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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Kamandil Viarko

Por Antonio Ungar

(23 de enero, 1998)

La carne era aterciopelada, suave, perfumada, dulce, perfecta. Blanda, jugosa, derritiéndose en la boca. Olga, doña Taica, Viarin, Tanica y Bogol comíamos alrededor de la mesa, brindábamos en copas de cobre y tomábamos vino atcheno de una sola botella enmohecida y colosal. Reíamos, cantábamos canciones del Voostra, nos mirábamos a los ojos brillantes. Olga alimentaba a un niño vivo entre los brazos (otro niño, uno recién hecho y oloroso, como cuando podíamos permitírnoslo) y tenía los senos morenos expuestos al aire de la primavera; reía dichosa, dejando que el vino se derramara en gotas amplias sobre el pezón descubierto como si no hubiera más dicha en el mundo que ese tiempo de toda la familia reunida alrededor de la carne, brindando con vino rojo, celebrando.

La carne aterciopelada, el vino, las tetas de Olga, todo; los olores y la risa, eran todo un sueño, claro.

Hace ya muchos meses que sólo sueño, Martín. Se me acabaron los días. Me despierto mirando el techo humedecido de este apartamento miserable, procurando recordar las imágenes, odiando esta puta ciudad de egoístas, maldiciendo los ronquidos de rinoceronte de la señora Taica. No puedo volver a dormir mientras pasa la noche y miro las caras cada vez más delgadas de los niños y el ceño fruncido de mi Olga, de mi sonriente Olga que hace ya varios meses que no sonríe ni cuando está dormida, que duerme con la mandíbula apretada y el cuerpo recto y bien tapado, como si no pudiera abrir las piernas ni soñar, como si tuviera que mantener tensa ella sola la cuerda tensa de esta última miseria.

Pobre Olga, pobre mi familia. Pobres todos.

Maldita ciudad de estreñidos, esta París. Ya no son tiempos para vida. Las últimas familias atchenas han emigrado a Andalucía o se han suicidado en masa, o han preferido el régimen de terror de los cratios a esta existencia de miseria. Otras han vendido sus costumbres, se han hechos siervas de los franceses, han admitido la derrota: que el Señor las castigue.

Esto va a durar y a durar. Nos van a acorralar, van a acabar con nuestros nervios y nuestros huesos. Nos van a ir desgastando hasta desaparecernos, porque París ya no respeta a ningún atcheno; porque simplemente no nos dejan carne para comer, ni un trozo, mi Martín querido. Nos estamos muriendo de hambre, al mismo tiempo que esta ciudad se mueve en sus metros de alta velocidad y soporta las autopistas que le pasan por debajo y hace crecer como hongos blancos barrios completos de banqueros de Paris, con sus corbatas y sus risas blancas. Ruedan cada vez más coches nuevos que Viarin mira con la boca abierta como si viera el Atlas, mi pobre hijo hambriento, y se reproducen los nuevos edificios del gobierno, parecen naves espaciales, y la gente compra nuevos telefonitos antenados para andar con afán.

Y mientras tanto, en este apartamento de mierda, una humilde familia de atchenos que hace todas las filas de rigor con su pasaporte y la cabeza baja, que le paga al maldito gobierno sus impuestos para que se los gaste en museos de lujo y bibliotecas llenas de turistas transoceánicos, mientras tanto esta familia humilde y trabajadora no puede comerse un buen cadáver fresco y jugoso, un cadáver dichoso de alegría por dar su bendita carne a las tripas de otros.

Hace cuatro meses que no comemos carne humana.

Como lo lees, querido Martín. Como lo lees. Cuatro meses. Ahora lo consideran una práctica antihigiénica y hasta criminal: piensan (piensan demasiado, los parisinos) que comer cadáveres contradice lo que se enseña en las universidades y en los libros y en la televisión y en esas computadoras grises en donde escriben palabras. Piensan que comer carne humana ya no es posible. Y en sus cabezas llenas de fluidos fríos, que van tan bien con un buen vodka de las Talissas, se imaginan que comerse un pernil de hombre atenta contra la moral. La moral.

Si la moral enseña que no se desperdicia un cadáver, que de nada sirve un muerto pudriéndose en los cementerios apiñados entre autopistas para que sobre sus huesos porosos crezcan cerezos enclenques. Eso enseña la moral. La que me enseñaron papá Viadko y mamá Viara. La que trato de enseñarles a mis dos hijos que miran coches con la boca abierta y oyen música insabora y mascan una porquería de plástico y ya no saben como se adereza un niño antes de meterlo al horno. Esta es la palabra que dura, esta es la moral: no se le quita la comida de la boca a una familia verdadera de atchenos cretios, sólo porque eso represente ideas, ideas que no están aquí ni allá, ni en ninguna calle ni en ningún patio de esta ciudad de estreñidos y pensadores.

Ya lo sabes tú, cómo es esta ciudad con los atchenos. Siempre lo has sabido. Y todo se acabó de dañar, se dañó más, desde que viniste la última vez (te quedaste muy poco tiempo; sólo alcanzaste a probar el niño que conseguimos con los de sanidad del Distrito 5, que nos alimentó y se rió dentro de nosotros, generoso y dulce, durante un mes). Ahora pueden meterte preso con asesinos y ladrones y violadores por alimentar a tu familia como mandan las sagradas palabras del profeta, la tierra lo guarde en su gloria. Ahora se puede sentir que sobramos, que somos los únicos; que la ciudad nos va a pasar por encima; nos va a devorar, a triturar y a digerir, y que de nuestros restos hará pasto para los tristes cementerios, o ciudadanos franceses concientes de sus derechos, orgullosos de sus deberes, estreñidos pagadores de impuestos y obedientes asalariados de la ley del trabajo.

Los guerreros comehombres de Oriente, los atchenos, no seremos pronto más que un recuerdo, Martín; el recuerdo de un recuerdo, un eco en este mundo duro y fuerte, un chisme, un cuento para amedrentar a los niños maleducados, una preciosa joya para los mediocres escritores que vendrán. Nadie les creerá, cuando hablen de nosotros, familias escondidas como ratas, clandestinos, queriendo alimentarse de buenos ciudadanos parisinos del siglo XX. Todos sonreirán orgullosos y se sentirán muy cultos hablando del mito atcheno. Y hechos mito, despareceremos.


La verdad (tengo que contarte la verdad, Martín, eres el único dispuesto a oírme, aunque sea por escrito, el único que no duerme a estas horas, que no es francés y no piensa antes de oír), la verdad es que los cadáveres frescos están siendo monopolizados por la policía. Como lo oyes. La policía, que nunca mereció respeto ni aquí ni en Atchenia ni en Rusia ni en ningún país con un gobernante y unos hombres pequeños. La policía. Los monos. Los mismos que nos confunden con eslavos, a nosotros que sobrevivimos a los serbios; los que nos dicen gitanos con cara de asco, como si se pudiera ser gitano y creer en el Profeta a la vez. Ja, se ríe la grande tierra atchena. Los policías.

