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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

El inventario de las naves

Por Alexis Iparraguirre

Cuando sonó el teléfono, el comisario Dovidjenko no sabía si se peleaba con su hermano menor o simplemente renunciaba a ver el boletín del clima. El chico insistía en conectar los cables de su videojuego al televisor justo antes de que dijesen si el bolsón frío que venía del interior iba a desembocar en las imprevisibles lloviznas. Ventanas afuera, se deslizaba un cielo oscuro, de columnas nubosas, movedizas, que no lo decidía a guardar su auto.

-Aló, soy Bellina- escuchó la voz de su compañero. Por la bocina del teléfono se colaban gritos, sirenas destempladas, la voz de un policía -. Tenemos gusanos en la Quinta Leone. Homicidios está hasta el cuello.

Dovidjenko suspiró y colgó, confuso. “¿Gusanos? ¿Una matanza?”. Se convenció de que esa noche no comería. Se echó el gabán al hombro y vio a su hermano lanzándose sin impedimentos a jugar en el televisor. Salió apresurado, pero alcanzó a oír que el hombre del tiempo anunciaba:

-Los cambios del clima probablemente se originan en anomalías del anticiclón del Pacífico…


La atmósfera era un nido de humedad. Por todo el camino, el vaho se le metía como vapor en los pensamientos. Su trayectoria por callejuelas desvencijadas y bulevares congestionados fue escoltada por el golpeteo de una llovizna cegadora. Dovidjenko se detuvo frente a la casona que cercaban las patrullas y un cielo de oleajes ennegrecidos. Se hundió en la vorágine del ínterin de policías, de haces de luz de múltiples colores, de gritos. Cuatro paramédicos iban y venían con camillas que escurrían sangre.

Un agente le indicó dónde estaba Bellina. Avanzó por un salón de espejos, sin luz, que olía furiosamente a cigarrillos. Bellina lo esperaba en el siguiente, encerrado por sombras. Las linternas de los agentes abrían túneles de luz que silueteaban los cadáveres destripados, separados a la derecha y a la izquierda sobre el piso de losetas.

-Es asqueroso, Dovidjenko -dijo Bellina, y dejó la laptop a un asistente-. Disparos estilo ejecución. Luego, los partió para desangrarlos.

-¿Para qué?

-Para esto -indicó frunciendo el ceño.

Iluminó con su linterna la pared próxima, cubierta de un papel tapiz hecho jirones. Había decenas de figuras de hombres pintadas sobre la cal viva. Al lado, unos signos apretados, a dos líneas. No más de veinte por línea, escritos con punzón o cincel y laqueados con óleo.

-¿Qué mierda es? -exclamo Dovidjenko.

¿Te intriga?

-Está en alfabeto griego-identificó Bellina-. No sé qué dice.

Palpó el tinte fresco en las hendiduras de los signos: más sangre, mezclada con alguna especie de sustancia oleaginosa.

-¿Alguien sabe griego en la oficina?

-Dejo, el letrado, creo que él sabe.

Ya los vecinos, un par de señoras obesas y un anciano con gorra y bastón curioseaban cuando salió de la Quinta.


-Todos pertenecían a la misma pandilla -explicó Bellina, mientras manipulaba el bisturí, vestido con el traje de forense-. No se metían con nadie.

¿Los conociste?

-Mi hermana trataba con la batichica freak. -señaló con una mano enguantada y recubierta de linfa a una chica de cabellos descolarados y maquillaje negro que yacía en una plancha metálica, calzada en una bufonesca pantimedia de redes rojas.

-Mari Kod… algo-intentó hacer memoria-. Estudió primaria con mi hermana Made. Después la fichamos por tráfico de skunk y menos… una droga nueva.

En la morgue se extendían los cadáveres en mesas de disección, iluminados por la luz cónica de las linternas. Mujeres y hombres desnudos, lavados, menores de treinta, estaqueados por un balazo en el ceño y la contracción muscular del rigor mortis. Dovidjenko los contó de nuevo: trece. Un oficial se deslizó en el ajedrez de oscuridad y luces, seguido por Dejo, peinado con los dedos y vestido a las volandas.

-Solo trece balas… -dijo Bellina. Leyó el papel que le tendió el oficial: -Una por cadáver. Balística está asombrada. El asesino se ubicó en la sala detrás de un sofá.

-¿No me pueden citar en otro sitio? -se quejó Dejo.

-Disparó desde la misma distancia en un lapso de cinco minutos -prosiguió Bellina-. En ese tiempo cualquiera pudo abandonar la habitación. No hay más de diez metros entre el livin y la puerta de la cocina. Pero nadie lo hizo.

-Era veloz -sugirió Dovidjenko.

-¿Alguien me presta atención?

-¿Con este grado de certeza?-Bellina metió el dedo en el hueco de una bala-Además, usó una Browning HP de nueve milímetros, con cargador de trece balas. Un diseño de hace cincuenta años.

-¿Una por víctima? Entonces, no fue en cinco minutos. Debió apuntar con cuidado…

-Todos los vecinos coinciden en que fueron cinco minutos. Parece una fantasía.

-¿Para qué mierda me han llamado? -restalló Dejo.

Dovidjenko agitó la cabeza y extendió una fotografía ampliada de la escritura del muro. La cruzaba un barnizado de sombras, pero se distinguía el perfil cuneiforme de los signos.

-¿Entiendes lo que dice?

Dejo se concentró en la imagen.

-Hay un segundo cadáver que tiene menos en la pituitaria- dijo Bellina. Escarbó con el cuchillo en el cráneo y sacó la glándula como quien eviscera la panza de un pez. Dovidjenko observó la pulpa oscura y sanguinolenta enharinada en una materia cristalina y azul.

-¿Qué es exactamente el menos?

-Una droga sintética psicoactiva -explicó Bellina-. La han vendido en los parques, a pesar de los operativos. Produce alucinaciones.

-Es griego clásico… de la época de Pisístrato -identificó Dejo- con algunas variaciones léxicas tardías. Una revisión alejandrina. Dice:

-¡En castellano, maldición!

