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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

La hija del revisor

Por Carolina Sanín

Queríamos bajarnos en Armero. Nos levantamos de nuestros asientos, cogimos las maletas, nos quitamos las chaquetas para salir al aire tibio de la estación. Ya Víctor tenía la cara encendida de alegría y la mano en la manija de la puerta del compartimiento, cuando la hija del revisor se adelantó a abrir por el otro lado y asomó su cara de ojos negros, morena y triste.

-Lo prometido -anunció, mostrándonos una bolsa de papel.

Tres horas antes había ido a comprar para nosotros medio pollo asado. Durante la primera hora esperamos que volviera, durante la segunda nos quejamos y en la tercera aprendimos a olvidarnos de la comida por tramos cada vez más largos. Pero cuando por fin íbamos a llegar a Armero para que el medio pollo no volviera a importarnos nunca más, la niña se presentaba con sus guantes de hilo y la bolsa de papel.

-Lo prometido -repitió empujando a Víctor, que le cortaba el paso hacia el compartimiento.

Yo sólo podía pensar en que al cabo de unos minutos estaríamos quietos, al abrigo del aire después de tanto frío. Extendí el brazo derecho para recibir la bolsa, pero cuando la tenía a un milímetro de distancia, cuando ni una abeja habría podido volar entre ella y yo, Víctor me agarró por la muñeca. Me besó la mano y se la guardó en el bolsillo del pantalón. Luego la volvió a sacar y la dejó caer a su lado.

Yo la levanté, me la puse delante de los ojos y pensé que no tenía nada que hacer con esa mano: tenía sólo una maleta, y la izquierda me bastaba para cargarla. Así que olvidé la bolsa de la niña y devolví mi mano derecha a donde Víctor la había puesto primero. Toqué la costura del fondo de su bolsillo justo en el instante en que el tren paró.

Víctor quiso dar un paso y despegó un pie del suelo, pero enseguida tuvo que volver a ponerlo en el sitio de donde lo había despegado. No podía avanzar. Los botines negros de la niña le pisaban las puntas de los zapatos.

-Quédate con el pollo -le dijo Víctor a la niña-. En todo caso ya te lo pagamos.

-Véndelo -dije yo. Los ojos negros de la niña brillaban como adornos abandonados, como adornos rescatados en el pico de una urraca-. Véndeselo a los pasajeros que se suban en esta estación. Puedes vender cada presa por separado.

La niña se pasó por la cara el dobladillo de la falda, como para secársela, aunque no había derramado ni una lágrima. Dijo con voz entrecortada que a partir de Armero ya no había gente que subiera al tren, sólo gente que bajaba y gente que cambiaba de vagón. Ofreció otra vez la bolsa y buscó mi mano derecha, pero sólo la izquierda era visible, prendida al asa de la maleta.

-Nos comeremos el medio pollo en Armero -le dije a Víctor al oído. Por encima de la cabeza de la niña veía a los pasajeros que avanzaban por el pasillo hacia la salida-. Ya ha bajado casi todo el mundo. Cojamos la bolsa y salgamos -rogué flexionando con impaciencia las rodillas.

-No podemos entrar en Armero con medio pollo muerto dentro de una bolsa de papel -dijo Víctor.

-Nadie se va a dar cuenta -dijo la niña en un susurro, mirando al suelo.

Víctor le recordó que una vez fuera del tren ya no querríamos comer pollo. Nos olvidaríamos de la bolsa y andaríamos con ella por el pueblo y por el campo, sin saber que habíamos querido lo que tenía adentro.

La niña abrió la bolsa, miró el contenido y dijo algo que se ahogó en el fondo de papel.

-¿Qué acabas de decir? -le pregunté.

-Que es una pena tirar un pollo que se ha asado durante tres horas.

Fruncía la boca como resignada, pero aún no se apartaba de la entrada.

Entonces habló el hombre gordo, de bigote y doble chaleco, que compartía con nosotros el compartimiento y que hasta entonces había fingido dormir.

-Lo que no puedo ni soñar es que alguien pueda soportar a esta niñita -dijo despacio y sin entonación, como si leyera las palabras en el aire.

Víctor y yo nos volvimos a mirarlo. Tan pronto como lo enfocamos dejó de interesarnos. Miramos hacia afuera, donde todas las cosas habían empezado a andar en reversa lentamente. Había columnas de hierro, o más bien postes, una floristería y un hombre con tres galgos al final de tres traíllas.

