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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Hallcriptón

Por Ariadna Vásquez

Dalia nunca supo que escribí la novela sobre ella. Ese día nos levantamos temprano para ir a caminar. No íbamos a ningún lugar específico, sólo a caminar porque así lo habíamos hablado la noche de la noche anterior, a las ocho trece frente a la enciclopedia Nauta que teníamos en el librero. Sí, dijimos, sí, empezar a caminar en vez de levantarnos tan tarde todos los días. Generalmente ahí hacíamos las promesas porque el librero tenía esa capacidad extraña de volverse altar o muro. La Nauta podía ser la ofrenda, por ejemplo.

Yo vivía con ella en una calle de la Roma, al lado de un puesto ambulante donde lavaban las frutas con agua sucia, me lo había dicho la señora de la limpieza del edificio; me dijo: no coman esas frutas, si vieran con qué agua las lavan, pero a mí no me importó; tal vez había comido una vez en ese lugar, me daba igual con qué clase de agua las lavaran y de cualquier manera no me gustaban mucho las frutas en ese entonces, ahora tampoco, pero en aquel tiempo me gustaban menos. De todas formas, ese día que bajamos para empezar a caminar, no estaban ni las frutas ni el puesto, y tampoco importó.

Nos fuimos caminando en dirección al Ángel de Reforma. Yo quería caminar sin rumbo, y sabía que para Dalia eso no era complicado, pero de todas formas le pregunté adónde quería ir, y me dijo que al Ángel. A mí nunca me ha gustado ese Ángel terriblemente dorado, y sé que a ella tampoco, pero le dije sí, y nos fuimos, caminando despacio, sin hablar mucho, aunque hubo un tiempo en que hablábamos hasta sentir que nos faltaba el aire para terminar las frases, cuando utilizábamos palabras como arreglar nuestras vidas, centrarnos más, dejar el sedentarismo, escribir sobre nosotros, Dalia mi musa, o cuando ella hacía gestos graciosos, como meterse la lengua por debajo del labio superior de su boca, rascarse la cabeza y terminar siendo mona, y hablábamos de eso después de reírnos, pero la verdad nunca puse mucha atención a todas las promesas, siempre he sabido bien qué cosas esperar de mí, pero Dalia no lo sabía, nunca quise que supiera porque iba a ser muy difícil de entender para ella.

Esa mañana no nos bañamos, era sábado y hacía mucho frío porque era enero, finales de enero. Por eso nos pusimos la ropa sin bañarnos, además, sólo queríamos caminar, no podía ser tan complicado, pero parece que sí, sí lo era. Caminábamos porque no queríamos vernos a la cara estando sentados, porque ya empezábamos a sentirnos mareados de nuestros ojos, del aire moviéndose, de no decir nada, no levantar las cejas, así, estáticos, como cíclopes muertos.

El día anterior, Dalia había llegado en la tarde con un cactus en las manos. Esa tarde habló de que debíamos empezar a mutar, de cómo los cactus habían sido plantas normales en otra etapa de sus vidas, pero que decidieron moverse, cambiar para resistir la sequedad extrema, cambiar, en fin, porque eso es lo que se tiene que hacer y los cactus lo sabían bien, dijo ella; pero a mí nunca me habían gustado los cactus, todavía no me gustan porque sólo parecen raros, pero en verdad no lo son, son más bien excéntricos, ya que una planta no es extraña porque tenga púas, ni porque no les guste el agua, eso es algo de lo más ordinario, además al final siempre terminan muriéndose y ésa es su verdadera mutación; pero no le dije nada de eso, le dije que no había problema, que lo haríamos, que podríamos ser cactus, y otra vez me recordó que empezaríamos a caminar a la mañana siguiente. Sí, le dije, caminaremos, eso tampoco era un problema.

Yo estaba sin trabajo desde hacía casi un año. Estaba, más bien, trabajando en algo que yo llamaba una novela y que había empezado el verano del año anterior, aunque sólo tenía escritas frases sueltas, muchas frases que sonaban bien, aliteradas, otras que tenían cierta linealidad que las hacía maravillosas, pero en realidad no tenía nada. Dalia trabajaba en una peluquería y hacía arreglos a domicilio secando cabellos, poniendo cabellos, cortándolos, y haciendo las uñas también. Una que otra vez maquillaba novias.

