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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

La verdadera flor de Coleridge

Por Marco García Falcón

El avión que me llevaba a París hizo escala en Nueva York. En esas doce horas recorrí desganadamente el aeropuerto, hojeé unos libros en una pequeña librería, fui dos veces al baño, comí en una cafetería de nombre europeo y al final me senté a escuchar música en mi walkman en la sala de espera. (El walkman: una puerta al autismo pero también un decorado portátil para transformar emociones.) Como a la medianoche nos llamaron por los altoparlantes. Me acoplé en la fila de registro y luego en la de embarque sin prestar mucha atención a lo que pasaba a mi alrededor, como si todo eso fuera un borroso paréntesis a lo único que realmente me importaba: llegar a París.

Por suerte me dieron otra vez el asiento de la ventanilla. El de al lado estaba vacío. En el extremo se había acomodado un ancianito de boina escocesa y aspecto italiano que apenas me vio levantó la cabeza con aire somnoliento. Mientras daban las indicaciones para el despegue, coloqué en el walkman La hija de la lágrima.

Estábamos en pleno ascenso cuando, de pronto, y ante el asombro de las aeromozas, se apareció una chica que alborotadamente se disponía a ocupar el asiento vacío. No le tomé importancia, pero al poco rato sentí que alguien me miraba. Volteé y vi que la chica, sonriente, me decía algo.

– ¿Qué escuchas? –oí que me preguntaba en francés no bien bajé el volumen del walkman.

– Charly García –contesté algo desconcertado.

Hizo una mueca de extrañeza y repitió el nombre inquisitivamente, abriendo con gran curiosidad sus enormes ojos castaños bordeados de largas pestañas. Tenía una voz rarísima, vagamente ronca, y pronunciaba las palabras con una crepitación de hojas quebradas.

–Es argentino –traté de ubicarla–. Un loco maravilloso. Se puso un vestido de mujer para grabar algunas canciones de este disco.

Me pidió que por favor la dejara escuchar. Le pasé los audífonos. Mientras se los ponía pude observarla mejor e ir acostumbrándome a su presencia. Llevaba una chompa granate de lana, jeans azules y zapatos negros de charol. Tenía la nariz ligeramente larga y el brillante pelo negro lacio, con un corte típico de los sesenta: a la altura del cuello y con las suaves puntas curvas rozándoles las mejillas. Era menuda de contextura, pero algo me decía que no era una adolescente y que, sin embargo, procuraba aparentar menos edad.

– Me gusta mucho –sonrió al terminar la canción–. ¿Tú también eres argentino?

– No. Soy peruano.

– ¡Le Pérou!, ¡Ce n´est pas le Pérou! –exclamó con esa conocida frase con que algunos franceses aún asocian al Perú con la idea de prosperidad–. ¿Has ido antes a París?

No quería extenderme en los avatares de mi pequeña hazaña personal, pero era una buena oportunidad para practicar mi francés. Le conté algo. Lo suficiente como para calmar su interés.

– No hay nada en el mundo como París ni como los parisinos –sonrió, revelándome con sutil coquetería su ciudad de procedencia–. ¿Dónde te vas a hospedar?

– No sé; en un hotel barato, supongo.

– Mi abuela tiene una hostería en las afueras; el lugar está lleno de ancianas, pero es cómodo y más barato que un hotel. ¿Por qué no te hospedas allí?

– Puede ser –le agradecí.

Después de eso se quedó un instante pensativa, como si hubiera hecho algo mal.

– Soy una desconsiderada –se autorrecriminó y luego me ofreció su pequeña mano de largos y delicados dedos–. Me llamo Claudine.

Cogí su mano diciéndole que yo también era un distraído y le di mi nombre.

A lo largo de las nueve horas que duró el vuelo me entretuve conversando con Claudine. Me habló con gran locuacidad de sí misma. Era, quién iba a imaginarlo, profesora de manualidades. Vivía sola y dictaba clases en una escuela primaria, aunque pasaba muchas horas ayudando en la hostería de su abuela, quien la había criado desde que sus padres fallecieron en un accidente aéreo. Había viajado unos días a Nueva York a tramitar una beca en un college.

– ¿Y cómo has hecho para que dejen viajar sola a una menor de edad? –bromeé.

– Aunque no lo parezca, tengo veinticinco años –dijo haciendo un gesto serio de persona mayor.

Cuando por fin llegamos al aeropuerto Charles de Gaulle, Claudine tomó mis papeles y me ayudó a pasar por los largos y complicados trámites de desembarco. Yo la miraba hacer agradecido, con la emoción que no me cabía en el cuerpo por la alegría de estar pisando París.

– Ya está –suspiró después de casi dos horas–. Ahora solo falta que decidas dónde hospedarte.

La decisión era más que obvia: se me ofrecía un hospedaje barato y una compañía agradable. De manera que tomamos un taxi a la salida del aeropuerto. Era un día medianamente claro, con nubes plomizas en el cielo y una leve llovizna que acariciaba la cara con sus finas manecitas de agua.