– “Con esfuerzo se sentaron los ejércitos”-releyó, forzando la vista – “y se callaron en los asientos y acabaron los gritos”.

-Una adivinanza-señaló Bellina.

-No es una adivinanza-se acercó Dovidjenko, con el dedo señalando unas fotos desperdigadas-. Los describe en la fiesta. El asesino se está inculpando… tal vez imponiéndose la condición de verdugo

-¿Qué pasa? -Dejo los escrutaba nervioso-. ¿De qué están hablando?

-No puede ser serial killer -agitó las manos Bellina-. Son del hemisferio norte. Nuestro barrio es sórdido, pero los psicóticos no son de nuestra jurisdicción.

-Es un ritualista maniático-dijo Dovidjenko, mirando alrededor a los cadáveres fastuosamente exhibidos-. Todos consumen menos, de veinticinco a treinta años, descritos por una cita griega y asesinados a tiros de precisión y destripados. ¿Qué más quieres?

-¿Qué pasa? -preguntó Dejo por enésima vez.

-Tenemos a un asesino en serie suelto en la lluvia -dijo Dovidjenko.

¿No es natural?


Este es un juego que Alan de Lille había previsto cuando formuló de una vez y para siempre que Dios codificó la naturaleza como las letras de un libro. Que sea una idea frecuentada hasta el desaliento, no la hace menos agobiante que las pesadillas o la sed de un soldado condenado al desierto. Me espanta la tarea de seguir huellas que nos hablan de maravillas. Basta mirar en derredor -la lluvia, los muertos, el silencio- para saber que todas las huellas conducen a un Dios ciego, que dicta al desgaire un libro de embustes.

Dovidjenko se hizo ideas camino a casa, atravesando el mismo dédalo de calles, la incomodidad semejante debido a la continuidad del mal tiempo Los limpiaparabrisas parecían cercarle no solo la visión de los objetos sino el sueño de vaho que le subía a las sienes. Afuera, piscinas de agua de lluvia reflejaban decenas de lunas amarillas, amplificadas. Dovidjenko suspiró.

En casa, halló habitación tras habitación cerrada por seguridad y en la más absoluta penumbra. Subió, sigiloso, a la segunda planta con la cabeza aún infestada de velos tenues de morgue. En el manoteo de las sombras, escuchó la voz interrogante y rutinaria de su hermano. El niño, pecoso, rechoncho, aguardaba despierto en el pasillo. Pensó (adivinó) lo que preguntaría. Lo sabía porque era un lío de ornato, un caso policial a medias, una incomodidad punzante de las muchas de vivir en ese sitio y a esa hora.

-Los locos han estado gritando -susurró su hermano menor. La inmediatez asombrosa del silencio era desconcertante tras las obligatorias correrías de las investigaciones.

Lo abrazó y le dio un beso en la mejilla para que volviese a su cuarto. “Aquí es cuando solo quisiera tener quince años y simplemente jugar”, pensó, dándole un apretón. La silueta filiforme del hospital de los locos destilaba más vientos y agua en su cabeza que las anunciadas por el boletín del hombre del clima. Vivían a dos cuadras del manicomio y los aullidos de los locos se escuchaban todas las noches. Pero solo entonces y con ese ánimo parecían afectarlo.

Sonó el teléfono:

-Aló. Soy Bellina -llamaba desde la delegación policial-. Dejo ha encontrado de dónde es la cita. Va a seguir matando, Dovidjenko. Hay un patrón. Se desplaza sobre el barrio contra el sentido de las manecillas del reloj.

Qué locura.


La neblina del amanecer le pareció impenetrable a Dovidjenko. Igual cuadró el auto haciendo las señales que sabía inútiles.

-El observatorio de meteorología indica que las inestabilidades climatológicas continuarán -decía el locutor de noticias de la radio.

Distinguió la glorieta entre los oleajes de la niebla. Bellina aparecía y desaparecía mientras caminaba hacia él. Le hacía ademanes para que se pegara a la acera. Las luces de las patrullas inmóviles giraban en silencio.

Bellina lucía ojeras y el abrigo húmedo.

-Están dentro-indicó.

Vio una casa de paredes blancas. Su terraza techada sobresalía apenas de la bruma. Pasó entre las mesitas sucias de un bar al aire libre. Adentro, lo encegueció un instante la oscuridad. Únicamente se mantenía con luz eléctrica la habitación más profunda. Era un cuarto usado como depósito de aguardientes y vinos.

Locos y alcohol. Los antiguos pensaban que la locura se gestaba por obra de un dios que poblaba el corazón de los hombres. El alcohol era, a veces, esa locura; entonces, no había salvación. Por causas análogas, no obstante, algunos pueblos recurrieron a los locos para que juzgaran a sus asesinos los días de fiestas; entonces, un oráculo hablaba por su boca. Tras los desiertos de esquizofrenia y la psicosis, los hombres han imaginado continuamente la voz de un sabio guiándolos. No entiendo por qué.

Cuello y tórax picados en cruz. Bellina le explicaba la escena del crimen. Él veía casi sin ver, el ceño fruncido. Les sacó el corazón y las vísceras. Las quemó empapadas de vino y devoró cuantas pudo, o al menos intentó hacerlo, pero no tuvo mucho tiempo. Costillas fracturadas y palanqueadas hacia fuera en los cuatro cadáveres de hombres. Aparecen vestidos, dispuestos boca arriba, los brazos desplegados, formando un círculo. Al de la mujer, el quinto, el asesino lo subió en una mesa al centro de los muertos (los cadáveres parecían peces nadando en torno de ella). A la chica le sacó los ojos, le devoró la lengua (distinguió mordiscos de animal), mutiló limpiamente sus muslos, manos y pies.

-Se puso artístico -quiso ironizar.

La mujer no tenía más de veinte años. Miraba, pálida y desmelenada, al techo, con la boca grotescamente abierta. Era muy delgada, sus ojos vacíos exhibían delineador en exceso. Sus pies no estaban completamente cercenados; uno colgaba de un cartílago por un lado de la mesa.

-Le gustan las niñas con cara de rameras -observó Bellina.

