente, recién entonces tendrá la disposición necesaria para hacer la prueba que le propongo. De lo contrario, permanecerá con la duda para siempre y habrá perdido la oportunidad de que le sea revelado un gran misterio; probablemente el mayor de todos.

-Oiga, no intente persuadirme con esa clase de recursos. Si se ha tratado de un intento de broma, lo felicito por su ingenio. Supongo que se acoda aquí cada tarde esperando encontrar un tonto para reírse de él, y cree que hoy, finalmente, se le ha presentado la oportunidad. Lamento comunicarle que ha dado con la persona equivocada.

-Como quiera -escuchó que le decía el viejo-. Se pierde de algo único, algo que muy pocas personas consiguen apreciar. Después no diga que no le avisé. La oportunidad es ahora; luego ya no podrá saber nada sobre esto.

-Nunca me interesará saberlo… Créame.

Permanecieron unos segundos bajo un silencio espeso. De golpe, el viejo señaló el reloj empotrado frente a ellos, sobre la hilera de botellas.

-Mire, por favor, el reloj -le dijo al otro-. Ahora marca las 18:52 con 17 segundos. Cuando den las 18:55 con 41 segundos, la mujer vestida de beige gritará a causa de esa araña, que para entonces estará avanzando por su pierna. Suponga la posibilidad de que esto efectivamente ocurra. Concíbalo con vivacidad, créalo por un instante. Son las 18:55, con 42 segundos, la mujer de beige acaba de dar un grito y ahora declara, entre sollozos histéricos, que hay una araña caminando por su pierna. Le insisto: créalo, aunque sea como posibilidad. Si esto sucede, entonces usted no podrá reprimir su curiosidad y me acribillará con preguntas: que cómo lo supe, que cómo conocía que esto ocurriría exactamente en ese instante, por mencionar sólo las más obvias. Yo podría decirle muchas cosas de los ojos de las cosas, de qué y cómo ven, de cómo puedo yo ver a través de ellos y, por lo tanto, de cómo supe de la araña y del instante preciso en que habría de ser proferido el grito. Sin embargo, como para ese momento usted no habría sido capaz de creer (cuando todavía podía) ya no merecería la pena que abriera mi boca. Y así tendría usted que conformarse con permanecer pasmado y lleno de dudas por el resto de su vida, y se lamentaría, como muy pocos pueden lamentarse, de haber dejado pasar una oportunidad.

-Debo reconocer que es usted un maestro de la manipulación psicológica -dijo el hombre, ya sin querer mirar a los ojos al viejo, que se le antojaba ahora temible y pérfido-. Pero aunque ocurra lo que usted dice que va a ocurrir, no acabaría por convencerme de nada. Probablemente usted y la mujer de beige hayan arreglado todo de antemano. Cuando usted levanta la mano y señala el reloj, como ha hecho hace un instante, ella suma a la hora del momento un lapso que han convenido ambos, premeditadamente; entonces, cuando el reloj marca el instante, ella grita y, ¡oh, sorpresa!, una araña de plástico, un excelente símil, aparece misteriosamente en su falda.

El viejo rió a viva voz con la ocurrencia. No era una risa burlona o maliciosa; era una carcajada que expresaba auténtica celebración.

-¿En verdad cree que será de plástico? -inquirió al rato-. Es evidente que me desconoce por completo. Yo no sería tan burdo… Será una araña de verdad, créame. Créame, también, que será venenosa y que la mujer vestida de beige está en grave peligro. Y entre tanto, usted no hace sino buscar razones para justificar que quiero burlarme de usted. No está en mí la “capacidad” de burlarme de las personas. Ahora le digo por última vez (restan apenas un minuto con 41 segundos): esa mujer corre peligro y usted tiene la oportunidad de salvarla.

-¡Vaya usted, entonces, y déjeme en paz! -gritó colérico el hombre, golpeando la barra; esta vez sí le espetó una mirada de furia al viejo: aquello ya era demasiado.

Pero el viejo no expresó la menor alteración. Dijo serenamente:

-Si usted va y lo hace, si cree en mí, entonces, a su regreso (y le aseguro que será un regreso triunfal) podré explicarle por qué no puedo hacerlo yo mismo. Considere además que cuando la mujer haga el escándalo, el mozo y las personas de la mesa contigua se acercarán a ayudarla. ¿De verdad cree que una señora que presenta un aspecto como el de esa mujer, haría el ridículo de esa manera, gritando y sollozando por una araña que finalmente se revelará a ojos de todos “de plástico”? Sea razonable y créame.

-Mire, por lo poco que le conozco no me extrañaría que el mozo también estuviese involucrado en esta maligna tramoya. Oh sí, una vieja broma que planean los tres quién sabe hace cuánto, y que quizá ya ha sorprendido a varios en su ingenuidad. Entonces ese tercer cómplice correría rápidamente hasta donde está la mujer y simularía matar a la araña y deshacerse de ella sin que nadie la viera ni pudiera juzgar si efectivamente era o no de plástico.

-Como prefiera -dijo el viejo, sin exhibir signos de afectación-. En lo que a mí atañe, ya no puedo hacer otra cosa que recordarle que en 40 segundos una araña muy venenosa estará caminando por la pierna de esa mujer. Que la picará, que la alergia asfixiará a la señora. Y que usted habría podido salvarla. Por última vez, considérelo. Casi me obliga a que le suplique, aunque ya conozco yo su necedad. Pero piénselo, cuando más no sea en estos términos: en el peor de los casos usted hará el ridículo; en el mejor, habrá salvado una vida. Ahora vaya, por favor. Suspenda por un instante las suspicacias y las conspiraciones, y vaya de una vez.

-Oiga -masculló entre dientes el hombre-, ya se ha pasado de la raya. Está usted jugando con cosas que no admiten esta clase de bromas. Si me disculpa… -Y tras dirigirle una mirada lapidaria, desenfundó un billete y lo depositó bajo el plato donde le habían servido los ojos de membrillo (no había conseguido tocar siquiera el segundo)-. Su sentido del humor me resulta extremadamente violento, señor -dijo con indignación, y abandonó el lugar.

Eran las 18:55 con ocho segundos cuando el hombre atravesó el umbral de la puerta, sin siquiera volver la vista atrás. Faltaban apenas 33 segundos para el instante crítico.

“De todos modos -pensó el viejo-, ya sabía yo que esto habría de ocurrir”.

Se encogió de hombros y mordió el ojo de membrillo.

PiedePágina • 2008