En el camino a la hostería de su abuela, Claudine no paraba de hablar y me iba señalando las calles y los edificios mientras mis ojos maravillados los reconocían en un éxtasis silencioso.

– Apenas dejes tus cosas, salimos a recorrer París –me prometía Claudine, visiblemente emocionada con mi propia emoción.



La hostería quedaba en un sector apacible de la ciudad. Era un viejo caserón verdirrosa, de grises ventanas afantasmadas y acabados de otro tiempo, que ocupaba casi toda una esquina. Las escalinatas de mármol, el portón con aldabas y el vestíbulo de oscuras maderas contraplacadas eran verdaderas delicias de museo. Cuando llegamos a la sala nos topamos con un espectáculo enternecedor: seis o siete ancianas primorosamente arropadas con chompas y gorritos de lana miraban la televisión o leían el periódico. Algunas nos saludaron con gesto familiar. “Todas son mis tías abuelas”, me explicó Claudine divertida. “Son adorables, ¿no?” “Además”, agregó con picardía, “varias están solteras”. Le pedí que me indicara dónde estaba el baño. Cuando volví, la vi conversando con una señora mayor de ojos brumosos y aspecto grueso, aunque muy bien conservada y de menos edad que las inquilinas. Alcancé a oír que le recriminaba a Claudine que hubiera traído a un desconocido. Al verme se quedaron calladas, aunque eso no le impidió a la señora echarme una larga mirada de evaluación que me hizo sentir incómodo. “Este es el chico peruano del que te hablaba, abuela”, me presentó Claudine. Levanté la mano y palpé una flácida carnosidad, como una osatura blandengue recubierta de piel transparente y pecosa. La abuela esbozó una sonrisa diplomática. “No hay habitaciones disponibles por ahora”, se excusó. “Lo único que puedo ofrecerle es la buhardilla”. Yo no tenía ningún inconveniente, siempre había soñado con una buhardilla parisina, pero solicité que me la mostrara por si acaso. Claudine y yo subimos las escaleras de tablones crujientes siguiendo a la abuela, quien de paso me iba informando de algunas normas internas de la hostería. “No te vayas a asustar”, me susurraba al oído Claudine colgándose de mi brazo. “Parece seria pero en unos días la vas a adorar, ya vas a ver”. La buhardilla era un acogedor cuartito techero adonde se llegaba también por una escalera en espiral independiente de la casa. Tenía una cama de plaza y media, un armario pequeño y un escritorio de madera con su silla. El amplio ventanal contaba, además, con una vista panorámica de la ciudad. “¡Es perfecto!”, exclamé encantado. La abuela, a quien desde ese momento empecé a llamar madame Leonor, como lo hacían todos en la hostería, me entregó la llave, me deseó con una frase hecha una agradable estadía y me dijo que arreglaríamos lo del pago a la mañana siguiente, cuando ya me hubiese instalado.

Al atardecer, después de desempacar mis maletas y darme un baño rápido, Claudine fue a buscarme a mi cuartito para salir a recorrer la ciudad. Tenía el cabello amarrado en una cola de caballo, y vestía zapatillas deportivas, pantalón de buzo blanco y un polo verde ceñido al cuerpo que resaltaba sus pechos breves pero estupendamente formados. Yo estaba un poco cansado, pero me moría de ganas de dar mi primera vuelta por París. Bajamos y Claudine me hizo entrar a una despensa polvosa donde, entre otros cachivaches, había alineadas unas viejas bicicletas de aros grandes. “Escoge una”, dijo Claudine. “No creo que sea una buena idea”, me opuse asustado. “Hace siglos que no manejo”. “Total, ¿en qué quedamos?”, me preguntó con mirada retadora. “¿No decías que no querías ser un turista de agencia?” Desarmado, empujé una bicicleta hasta la entrada de la casa. Un sol tenue doraba las calles, y el cielo sin nubes era de un azul intenso. Ese no era el clima que yo había ambicionado durante tanto tiempo, pero me sentía bien así. Claudine se montó en una bicicleta roja con canasta delantera y echó a andar sin avisarme. Yo me trepé a la mía como pude, tocando a cada rato la pista con los pies, temeroso de perder el equilibrio. Claudine desapareció de mi vista, pero a los pocos segundos surgió por detrás, arengándome entre risas a seguirla. Demoré un poco en coger el ritmo adecuado hasta que empecé a soltarme. Casi me deslizaba por el enredijo de calles empinadas, aceptando el viento fresco contra la cara, dejándome llevar por el flujo blando de los pedales. De pronto estuve tan seguro que decidí ponerme los audífonos del walkman en plena marcha: sonaba En la ruta del tentempié. Entonces fue el éxtasis y la pendiente, el aire fragoroso que traspasaba el cuerpo humedecido, el sol en lo alto, la maravillosa música de Charly, las arboledas extendiéndose en setos bajos, la preciosa, impagable gestualidad sin voz de una Claudine que me indicaba emocionadísima un resplandor dorado sobre una caída de agua o sobre las hondonadas en tinieblas de los torreones medievales que se alzaban en la espesura del bosque silencioso.