Dovidjenko no lo escuchó. No tenía ánimo para esos comentarios. Caminó de nuevo hacia fuera de la casa bar. La brisa del alba apenas despejaba el cartel sobre la terraza: Bar de Chic. Mientras se desembarazaba del malestar y el asco, solo quiso ver los movimientos ondulantes de la niebla. En la confusión de su blancura, un anciano cruzaba la glorieta. Le hizo un saluda de rutina y el viejo contestó sin mirar con el bastón en alto.


La casa de Dejo era una biblioteca de letras clásicas muy compleja que circunstancialmente le servía de dormitorio y cocina. Los tomos enfundados en cuero de ediciones centenarias se alineaban con brillosos fascículos de revistas jurídicas. Dovidjenko y Bellina se agolpaban sobre el escritorio sobrepoblado de papeles amarillos y de los códigos judiciales vetustos del erudito.

-Explícame lo del patrón -le pidió Dovidjenko.

Dejo, sentado tras su computadora, explicó:

-No lo imaginé… hasta que Bellina y yo recibimos la llamada sobre el crimen en el bar.

Introdujo al buscador de internet la dirección electrónica del Instituto Milanés de Estudios Homéricos.

-Esta es la página de un buscador filológico de estudios clásicos. Su base de datos contiene información sobre todos los pasajes de textos clásicos originales provenientes de cualquier soporte: tablillas, pergaminos, papiros, códices. Se usa para confrontar posibles nuevos hallazgos de fuentes escritas antiguas: saber si es una copia de texto que ya se conoce, si es una variación notable de uno ya conocido, si es absolutamente original. Cuando introduzco los caracteres que grabó el asesino en la Quinta Leone, miren lo que arroja.

-¿Catalogus navium? -frunció el ceño Dovidjenko.

-El Inventario de las Naves -tradujo Dejo-. Es el canto segundo de la Ilíada.

-¿No es el catálogo de las naves?-dijo Bellina.

Catálogo es cacofónico e inventario se ajusta al sentido -bufó Dejo y se sonrojó-. Es mi traducción. Eso no importa. Es un pasaje de la Ilíada de Homero en que se enumeran las fuerzas griegas que combaten contra Troya. A partir del sitio de procedencia de los barcos y de los nombres de sus líderes se recorre prácticamente toda la geografía del Egeo. Pero ello siempre ha supuesto un problema filológico, histórico y geográfico bien conocido: ¿en qué orden hace Homero su enumeración? Para quien sabe de estudios clásicos, es un problema de primera prioridad. Supuse que también para un asesino que transcribe en lengua original un canto homérico.

Bellina examinó con mirada superficial el mapa de la península del Peloponeso salpicado de puntos negros que indicaban los pueblos de origen de los combatientes enumerados en el Catálogo de las Naves.

-Se pensó que Homero los enumera en círculos concéntricos. El más interno avanzaba en sentido horario y los otros se alternan de un modo más o menos arbitrario: horario y antihorario.

-Eso no es un orden -dijo Dovidjenko.

-No hasta que Felice Vinci desplaza la geografía homérica del Egeo al Báltico. Mediante el análisis de toponimias y de movimientos migratorios, demuestra que el Egeo homérico encubre, en realidad, una geografía mítica que remite a la tierra de donde venía la migración indoeuropea que pobló el Peloponeso: aparentemente el mundo balto-escandinavo. En ese espacio, la clásica indicación de ir contra el sentido de las agujas del reloj funciona a la perfección.

Indicó el mapa de la guía telefónica local con las calles del barrio entreabierto entre las rumas de libros que circundaban a su computadora:

-Quinta Leone y luego el Bar de Chic, hacia la derecha de la quinta.

-Es un asesino muy culto -ironizó Dovidjenko.

-Muy culto -subrayó Dejo, cogiendo las fotos desperdigadas por Bellina en su mesa de trabajo-. Esta barbaridad que hizo con los cuerpos…. Demoré en verlo, pero… -abrió un libro de ilustraciones: indicó un ánfora de cerámica con figuras de toros despedazados a partir de incisiones en cruz entre costillas y vientre; en primer plano, bien definidas, eran visibles las extremidades desplegadas y mutiladas de las bestias, flanqueadas por sables y cráteras de vino a izquierda y derecha–. Es una pieza del siglo VI a.C., extraída de asientos lacedomónicos tempranos. La perspectiva es casi inexistente y la filiación estilista dudosa, entre corintia y ática, pero la imagen es lo suficientemente clara. Se trata de un sacrificio de toros a Zeus Olímpico, cuyas carnes han sido dispuestas para el banquete de los combatientes. De acuerdo con la ortodoxia sacrificial, los toros fueron degollados y destripados; luego, los muslos se despedazaron y se quemaron untados en sus grasas junto con las vísceras, los ojos, las patas…. -cogió las fotos de los cadáveres que Bellina colocó sobre su escritorio: un cuerpo eviscerado, empapado de sangre, con las costillas abiertas-. Como pueden ver, el asesino copió el patrón del sacrificio. Si hurgan entre los intestinos quemados, creo que encontrarán los muslos de la chica.

-En efecto, hay tejido muscular estriado-dijo Bellina-, pero no lo asociábamos con ella.

-Te voy a contratar de patólogo, letrado -Dovidjenko se rió entre dientes y dio un codazo a Bellina-. ¿Qué sabemos de las autopsias? ¿Tenemos identificaciones positivas?

Bellina leyó su palm:

-Jóvenes de la zona. Hemos identificado al hijo mayor de los Barezzi. La chica era una suerte de diva y poetisa local: Elsa Haslam. A diferencia de los vagos de la Quinta Leone, eran bebedores ocasionales, con familias y estudios, en algunos casos de nivel superior.

-La ornamentación del crimen puede responder a la condición sociocultural de las víctimas -especuló Dovidjenko.

Dejo abrió un ejemplar de la Ilíada y manoteó las páginas hasta alcanzar el canto segundo.