-No son galgos -dijo Víctor-. Los perros que son así tienen otro nombre.

Por el borde derecho de la ventanilla apareció una señora de pelo blanco. Estaba de pie en el andén, llevaba un chal y sostenía un cartel que decía “Sara y Víctor”. Desapareció por el borde izquierdo de la ventanilla cuando el tren aceleró rumbo a la parada siguiente.

-Alguien nos estaba esperando, creo -dijo Víctor, y se sentó, no en el asiento que había dejado libre hacía unos minutos sino en el que yo había ocupado antes, junto a la ventanilla y frente al gordo.

Me senté a su lado, y a mi lado se sentó la hija del revisor. La niña se puso la bolsa en el regazo, se quitó los guantes, y con su mano morena dobló varias veces el borde de la bolsa para cerrarla mejor. Me la volvió a ofrecer. La tomé, le di una vuelta más al papel y la puse sobre mis rodillas. Eché la cabeza hacia atrás y miré el techo desvencijado. De repente sentí los ojos muy abiertos y temí no poder cerrarlos nunca más.

Cuando me empezaron a arder, los cerré y los volví a abrir. Lo hice otra vez y luego otra, hasta perder la cuenta.

Víctor se puso su chaqueta y me ofreció la mía.

-¿El billete que compraron no más llegaba hasta Armero? -preguntó la niña como buscando hacer las paces.

Víctor la miró de lado y no le contestó. Yo ni la miré ni nada.

-Lo arreglaré con mi padre -continuó ella-. Es el revisor.

-Ya -dijo Víctor.

-Ya -dijo el gordo de los chalecos, y bajó la cabeza hasta tocarse el pecho con la primera de sus dos papadas.

-¿Quién será Sara? -pregunté.

-Quién sabe -dijo Víctor-. Debe ser otra. Deben ser otros dos que tampoco llegaron en el tren. Otro Víctor y otra Sara.

Una Sara -dije-. No otra Sara. A mí nadie me llama Sara.

-Tal vez lo que la señora tenía escrito era su propio nombre -dijo Víctor-. Se llamaba Sara y se llamaba Víctor, y quería que algún pasajero la reconociera.

-Yo lo arreglaré con mi padre -repitió la niña, incorporándose en su asiento-. Es el revisor.

-Ya – dijo Víctor.

-Volveremos a parar en Armero al regreso -continuó la niña-. Claro, ya no será lo mismo. Lo mismo, exactamente, no será. No será exactamente como si no hubiera pasado nada.

El gordo de los chalecos carraspeó.

-Es bonita la niña -dijo, dirigiéndose a mí-. Será una mujer bonita.

-Gracias, señor -dijo la niña.

-¿Hay muchos niños que hablen así como ella? -preguntó el señor.

-Si mi papá viene a revisar los billetes -dijo la niña- le diré que por mi culpa ustedes dos no pudieron bajar del tren. Le pediré que los deje seguir aquí hasta la próxima vez que paremos en Armero. Pero como no subirá nadie más desde ahora hasta que estemos de regreso, pasarán varias horas sin que él venga a revisar los billetes.

-¿Cuánto falta para que volvamos a parar en Armero? -pregunté.

-Tres estaciones. Pero no todos los tramos se hacen tan largos como el último.

El gordo de los chalecos anunció que se bajaría en la próxima parada. Antes de llegar, quería contarnos que tenía una hija de la misma edad que la hija del revisor. Después de contárnoslo quiso mostrarnos un pañuelo que siempre llevaba consigo, en el bolsillo del segundo de sus chalecos. El pañuelo tenía un nudo. Dentro del nudo, el gordo guardaba los dientes de leche de su niña.

-Los chalecos no tienen bolsillos -dijo la hija del revisor, y contó que también a ella, hacía no mucho tiempo pero sí bastante, se le habían caído todos los dientes de leche y le habían salido los definitivos:

-Los de hueso. Y también mudé casi todas las muelas.

En seguida preguntó si no íbamos a comernos el medio pollo que tanto habíamos querido y esperado.

-Tengo la boca seca -dije-. Si me como el pollo ahora, se me va a quedar pegado al paladar.