Avanzamos hasta el fondo de un sendero cubierto de hojas secas, al lado de un estanque sin flores. Claudine se bajó de la bicicleta y corrió hasta unos árboles enormes rebosantes de luz. Luego se detuvo y empezó a girar con los brazos extendidos.

– ¿Sientes? –me preguntó cerrando los ojos.

– ¿Qué cosa?

– ¿No sientes algo distinto en el aire?

– ¿Algo como qué?

– Como una energía.

– No entiendo de qué me hablas, Claudine.

Dejó de girar y se sentó sobre la alfombra de hojas rígidas, en posición de flor de loto. Me contó con un tono medio misterioso la historia del castillo cuyo imafronte gris tapaban las copas altísimas de los árboles: una pareja de jóvenes reyes felices, una revuelta en palacio, la doble puñalada traicionera, la conmovida inscripción de las tumbas contiguas en el foso subterráneo. Su extraña voz, ronca y resonante, le imprimía a lo que decía un aura encantada de cuento de hadas.

– Por aquí paseaban los reyes –suspiró cortando el aire sin viento con las manos, como si tocara formas invisibles–. ¿No sientes su presencia?

– Estás loca. Aquí no hay nadie más.

– Puedo estar loca. Pero te aseguro que no estamos solos.

La seguridad casi mística con que hablaba me hizo reír. Claudine rió también.

– ¡Ríete, ríete nomás que ahí están a tu lado!



Regresamos a la hostería con las primeras sombras. Claudine se fue luego a su departamento, no sin antes proponerme un día de excursión por la Périphérique. Esa noche llovió y yo dormí al compás del agua que corría tremante por el cristal de mi ventana. Tres golpecitos contra la puerta me despertaron a la mañana siguiente. Era Claudine que me invitaba, con una gran sonrisa, a desayunar. Desayunamos café y crossaints con queso en una mesa larga, en compañía de las ancianitas que se enfrascaron en una divertida discusión sobre las propiedades medicinales del vino.

Mi conversación pendiente con madame Leonor sobre el pago del alquiler fue breve y de una cortesía casi comercial. Además, el precio fijado resultó mucho más barato de lo que me imaginaba. No bien firmé una especie de contrato, Claudine y yo nos fuimos a tomar el tren con rumbo al Sur. Nos bajamos en el pueblo de Chantilly y conseguimos colarnos con un grupo de turistas a la visita guiada por el castillo de Luis Enrique de Borbón. Era una inmensa construcción de muros grises, tejados de pizarra azul y una hermosa capilla gótica. Desde los ventanales se divisaba un antiguo bosque de hayas y robles polvorientos. Claudine, por lo visto, tenía una fascinación inusitada por los castillos medievales, aunque los comentarios de la guía la aburrían sin remedio.

– Esta tipa nos trata como niñitos de kinder –se quejó.

– La pobre hace lo que puede.

– Mejor quedémonos por acá.

Claudine me jaló del brazo hacia un estrecho corredor que desembocaba en un portón de madera. Entramos a un cuartito en penumbras. Las paredes de piedra almenada tenían la consistencia de un foso. Claudine empujó el portón y cerró la llave de metal chirriante. Casi no la veía.

Iba a decirle que lo que estaba haciendo era una locura, pero me tapó los labios con la mano.

– Cállate –musitó con la respiración agitada–. No vayas a romper la magia.

Entonces me arrinconó a una pared. Sentí su boca húmeda, sus pechos de duros pezones apretándose a mi cuerpo. Repasé suave, ansiosamente su delicada grupa alzada. El breve pero tenso cuerpo de Claudine respondía a mis caricias con una intensidad quemante, una furia de ondina desatada.

Palpé su precioso cuerpo esa tarde. Pero no fue sino hasta esa noche, en mi buhardilla, cuando terminamos de recorrer la Périphérique, que pude verla desnuda y hacerla mía.

Claudine se había quitado la ropa con una gracia distraída y estaba parada frente a mí. Su pálida piel, la punta rosada de sus senos, el vello sedoso y negro, todo resplandecía en la penumbra tamizada por los visillos vagamente corridos. Yo la contemplaba con ternura, echado sobre la cama.

– Es raro –dijo, acomodándose un mechón de cabello que le caía sobre la cara.

– ¿Qué es raro? –pregunté como para darle gusto, ya algo acostumbrado a sus diálogos oblicuos.

– Es como si nos hubiéramos conocido antes; en otra vida, quizás.

– No sé a qué te refieres exactamente, Claudine, pero estoy seguro de que París no hubiera sido lo mismo sin ti.

Se quedó un instante en silencio y me miró a los ojos para ver si era sincero.