-Me parece que hay un motivo más fuerte -dijo, la mirada inquieta- En la Iliada II, 420, el Inventario de las Naves, hay un sacrificio de toros a Zeus Olímpico, justo antes de que se inicie la enumeración. Es verosímil pensar que está recreando el relato del canto segundo.

-¿Quieres decir que esta asquerosidad puede ser apenas un preludio? -preguntó Dovidjenko.

-No lo sé -Dejo agitó la cabeza-. Ese es terreno desconocido para mí. Soy erudito, no detective.

-Tengo algo-dijo Bellina, sacando una vez más su palm del bolsillo y conectándola al puerto de entrada de la computadora de Dejo-. Son fotos de la autopsia. Pedí que los chicos me las mandasen apenas tuviesen novedades. Bájalas.

El letrado tecleó la secuencia estándar y la imagen digital se perfiló instantánea en el monitor. Era la mujer mutilada, desnuda, sobre el brillo metálico de la mesa de disección. Su cuerpo exhibía la voluptuosidad de tatuajes ofídicos que discordaban con sus carnes magras y amarillas. Las caderas anudadas de bailarina destacaban a primera vista por sobre sus extremidades de juguete y el aspecto escuálido de su musculatura. El tajo en cruz de cuello a vientre, los ojos vacíos y los cabellos oscuros y alados bajo el tórax la hacían asemejarse a un insecto de mirada intensa en plena vivisección.

-Debieran ser solo crímenes sexuales -observó Bellina-. Es muy bonita.

-Algunos asesinos en serie matan por fijaciones en alguna experiencia sexual traumática de la infancia-comentó Bellina, examinando detenidamente la foto. Los dedos enguantados de un forense indicaban la sección interna del brazo derecho-. A veces, violación o una iniciación sexual que conduce a un erotismo retorcido. ¿Qué señalan tus asistentes?

-Hay un acercamiento-. Dejo presionó una tecla y se deslizó la siguiente foto. Era un primer plano del brazo destacado. Pequeños caracteres diseñados con una hoja o aguja muy fina recorrían el borde interno y piloso de la extremidad que hacía ángulo con la axila. Una tercera foto les dejó claro que los caracteres eran escritura griega una vez más:

El letrado leyó de inmediato, en medio de la ansiedad de Dovidjenko y Bellina.

-En español, maldita sea -se quejó de nuevo Dovidjenko.

-“Al frente de los Beocios iban Peneleo y Leito”-. Corrió con los dedos, nervioso, las páginas de su ejemplar de la Ilíada, que había cerrado sin percatarse. Se detuvo en una pieza cuando alcanzó la línea y el verso buscado-. Es el comienzo exacto del Inventario…

Bellina desconectó su palm. Se dejó caer en un sillón de paño verde que invitaba a la lectura o al sueño. Se desajustó el abrigo de botones y pechera cruzada. Subió los pies a una mesita de centro asfixiada de publicaciones de todo tipo. La habitación-estudio olía a los deodorizadores de ambiente esparcidos por Dejo para que las estanterías no sucumbieran al hedor de la humedad y el encierro.

-Pero, ¿a cuántos más puede matar? -se frotó la frente-. Esto es desquiciante. ¿Qué va ha hacer? ¿Una masacre genocida? ¿Y puede…? No sabemos nada de él, tal y como cuando empezamos en la Quinta Leone.

-Olvidas que sabemos que mata a trece personas a tiros sin que estas sean capaces de reaccionar -interpuso Dovidjenko, sentándose a su lado- y que somete y despedaza a sus víctimas sin oposición aparente.

Bellina sacó nuevamente su palm del abrigo y leyó el mensaje nuevo que anunciaba un zumbido electrónico.

-Las víctimas no se oponen porque tienen menos en la pituitaria-explicó-. La disección de la cabeza de Haslam y de los otros cadáveres ha descubierto trazas de menos en las vías olfativas y efectos colaterales de la adicción en el sistema vegetativo.

Guardó la máquina y añadió:

-Los chicos debieron drogarse en otro sitio antes de ir al Bar de Chic. Por eso no encontramos ni una pizca de menos en el bar.

-El menos de nuevo -dijo Dovidjenko-. ¿Qué más sabemos de él?

-Solo conocemos la información del boletín internacional de fármacos y el tratamiento de dos casos de sobredosis en el hospital público -respondió Bellina-. OMS piensa que es de manufactura asiática, pero Human Health y Drugs International se abstienen de opinar. En las calles, los dealers de skunk y cocaína se acusan mutuamente de venderla. Probablemente ambos grupos lo hacen, pero no tenemos datos concluyentes.

Miró el gesto insatisfecho de Dovidjenko y sugirió:

-También podemos declarar que solo es una disputa de pandillas y pedimos vacaciones.

Dovidjenko negó con la cabeza.

-Sabemos el patrón. El asesino se moverá por el flanco izquierdo del barrio en busca de aglomeraciones de viciosos para planificar una escena asimilable a las del Inventario de las Naves. Es un perímetro de cuarenta cuadras, que incluye el bulevar de los artesanos, los hospicios de mendicantes y el malecón de la Marina.

-Podemos concentrar agentes en las encrucijadas e implementar redadas cada doce horas y allanamientos si es necesario -dijo Bellina-. Dentro de veinticuatro horas tendré a las pandillas del malecón y de los hospicios fuera de las calles.

-Todas son medidas preventivas -observó Dovidjenko, las manos en los bolsillos-. Necesitamos saber quién es.

Enmudeció mirando en el monitor de la computadora la foto de Elsa Haslam destripada. Frunció el ceño y preguntó:

-¿Por qué el asesino separa a la chica de los otros cuerpos?

Dejo parpadeó:

-¿De qué hablas?

Dovidjenko buscó en el escritorio las fotos del cadáver de Haslam y las del salón de la Quinta Leone.

-Es lo mismo que con la batichica freak amiga de la hermana de Bellina, María -enseñó la foto del cadáver femenino baleado-. Cuando la encontramos, ninguno de las víctimas tenía contacto físico con ella. Por el desorden de los cuerpos, ni siquiera parecía significativo. Fíjense.