Un mozalbete de bozo, orgulloso de su uniforme de mono de feria, un pequeño gendarme impotente, se salvó de un paliza que yo y mi primo Bogol le hubiéramos dado de no haberse metido él entre la boca tragante del Metro, conociendo la lluvia de golpes que le iban a caer como del vasto cielo sobre su cabeza si seguía diciendo lo que estaba diciendo. Que sólo los animales se comen entre si. Eso decía. Y que no lea estas palabras ahora la pobre Olga dormida, porque es capaz de levantarse y correr a estas horas a buscar al mocoso y hacerle saber como se trata a la mujer atchena.

Yo no soy un animal, le dije. Yo no soy distinto de las cien familias que llevaron la palabra y fundaron en el valle la Madre Patria, no soy distinto de los cinco guerreros de fuego que la defendieron del cosaco y del mandarín y del turco.

Soy el mismo que todos los atchenos, y que Glodar Maskinievr, que repelió gritando a los austro húngaros y a sus bombas y a sus trenes y a sus capitanes; que los enfrentó, él solo con sus caballos, y que después se hizo quemar vivo por los perros traidores persas, sin dejar de cantar y de soltar carcajadas.

Porque cada uno de los atchenos soy yo, y comiendo hombres he vivido y comiendo hombres me voy a morir, para que me coman otros hombres, como tantos valientes que han poblado la tierra. Eso le dije al idiota gendarme que me seguía mirando muy estreñido y muy nervioso desde el andén, que se ponía pálido mientras escupía sólo una o dos frases en su lengua de cólicos y náuseas. No soy un animal, joven, le dije: no soy un animal, no soy un animal, no soy un animal, y entre más repetía la frase más sentía que la sangre se me subía a la cabeza, y si mi primo Bogol no mira con sus ojos a los ojos del mozo este y sin abrir su boca le dice “lárgate ahora mismo, hijo, largo”, creo que hubiera muerto un sucio policía entre estas manos que han sabido domar caballos. Y hubiera muerto Kamandil Viarko, también.

Y algo de la muerte atchena, en esos dos cadáveres por los que habría tenido que responder Bogol, hubiera muerto también.


Lo único que se puede hacer, pues, es beber un vodka con nombre ruso que se produce en algún barrio escondido de esta ciudad de amargados, emborracharse. Y cada día, claro, montar la función en la calle, con Olga; confiar en que los niños hagan lo suyo en Campos Elíseos, en la entrada del Louvre, en el Puente Nuevo, y rezar para que a ningún policía se le ocurra tocarles un pelo. Encontrarse por la noche, contar lo recogido de las manos de los turistas, darle un beso en la frente a mamá Taica, y saber que al final de la semana, aunque todos lo evitemos, aunque las monedas se acumulen en el platico verde que está junto a la tabla de cortes, alguno tendrá que apretar las mandíbulas, no sonreír, coger las monedas y una bolsa grande e ir al maldito mercado de la esquina para traer verduras enlatadas, jamones de pobres animales empacados en plásticos, salsas de porquería en tarros de vidrio, cajas con jugos de alguna fruta de perfume barato que deben sembrar en un solar escondido, en los rincones de este laberinto de frío.

Y saber que eso será lo que se volverá a comer, toda la semana siguiente, y la siguiente, los meses necesarios hasta que a algún mafioso policía le de por soltar un cadáver fresco, sin que sea una trampa, sin riesgo para Olga y los niños. De eso se alimenta la familia Viarko desde hace tres meses. Basura bien empacada y jugo de cedazo, miseria y más miseria; eso hacemos, todas las mañanas: salir al invierno (y ya sabes tú lo que eso significa en esta ciudad de lloviznas, de enfermos y pusilánimes), trabajar honradamente para pagar sus impuestos y para llevar a los niños a sus colegios. Miseria y más miseria.


(Olga pareció despertarse, separó sus párpados desde la cama, pareció mirarme pero sólo estaba mirando sus propias visiones. He hecho girar un poco la lámpara pequeña, ahora no veo a los niños en sus camas. Prosigo).


Los suicidas, dirás tú, porqué no intentarlo con los suicidas. Si no son enterrados en cementerios cristianos y son demorados en la morgue, si son manoseados por la policía antes de quedar bajo tierra. Pues te digo que aquí los suicidas llevan a cabo sus muertes de manera privada, sin que nadie se entere, o envenenan su propia carne los muy mezquinos; que las morgues ya no permiten la entrada bajo ninguna circunstancia; que de nada sirven las explicaciones sobre las costumbres atchenas a funcionarios gordos con corbata, previa entrega de los correspondientes pasaportes. Y es inútil repartir unos francos. Y mucho peor es ponerse a amenazar al burócrata de turno mostrándole la navaja del destajo o los dientes afilados.

Ya no explican ni temen como antes, ya no saben que hubo hombres en esta ciudad que comieron carne de otros hombres felices, sin miedo. Sólo llaman a otros gendarmes, y en menos de cinco minutos estás en la cárcel. Así nos han ido desapareciendo a todos. Si dices las palabras equivocadas puedes acabar como la familia de Miluk, ellos encerrados, sus niños cuerpos inútiles de tristeza, la casa abandonada y llena de gatos. Si no te va tan mal terminarás insultado o apaleado y sin un gramo de carne para llevarte al estómago.


(Se ha despertado mi pequeña Tanica, he estado cinco minutos junto a su pequeño cuerpo de venadito joven. La he tenido pegada a mi pecho, con las cabezas juntas, queriendo prometerle algo desde mi respiración.)


Recuerdo las noches, cuando éramos niños: el abuelo y la abuela, junto al fuego, contando a los nietos viejas historias de los atchenos en París. Recuerdo también que la carne se conseguía en cualquier lado, que había muchos hombres dispuestos a desaparecer un cadáver fresco para una causa noble como alimentar a una familia atchena. Dice mamá Taica, y lo repite muchas veces, por las noches, dando vueltas sobra la misma frase como una leona encerrada en la jaula de un circo, que si eras amigo de los funcionarios adecuados, incluso te daban niños frescos, cuando ella era joven. Niños frescos.