Creo que puedo perfectamente decir que ella era feliz y que le obsesionaba el cambio, que incluso por eso le gustaba trabajar con cabellos, porque es un hecho que siempre cambian; nunca se lo pregunté, pero estoy seguro de que así era porque yo me la imaginaba a veces como a un bodhisatba meditando frente a montones de millones de cabellos ondulándose y pasando frente a ella, siendo otros cabellos cada vez, como el río, o los cactus, como casi todo, menos yo.

Mientras ella trabajaba en la peluquería yo escribía sobre Giselle, sobre los hoyuelos de su cara y sobre aquella foto que le tomé con las manos en el ombligo sentada en el malecón, por Güibia. Escribía sobre ella tocando mis manos y besándolas como si fueran benditas, haciéndome señas para que la esperara una hora más a que terminara su día de trabajo en Santo Domingo. Yo escribía sobre Giselle pero Giselle era una d, y sí, sí me gustaba Kafka, claro, pero también tenía miedo de escribir ese nombre, pronunciarlo, Giiissseeellllee, y por eso escribía d, como de Dalia, sólo que d no era Dalia y Dalia no lo iba a saber nunca porque no leía mis cuadernos.

También, a veces, yo escribía sobre Manolo, también en Santo Domingo. Pero Manolo era Marcos y era maestro, se creía maestro o sabio, y yo escribía sobre su mística mantriana, su manía de recrear aquella ocasión en que una mujer misteriosa le había regalado un mantra en Playa Grande. Yo siempre le creí, no es difícil que en la isla alguien te detenga en cualquier calle y te diga, mira, tú, te regalo una vaina, cualquier cosa, un mantra, por ejemplo, aunque luego te pida dinero, pero que te lo regale como acto principal, entonces yo escribía sobre eso, sobre cosas que había leído, sobre mi vida y los personajes que había conocido durante veintitrés años viviendo en Santo Domingo o sobre la espalda de Giselle, sobre todo lo que me tenía hastiado, pero escribía siempre, y siempre me ponía triste, por eso me tomaba diez o doce cervezas con muchas ganas de volverme alcohólico, o me metía muchos aceites a ver si podía ser yonqui, pero siempre fracasaba por indisciplinado y luego me fumaba un cigarrillo pensando en estar allá con Giselle o en leer al Quijote porque nunca lo había leído.

En ese tiempo soñaba con tener una palabra que fuera sólo mía y así poder escribir un poema, para decir, sí, soy poeta, inventé una palabra, todo para creerme poeta, y empezaba a decir en voz alta, Hallcriptón, y veía frente a mí un pasillo, un pasillo sólo mío, lleno de gas, lleno de esa palabra que era todo el gas de un planeta que era mío y que yo había creado a partir de Hallcriptón. Soñaba con que ésa era mi palabra y que de Hallcriptón todo explotaba hacia afuera para que yo escribiera y escribía sólo a partir de repetir Hallcriptón, Hallcriptón, como un alemán pidiendo ayuda o algo así.