En la sala de los espejos de la foto, una media docena de cadáveres permanecía visiblemente dispersa. A distancia considerable, aparecía, bocabajo, la mujer con las pantimedias de redes rojas. Dovidjenko añadió:

-Pero en el caso de Haslam es clarísimo. El asesino las separa a propósito de los demás cadáveres.

-Tienes razón -asintió Dejo-. Que sepa no existe ninguna alusión de este tipo en Homero. A decir verdad, la ortodoxia prescribe animales del mismo género…

-Aquí hay otra cosa -aseguró Dovidjenko-.Un tipo de clave o desafío… Está diciendo algo de las mujeres…. o sobre sus mujeres…. o sobre su móvil.

¿Qué es?


El viento soplaba con fuerza cuando salieron a la calle. Dovidjenko y Bellina caminaron presurosos hacia el auto por la inminencia de la lluvia.

-¿No desconfías de él? -preguntó el comisario, mirando hacia la casa de Dejo-. Erudito, no tiene más de cuarenta y cinco años y sabe al detalle cómo el asesino actúa. Parece de manual.

-Entonces, también tendrías que desconfiar de mí -dijo Bellina-. El asesino no solo conoce del mundo griego, sino que ha estudiado anatomía humana. ¿Tienes idea de la cantidad de tejido y venas que tuvo que remover para dejar los cuerpos con ese aspecto? Que yo sepa, el único en el barrio con título de forense soy yo.

Se metieron a su auto justo cuando empezaba la lluvia. Las piscinas de agua reflejando las calles y las casas eran una pesadilla. Dovidjenko no tenía ganas de seguir en ese infierno. Parpadeó, muy cansado.


Llovió intensamente toda la noche. En un momento impreciso de la madrugada cortaron la luz eléctrica. El golpeteo metálico de la lluvia en los tejados no dejaba dormir a Dovidjenko. En la oscuridad, imaginó que el asesino entraba a matar a su hermano. Su visión no le daba silueta, pero lo intuía como una soga o una daga húmeda al alcance de los dedos. Despertó sudando, atascado en su mismo vaho, con una sensación de agua amarga en la boca.


-Está adentro -indicó Bellina.

Las patrullas y las cintas amarillas impedían el tránsito libre en los terrenos del hospital para enfermos mentales. Llovía desde antes del amanecer y los curiosos se amontonaban tras los paraguas y el cerco perimétrico de los agentes de policía. El cielo permanecía inmutable, sin visos de despejar.

-¿Están absolutamente seguros? -preguntó Dovidjenko, en medio del chisporroteo ensordecedor del agua.

-Absolutamente -contestó Bellina, cubriéndose la cara una y otra vez lavada con las solapas insuficientes del abrigo-. Ha disparado. Le dio a Simmel y Sauwe cuando revisaban unas pintas en el muro norte.

-Adivino-dijo Dovidjenko-: balas de calibre de nueve milímetros, de la Browning HP de la Quinta Leone.

-Exacto -Bellina fue interrumpido por un cabo que le encajó en la oreja derecha un enlace de comunicaciones-. He mandado a Dejo para que vea las pintas. Es griego de nuevo.

-Carajo -maldijo Dovidjenko, examinando un mapa del barrio completamente desfigurado por la humedad-. Siguió el patrón del Inventario de las Naves: contra el avance del reloj. Pero solo tuvimos en cuenta la protección de las aglomeraciones libres de gente. No pensamos en las cautivas.

La patrulla que traía a Dejo desde el muro norte se detuvo salpicando al lado de ambos.

-Son unos inconscientes, naturalmente- les increpó el letrado, chapoteando en el lodo-. ¿Cómo me traen a esta hora? Tenemos alerta de tormenta.

-Como fuese, te necesitamos en este momento -dijo Bellina. Un agente los cubrió con un paraguas impotente frente al diluvio-. ¿Qué dicen las pintas?

-, la llanura escamandria -buscó secarse la cara con una mano-, no es una cita del canto segundo en particular, sino un sitio donde transcurren los combates entre los griegos y troyanos durante el asedio. Está entre las playas y las murallas de Troya.

-¿Un campo para los duelos de campeones? -inquirió Dovidjenko.

-Un terreno de masacres -precisó Dejo-. No había ganadores hasta que no se sacasen la lengua o los ojos. Los carros de combate arrastraban los cadáveres de los vencidos hasta despedazarlos.

Dovidjenko chasqueó la lengua y cruzó los brazos.

-Tenemos veinte personas dentro, sin contar a los locos -terció Bellina-. Hace media hora que intentamos comunicarnos con el asesino o con alguien de adentro. No obtenemos respuesta.

-Sabemos que los serial no negocian -bufó Dovidjenko, a quien conectaban otro enlace-. Debe de estar haciéndolos pedazos si lo considera indispensable para cumplir su ritual maniático.

-¿Entramos? -preguntó Bellina, tras un breve silencio.

– Bajo mi responsabilidad -asintió Dovidjenko, sacando su arma-. Ahora. Con francotiradores. No perdamos un minuto.

-Muy bien -dijo Bellina, hablando hacia el enlace-. En posición todas las unidades, confirmen -. Las respuestas se sucedieron, infladas de ruidos parasitarios y de estertores de lluvia-. Dovidjenko al mando… ¡Entramos! ¡Entramos!

Al instante, el pelotón de agentes armados con protectores pectorales traspasó las rejas del muro del hospital. Las charcas de fango explotaron sucesivamente bajo las botas y las correrías. Dovdijkenko y Bellina, las pistolas desenfundadas, saltaban en zigzag en medio del pelotón que desaparecía a zancadas en el escozor de la lluvia. Llegaron casi sin aviso al vestíbulo de luces fluorescentes del pabellón principal.

-A derecha e izquierda -indicó Bellina por el enlace.

En el silencio de los sucesivos pasillos de iluminación oscilante no hallaron a nadie. Puerta tras puerta, las armas enfiladas, solo las sillas de espera, los aparadores de atención, las computadoras encendidas y solitarias. Los agentes se dispersaban con mayor celeridad.