Últimamente ando enfermo de nostalgia, buen Martín. Soñando despierto con la abuela mientras voy en el Metro, recordando los juegos de niños. Enfermo de nostalgia; siempre en otro lugar, antes, mientras me gano el pan en estas calles de llovizna. Soñándome con las carcajadas de mi padre, con sus amigos y los juegos de cartas. Y cuando no puedo más por la enfermedad de la nostalgia, me voy a escondidas de Olga y de los demás, me invento cualquier cosa, camino hasta los edificios terribles de la Biblioteca Nacional (sólo ahora me dejan entrar, se ven obligados, los guardias y sus perros, porque ahora tengo mi carnet con mi foto), y en las salas demasiado limpias, demasiado calladas, demasiado frías, me siento y me dedico a mostrarme pruebas de la existencia de Atchenia. De lo que soy, de lo que somos, mi mujer y mis hijos.

Rastros de la Gran Familia. Huellas dejadas por gente que ya no existe, por una civilización que está a punto de perecer por hambre. Supe por una revista de antropología de los años sesenta que las anécdotas de la abuela eran ciertas: ventas de cuerpos atchenos en los descampados alrededor de la ciudad a finales del siglo pasado, historias de la labor atchena en la Gran Guerra del catorce. Recuentos de los primeros barrios de chabolas en las afueras de París; banquetes memorables al aire libre, fiestas con vino rojo y baile y fogatas. La ciudad tenía más de cincuenta mil atchenos en 1910, y a nadie le faltaba carne. He aprendido todo eso de un tiempo que ahora ya no es, que ahora se ha convertido en párrafos en letra muy pequeña, grabaditos de minúsculos hombres a caballo, nombres de hombrecitos muertos. Pero también he logrado reconstruir ese tiempo que viví y recuerdo, pero que parece desvanecerse cada día más, en cada llovizna, en cada atardecer de esta ciudad, el tiempo difuso en el que empezó la persecución contra nuestro pueblo.

Dicen los archivos que la ciudad de París descubrió que había atchenos por un escándalo en los periódicos amarillistas, en el que salían las fotos y los testimonios de una familia que se había comido al difunto de otra familia. La policía investigó, descubrió que era cierto: los miembros atchenos de ambas familias contaron el hecho con mucho orgullo y con todos los detalles. Los gendarmes, no teniendo ninguna ley para encarcelar a los responsables, empezó a vigilar a las familias, a rastrear las pistas de los encargados de conseguir cuerpos, a redoblar el control en la morgue. Después de algunos meses se supo que también ciertos franceses habían estado donando cuerpos de difuntos a lo atchenos para llevar a cabo el ritual del banquete de la vida. Eran vecinos de familias atchenas, o estudiantes idealistas, o intelectuales. Conocedores de la cultura atchena y de sus rituales, del significado profundo y la gran sabiduría que es dar un cuerpo para ser bien comido. Se prohibió entonces a los franceses entregar cuerpos.

Unos pocos políticos de izquierda, algunos representantes de las asociaciones más progresistas y algunos de los estudiantes más radicales, empezaron a defender en el Concejo (eran uno contra cien, pero la defendían), una ley en pro de los derechos de los inmigrantes atchenos. Disponer de buena carne; negarse a matar y a comer vacas o cerdos o corderos o conejos; celebrar sin tener que esconderse el ritual de la bendición y el adobamiento del cuerpo; construir hornos de leña en los apartamentos; destilar vino propio en las casas; fumar en las celebraciones tabaco rojo cretio con semillas de mijo o raíz picante; asistir a las lecturas de las ordenanzas en casa y llevar a cabo los nueve días de ritual sin ser molestados por los vecinos.

Eran una minoría demasiado pequeña, los defensores de las costumbres atchenas, claro está. Y los otros, que eran toda París, no entendían nada, como ahora. Nada de nada. Pero al menos algunos de ellos se dejaban sobornar en silencio y otros colaboraban, y la carne fluía. Nuestros padres, seguros de la supervivencia, miraban impasibles como toda Francia gritara escandalizada, desencajada, batiéndose furiosa contra la Amenaza del Este, y leían, entre risueños y nerviosos, las hojas de los periódicos sensacionalistas en donde se nos hacían ver como a monstruos salidos de Transilvania.

Contra esos periódicos, y contra los políticos que pedían que nos encarcelaran de por vida, y contra las prohibiciones, hubo marchas organizadas por los viejos patriarcas, cuando yo era niño. Ayer encontré un artículo de un periódico estudiantil de entonces, describiendo la marcha de la Bastilla al Puente Nuevo, la primera de las marchas, que después se harían más violentas hasta que el jefe de la policía tuvo que prohibirlas. Todavía tengo recuerdos de esa tarde: sol, cielo azul, hombres corriendo, humo, un helado de limón. Dice el periódico que la marcha duró menos de una hora y que hubo trescientas personas, lo que es muchas personas teniendo en cuenta los riesgos. Trescientas, más o menos: arrastrando las ladkas, acompañando la consignas con las palmas, elevando cueros llenos de vino, mostrando desafiantes a las cámaras los dientes afilados.

Y las mujeres adelante, cantando, agitando las lenguas en las bocas, y los niños con el torso desnudo y gritando entre los pasos de los adultos. Todos con una mano arriba, exigiendo lo que era nuestro.

Detrás de la marcha (recuerdo que mi abuelo decía lo mismo) marcharon también en esa tarde de octubre del 69 algunos franceses: intelectuales, artistas, uno que otro estudiante radical que después iría a emborracharse a nuestras salas y a dormir en nuestros colchones y a indigestarse con alguno de nuestros muertos. Eran esos, los estudiantes, los únicos que parecían entender a veces algo de lo que se trataba todo el asunto. Sólo ellos, a veces, después de las reuniones, en la lucidez que les daban tres botellas de vino y un buen trozo de carne, sonreían como se debe, se levantaban sobre la mesa, cantaban algunas de sus canciones, que no estaban nada mal para ser cantadas en la lengua del mareo, y gritaban a voz en cuello que Los Estudiantes De París estaban dispuestos a hacerse matar por el Pueblo Atcheno, y Que Viva La Música, y Que Viva El Vino, y después daban un mordisco a su trozo de carne y lanzaban como un aullido, un grito de batalla muy esforzado que daba para encender los acordeones, hacer brillar los ojos de los viejos y apretar la risa de mi abuela. Y después de los gritos y las consignas, las mujeres se levantaban también de sus asientos y se ponían a bailar, solas o con nosotros, con los niños, que también mirábamos, serios, y a veces nos reíamos.

Esa fue mi infancia, querido Martín. Esa fue mi infancia. Gritos de júbilo, batallas ganadas, mujeres bailando, estudiantes que se creían atchenos, atchenos que se creían dioses cuando enfrentaban las barricadas de los monos en uniforme, con piedras y palos y botellas llenas de gasolina. Dioses atchenos que se reían con todos sus dientes afilados en la cara de todos los viejos parisinos, miopes, encorvados, atorados. Esa fue mi infancia. Mi padre y mis tíos, arremetiendo en nombre de la gran patria que palpitaba en sus corazones, apretando todas las muelas y cerrando los ojos, pensando en las mujeres y los niños al lanzarse como una horda contra las baterías policiales.