Dalia me encontraba en la sala apretando las manos como si algo se me escapara, alucinado y triste, bien alargado, y me sacaba de esas desesperaciones diciendo, bien, bien, vas bien, precioso. Yo me sentía aliviado creyéndole, porque sabía que sólo ella tenía razón. Me sentía como un Henry Miller esperando, o un Joyce, solo, esperando, me rascaba la cabeza frente al espejo diciéndome, vas a escribir, coño, vas a escribir porque tienes a June, tienes a Nora, tienes Hallcriptón y en verdad así era. Yo intentaba escribir; yo tenía a Dalia, pero nada de eso parecía importante porque nunca podía escribir sobre ella, nunca podía terminar nada, ni podía darle a ella a leer mis textos. Nunca, nunca, y muchas veces ella me decía que eso no era necesario. Nora nunca leyó a Joyce, decía, y luego colaba un café y se sentaba en la sala a tomárselo con una bolsita de kisses, abría uno, otro, otro, otro, y luego se chupaba los dedos diciendo, vas bien, tú sigue, tú escribe, precioso. Decía también que cuando fue aquella vez a leerse las cartas, la señora, la fortuneteller, la sacó de la habitación diciendo ¡sáquenla, que tiene las tres cruces! ¡sáquenla de aquí! Ella era especial, lo sabía y por eso decía que así estaba bien, que lo mejor era que ella no leyera mis cosas. Es mejor para ti, precioso, tú sigue, tú escribe para los dos, y la verdad yo le creí porque ella siempre tenía razón. Así que nunca le di a leer mis frases, ni le conté nunca de esa novela que tenía en los ojos, y a la que podía exprimir con las manos obsesionado, completamente obsesionado con que allí estaba. Tampoco le dije de Hallcriptón.

Esa mañana cuando llegamos frente al Ángel, Dalia no decía nada. Hacía dos años que estábamos juntos, que mirábamos las calles buscando imágenes para comentar el perro salchicha es un tanto largo, el hombre que busca en la basura tiene musgos en las manos, el palomito va oliendo, las muchachas, las muchachas siempre sin nalgas de la ciudad, siempre tristes, levantándose las pestañas con cucharas mientras van en los micros, y Dalia se reía y era mi June, mi Nora, mi Hallcriptón y siempre me pedía cuéntame quién es ella, cuéntame de él, de quién es ese perro tan solo, qué busca. Pero yo no era Lorca, ni quería. Yo era un dominicano que simplemente la hacía reír, y que escribía, que quería escribir, y le decía, no soy Lorca, no soy Lorca, Dalia, mientras ella se hacía la sorda y repetía tú escribe, tú vas bien, precioso.

Ya en el Ángel, tomé mi cuaderno un rato para escribir algo, y Dalia me dijo que caminaría por ahí. Le dije sí, y nos besamos, y fue cuando pensé en la vez que casi me caigo de frente, en el malecón de Santo Domingo, por ayudar a Giselle a que orinara. Pensé en Giselle metiéndose las tetas pequeñísimas en el hueco de los discos de long play cuando éramos niños. Pensé en Giselle con su cara de esponja, cambiando, volviéndose otra. Pensé en que ahora Giselle ya debía tener un hijo o dos, o tres, por lo que miré hacia arriba, hacia el Ángel, y lo vi como tratando de buscar el equilibrio para no caerse; lo vi tan escuálido, tan bruto, tan patéticamente parecido a mí, buscando siempre a Beatrice, viendo los coches pasar, viendo la vida segregarse en una hoja de cuaderno que no dice nada, que no quiere decir nada, buscando siempre a Beatrice y empecé a repetir una frase como iniciándome en un rito raro, lentamente y sin apretar mucho los ojos, como Manolo cuando decía su mantra; y repetí, repetí en voz baja: ese día nos sentamos frente al Ángel, ella y yo, ese día nos sentamos frente al Ángel, ella y yo, ese día … ese día… frente al Ángel… D y yo, y sentí que Dalia jamás sabría que ese día nos sentamos frente al Ángel, ella y yo, que mis ojos iban a explotar finalmente, que llenaría la avenida de pececitos, de muchos pececitos grises tatuados con esa d de Dalia, de duda, de dios, de deseo, de mucho deseo de irme para que todo cambiara.

Luego Dalia se fue. La recuerdo como monje arreglando sus maletas; abandonando pacíficamente el departamento en la calle de la Roma, a las cuatro doce de la tarde. Se llevó la enciclopedia Nauta y el cactus.

La verdad es que ninguno de los dos nos reprochamos nada pero ella se veía muy triste. Por eso la acompañé abajo para despedirnos y me quedé viéndola irse en un taxi después de comprarle una manzana a la señora de las frutas. Yo ya tenía mi Beatrice, mi Hallcriptón y pensaba en ella todo el día, y escribía hasta que se me paralizaban los dedos.

PiedePágina • 2008