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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

La esclusa

Por Fernanda Trías

No la reconocí de inmediato. Caminó por el pasillo arrastrando los pies, pidiendo permiso con la misma falta de convicción con que un mendigo pide limosna, sin siquiera molestarse en levantar la cabeza. El pelo le caía como una lluvia fina sobre la cara y los otros pasajeros ya comenzaban a impacientarse y a cerrarle el paso. Permiso, señora, volvió a decir, permiso. Su voz me llegó desde un lugar muy lejano. Fue eso, al principio, sólo la voz que traía el recuerdo; luego ella levantó los ojos hacia mí y fue como si toda una vida pudiera condensarse en el instante que duró la mirada.

El tiempo se le había instalado en la cara. La boca era un moño apretado, escandalosamente rojo, que parecía cerrar el paquete maltrecho de su cuerpo.

-Apuesto a que no me habías reconocido -dijo la voz.

-Claro que sí -mentí-, estás igual que siempre.

El moño se desató con cierto esfuerzo, tirando de las comisuras hasta abrirse en una sonrisa de dientes amarillos.

-Total, qué son veinte años, ¿no? -aquel esbozo de risa arrastró los recuerdos de infancia como una ola arrastra los desperdicios hacia la orilla. El niño que la había espiado mientras ella aprisionaba mariposas e insectos dentro de una bolsa de nylon, soltando risitas casi malignas, de gusto, y aquella mañana de invierno en que habían encontrado el cuerpo de Sofía en la orilla del canal, junto a la esclusa. Sofía estaba muerta, y entre el caos de corridas y gritos, nosotros habíamos podido escabullirnos y llegar hasta el paso desde donde se veía el desnivel de la esclusa. “Sí, sentí ganas de decir, fue eso, fue el hecho de que la esclusa siguiera en movimiento, que nadie la hubiera parado.” A nadie se le había ocurrido detenerla, y el agua había seguido cayendo y revolcando el cuerpo de Sofía hasta la llegada de la policía una hora después. Espectáculo inolvidable y aterrador; el cuerpo iba y venía, como una pelota inflable en el agua verde y estancada del canal.

El ómnibus estaba lleno y la multitud se seguía apretujando para hacer lugar a los que subían. Pasen, hagan un esfuerzo, colaboren, gritaba el guarda. Ella había quedado medio atravesada en el pasillo, formando una tercera fila y sin poder acomodar el cuerpo en ningún lugar. Dos mujeres, que habían tenido que inclinarse hacia delante para hacerle espacio, la miraban con recelo, lanzando soplidos de fastidio y mirándose entre sí con gesto de solidaridad. Ella, en cambio, no parecía notar que su cuerpo había adquirido una posición casi imposible, con un pie trancado entre las piernas de los otros, un brazo desmedidamente flaco estirado hacia arriba, todo dispuesto en un breve equilibrio.

-Ahora hago sombreros -dijo-. No sé cómo pasó, pero hago sombreros.

-¿Ah, sí? Qué vueltas da la vida -reí-. ¿Así que hacés sombreros?

Faltaban apenas dos paradas para bajarme, pero preferí no decir nada al respecto. Sabía que eso sería todo, que ya nunca volvería a verla, y que mejor así.

PiedePágina • 2008