Así crecimos. Felices, vivos. Aunque vistiéramos de otra manera y habláramos otra lengua y comiéramos hombres. Aunque fuéramos cientos y ellos toda Francia.

Pero ahora todo se ha acabado.

No hay más que esta inmensa ciudad fría, los restos dispersos de dos o tres familias. La única vida que queda está en los sueños, por las noches; tendidos, hambrientos, acorralados, sin poder ser lo que fuimos antes. Y un poco de vida (vida pasada, vida fría ya) queda también en los libritos de la Biblioteca Nacional, consultados aguantando siempre la mirada de desprecio de los nuevos estudiantes que no se parecen a los otros, que son como millonarios jóvenes y esposas de jóvenes millonarios, que no tienen nada que ver con los que bailaban sobre una mesa y caían como plomos ebrios en el regazo de nuestras mujeres.

Esta es toda la vida que me queda. Aguantar que me miren mal: en la calle y en la biblioteca y en las filas del gobierno. Llegar a fin de mes comiendo sólo vegetales empacados. Buscar y rebuscar en un índice de la biblioteca escrito en la lengua de los mentecatos hasta encontrar dos o tres hojas malolientes y medio rotas en donde está la única prueba de nuestra existencia.



(15 de agosto, 1999)

Ahora me doy cuenta que han pasado siete meses desde mi última carta, y es como si todas estas horas iguales hubieran sido sólo dos o tres días muy largos. Sobrevivir el invierno, asistir a la operación de mamá Taica, aguantar las enfermedades de los niños como una maldición. Ver acercarse la primavera con el estómago vacío. Ver llegar a mi sobrino Tardik de la nada, de Suramérica, en junio. Y después sólo esto, julio, agosto, el verano largo y quieto.

Primero fue el accidente de mamá Taica. Segunda semana de marzo, llovía en esta ciudad como si fuera diciembre. Parece ser que ella estaba en la puerta del supermercado cuando ocurrió el encuentro que acabaría en el hospital. Le había correspondido ese mes la tarea humillante de coger las moneadas de cinco y diez francos que estaban sobre el plato verde, al lado de la nevera, y caminar hasta el supermercado para seleccionar los paquetes más grandes de deshechos bien empacados. Parece ser que recorrió todo el local arrastrando su carrito, la pobre, con sus enaguas y su chal y sus piernas hinchadas que ya no la aguantan bien en pie; dice la cajera que pagó como le correspondía, que recibió las vueltas (puedo imaginarla, pobre suegra, con sus manos regordetas saliendo de los chales y las enaguas, con su sonrisa cortés a pesar de las circunstancias, empacando sus bolsas). Parece ser que llegó un pensionado, uno de esos cúmulos de amargura que viven encerrados detrás de las puertas de esta ciudad, oliendo a orines y a podredumbre; parece ser que se quedó mirando a la vieja y la reconoció por el tatuaje en los dedos, o por los dientes afilados, o por los aretes de plata en las orejas, y algo se debió activar en su memoria de viejo. Se acercó como un perro, la miró de arriba abajo por la espalda y según la cajera le dijo en su lengua de estreñidos algo como Qué hace una animal carroñero en un establecimiento para ciudadanos decentes. El caso es que mamá Taica se volteó para defenderse, buscando torpemente la navaja de destajo que siempre guarda en el bolsillo bajo la enagua, y cuando le vio la cara, los ojitos azules de francés brillando en sobre piel arrugada, la risa de hiena, a la pobre mujer le paralizó todo el cuerpo un infarto doble.

Tuvieron que cargarla entre la cajera y un cliente (ella suramericana, él paquistaní) y dejarla tirada en el andén hasta que llegara una ambulancia. Olga y yo sólo pudimos verla cuando ya la tenían entubada en el hospital, lista para abrir, rodeada de médicos franceses con guantes, de olor a limpieza y alcohol, dormida bajo una luz demasiado blanca. Y sólo pudimos llevarla a casa dos días después, a su cama como se lo merecía, cuando ya la habían abierto y vuelto a cerrar, y después de haber pagado la ambulancia.

Ahora es otra persona, mamá Taica, como una imitación más pesada y silenciosa de lo que había sido. Como si el infarto y la conciencia lejana de la humillación, y la doble humillación de no poderse acordar del momento de la humillación primera le pesaran en la espalda, en su espalda ya vieja y cansada desde antes. Se pasa el día en el patio del primer piso, yendo de un lado para el otro muy despacio, cargando ropa sucia, mirando las plantas, con los ojos siempre muertos.

Casi no sale a la calle.


Ya antes del accidente de mamá Taica habían empezado las enfermedades de invierno. Primero fue Viarin, con un brote por todo el cuerpo y una fiebre que lo hacía mirarme como si yo no fuera su padre, como si fuera una cosa; con una lejanía nueva, como si su madre, los niños suramericanos que venían a verlo, los gatos de la casa, todo fueran cosas, objetos sin importancia. Parpadeando despacio, muy despacio, mi pobre niño, con sus ojos de vidrio.

La fiebre duró casi un mes. Haciéndolo sudar, haciéndolo temblar en su cama, haciéndolo susurrar palabras que ninguno entendía. Y la fiebre se fue como había venido, una mañana cualquiera, después de una semana de hierbas y lavativas y una cortada en el dedo hecha por mamá Taica que no lo hizo llorar y que según Olga le salvó la vida. Un sábado de sol de abril se despertó mi hijo, de vuelta a su mirada verde de vida. Fuimos muy felices, Martín. Pensamos que era el principio de otro tiempo, de un tiempo limpio, natural, fluyendo como el agua; nos fuimos al campo con una familia de negros del primera planta y con dos niños suramericanos que estaban en casa. Nos fuimos al parque del bosque de Bolonia, en un bus; llevé el violín del abuelo, dos botellas de mal vino. Cantamos, bailamos, fuimos más felices. Pero cuando el sol empezó a bajar me sentí un poco borracho, me tendí en el potrero y miré de nuevo a los míos; vi que la risa de esa felicidad nueva era pequeña y triste, y supe que habíamos cambiado para siempre, que esa era la única forma en que ahora podíamos ser felices.