– Totalmente de acuerdo –sonrió orgullosa antes de acostarse a mi lado.

Esas singulares salidas y conversaciones con Claudine me dieron la idea de escribir un cuento: la historia de una muchacha aficionada a los inventos que construye un aparato para capturar seres invisibles. Ese sería el primero de una serie de relatos ambientados en París y contados por diversos narradores, aunque en el fondo se tratarían de alter egos o reelaboraciones simbólicas de aquella voz que abriría y finalizaría la serie. El proyecto del libro me rondaba la cabeza desde algunos meses atrás. Pero no había por qué apresurarse: la realidad de París se prometía plena de situaciones estimulantes y yo debía tomarme un tiempo prudencial para poder aquilatar las nuevas experiencias.

Estuve toda la mañana del sábado revisando periódicos y revistas que recogí de la mesa de la sala, después del desayuno. Claudine no pasaría por la hostería sino hasta la noche: tenía que preparar un material para sus clases. Encontré un aviso de Le Nouvel Observateur en el que solicitaban un corrector de textos que, además del francés, dominara el castellano. Yo cumplía con ciertos requisitos: conocía el oficio y había ganado alguna vez un concurso de ortografía en francés. Pero me imaginé que se presentarían numerosos postulantes muchísimo más calificados, y sobre todo de nacionalidad francesa. De todas formas, como para dar una vuelta por el centro, me presenté por la tarde con mis papeles. Increíblemente, solo había dos postulantes más: una profesora de primaria cesante y un administrador de empresas sin empleo que, veinte años atrás, había trabajado en un periódico. De manera que el entrevistador, el jefe de la sección de corrección, monsieur Lenast, nos hizo pasar a los tres a su oficina. Era un viejo alto y elegante, muy cortés, de porte y bigotes quijotescos, con una vocecita atiplada que se entrecortaba por los continuos carraspeos, aunque con una estupenda sintaxis oral. Rodeado de todos esos estantes repletos de libros, parecía un antiguo maestro universitario, imagen que yo admiraba pero a la que secretamente temía algún día encarnar. Nos explicó que el diario planeaba lanzar una serie de fascículos sobre escritores latinoamericanos de este siglo, y que por esa razón se necesitaba el manejo de ambos idiomas. Luego revisó nuestros currículos y nos hizo un par de preguntas generales; mi condición de extranjero no parecía llamarle la atención. “Aquí lo que importa es la calidad de su trabajo”, concluyó entregándonos a cada uno un lapicero rojo y un par de páginas de prueba. “Tienen veinte minutos para corregir esto”. El examen no me pareció tan complicado, pero mi manía perfeccionista y mi afán por quedar bien me provocaron un fuerte dolor de cabeza. Como de costumbre, se nos dijo que se llamaría al que fuese elegido. Para relajarme un poco decidí dar un paseo por los muelles del Sena y tomarme un café en el Flore antes de ver a Claudine.

Al regresar a la hostería, oí una música como de violín bajando desde mi altillo. Metí la llave a la cerradura y entorné la puerta con cuidado. Claudine estaba sentada en la silla, cerrados los ojos, las piernas abiertas, tocando concentradísima un chelo. Era una presencia iridiscente cuyos destellos se transparentaban en la penumbra azul. No pude reconocer qué melodía era, pero fluía en el aire con la serena cadencia del agua suelta. Claudine abrió los ojos sorprendida y le hice una señal con la mano como para que continuara. Yo me senté en un rincón, maravillado de escucharla y de verla así, replegada y extática, nimbada por ese virtuosismo prodigioso que producían sus manos. Cuando terminó de tocar me paré y me acerqué a besarla, pero ella me volvió la cara, guardó el chelo en el estuche y se fue sin despedirse, sin decirme una sola palabra, arrastrando su instrumento como si fuera un pesado fardo.

No traté de seguirla: al imprevisible concierto podía suceder la imprevisible huida de una imprevisible Claudine. Pero lo que sí me extrañó fue que, a la diez de la noche, cuando yo ya estaba a punto de dormir, una de las ancianitas tocara la puerta de mi cuarto para darme un recado telefónico de Claudine: se disculpaba por no haber podido asistir a nuestra cita de esa noche.

Al otro día Claudine me despertó tempranísimo. Tenía un nuevo plan de excursiones. Le recordé los hechos de la noche anterior y le pregunté si podía explicarme su conducta.

– ¡Ah, sí! –dijo con total naturalidad– . Esa no soy yo.

– ¿Quién es entonces? ¿Tu doble?

– No. Yo diría que era más bien mi fantasma. Toda esta casa está llena de fantasmas, ¿no lo sabías?

– O sea que estando viva puedes tener un fantasma.

– Es que no es como todos piensan –pestañeó levemente–: los fantasmas pueden tomar la forma que quieran. Quizá sea un duende disfrazado de mí.

– Eso quiere decir que tú no tocas el chelo.