La niña ofreció ir a comprar una botella de agua en el vagón restaurante.

-Trae otra para mí -le dijo Víctor, y le dio dos monedas.

-Y otra para mí -dijo el de los chalecos, y no ofreció ningún dinero.

-Sí. A todo lo que ustedes me pidan diré sí -dijo la niña a gritos.

-Ya iba siendo hora de poder hablar temas de adultos -dijo el gordo cuando ella salió-. ¿Qué van a hacer ustedes en Armero?

-Lo mismo que todo el mundo -respondió Víctor.

-¿Cómo se llaman?

-Víctor y Olivia -dije.

Preguntó si nos habíamos casado antes del viaje.

-No.

Si nos parecían cómodos los asientos.

-Más o menos.

Si estábamos cansados.

-Hemos descansado mucho.

¿Alguien nos había hablado de Armero?

¿Hablábamos de Armero entre nosotros?

Víctor me señaló los árboles que pasaban por la ventanilla, uno tras otro, cien y mil.

-Todo está tranquilo -dije contra la ventanilla, en voz baja-: los árboles y los arbustos. Cada nervio de cada hoja, y yo-. Me tapé la boca con la solapa de la chaqueta como por si alguien o algo, en algún lugar de la vía férrea, sabía leer los labios. Luego limpié con la manga el cristal empañado por mi aliento.

El bosque no había terminado de pasar, cuando el gordo empezó a hablar de nuevo. Hablaba con el mismo ritmo con que había dicho lo primero que había dicho, como si sacara cada palabra de una página distinta.

Dijo que hasta llegar a Armero se había hecho el dormido. Que si pensaba en cuánto le faltaba para llegar a su estación, se le aparecía un espacio en blanco. Si dejaba los ojos cerrados, todo era negro. Por la ventanilla desfilaron otros árboles.

Víctor no tenía ganas de comentar nada, sólo de mirar lo que el paisaje traía. Luego quiso contar que una vez, cuando era muy joven, había hecho un viaje en tren por América del Sur.

-Me lo creo -dijo el vecino-, pero debió faltarle Colombia. Cuando usted era joven, el ferrocarril colombiano se había acabado y no había uno nuevo todavía.

Seguí mirando la tierra. Cruzábamos por entre dos colinas cubiertas de rocas y de casas con techos verdes.

-Ahora el tren empezará a frenar -dijo el gordo.

El tren empezó a frenar.

-Lo prometido -dijo la hija del revisor, asomándose al compartimiento con tres botellas de plástico entre las manos.

El gordo se levantó de su asiento, se remangó la camisa y se colgó del hombro un maletín. Se despidió de mí con un gesto de la cabeza y a Víctor le estrechó la mano.

-Lo peor es que eres tonta -le dijo a la niña-: nos vendes el agua al mismo precio al que la compras en el vagón restaurante, en lugar de sacar una ganancia.

Y salió dándole un empellón.

La hija del revisor aterrizó en el suelo con un chillido. Se puso en pie rápidamente, nos entregó nuestras dos botellas de agua, destapó la tercera, la que había traído para el gordo, y bebió.

-¿Quién te ha enseñado a ser tan necia? -le preguntó Víctor.

-Yo misma me he enseñado -dijo ella, y derramó un poco de agua sobre una herida que se había hecho en el codo al caer.

-¿Aceptaron las monedas de Víctor en el vagón de la comida? -le pregunté.

-Claro que no -dijo-. Yo sabía que no eran monedas de aquí y que aquí no tenían valor. Si las recibí no fue para entregarlas sino para que mi papá tuviera que pagar por el agua. Él es el revisor, y siempre tiene dinero en el bolsillo porque a veces la gente no tiene tiempo para comprar el billete en la estación y se lo compra a él en el tren…

-Gracias -dijo Víctor.

-De nada -dijo la niña.

Se paró y salió al pasillo. Víctor y yo bebimos.

-Ahora es antes -oímos que decía a lo lejos una vocecita. Nos asomamos, y vimos a la hija del revisor de pie en el pasillo, al comienzo del vagón. Luego la niña salió corriendo hacia el otro extremo.

-Y ahora es después -dijo al llegar al final del vagón.

Víctor y yo volvimos a sentarnos.