Después, en abril, fue Tanica. De nada sirvieron las lavativas, el corte de sangre, las hierbas, los rezos cantados de una mujer negra senegalesa que subió desde el primera planta para auxiliar el desespero de Olga, y que ya salía cuando yo entré de la calle. La mujer negra pasó a mi lado muy seria, con su gran cuerpo jorobado, me miró y procuró sonreírme con su gran boca de muchos dientes blancos y sus ojos secos, amarillentos; cuando entré al cuarto de mi niña supe que de nada habían servido los cantos de madera, los poderes de encantamiento que se comentaban en todo el bloque, el roce de las manazas inmensas de esa mujer. Al final de todo sólo había dicho que la niña, que mi Tanica, mi venadito pequeño, tenía un problema en la tripa que sólo los médicos podrían arreglar.

Entonces vinieron dos noches de infierno, querido Martín, mirándola en su cama, sin poder dormir, imaginándome los pasillos y los corredores y las caras indigestas de los malditos hospitales de blancos, sabiendo que las enfermeras me echarían fuera, que tendría que esperar durante días y días sin saber lo que le estarían haciendo esos malditos vampiros a mi niña, a mi pajarito. Si la estarían inyectando, si la estarían auscultando, si estarían mirando por dentro su cuerpecito limpio y moreno (todo lo sé porque lo recuerdo, porque vi como murió mi padre, en manos de médicos de esos, de batas blancas y uñas tan limpias).

Al tercer día en la cama de su cuarto, mi niña ya estaba muy pálida, con ojeras grandes, vomitándolo todo, mirando al cielo raso con una sonrisa de ojos acuosos, y supe que se me iba a morir, que mi niña se me iba a morir en ese apartamento, en ese miserable apartamento del piso número 9 del bloque número 14, en la mirad de la soledad, del abandono de su gente, de la separación de su raza, y que si mi niña se me moría aquí, ya no serían suficientes Olga, ni la risa de los demás, ni las palabras de mamá Taica.

Estuvo tres días en el hospital, y todo fue igual que antes, que en mi infancia, la misma rutina blanca con olor a formol. Después salió, viéndose mejor. La atendió un medico que parecía árabe, que era menos malo que los franceses, que me sonrió mucho y me palmeó la espalda. Y al final, antes de dejar ir a mi niña, nos hizo acercarnos al escritorio, a Olga y a mi. Después de muchas preguntas y sonrisas nos dijo que mi Tanica tenía parásitos en su estómago, que además estaba desnutrida, y después, de la forma más sonriente, nos preguntó si no teníamos nada que darle para comer. Yo no supe si dejar que mi cuerpo cediera y mis ojos lloraran, ahí mismo, sobre el escritorio del médico; si contarle quienes éramos, de dónde veníamos, si hacerle saber que éramos atchenos, atchenos cretios, hijos del profeta, nietos de guerreros comehombres de oriente. Y que ya no teníamos marcha atrás. Que nosotros éramos (”Yo, señor, yo y mi mujer a la que usted ve aquí sentada, y el niño que está afuera, y la anciana, y el joven que ha estado acompañando a la niña, nosotros, señor”) la parte más angosta de una raíz que había salido de Atchenia cuando Atchenia existía, hace cien años, y que había llegado hasta aquí reptando por los puertos y los descampados en las afueras de las ciudades; que ahora ésa la raíz estaba cortada para siempre, cercenada de una madre patria que ya no existía; que los últimos atchenos de París estaban presos o desterrados. Que ya no existíamos. Quise decirle entre sollozos que sólo éramos nosotros, Atchenia: cinco seres humanos abandonados en un maldito apartamento en la periferia de la ciudad más triste del mundo. “Y nos estamos muriendo de hambre, y nos vamos a morir de soledad también, doctor, sin no aparece alguien para brindar con nosotros, para compartir un cadáver humano bien adobado.”

No supe si decir todo eso entre lágrimas que hubieran venido bien, o más bien insultarlo. Levantarme mientras lo insultaba, irle rompiendo cada uno de los estantes de su maldito laboratorio, sus frascos, sus vacunas, sus aparatos, y después agarrarlo por la solapa y gritarle bien claro a la cara que yo sí tenía cómo alimentar a mi hija, que yo le había dado todo y era una niña sana y risueña, un regalo perfecto del cielo, hasta el día en que los malditos franceses decidieron que ni los atchenos podían comerse entre ellos mismos y que ningún francés tenia permiso de donar su cuerpo para alimentar a una niña atchena que estaba destinada a ser una verdadera atchena, fuerte, única, clarividente, hermosa, madre de muchos hombres de verdad. Quise decirle todo eso, escupirlo todo, hacerle saber que si mi hija casi se muere de hambre, de comer solamente la cal de las paredes, era porque Tanica, mi Tanica, era una atchena de verdad, porque su carne y su corazón y su espíritu venido de los bosques cretios, se negaba a comer malditos desechos fríos envueltos en plástico y papel.

Pero claro, no le dije nada de eso.

Y entonces supe que ya yo tampoco, aunque fuera a la biblioteca, aunque soñara con mis padres y con los padres de mis padres cada noche, que tampoco yo, era ya un atcheno. Porque lo que hice, y lo que hizo Olga, fue mirar al piso. Bajamos los ojos. Asentimos, nos dejamos aconsejar, recibimos las condolencias de ese maldito moro; su receta médica, sus reconstituyentes y sus pastillas y sus sueros y sus brebajes para que mi Tanica no se muriera. Me acuerdo que salimos de la oficina, Olga y yo, cada uno cargando a la niña de un abrazo hasta llevarla a un taxi. Me acuerdo que el cielo estaba nublado pero no llovía. Me acuerdo que mi niña reía, feliz de estar otra vez viva, y que se durmió sonriendo en mi regazo, antes de que hubiéramos llegado a casa. Recuerdo que Olga y yo no nos miramos durante todo el trayecto, mientras nos acercábamos a casa, el cielo seguía nublado, y ese silencio, y el viento que entraba por las ventanillas del taxi, era lo único que nos separaba del llanto.

Abril pasó igual. Los niños fueron al colegio en las mañanas como siempre pero ahora despertándose apagados, tristes, sin fiereza ni risa en los ojos. Mendigaron frente a la catedral, frente al Louvre, como siempre: Viarin con la dulzaina que le regalé cuando cumplió tres años y Tanica cantando, como un ángel, cantando las canciones atchenas pero ahora triste, mucho más triste y más ausente. Los vi una tarde; yo iba a la biblioteca y los divisé al final de la calle: caminando, uno detrás del otro, mis dos hijos. Decidí seguirlos, iban hacia los Campos Elíseos, jugaban, repartían las monedas conseguidas en el Puente Nuevo. Después miré cómo actuaban junto a la fuente, entre los turistas. Viarin meciendo su cuerpo, dando saltitos mientras tocaba la dulzaina, agitando la cabeza como yo le había enseñado, haciendo ver que la música estaba viva dentro de él. Y Tanica con una mano arriba, mirando al cielo con sus ojos muy verdes maquillados de negro, con su boquita como una rosa y sus vestido de flores, dejando salir su voz fuerte, de llanuras y bosques atchenos. Lo hacían todo, como tenía que ser. Pero ahora estaban apagados, los dos, y el ritual de conseguir el dinero, la fiesta, era sólo una pantomima de movimientos vacíos, sin sentido, rutinarios y monótonos.