– Ni el chelo ni nada –se excusó con pena–. Puedo sentir la música y bailarla, pero soy incapaz de tocar dos notas seguidas.

Sonreí divertido. El candor, la fresca imaginación de Claudine me enternecían. Parecía ser la solitaria protagonista de un cuento de hadas. Una versión personal de Alicia en el País de las Maravillas. Decidí seguirle la corriente.

– ¿Y ahora con quién voy a salir? ¿Con la verdadera o con la fantasma? –pregunté, falsamente confundido.

– Con la verdadera, por supuesto. Y ni se te vaya a ocurrir coquetear con la fantasma.

Fuimos al bosque de Compiégne. Nos internamos en un caminito de sombras ramificadas y manchas de flores azules. Recorrimos el pueblo ruinoso y almorzamos en una tasca tradicional, atendidos por unas robustas y simpáticas campesinas que servían la comida en añosos mesones de madera. Por la tarde visitamos el castillo de Pierrefonns, una fortaleza castrense en cuyo torreón principal había permanecido en cautiverio una princesa albina por tener amoríos con un músico plebeyo. Claudine insistió en que nos separásemos de los demás visitantes y subiéramos a la torre. Yo había visto el cielo ennegrecido y temía que al desatarse una lluvia torrencial se suspendiera la visita y nos quedásemos encerrados, pero Claudine me llevó casi a rastras. Hicimos el amor sobre una cama de pajas parduscas, oyendo el fragor del viento gris danzando entre las copas de los árboles. Una rama de más de medio metro pasó silbando por la ventana de estucos como un espectro desesperado y terroso. Pero solo cuando volvimos a juntarnos con el grupo de turistas, empezó a llover. Bajo los pliegues de esa agua rugiente y humeante, disfruté de cómo la cabellera negra y las espesas pestañas de Claudine iban adquiriendo un tenue fulgor sedoso mientras corríamos por una cuesta empinada y luego por un sendero de grava súbitamente enlodados. Llovió con tanto ruido e intensidad que el furor del agua nos acompañó hasta que llegamos a la hostería, ya muy entrada la noche.



La mañana del lunes fue árida y aburrida sin Claudine. Pero a la hora del almuerzo recibí una llamada de Le Nouvel Observateur: aunque me costara creerlo, me habían escogido para el puesto. Demoré lo menos posible en presentarme a la oficina del jefe de correctores. Monsieur Lenast me recibió con inexpresiva seriedad, pero me alcanzó unas palabras de bienvenida. Trabajaríamos tres personas, según me hizo saber: él, un tal Pierre y yo. El horario sería de madrugada, pues las oficinas estaban ocupadas todo el día en la edición del diario. “Mañana mismo empiezas”, me advirtió. Después de llevarme con el contador para registrar mi ingreso, me mostró las instalaciones del periódico; solo al final del recorrido vi mi oficina, un cuartito tenebroso que había servido no hacía mucho de despensa. “Aquí tienes lo básico”, carraspeó monsieur Lenast señalándome un par de escritorios apolillados sobre los que descansaban diccionarios y enciclopedias. “Si necesitas otros libros, no dudes en subir a pedírmelos, muchacho”.

Me quedé el resto de la tarde dando vueltas por las calles del centro, feliz y ansioso de ver a Claudine para contarle la buena noticia. Cuando regresé a la hostería me alegró volver a escuchar la música del chelo. Me quité los zapatos y entré de puntillas al altillo. Claudine planeaba por la neblina azul de lejanos cielos concéntricos, con los ojos cerrados y el lacio cabello suelto contra la cara. Me paré a su lado y posé con suavidad mi mano izquierda sobre su pequeño rostro. Esta vez Claudine continuó tocando sin inmutarse y yo sentí su aliento tibio en la palma de mi mano, las órbitas de sus ojos girando serenamente bajo las yemas de mis dedos trémulos. Descendí con lentitud hasta tocar sus labios húmedos. “Yo no te conozco”, musitó. “Yo tampoco te conozco”, respondí siguiendo su juego. Luego coloqué mis dedos en el pliegue cálido de la comisura de su boca y ella empezó a abrir levemente los labios, a besar mis yemas, a morder con delicadeza la recortada superficie de mis uñas. Yo me volví, bajé mi rostro hasta su altura y reemplacé mis dedos por mi boca. Claudine percibió el cambio, se crispó, entreabrió los ojos, pero al instante los volvió a cerrar y correspondió a mi beso. Fue un beso breve pero intenso, de sensaciones mutuamente inéditas, como si por primera vez hubiera besado a Claudine, o como si esta fuera otra Claudine, menos impulsiva aunque más entregada. En el momento en que nuestros labios se separaron, Claudine dejó de tocar y abrió sus grandes ojos para mirarme desde un punto ciego donde habitaban la confusión y la ternura. “Creo que me estoy enamorando de ti”, atiné a decirle. Entonces volví a besarla, acaricié su delgada nuca, hundí mis dedos entre sus cabellos revueltos y la llevé cargada hasta la cama.