-¡Entren!¡Entren¡ -radió Bellina, mientras recibía media docena de solicitudes por el receptor auditivo-. Tenemos asegurada la primera planta. ¡Entren!

Sonaron balazos inesperados dos habitaciones más adelante.

Dovidjenko, sin saber qué pensar de cada encrucijada a oscuras, entró a lo que parecía la celda de un paciente. Una cama, las paredes acolchadas, un agente con una metralleta descerrajada, un hombre sucio acribillado de pies a cabeza.

-Se me lanzó -se excusó el agente, retrocediendo.

-Es un loco -identificó Dovidjenko con mirada expeditiva-. ¡Paramédicos!

Corrió sin detenerse a otra habitación y a la siguiente. Solo la continuidad de pasillos y más cuartos múltiples y silenciosos. Saltos de la luz a la oscuridad. Y sin previo aviso, una vez más a la lluvia. Había cruzado la longitud completa del edificio.

-¡Dios mío! -exclamó.

En la playa en que desembocaban los fondos del hospital parecía diluviar.

-¿Qué es?-dijo Bellina,

Ambos vieron, trastornados, la matanza. Ahí estaban los médicos, los pacientes, los enfermeros, los empleados, todos sin cabezas, clarísimos en el lodazal de la tempestad por sus batas blancas ondulantes al viento. Permanecían ensartados de las entrepiernas en afiladas picas de madera de muelle. Algunos seguían hundiéndose por gravedad. Era una formación caótica, extensa, de la que la lluvia deslavaba sangre y su propia humedad sucia e inacabable.

-¿Dónde están? -musitó al cabo de un instante Dovidjenko, los ojos fijos en la matanza.

-¿Qué? -dijo Bellina.

-Las cabezas -contestó, y echó a correr por la playa entre los cadáveres diseminados.

Atrás venía Dejo, que palideció, vomitó de inmediato al ver los empalamientos. Trató de racionalizar lo que veía, nervioso:

-Es un rito militar muy remoto, común a todos los pueblos indoeuropeos. La decapita…

Dovidjenko salió de la formación, mirando a izquierda y a derecha, temiendo por debajo de sus certezas que alguna mano lo tocase en el laberinto de la noche y la lluvia. Casi sin aliento, alcanzó un bote de pescadores varado contra bancos de arena en el límite con el mar. Los agentes corrían sofocados detrás de él. El bote estaba enfundado por una manta carcomida por los líquenes y la intemperie y la alzó de un manotazo. Y, sin aviso, las cabezas, todas las cabezas de los locos, de las enfermeras, de los médicos, los ojos y los sesos desbaratados, los cabellos trasquilados, oliendo a carne fresca y a sal de mar.

Quiso vomitar, pero lo impidió la mano pequeña y pálida que se distinguía entre las cabezas. La jaló como quien jala un gusano en una pesadilla. Los agentes tuvieron que retenerlo, apaciguarlo, para que no se desgañitase ahí, para que no se lanzase como un loco a gritar cuando alzaba al cuerpo destripado de su hermano entre los ojos y los sesos, cuando lo abrazaba con la expresión desorbitada, y gimoteó, lo siguió acariciando, mientras los agentes lo ayudaban a sacarlo del entre las cabezas y a la vez lo sujetaban a él que estallaba en una mueca de desolación.

-¡Calma! -le pidió Bellina, le quitó el cuerpo del chico de las manos y miró al bajo vientre desfondado: -¡Es una endiablada colestomía múltiple! -. Le tocó el pulso húmedo-. ¡Está vivo! -Gritó por el enlace: -¡Paramédicos, aquí, carajo! ¡Paramédicos!

Examinó con detalle el rostro del chico, le auscultó las fosas nasales.

-Lo han intoxicado con menos -observó-. Parecen cantidades preoperatorias.

Dovidjenko abrazó a su hermano y lo besó en la frente.

-¿Quién fue? -le preguntó, viendo que se movía.

El chico balbuceó:

-Un anciano me sacó de la casa -se desmayaba a intervalos-. Me habló de que tú me buscabas. Al final estaba loco… Me dijo que era Dios.

Dovidjenko quedó paralizado. “Yo lo vi”, se exaltó, mientras se acrecentaba en su memoria su contemplación de la niebla fuera del Bar de Chic.

Sacaron al chico en una camilla, mientras agentes peinaban el pabellón. No paraba de golpear la lluvia, caía a baldazos.

-Todo los cadáveres están tatuados -constató Dejo, corriendo estremecido tras Bellina-. Pero dicen lo mismo… Es ilógico: “Los ricos teucros de Zelea que beben el agua negra del Esepo…”.


-Es una pesadilla. No estoy bien -irrumpió el letrado en la delegación policial. Tenía el aspecto tenebroso de las angustias meditadas-. ¡Nos equivocamos! Y esta tormenta maldita encima…

Bellina fumaba tras su computadora, el semblante inexpresivo. En su pantalla giraba el ojo satelital de una tormenta ciclópea perfilada sobre una sección de planisferio verdiazulada.

-Especulan que el anticiclón se ha debilitado por una desviación casi imperceptible del eje de la Tierra -advirtió, frunciendo el ceño-. ¿Es posible? Los climatólogos no indican nada definitivo en sus páginas web.

-Esto es serio, Bellina -se dejó caer en el sillón frente a él -¿Dónde está Dovidjenko?

-Aquí estoy -dijo Dovidjenko, quitándose el sombrero y colgándolo a las malas en el perchero-. Parece que escampa. Vengo del hospital-. Cerró la puerta casi al mismo tiempo.

-¿Cómo está tu hermano? -preguntó Dejo.

-No muy bien -explicó, sacándose humedad de la frente-. Le han revertido las cirugías espantosas, pero temen por la intoxicación con menos.

Es una típica maniobra killer. Es su forma de decir que sabe quién dirige la investigación.

-Hemos estado equivocados, Dovidjenko -parpadeó Dejo-: hemos estado interpretando mal el canto segundo. Como leían el orden de las naves los comentadores clásicos. ¡La interpretación del asesino es distinta!.

-Hay un anciano en esto -dijo Dovidjenko-. Fue quien sacó a mi hermano de casa.