Volví a casa mirando los andenes, dejé lo recogido en el día, me quedé el resto de la tarde viendo el atardecer desde el balcón, sabiendo que al mismo tiempo mi Olga estaría en alguna esquina mostrando cómo hacer tatuajes de henna a alguna extranjera, extendiendo la mano para recoger alguna moneda o cantando ella también, como una muerta ausente. Que en otro lado mi sobrino Bogol haría acrobacias, juegos con bolos, malabares con teas de fuego prendido, frente a un público de extranjeros tarados como vacas.

Detrás de mi, toda la tarde, mamá Taica estuvo dando vueltas de ciega por la casa. Del otro lado de la calle la brisa del verano agitaba los árboles. El sol se escondía despacio, las nubes se volvían amarillas, sonaba la ciudad más lejos.

Y supe que no había nada más en este mundo mío, sólo mi gente: mi sobrino, mis hijos, mi mujer, mamá Taica, yo. Y las monedas para no estar muertos.


(16 de agosto, 1999)

El 11 de junio, domingo, a las siete de la mañana, alguien golpeó a la puerta. Nadie se decidía a abrir y golpearon más fuerte. Cuando al fin me levanté con un palo en una mano para ver quién venía a dañarnos ahora la vida, abrí y me encontré en el pasillo con la figura delgada, los bigotes muy largos y la sonrisa abierta de mi sobrino Tardik Viarko. Tardik, el hijo de Marso, emigrado a Sudamérica después de la muerte a cuchilladas de su padre a manos de marineros turcos en un bar de mala muerte de Marsella.

Tenía un gran saco al hombro, la misma sonrisa que le había conocido cinco año antes y las ropas nuevas. Lo hice seguir. Venía de Perpiñán. Había desembarcado dos días antes, acababa de llegar a París. Estaría pocos días, los suficientes para vender todo lo que tenía todavía aquí: un container lleno de cigarrillos de contrabando, dos cajas de alcohol ruso, una moto con sidecar, dos máquinas tragaperras en bares de la periferia, un televisor. Había venido para encontrar a sus viejos compañeros de juego, moros y negros, y cobrarles deudas de cartas. Se quedaría el tiempo suficiente para eliminar sus rastros en esta ciudad y volver para siempre a Suramérica, de donde, según decía, no quería volver a salir nunca más.

Cuando se despertaron todos desayunamos alrededor de la mesa, reímos, escuchamos historias de ese pueblo caliente, inundado de música, lleno de mujeres hermosas y árboles florecidos, en donde decía vivir Tardik. ¿Y la carne?, le pregunté yo antes de que nos levantáramos, cuando se dedicaba a hacer acrobacias con las cucharas para los niños. Toda la que quieras, me respondió. Si el muerto te conocía, y hablas con la viuda o el viudo o los hijos del difunto, es muy fácil que el cuerpo sea entregado sin formalidades, sin pedir permisos, haciendo creer a la policía y al cura que lo que se entierra en el cajón es en verdad un muerto y no aire. Y después de decir eso se levantó, se fue a la cocina a seguir jugando con los niños. Cuando hubo silencio, Olga me miró a los ojos, muy seria, como diciendo Escucha lo que dice, Kamandil, escucha.


El cobro de las deudas de Tardik se complicó. Un hombre que le debía más de diez mil francos, un nigeriano muy amigo suyo, estaba traficando en Algeria y no llegaría hasta mediados de agosto con el dinero; su mujer le había dicho a Tardik que lo esperara, que el tipo pagaría. Tardik sabía que podía dormir en mi casa, que para pagar su comida podría trabajar en la calle y no gastaría nada de ese dinero que había venido a recuperar. Así es que se quedó. Su amigo negro no ha llegado aún y aquí sigue con nosotros. Y todo el día habla de su pueblo. En la mesa, en la calle, acompañándome a la biblioteca, en el patio. Dice que allá, al otro lado del mar, puede beberse todo el trago que quiera y bailar hasta la hora que quiera, adobar él solo a la vieja manera sus cadáveres frescos y sonrientes. Y Bogol lo secunda y sonríe, como si ya hubiera estado en Suramérica, sabiendo ya, como sé que sabe, que tan pronto como Tardik se vaya, él lo seguirá hasta el barco que los alejará para siempre de nosotros. Nos dejarán más solos y más desprotegidos.

Yo ya no quiero oír más.

No quiero saber nada de la vida de Tardik y su alegría, porque yo ya no tengo las ganas ni la fuerza ni el dinero para romper con esto, botar al vacío estos cuarenta años en esta ciudad, dejarlo todo atrás, montarme en un barco, atravesar todo el océano sobre una cubierta y desembarcar en una tierra salvaje en donde no conozco a nadie. No puedo, y no lo haré. La vida para mí aquí sigue, sea la que sea.



(18 de agosto, 1999)

Empieza agosto, otro agosto con sus turistas y su calor.

Pero ni siquiera esa palabra, agosto, es lo que fue: borracheras de vino y paseos a campos que a mi padre le recordaban los campos de Atchenia, sus caballos, las fiestas, los hornos del pan. Un baile con más cretios y suramericanos y árabes en donde conocí a Olga, cuando estuvimos vivos. Agosto, palabra caliente, amplia, de cielo azul y música, de comida abundante, de risas, en donde hasta los franceses se parecían más a seres humanos, cuando yo era niño y en el colegio todos respirábamos agosto, masticábamos agosto, nos tomábamos agosto en los besos de las mujeres, en las fiestas, en el sol, en el verano que era agosto respirando por todos nuestros poros.

Pero ahora llegó agosto. Y agosto ha sido como un suplicio. Un duro y nítido suplicio de hierro. Exposición de nosotros mismos, de nuestros cuerpos bajo el sol, este agosto nítido. La miseria siendo más real, más definida bajo esta luz perfecta, más clara en el silencio de las calles, en la poca brisa caliente, en los parques llenos de gente y de turistas y en las escuelas vacías y en los edificios y los patios sin franceses, en las tardes de los fines de semana en que no hay nada que hacer ni con quién celebrar fechas que ya no importan. Y ahora, en este agosto, sólo podemos sentarnos, sudar, mirarnos las caras y saber que no hay salida.