Al despertarme varias horas después, Claudine ya se había ido. Un fulgor centelleante de sol se metía por la ventana e iluminaba el descorrido acolchado azul que había cobijado su cuerpo. Bajé a tomar desayuno con las ancianitas. Madame Leonor presidía la mesa y, como siempre, como en cada una de las oportunidades en que habríamos de cruzarnos las miradas, me atendió secamente para después ignorarme. De regreso a mi cuarto, encontré de nuevo a Claudine recostada sobre la cama recién tendida. Se había cambiado de ropa, pero se veía preocupada.

– Lo siento –se disculpó al verme–. Anoche no pude venir porque me quedé hasta muy tarde arreglando unos papeles para la embajada.

– Ni me di cuenta –sonreí con buen humor–. La pasé de maravillas con el cuerpo de tu fantasma o de tu doble o lo que fuera.

Creo que no le gustó mi comentario porque frunció el ceño y permaneció en silencio, pensativa. En todo caso, la imprevisible Claudine me proponía jugar y luego, sin ninguna transición, se arrepentía. Cambié de tema. Le conté lo de mi trabajo en el periódico.

Claudine brincó de alegría y saltó a mi cuello para felicitarme.

– ¡Por qué no me lo contaste antes!– exclamó besándome en la boca– ¡Es una noticia maravillosa! ¡Tenemos que celebrarlo–

Fuimos después del almuerzo a tomar unos vinos a la Closerie des Lilas, un bar del boulevard Montparnasse, famoso porque ahí Hemingway escribió Fiesta. Yo tomé unas cuantas copas, pero Claudine se entusiasmó tanto y acabó tan borracha, riéndose y tropezándose con cualquier cosa, que tuve que llevarla en un taxi hasta su departamento (vivía en un pisito de la rue du Bac, al final de un pasaje semioculto por fragantes abetos en flor). Al acostarla en su cama volvió a felicitarme y me comentó con voz chispeante y sonrisa adormilada que tenía muy buenas referencias de monsieur Lenast, pues era un antiguo conocido de su familia.

Estuve en la oficinita del periódico media hora antes de lo indicado. Al poco rato llegó mi compañero. Pierre era un gordito de gruesos anteojos, con una locuacidad desenfrenada y una risa y unos movimientos nerviosos que le daban un aire caricatural y divertido. No debía de tener más de veinte años. Estudiaba Literatura en La Sorbona, y trabajaba desde hacía poco en el diario. Apenas le informé que era peruano, empezó a hablarme de los escritores latinoamericanos que conocía. Era un amante impenitente del barroco castellano, afición que se notaba por la multitud de libros que me citaba y, sobre todo, por la demorada excitación con que insertaba algunos arcaísmos españoles en su difícil francés. Hubiera seguido hablando sin parar si no se presentaba en ese momento nuestro jefe a entregarnos el trabajo para ese día. Una vez que nos dio las pruebas de imprenta, monsieur Lenast me invitó a salir de la oficina para decirme algo en el corredor. “Pierre es un muchacho responsable y muy culto”, me explicó como si me contara un secreto. “Pero a veces recarga la sintaxis y los adjetivos, así que tú vas a hacer una segunda corrección sobre lo que él ya ha corregido”. Las cuartillas que me tocaron formaban el capítulo correspondiente a Vargas Llosa. Yo había dirigido en Lima un taller sobre mi compatriota y admiraba su obra, pero Pierre, movido quizá por una pasión desmedida, no solo había cargado las tintas sino que había agregado oraciones laudatorias de su propia cosecha. Por ejemplo, donde decía “notable construcción narrativa” había puesto “arquitecto de palacetes principescos en el informe adobe de la palabra”. En eliminar algunos epítetos y aligerar el fraseo de Pierre se me fueron las seis horas.

Llegué a la hostería rendido. Desde la ventana del comedor vi a las viejitas jugando con bullicioso entusiasmo una partida de bridge. No había dormido más de unas cuatro horas cuando sentí entrar a Claudine. Cerró la puerta y se quedó parada en el vano, mirándome con un halo de dulce extrañeza. La invité a acostarse conmigo. Tuve que insistir varias veces para que se acercara a la cama. Era otra vez la Claudine tímida y silenciosa, esa Claudine que no tomaba la iniciativa sino que me obligaba a seducirla y atraerla. Besé sus delgados dedos evasivos, el vello mullido de su brazo. Así fui venciendo su momentánea timidez, hasta que se dejó envolver en mi abrazo.



