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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

La galería

Por José Pérez Reyes

Se venía un aguacero, de esos que son tan breves como intensos. Tuve la ocurrencia de suponer que eso aportaría un leve cambio durante el tiránico verano que tiene sitiada a la calcinada Asunción.

Es fácil equivocar las calles cuando el calor febril y la fatiga del día tejen sus redes de confusión en esta ciudad que es más un circuito laberíntico que turístico para el peatón.

Cruzaba yo un terreno baldío que hacía de puente entre dos calles, cuando empezaron a caer las primeras gotas de lluvia.

Pensé en lo raro que resultaba encontrar todavía un baldío indómito como éste con sus árboles y cascotes a modo de cansados pobladores. La mayoría se había transformado en la frecuente y poco agraciada playa de estacionamiento. Milagrosamente, este baldío seguía sirviendo de portón para la otra calle, que se advertía detrás de los matorrales y árboles.

Súbitamente el aguacero dejó caer agresivamente su húmedo guante. Como si fueran copas inquietas y a punto de derramarse ante la postergación de un brindis, las nubes se pasearon por encima de las pequeñas calles y casas.

Crucé la calle a zancadas y salté a la acera de enfrente, donde distinguí, a través de la cortina de lluvia, las puertas abiertas de una galería de arte. Sin pensarlo dos veces, me metí en esa galería para evitar mojarme en la calle.

No tuve tiempo de alzar la cabeza y fijarme en su cartel de hierro rechinando al viento, por lo que no pude ver el nombre de la galería. De todos modos, mucho no me ayudaría porque muy poco conozco de arte y un letrero no me serviría de guía ni redimiría esa ignorancia con ropajes de timidez. Sería difícil ocultar mi repentino ingreso al mero efecto de refugio del temporal. Nada es tan casual.

Pero ya que estaba en el zaguán de la galería y para disimular mi cara de extraviado transeúnte, preferí recorrerla antes que estancarme allí como agua de lluvia.

Afortunadamente no llegué a empaparme, apenas me salpicaron las primeras gotas del aguacero que ahora cobraba más fuerza, por lo que mis pisadas no corrían el peligro de ensuciar los pisos de cerámica de la reluciente sala.

Más por curiosidad que por el mero afán de disimulo, entré en la primera sala en la cual se distinguía una colección de pinturas.

Me llamó la atención el hecho de que no había nadie en su interior, ningún guía. Ni voces ni pasos se oían en el resto de la galería que contaba con unos lucernarios cilíndricos a través de los cuales la luz bañaba su interior, cuyas paredes blancas se veían matizadas por salpicones de gris que los revoltones del techo derramaban, tal como afuera hacían lo suyo las nubes.

Me adentré para observar de cerca la colección de pinturas. Eran de motivos abstractos, con colores bregando por surgir de entre las sombras del lienzo, inquietantes desde los rincones del marco. Obras que, a simple vista, parecían dispares, ensimismadas e incomprensibles y tenían, a su vez, algo en común que no era el autor, ni el lugar ni la fecha. Por cierto, estos datos no figuraban en cartel indicador.

Mi ignorancia era tan grande como mi curiosidad en ese momento. Ambas podrían sentarse a discutir por horas y aún así no descifrarían estas obras. El revelador secreto quizás dormía en la mente de sus creadores.

Giré y fui a ver los otros cuadros expuestos en la pared opuesta de la silenciosa sala, ni el ruido de la lluvia se filtraba en este blanco recinto de arte oscuro.

Al observarlos percibí que eran pinturas más logradas, a mi modesto entender, pues en ellas afloraban los colores tiñendo las más diversas y extrañas formas que se entrelazaban calidoscópicamente como si estuvieran dentro de un aljibe onírico.

También noté que las pinturas de esta colección sí tenían unas placas, aunque minúsculas y apenas perceptibles.

Cada una de las placas contenía unos números grabados sobre los trozos de madera y se asemejaban a los que titilan en los relojes electrónicos, indicando la hora exacta, aunque éstas eran cifras inamovibles, ya marcadas en las maderas de las placas. Una de ellas decía 14:20 y la última indicaba 21:37.

Supuse que eran títulos, más raros que la pintura en sí, que simbolizaban o conmemoraban la hora en que se pintó cada cuadro pero una pintura de esas proporciones lleva tiempo realizar, entonces ¿era la hora del inicio o de la culminación de la obra? ¿Y los días y el año? Me pregunté si, acaso, para el creador los días son los mismos y únicamente al concluir la obra se alcanza el Día. Y este Día, a su vez, es resumido en la Hora, que contiene también el descubrimiento.

La fecha sería la meta. Los títulos son transitorios, los nombres también. Los nombres del autor y de la obra podían no aparecer expuestos, sin embargo juzgaron más importante que se indique el momento en que se convierte a la idea soñada en obra plasmada.

¿O era otra cosa?

Ingresé en la sala contigua, en ella se amontonaba una variedad de esculturas. Yacían sin catalogar y sin ubicación precisa, la disposición de las mismas dejaría perplejo a cualquier visitante.

Tampoco había guía en esta sala, el silencio seguía su atenta vigilia.

Con la mirada envolví la más cercana de esas dispersas figuras y no pude reconocer el material del que estaba hecha.

La toqué. No estaba tallada en madera, ni labrada en roca ni esculpida en metal. Asustado, retiré mi mano y clavé mis ojos en el rostro de esa estatuilla.

El rostro estaba todavía en gestación, hacía muecas y gestos de quien está en pleno sueño; a medida que se contorsionaba, el molde lo atrapaba, conteniéndolo como un mar a una isla.

Era una cara que, a medida que hundía en ella mi mirada, se transformaba en mi propio rostro. Se veía venir, la escultura quería tomarme prisionero.

Aterrado, salí de la galería corriendo. En las calles seguía lloviendo a raudales, creo haber tropezado y caer pesadamente, mojándome en un charco. Me levanté rápidamente y sobre mi rostro sentí la lluvia como una salvadora bendición.

Desperté empapado de sudor… ¿o era de lluvia?

Abrí la ventana de la casa que desde ayer alquilo. Noté que el sol coronaba la siesta con implacable rigor manteniendo a raya toda posibilidad de lluvia. Ni señales de aguacero.

Con el objetivo de despejar mi agitada mente, decidí salir a conocer un poco más de mi nuevo barrio. Tenía que distraerme.

Después de haber caminado tres cuadras, escuché un tintineo metálico proveniente de la vereda de enfrente y alcé la vista a pesar del sojuzgante sol para descubrir qué producía ese peculiar ruido a esa hora.

Entonces pude ver que se trataba de un cartel de hierro, igual al que vi en mi sueño. Esta vez no pude leerlo a causa del fuerte sol, como aquella vez tampoco pude hacerlo bajo la copiosa lluvia. Sus goznes rechinaban sin que mediara un soplo de viento. En la entrada de esa galería, también de idéntica fachada, observé con profundo asombro que dos hombres cuyos rostros no alcancé a ver, cargaban unos moldes, presumiblemente esculturas, que iban piadosamente cubiertas, impidiéndome ver los rostros esculpidos bajo unas mantas tan oscuras como el sueño que hace instantes me envolviera.

PiedePágina • 2008