Agosto, en la luz sobre nuestras cabezas, sobre mi familia a la que ya no puedo mirar sin que se me haga un nudo en la garganta que baja despacio despacio y se va haciendo un nudo en el estómago, porque ya me miran como si no fuéramos la familia, porque aunque la vida sigue siendo la misma (la calle, la risa, las monedas, el vino, los abrazos, el apartamento pequeño, los fines de semana para no hacer nada), ahora la luz, y la mirada, nuestros ojos, son otros, y nuestros corazones están secos en esta condena de no poder vivir como manda el cuerpo, como manda la patria, como manda la ley escrita desde siempre en nuestras tripas, en nuestra sangre de atchenos cretios.

Y la vida se nos está haciendo solamente esto, este contemplar lento de los días, de las horas, de las estaciones, de los gestos de estos hombres, mi familia, lo que fue mi familia, de sus caras y sus movimientos iguales y sin sentido. Y las palabras de Tardik como dulces mentiras que cuando abre la boca hacen suspirar a Bogol y reír a los niños, y hacen que doña Taica se aleje para no oír, y hacen que Olga me mire con sus ojos acuosos que suplican sin mover un músculo, desde su dignidad de gran mujer atchena, que me suplican que escuche, que no me quede, que lo oiga.

Hoy es jueves, esta mañana me he levantado para ir a la plaza de la Concordia a tocar mi dulzaina y hacer reír a los extranjeros con mi violín desafiando. He mirado a Olga que se arreglaba en el espejo, que se hacía un moño con su cabello tan negro; he visto a los niños saliendo de la ducha, muy peinados, vestidos con sus ropas viejas. He escuchado a doña Taica en la cocina. He visto a Tardik, dormido sobre el sofá, sonriente, roncando en sus bigotes, como si estuviera en otra parte, en su pueblo lejano de calor y risas. Me he acercado al cuerpo de mi Olga para abrazarla por la espalda, para apretarla y recordarla y darle un beso. Pero he visto su cara arrugada en el espejo, el cansancio en sus ojos y en su cuerpo, su agotamiento. La he mirado muy fijo, buscando alguna respuesta en su dureza de mármol, pero hoy Olga tampoco ha tenido respuestas y me ha quitado los brazos de sus hombros, y se ha levantado para salir a la ciudad sin decirme adiós. He visto como se alejaba, abajo, por el andén, de espaldas, expuesta toda a ese infierno azul de la calle en agosto.



(24 de agosto, 1999)

No sé cuánto tiempo más aguante en la ciudad. Ya ni siquiera tengo familia, querido Martín. Desde hace unos días me miran todos de la misma forma, como si fuera un extraño, sabiendo que hay una vía de escape que no podemos tomar por mi cobardía y mi debilidad. Estoy tendido en mi cama y se que todos sueñan con ese pueblo de fantasía que Talik les ha metido en la cabeza, que todos tiene hambre y ninguno quiere estar más en esta ciudad, que ninguno está dispuesto a aguantar otro invierno mendigando y haciendo malabares y sabiéndose distinto en la calle y en el colegio, sin conocer a nadie que siquiera hable nuestra lengua, sin poder reírse con gente como nosotros ni comer un buen bocado de carne.

Ya sé que podemos ir a América, ya sé, pero no estoy dispuesto a renunciar a todo lo que hemos construido, a este apartamento que sólo pude comprar después de diez años de hacer el payaso en estas calles, a la biblioteca en donde están los últimos restos de Atchenia inexistente, al recuerdo de mi madre en los parques y en los cafés. Ni a dejar atrás a los vecinos, que se han convertido en una extensión de mi familia.

No estoy dispuesto a subirme a un barco, con toda mi gente y dos baúles llenos de ropa y chécheres, y mentirme diciendo que nací ayer y la vida vuelve a empezar de cero, como piensan Olga y los niños que se puede hacer. Y además el viaje a Suramérica dura casi un mes. Más de veinte días en la cubierta de un barco, aguantando el sol, la comida, los chistes de los marineros, el mar infinito. Tal vez doña Taica no aguante y se muera por el camino, tal vez tendremos que lanzarla al mar.

Además la tierra prometida lo puede ser para un joven como Tardik, que sólo piensa en revolcarse en la cama con mujeres y tomar alcohol y comer hasta reventarse y soltar carcajadas con otros hombres alrededor de las copas. Pero puede que mi Olga no aguante ni un día en ese pueblo en el fin del mundo, entre las mujeres de esa raza desconocida, entre matronas que hablarán otro idioma y se moverán distinto y educarán a sus hijos como a salvajes.


No me voy. Lo dije muy claro, hace tres días, en la mesa del comedor, ante las insinuaciones cada vez más insistentes de Tardik, de Tardik prometiendo a los niños que tendrían campos verdes en dónde correr, y amigos con quienes jugar, y una escuela en la punta de un cerro desde donde se ve un río, prometiéndoles que habría tantas frutas que se caerían de los árboles y cualquiera podría cogerlas, que haría calor todo el año, que todos andarían en pantaloneta y descalzos. Estuvo toda la comida arengando, aconsejando a Mamá Taica, con un mano sobre su hombros y su aliento de vodka muy cerca de su cara, que más valía arriesgar la vida por estar en el otro mundo que seguir en esta ciudad en donde cualquier día un viejo amargado era capaz de humillarla. Bogol asentía y sonreía plácido, sin hablar, como si ya estuviera allá. Olga sólo escuchaba, lo miraba muy seria, temblando con las ganas de lanzarse, de huir, de arriesgarlo todo para estar lejos de aquí y poder criar a sus hijos entre gente más viva. Todos lo miraban con deseo, con ardiente deseo, todos reían con su cuentos y su historias y sus mentiras (a mi nadie me mira, desde que decidí esconderme en el silencio y no decir nada más, desde que me escondí en mi mismo par no enfrentar a ese demonio de mi sobrino, tentando a las mujeres y a los niños, haciéndonos más infelices en esta tierra de muertos vivos).

Pero no aguanté más.

Con los dos puños le di un golpe seco a la mesa, se regaron las bebidas de los vasos y hubo silencio. Tardik se calló por fin, fue el último, su carcajada aguda quedó en el vacío, flotando frente a mis ojos. Los demás también me miraron pero sin miedo, con esa mirada socarrona con que me miran ahora.

Grité basta, los miré a los ojos a todos, uno por uno y les dije, muy despacio y muy modulado para que quedara claro. Yo no me marcho a esa tierra desconocida. Yo nací en esta ciudad, y ustedes tienen que acabar el colegio aquí, y tú sólo puedes ganarte la vida en una gran ciudad como ésta, y mamá Taica no aguanta un viaje de esos. Que quede claro. No nos vamos. Tardik puede beber todo lo que quiera en su maldito pueblo y comer hasta hartarse y tener a todas las mujeres que quiera porque es un maldito traficante, y Bogol puede seguirlo a donde quiera porque es mayor de edad y no puedo controlarlo, pero nosotros nos moriríamos de hambre en un pueblo así, y yo no voy a llevar a mi familia a morir en una tierra desconocida. La supervivencia está asegurada en esta ciudad, eso es lo único seguro. Y punto. No se discute. Y si se quieren ir, se pueden ir solos, les grité. Solos.