Nos dijimos que el viaje en tren empezaba a parecerse a ese sueño en el que uno se sube en un ascensor, oprime el número del piso al que quiere ir, digamos el cinco, y se pone a mirar la pequeña pantalla que indica los pisos por los que va pasando. Aparece el número 5, luego aparece el 10, que es el último piso del edificio, luego salen el 15, y el 123, y el 280…

-Pero yo nunca he tenido esa pesadilla -dije-. Sólo he oído de ella. ¿Será que es como un bingo?

La hija del revisor se asomó y nos preguntó por qué no nos comíamos el pollo si ya nos habíamos bebido el agua.

-Por nada -dije.

Busqué en la bolsa, saqué el pernil, le di a Víctor el ala y empecé a comer. La niña se sentó en el asiento que antes había ocupado el señor de los chalecos.

-Quisiera quedarme dormida -dijo.

-Pues hazlo ahora -dijo Víctor-. Olivia y yo tenemos que hablar, y no queremos que oigas lo que vamos a decirnos.

Los tres hicimos silencio y cerramos los ojos. Al cabo de un minuto, la hija del revisor anunció que no podía dormirse.

-Enséñale a hacer alguna cosa para que se distraiga -le sugerí a Víctor.

-¿Hay algo que no sepas? -le preguntó él a la niña.

-No -respondió ella.

-Enséñale a hacer sumas -dije.

-¿Sabes sumar? -preguntó Víctor.

-Sí -dijo la niña.

Víctor empezó a enseñarle. Tres horas después, la hija del revisor había vuelto a aprender a sumar y el tren había parado en la estación siguiente.

-Cuando el tren empiece a andar, queremos que te vayas por ahí con lo que has aprendido -dijo Víctor.

-¿A dónde? -preguntó la niña.

-A otros vagones. A practicar sumas. A contárselo a tu padre -dijo Víctor.

-Para que nos dejes solos -dije yo-. Nos gusta más estar solos.

El tren empezó a andar, pero la niña se quedó quieta.

-Ve a comprar unas servilletas -le ordenó Víctor-. Tenemos la boca sucia de grasa de pollo.

Ella no se movía.

-¿El pollo estaba caliente? -preguntó.

-Estaba muy bueno -le respondimos, y aceptó ir a buscar las servilletas.

-Son gratis -dijo de salida.

-A veces imagino un ferrocarril vertical -dije-. Pienso que hacen una escalera con la vía del tren para subir al edificio interminable del que estábamos hablando antes.

Luego me adormecí. Me pareció que en algún momento el tren disminuía la velocidad y luego aceleraba otra vez. Entre la última parada y la nuestra, que era Armero otra vez, Víctor me despertó.

-¿Qué dictado? -pregunté aletargada.

-Que no sé para qué te he despertado. No he dicho nada de un dictado.

Estuvimos abrazados mientras atravesábamos un maizal.

-Ahora podríamos hablar de Armero -dijo Víctor-. De lo que haremos, de lo que va a haber.

Vino un campo ondulado y gris, de polvo, o más bien de humo que había vuelto a caer a tierra. Vimos unas cabras. O unas ovejas.

-Lo prometido -anunció la hija del revisor, abriendo la puerta del compartimiento. Traía en la mano tres servilletas de papel. Me dio una a mí y otra a Víctor, y salió dejando la puerta abierta.

-Ya había venido antes a darles las servilletas -dijo desde el pasillo-. Vine cuando íbamos llegando a la parada anterior, pero ustedes estaban dormidos. Lástima, porque vine con mi papá, y no pudieron conocerlo.

-Ya lo vimos cuando nos perforó los billetes al iniciar el viaje -dijo Víctor-. Antes de Armero.

-Pero no lo conocieron bien -dijo la niña.

Nos íbamos a bajar en Armero. Nos quitamos las chaquetas, cogimos las maletas, nos restregamos los ojos.

-¿Éste era un viaje de luna de miel? -preguntó la niña.

Víctor dio el primer paso fuera del compartimiento. No lo parecía, pero estaba aún más contento que yo.

En el andén no nos esperaba nadie. No había tampoco nadie que esperara a otros. La estación de Armero estaba vacía como Armero.

El tren empezó a andar. La niña nos despidió desde nuestra ventanilla agitando la servilleta de papel que había sobrado.

PiedePágina • 2008