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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Fabularios

Por Ronald Flores


Dos presos llevan años en una mazmorra húmeda. Cuelgan, engrilletados de pies y manos. Recuerdan las cadenas tan sólo cuando las ratas avanzan sobre ellas, balanceándolas. Una pequeña ventana en el lejano techo alimenta, a la vez que amarga, su esperanza. Sus ojos han fatigado las figuras que provoca el moho en las paredes de piedra. Hartamente conocen la sombra de cada hora del día en cada estación del año. Aborrecen el medio día que anula las figuras y los castiga el sol que quema desde las alturas.

No se hablan para conservar la saliva. Rompen el silencio tan sólo en invierno cuando pueden beber de la lluvia que cae sobre ellos. Han visto con tristeza y cierto alivio que hasta los roedores, que andan por sus huesos, tienen carne y grasa bajo la piel. Cada vez los alimentan menos. Los han dejado que se consuman. Ambos sienten que la muerte los ronda.

El primer día de invierno, con la poca energía que guarda, habla uno de ellos. Convence a su compañero de infortunio a hacer algo memorable antes de morir. La certeza del hambre se los come por dentro. Agonizan. La plática es agria en un inicio. La pueblan llantos, nostalgias y viejas recriminaciones. De pronto, alguno menciona a Don Quijote y el recuerdo del flaco enloquecido los hace estallar en risas. Deciden, entonces, inventar una historia. Distinta a la que empieza en algún lugar de la Mancha, pero bastante parecida.

-De aventuras -se proponen.

-¡Eso! -se animan.

-Con mujeres hermosas.

-Y trago. ¡Mucho trago!

Cada uno aporta cosas distintas. Beben en una cantina, de la cual se retiran sin pagar. Afuera, alegres, comentan.

-¿Por qué salimos corriendo? -pregunta, carcajeándose.

-No sé – responde su compañero, sacudiéndose de la risa.

Agarran camino.

-Pero, yo no quiero ir a pie. ¿Por qué no agarramos esos caballos?

Saltan una barda y corren atemorizados por el patio. Desatan y montan caballos.

-¡Arre! -gritan al unísono mientras parten a galope.

Cuando están lejos del poblado, comenta:

-Es tan hermoso galopar y sentir el viento en la cara.

-Más hermoso sería galopar sobre una moza.

Ambos ríen a sus anchas. Trotan a caballo por la campiña. Disfrutan del paisaje. Para pasar el tiempo, dan voces. Están al mando de un ejército.

-¡Flanco derecho! ¡Avance!

-¡A la carga! ¡A la carga! – grita el otro mientras le clava los espolones a su caballo.

Se hablan a gritos. El sonido de la batalla los distancia. De pronto, le grita al amigo:

-¡Atrás de ti, camarada! ¡Agáchate!

Por la advertencia, esquiva un golpe que pudo ser mortal. Se dan la mano. Se palmean la espalda. Arremetan a una sola voz contra las huestes enemigas.

-¡Quién contra nosotros! ¡Nadie!

Hunden el acero, baten las espadas, abren las puertas. Han rescatado la ciudad sitiada, la multitud clama sus nombres, los esperan bellas damiselas. Beben en el salón del Rey.

-¡Salud! ¡Salud, hermano!

-¡Salud! ¡Majestad, a vuestro nombre!

-¡Salud!

El Rey los premia con sus hijas, herederas del reino.

-¡Mira que hermosos ojos los de la princesa!

-¡En lo que te fijás! ¡Mírale las piernas!

Se ríen a carcajadas.

Unas ratas caminan sobre sus cadenas…

Ambos callan y no se atreven más a verse a los ojos. La muerte les llega en silencio.

PiedePágina • 2008