Me levanté de la mesa, tiré el plato de porquerías al piso y me largué para no tener que oír las respuestas, la frases dulces del maldito Tardik y sus condenadas explicaciones.

Estuve andando toda la tarde. Me aburrí. Antes de que anocheciera me metí a un bar del barrio y sabiendo lo que hacía me bebí todo el alcohol que mi cuerpo pudo aguantar, mirando la brisa que barría los andenes al otro lado de la ventana. Cuando Olga, desesperada, salía a la estación de policía, a las cinco de la mañana, me encontró tirado junto a la puerta del apartamento. Parece que me llevaron a rastras dos hombres del bar. Olga me dejó en la cama, me dio un beso que alcancé a distinguir entre el embotamiento de la borrachera y el dolor en el estómago.

Estuve durmiendo toda la mañana.

A la hora del almuerzo llegó el maldito Tardik a decir que le habían pagado todas sus deudas, que se marchaba. El próximo lunes tomará un tren a Marsella. Desde allí, el jueves, zarpará un barco para América y en él se habrán ido para siempre mis dos únicos sobrinos. Hoy no he salido en todo el día, ni he hablado con nadie, ni he comido nada. No he querido cruzar ninguna palabra con mis niños, que me que acariciaron la cabeza antes de salir esta mañana pero no se atrevieron a besarme. Con Olga, que se agachó a mi lado, y me dio un beso en la boca, y después me dijo que era un idiota, que me iba a morir en esa cama de tristeza si no hacía algo. Doña Taica estuvo toda la tarde entrando y saliendo del cuarto, sin mirarme a los ojos. Me trajo tasas de té y lavativas para la enfermedad del alcohol, para la tristeza. Y yo sigo aquí mirando el techo, mirando la llovizna que sigue inundando las calles ocho pisos más abajo.

A las siete, antes de que llegaran los demás, mi suegra se acercó y se sentó a mi lado. Me preguntó cómo me sentía. Me dijo que ella tampoco estaba bien.

Hubo un poco de silencio, una pausa en la que escuchamos el ruido del viento entre los árboles, y después doña Taica empezó a hablar, como no lo hacía desde hacía varios meses, con la voz firme, sin detenerse, con su extraña mezcla de acento italiano y atcheno puro. Dijo que esta era su ciudad, que aquí había llegado a los catorce años, proveniente de Génova, y que todo lo había vivido aquí. Aquí había conocido al padre de Olga, aquí se habían casado y habían celebrado los cinco días de fiesta de la boda, aquí habían nacido Olga y su hermana Viaka. En esta ciudad se había muerto Viaka. En París habían vivido y muerto todas las personas que ella conocía. Después hizo una pausa, se acercó a la ventana, se quedó mirando algo, lejos, detrás de los edificios.

Y cuando se sintió con fuerzas suficientes, dijo lo que tenía que decir.

Ya no quedaba nada de todo lo que había sido la patria atchena ni de la gente que ella había conocido. Lo que yo ya sabía. Sólo quedábamos nosotros, y nosotros también nos estábamos marchitando y dejando de ser atchenos. Se detuvo de nuevo y se acercó a la cama. La siguiente frase la dijo despacio, mirándome a los ojos como nuca lo había hecho y con su mano sobre las mías como una madre atchena. Tardik se va, y su risa, que es la última, se habrá marchado también. Bogol se va, y será una bolsa de monedas menos. Yo también me voy. Y ni tú ni Olga me podrán detener.

Después me miró unos segundo más, fijamente y se secó los ojos con el dorso de la manga.


Ya llegaron los demás. Tardik los está deleitando con historias de cacería, de aventuras por los ríos, de risas y árboles que se inventa. Lo he oído todo desde mi cuarto, no he querido salir a enfrentarlos a la sala. Mamá Taica no ha hablado. Hace dos horas que han acabado de comer y se han despedido. Se han acabado las risas, se han ido cada uno a su cuarto y han apagado las luces.

Olga se ha quedado en la oscuridad de la sala más de una hora; después ha entrado, se ha desnudado frente a mí y se ha acostado dándome la espalda.

Y aquí estoy yo, con la luz de la lámpara medio dañada, tendido en un rincón, escribiéndosete esta maldita carta cobarde, querido Martín, como si fuera mejor compartir todo esto contigo, haciéndome la ilusión de que estamos sentados uno frente al otro, abrazados, con una botella de licor de las Talissas brillando en la mesa.



(15 de septiembre, 1999)

El pueblo tiene una plaza cuadrada con una gran ceiba en la mitad, las casas son blancas y los techos de teja de barro, un río lento pasa por el cañón que está al lado. Las calles son anchas, de tierra, y grandes piedras sobresalen de su superficie. Siempre hace calor; la plaza de mercado es grande. Los hombres no se quitan el sombrero y las mujeres, morenas, hermosas, andan por la plaza con vestidos de colores. Se come mucha carne, se toma guarapo, que es un licor de hojas de piña con dulce de caña de azúcar.

Todo eso me lo ha dicho Manuel, un venezolano que va para Barranquilla pero conoce San Juan. Zarpamos hace cuatro días del puerto de Marsella. Olga y yo nos hemos vuelto a acercar despacio, todavía con dolor, todavía en silencio. Los niños juegan todo el día en cubierta con los hijos de los marineros amigos de Tardik. Él y Bogol están siempre sentados en la sombra, jugando dominó, hablando, tomando vasos de ron.

Quiero antes de despedirme darte las gracias por haberme aguantado las cartas tristes de los últimos meses; si no es por mamá Taica y por ti, por tu escucha, nunca me habría ido. Quedan tres semanas para América y el pueblo sigue siendo sólo un espejismo, una promesa. Ya te seguiré escribiendo luego, te haré llegar las cartas a Maniatan cuando pise tierra americana. Mientras tanto creo que no tengo mucho más que agregar, porque nada nos queda en la ciudad de la lluvia, porque no hay marcha atrás.


Ahora Olga se ha acercado, se ha agachado y mira estas palabras que escribo, sobre mi hombro, abrazándome por el estómago. Me ha preguntado para quién son. Cuando se lo he dicho, me ha besado y se ha alejado, con los ojos húmedos. Creo que tiene miedo de lo que vendrá, pero también está más feliz.

PiedePágina • 2008