-Es cosa de viejos -se puso de pie Dejo, moviendo la cabeza.

-De un ejército de viejos -Bellina no pudo evitar la ironía.

– Está siguiendo a los gnósticos cristianos de la Baja Edad Media-explicó Dejo-. Se mueve reproduciendo el canto segundo según una alegoría apocalíptica.

-Eso es un cuento -bufó Bellina, soltando humo-. ¿”La muerte y la brújula” de Borges? He leído muchas historias policiales cuando estudiante.

Dovidjenko dio un respingo, harto de la lluvia, del perfil de su hermano en la camilla. “Si esto tiene algún sentido, por Dios, debe ser ahora”

-¿De qué demonios hablas, Dejo?

-El canto segundo siempre fue un problema -Dejo cogió unos papeles del escritorio de Bellina y empezó a dibujar trazos largos, fantasiosos, acentuados en los extremos-. No sé cómo no pensé en ello. Fue un problema para los glosadores de la Baja Latinidad y una crux desperationis para los neoplatónicos desde Pseudo Dionisio Areopagita hasta el Renacimiento. Es un mamarracho de interpolaciones que los filólogos nunca tuvieron bien claro. ¿Cómo no me fue groseramente evidente? ¿Arcaico o pastiche? Una hoguera de vanidades. Todos los pueblos griegos querían tener inscrito su nombre en el Inventario de Homero y con seguridad la lista se fue ampliando conforme avanzaban los siglos y el prestigio de la Ilíada. Su entonación petulante…. Borges lo llamó la pretenciosa enumeración de un poeta inseguro de sus magias. Los glosadores cluniacenses del siglo XIII pensaban que el diablo habitaba ahí…

-Cálmate -pidió Dovidjenko. Se sentó a su lado. Le clavó los ojos: -¿Qué sabes?

-Sé dónde está el asesino -dijo Dejo.

Por un instante solo fue perceptible el zumbido levísimo de los calefactores. Las cortinas de lluvia escurrían las ventanas. El tiempo parecía el silencio.

-No te das cuenta hasta que piensas: “El Inventario no solo es la lista, es el canto completo”

-¿Y?

-Saulo de Montefiori señala en su Antigua Glosa del Códice de Santa Teodosia: “El Inventario de las Naves es nefasto porque enseña que Dios miente”.

-Lo que el viejo le dijo a mi hermano…

-¡Primera clase de análisis de texto! -restalló Dejo-. El argumento del canto….

-¿Qué pasa con el argumento del canto?

-Jamás lo examinamos. Da miedo ver cómo hemos estado ciegos. Es así… -. Y recitó el argumento.

Yo lo conozco: “Zeus, el que porta el trueno, empeñado en restituir nombre y honra a Aquiles Pélida, envía un sueño a Agamenón, pastor de hombres, en que promete victoria a las huestes invasoras si atacan con fiereza a la bien protegida Troya al despuntar el alba. El dios profiere engaños para perder a los atacantes y así se vean obligados a recurrir a Aquiles, el de los pies ligeros, y se humillen largamente ante él. Agamenón convoca a los reyes griegos y, por su consejo, miente a las huestes multitudinarias reunidas al pie de las naves; les anuncia retorno sin gloria a su tierra natal tras nueve años de combates inútiles. Disconforme de ello, Odiseo, pastor de hombres de multiforme ingenio, azuza a los héroes valientes y a los desidiosos montado en su veloz carro de combate. También les miente con augurios, profecías, glorias sin cuento si permanecen en el sitio, alzados en armas. Al despuntar el alba, Agamenón, pastor de hombres, rey de reyes, conocedor y beneficiario de su treta, conduce a la hueste más numerosa de los nueve años de asedio contra las murallas de la bien guarecida Troya, desconociendo que es solo víctima del engaño de los dioses”.

Dejo dilató las pupilas al concluir la síntesis.

-¿No entienden? -siguió dibujando con la mano izquierda, haciendo trazos que parecían alas-. Los neoplatónicos estaban espantados. La Antigüedad Clásica debía contener en su seno a la verdad cristiana, cada texto debía poder leerse como una alegoría de la Revelación Cristiana: Dios debía anidar en cada metáfora. Los textos romanos se ajustaban casi como domados; los latinos son casi antepasados morales de los cristianos con sus ideas de virtud cívica, de austeridad piadosa, pero el canto segundo de la Ilíada… Mentira tras mentira, el orden del universo es un embuste en la Ilíada. La cara de la verdad es la cara de la trasmutación, de Satanás, amo de lo mutable.

Bellina hojeó lo que Dejo dibujaba. De un solo trazo, sacaba elipses, alas de las elipses, una tras otra. El estado de excitación emocional de Dejo parecía sobrepasar por momentos los límites del mero nerviosismo. Sacudía sus manos.

-Naturalmente, los gnósticos se lanzaron sobre el canto segundo. Los gnósticos pensaban que el universo no era obra de Dios sino de un diablo que nos engañaba. Basílides, en el siglo II de nuestra era, dijo que el cosmos era una temeraria o malvada improvisación de ángeles ineficientes. Si la verdad de Satán habitaba los textos clásicos, deberían mostrar el cariz monstruoso de su faz a cada paso.

El dibujo de Dejo continuaba. Salía una cabeza de un talle aplanado y alto, de bases vaporosas e infinitamente dilatadas. Las alas tenían ojos, decenas de diminutos ojos de pupilas agresivas.

-En el Liber adversus omnes haereses -Dejo sacó una cabeza más y otra cabeza del tronco monstruoso- se resumen las doctrinas gnósticas de Satornilo y Carpócrates, heresiarcas menores, pero que alcanzaron condena universal de la Iglesia. Para ellos, la mentira del diablo era la verdad de Cristo. Para ellos, la Buena Nueva del Evangelio se volvió la cara infesta de las mil mentiras del Diablo. Si el ángel es el mensajero de la verdad, a este lo delata su abominable anatomía de embustes.