Confieso que en el transcurso de ese primer mes en París no me fue difícil irme adaptando a esos insólitos cambios de actitud. Todo estaba en saberlos reconocer en su debido momento. Si Claudine subía a mi altillo locuaz y extrovertida, aceptaba gustoso sus invitaciones a recorrer los extramuros de la ciudad, disfrutaba su obsesión por los bosques y los castillos medievales, atendía con unción sus historias de fantasmas y los caprichos de su exacerbado erotismo infantil. Si en cambio venía callada e intimidada, me ahorraba yo también las palabras y las salidas, la seducía con la pura gestualidad y el leve lenguaje de las miradas, mientras ella me prodigaba su ternura silenciosa y sus estremecidas interpretaciones de chelo. Esa era una Claudine tal vez doblemente enloquecida, aunque sin duda enteramente mía.

Entretanto, cada vez me asentaba más en mi trabajo en el diario. Pierre me hacía sufrir con sus añadidos y su barroquismo intelectual, pero me divertía el apasionamiento febril con que corregía y me gustaba conversar con él sobre literatura. Tenía una actitud casi teatral: hablaba (monologaba, más bien) gesticulando, moviendo las manos, riéndose estruendosamente, y se ponía a dar brincos en los momentos de mayor excitación. Aparte de cierto parecido físico, había algo en él que me recordaba al adolescente entusiasta y desenfrenado que había sido yo. Además, tales eran su versación y la voracidad de sus lecturas, que sin darse cuenta me contagiaba su emoción y me ensanchaba el horizonte de libros y autores por leer. Con frecuencia continuábamos nuestras charlas en las mesitas de mármol del Deux Magots, fumando y tomando café, y solo regresábamos a nuestros respectivos cuartitos cuando los nubarrones desaparecían y las vetas violetas y moradas del cielo viraban a un blanco luminoso. A veces, si terminábamos temprano, nos íbamos con monsieur Lenast a un sótano de la rue Lanion a escuchar a una cantante argelina que imitaba maravillosamente el estilo y la voz de Juliette Gréco. Allí, en medio del humo y las luces mortecinas, monsieur Lenast nos contaba numerosas anécdotas. Había conocido a Hemingway y a Miller, a Sartre y a Camus, y recordaba con la exquisita oralidad de su voz temblorosa las reuniones conspiratatorias, los gestos de grandeza, las disputas intrascendentes o innobles. Allí también, después del espectáculo, lo escuchábamos recitar deslumbrados algunos poemas de Verlaine y Novalis y, flor de flores, pasajes completos de En busca del tiempo perdido, obra monumental que siempre me había atemorizado pero que a partir de entonces empecé a leer con delectación y fervor casi religiosos. Al parecer, monsieur Lenast era otro enamorado de la literatura y en su juventud (como me enteré tiempo después) había llegado a publicar un fino libro de poesía erótica; sin embargo, los muchos años en el oficio lo habían convertido en un editor a tiempo completo, incapaz de trascender, por timidez o por desidia, aquel auspicioso paso inicial.

Un día, me aparecí por la hostería como al mediodía, pues luego de la cave nos habíamos ido a husmear por las pequeñas librerías de viejo del Barrio Latino. En el instante en que abordaba la escalera en espiral, pude ver por la ventana del comedor la negra cabellera de Claudine, su breve torso cubierto por una blusa color malva. Preferí subir al altillo desde dentro de la casa. Recorrí el vestíbulo por si acaso, pero no la encontré. Seguramente me había parecido verla. Sin embargo, cuando trepé la escalera interior, me la crucé en el descansillo. Ahora estaba vestida con un overol blanco, y llevaba el cabello amarrado bajo una gorra de pompón rojo. O yo estaba demasiado cansando, o en esa casa había dos Claudine.

– Te acabo de ver abajo –le dije sin disimular mi sorpresa–. No creo que te hayas cambiado de ropa en un segundo.

Me miró a los ojos. Dudó un instante antes de responder.

– Ah, la de abajo; esa no soy yo. Debe de ser Claudette.

– Claro –dije algo irritado–. Ahora resulta que yo también puedo ver a tu fantasma y que encima tiene un nombre parecido al tuyo.

Me volvió a mirar a los ojos.

– No puedo creer que no te hayas dado cuenta. Esa es Claudette, mi hermana gemela. Aunque, claro, es tan callada que parece mi fantasma. En realidad es como mi fantasma.

Traté de ver las cosas serenamente.

– Estás diciendo que tienes una hermana gemela y que yo estoy con las dos.

– Está clarísimo, ¿no? – sonrió con desenfado–. Eres todo un donjuán.

La tranquilidad con que lo decía me desesperaba. Pero yo tenía que averiguar otras cosas.

– Quiere decir que las dos lo saben. Que están jugando conmigo.

– Nadie juega con nadie. Yo te conocí primero. Después apareció ella. Yo sé que tú me quieres a mí; lo que haga ella no me importa. Te digo que es como mi fantasma, una sombra.

– ¿Y qué piensa ella?

– Mira, es muy difícil de explicarlo. En el fondo somos como una misma persona: a veces sentimos igual, pensamos igual. Yo voy a hablar con ella, no te preocupes. Para la fiesta va a estar todo arreglado.