Enseñó el dibujo que había terminado. Era una emanación de altos vapores envueltos en seis pares de alas con ojos de pavo real. Sobre el cuello cuatro cabezas: de león, de toro, de águila y de hombre. Nadaba en un océano que parecía de fuego.

-Este es Metatrón, también llamado Miguel, el ángel del Fin del Mundo -indicó Dejo-. Es un animal santo. Las cuatro cabezas son por su condición de mensajero de Dios. Los Cuatro Evangelios y él son uno: Mateo es el hombre, Juan es el águila, Lucas es el toro y Marcos es el león. Su presencia debe anegar el Inventario, gritar por todas partes.

Saltó al mapa del barrio, atravesada por los tintes y marcas de cercos, perímetros, escenas del crimen:

-Quinta Leone es el león, en el Bar de Chic los despedazó como becerros, es decir, toros. En el manicomio nos gritó: “Los ricos teucros de Zelea que beben el agua negra del Esepo…” Cualquier erudito clásico sabe que Zelea era famosa en la Antigüedad por sus águilas. El asesino nos está matando con una alegoría medieval del Fin del Mundo.

Dovidjenko y Bellina estaban de pie, aturdidos.

-Dices que sabes dónde está -Dovidjenko lo tomó del brazo, que temblaba.

-Falta el hombre, San Mateo -dijo Dejo-. El hombre es él, que nos engaña y acorrala. Como Zeus desde el Olimpo.

Dovidjenko se quedó inmóvil:

-¿La zona más alta del barrio? -preguntó.

-El observatorio climatológico -identificó Bellina-. Y justo se llama Olimpo.

Dejo asintió:

-Es su nido. No hay otro sitio.

Dovidjenko fue al perchero, se puso el sombrero, reviso su pistola:

-Vamos al observatorio. Bellina, llama al escuadrón especial. Rodeamos el sitio de inmediato.

-Imposible -negó Bellina-. Van a estar muy ocupados evacuando la zona. Estamos bajo alerta de huracán.

Y señaló la pantalla brillante de la computadora con el ojo satelital y el inmenso boletín rojo de huracán en el Pacífico Sur.

Vienen al fin.


En medio de la calma inexpresable del anuncio de los vientos, el automóvil de Dovidjenko corría hacia el observatorio. Las calles no solo permanecían oscuras, sino despobladas. Jamás como ahora el comisario sintió la persistencia de cada esquina y declive como un infierno angular y certero.

-El huracán toca tierra en veinte minutos -dijo Bellina, de copiloto, mirando la página climatológica en su laptop-. Debemos partir ya, Dovidjenko.

Pero sabía (estaba convencido) de que no darían la vuelta, de que no tomarían el camino de las patrullas de emergencia y las evacuaciones.

-La más pavorosa locura -susurraba Dejo temblando, detrás-. ¿Y si en efecto es Dios? ¿Y si el huracán también sucede por su obra?

Los perros aullaban bajo el fondo de las calles vacías y abismales y el cielo inapelablemente gris. Y el viento empezó. Primero suave, casi imperceptible. Luego, fue adquiriendo un ondular que arrastraba basura, papeles, las copas de los árboles más pequeños. Un gato combatía contra el viento mientras lo golpeaba un bolsón de lluvia. Dovidjenko aceleró.

En el descampado aledaño al observatorio decenas de veletas giraban histéricas. Cuadró el automóvil cuando los vientos eran un azotaína que hacia explotar los vidrios del edificio. Se metieron a través de una puerta de vaivén que se movía sin pausa. Los muebles de la recepción se arrastraban de izquierda a derecha zarandeados por mucamas invisibles.

-¿Dónde puede estar? -preguntó Dovidjenko.

-En un lugar muy visible -contestó Dejo-. Dios en su gloria.

-El telescopio del planetario -indicó Bellina.

Sí.

Corrieron mientras el estruendo de los vientos ensordecía cualquier sonido, cualquier comunicación. Sin embargo Bellina, alcanzó a decir, sobresaltado:

-¡Alto! Falta algo. ¿Por qué el rito con Elsa Haslam, con María Kodama, la batichica freak de la Quinta Leone?

Sí.

Entraron a un gran salón oval. El anciano del bastón los esperaba, mientras los tímpanos parecían reventarles.

Yo soy el dios ciego que gobierna este abismo de embustes -vocalizó con voz de trueno, y fue claro a pesar de la ventolera inclemente.

Dejo dijo, incrédulo, tiritando:

-María Kodama es la esposa de Borges, el cuentista…

Y Haslam es el apellido de mi abuela -dijo el anciano ciego sin dirigir los ojos a ninguna parte. Asentó el bastón en el piso y continuó sin énfasis-: Naturalmente, en la oscuridad de los últimos días, la cara de Dios es la cara de un asesino. Quien lee al reguero de cadáveres como una clave del sentido oculto de la mente de un hombre tiene más fe en Dios que un monje que ora en su mazmorra. Niega la equivocación, la casualidad, la malignidad de la naturaleza. Toda investigación es una teodicea. Y aquí heme, Dios. Yo los imagino para que piensen que siguen a un criminal, que el criminal los sigue a cada esquina del barrio, pero cazador y cazado solo testimonian la fe en el orden, en que las pistas que se dejan y se persiguen forman una figura nítida y legible en la última línea. Pero nada pasa, nada se lee porque los signos solo saltan y se mezclan en la promiscuidad ilegible de mi voz. Yo solo me dicto líneas donde ustedes son criaturas imaginadas, en las que no se dan cuenta de que lo son hasta este instante, en las que oculto mis fantasías y citas familiares -metrópolis axiomáticas, apellidos impronunciables, heresiarcas adictos a espejos, mi zoología fantástica-, en las que, no obstante, me oculto también tras el sentimentalismo, el miedo y el escándalo de folletín.

Dovidjenko escuchó inmóvil. No podía decidir si eso era cierto. Pensó en su hermano:

-Usted puede parar esto-señaló al huracán de marabunta.

No -dijo el anciano-. Deben de entender: Dios no existe sin la imaginación de un hombre. El mundo tampoco.

Dovidjenko cerró los ojos. El golpe del vendaval lo borró.

PiedePágina • 2008