– ¿Qué fiesta?

– Qué tonta. Me olvidé de avisarte. Hoy es cumpleaños de una de las abuelitas. Se lo vamos a celebrar a la medianoche; va a ser una reunión familiar. Claudette y yo ofreceremos un numerito, una tontería que hacemos desde chiquitas para recordarles sus buenos tiempos. Trata de salirte un poco antes del trabajo.

No le aseguré nada. Le dije que estaba muy cansado, que necesitaba estar solo. Subí al altillo a descansar. Intenté dormir, pero a las tres horas de brumosa duermevela desistí. Me fui entonces a caminar por el Barrio Latino. Se me ocurrió tomar una botella de vino en el café Danton.

Las horas que siguieron fueron de incertidumbre y confusión. Me encontré de pronto caminando por los muelles del Sena, sin saber qué hacer. Iba mirando las barcas bamboleantes, las salpicaduras de sol esparcidas sobre el agua trémula y torrentosa. Caminé hasta un puente muy alto, idéntico a uno que había soñado de niño, y en cuyo tenue resplandor me descubrí pálido y apesadumbrado. No sé muy bien cómo llegué a subir al métro ni cuántas horas estuve sentado dentro de un vagón medio vacío, tratando de poner en orden mis pensamientos, pero cuando tomé consciencia de mi estado ya había anochecido, y el métro se estaba llenando de numerosas personas que regresaban a su casa de trabajar.

Me bajé en la estación del centro. Caminé hasta el diario y me lavé la cara en el baño. Estuve revisando el trabajo del día anterior, hasta que se apareció Pierre. Verlo, recibir su efusivo saludo, oír sus comentarios apasionados e hilarantes sobre la última novela que estaba leyendo, me devolvieron la tranquilidad. Pierre hablaba, bufaba, se reía, se quejaba sobre la única cosa que parecía existir para él en el mundo: la literatura. Le recordé que monsieur Lenast llegaría en cualquier momento, pero él me despreocupó diciéndome que se había tomado el día libre y que podíamos salir más temprano. “Te noto un poco tenso”, dijo. “Creo que te estás tomando las cosas muy a pecho”. Le respondí que probablemente. “París es mucho más que esto y tu hostería”, sonrió con los ojos exaltados. “Es casi casi como el buen libro que a mí me gustaría leer y a ti escribir”. Nos reímos. A las tres de la mañana ya habíamos terminado el trabajo, de manera que decidimos dejar el diario. Pierre propuso tomarnos un café, pero yo preferí irme a mi cuartito.

Cuando llegué a la hostería, el cielo estaba todavía oscurecido. Escuché voces y una canción romántica de Edith Piaf que venían desde la primera planta. Me acerqué a mirar por el vidrio polvoso de la ventana. Envueltas en la luz vacilante de los lamparines de la sala, las viejitas contemplaban desde los sillones un cuerpo ondulante en la oscuridad. Agucé la vista y me di cuenta de que en realidad eran dos cuerpos desnudos restregándose sobre la alfombra. Madame Leonor estaba de pie, a un costado. En la penumbra violeta se distinguían sus ojos secos y nublados, el gesto plácido o abotagado de sus labios entreabiertos. Las viejitas no se movían de su asiento, pero hacían comentarios en voz baja. No hay palabras para describir lo que sentí cuando reparé en que ese ondular de piel clara, esas frágiles piernas plegándose unas a otras, esas bocas fundidas en las tinieblas, eran de Claudine y Claudette. Mi aliento helado blanqueó el cristal de la ventana. No tuve tiempo para recuperarme porque en la fría neblina de mi turbación vi que uno de los espectadores era monsieur Lenast.

Retrocedí unos pasos. No sé cómo pero entonces perdí el foco de la visión y mi mente cambió esa imagen por la de un esplendoroso e inacabado palacio árabe. Lúcido, súbitamente sereno, recordé esa antigua costumbre de los árabes de mantener sus casas a medio construir por temor a que una vez terminadas entrase la muerte.

Saqué la llave del bolsillo de mi pantalón y la arrojé sobre la grava húmeda del jardín. Esa casa ya no tenía nada que ofrecerme: era un sueño acabado. O, mejor, un desvanecido simulacro de sueño, una repetición espectral de mi vida en Lima, donde había hecho todo menos escribir. En la puerta de la despensa estaban estacionadas dos bicicletas. Afortunadamente, no tenían candado. Escogí la de color azul. El viento rumoreaba entre los árboles cercanos, y el cielo estaba lleno de nubes blancas y destellos grandiosos. Me sentía como liberado. Monté en la bicicleta, me puse mi walkman y me fui en busca de otras calles, de otro pedazo de cielo azul, de la hermosa vida. Al fin y al cabo, pensé mientras me alejaba, estaba en una ciudad muy grande y si no encontraba el París que yo buscaba, aún podía inventármelo.

PiedePágina • 2008