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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Los nombres del verano

Por Waldo Pérez Cino

El tronco se empotró de una vez en la piedra y ya no pudieron moverlo, y ahí se quedó. Tampoco importaba mucho, lo dejaron allí. Salía más a cuento traerse hasta aquí las toallas, igual quedaba cerca la playa. Y nadie quería bañarse, no de momento, de noche el agua es fría y no apetece. Hay quien dice que aquí, en la costa sur, es más fría siempre, y más oscura también. Y sí, puede ser. No sé, pues habría que ver las dos costas a un tiempo, o gastarse muy buena memoria. Yo misma arrimé las botellas y Laura se apropió de la piedra de arriba, se sentó como en una atalaya y luego ellos dos se tumbaron, para qué habrían movido entonces el tronco, no tenía ni pies ni cabeza. Pero está bien, da lo mismo, menos tendría volverlo a su sitio. El Más Alto, que era también el que conducía y podría haber sido el Más Locuaz, nos preguntó la edad y esperó la respuesta de Laura, también yo la esperé. Los dos eran muy jóvenes, tanto que mejor no asustarlos, Laura dijo treinta y yo resté igual, treintidós. El Más Tímido -seguro- sumó, Yo tengo veinte y él veintitrés, pero se veía que sumó más que Laura, se le notaba bien en la barba y también en las manos, podría haber sido el de las Manos Pequeñas, o el de los Cañones Aún Lacios. Demasiado complicado, nosotras mentimos primero -o Laura, yo resté igual que ella- así que concedimos que sí, qué más da, recuerdo que pensé que era lo justo. Pero en fin -y qué más da, si no importa-, hasta ahí daba igual, después ya no.

Después el Más Alto se trajo del coche una cámara, una zorki o una fed rusa, una de telémetro en cualquier caso y creo que de colección, no sé bien. Hay que inmortalizar el momento, eso dijo. El Más Tímido se puso a mi lado y noté que sudaba, se acercó con rubor, tal vez la foto justificase haber cargado el tronco hasta aquí. Se acomodó al lado mío y me tomó de la cintura, Laura se quedó arriba en la piedra, ella siempre sonríe de lo más bien en las fotos, yo no. Nunca vimos las fotos -ni quiero- pero me pareció que tampoco el Más Tímido -tampoco queda bien ni sonríe, él sí seguro las vio, como deben manosear esas fotos si es que existen aún-, que seguro sale en las tomas muy serio o con un rictus amable, una mueca. Laura chilló un poco por el clic, un obturador de los que suenan, hizo algún aspaviento, de broma, pero el Más Alto le preguntó si le gustaba gritar, Es que te gusta, le dijo, y Laura que sí, sí me gusta, por qué. El Más Tímido me apretó algo la cintura, sentí la presión como cuando alguien te calma. Y cuándo es que te gusta gritar, sondeó el Más Alto, se lo dijo muy bajo y con la voz grave, o tomada, Cuándo es que gritas y qué cosa, si se puede saber, tú dime.

Grito cuando me apetece y me lo pide el cuerpo, o cuando me asusto y también si me harto, a veces grito por nada y me anima, otros días no me anima gritar, grito por placer o cuando siento placer, cuando me corro grito que es un primor, la que armo, y antes también, el segundo a la víspera, ya después no, y grito cuando cruza un perro la calle, y cuando me sorprenden con algo, y cuando me encuentro con alguien que no veo de hace mucho, o si me despierto sin saber dónde estoy. Y lo que diga, pues depende. Puede ser Dónde estoy, o Ay si estás igualito o Cuánto tiempo sin verte, o Ay -sólo Ay- o Cuidado con el perrito cuidado, o Ay qué rico qué rico vente conmigo qué rico, o Coño qué susto me diste, o Coño -a secas, sólo Coño-, o Está bueno ya, no sé, todo eso es variable y depende, ¿y por qué? Y apostilló ya luego en puteo, Bueno, si se puede saber.

El Más Tímido me apretó entonces el muslo, no pensé que fuera una caricia o así pues temí lo peor, lo mismo de antes, un aviso o miedo tan sólo, como quien ve lo que se avecina o lo teme. Le puse la mano en la suya, no sé él qué habrá entendido, supongo que entendió lo que era porque apretó de nuevo -como quien ofrece calma, o protege. El Más Alto no contestó, o sí, dijo Ah. Se tiró en la arena -había estado hasta entonces de pie- y tomó otra foto, hizo ahora un escorzo raro, de abajo hacia arriba la imagen. Habría que bañarse, eso dijo, lo dejó caer sin entusiasmo sino más bien como se dice Habría que saludar o Habría que pasar ya, no sé Laura, yo sí que sentí el protocolo o es que ya iba adivinando el ritual. Se desnudó despacio, si no tuviera miedo lo habría disfrutado quizá, rogué porque Laura no gritara y que ni abriera la boca. El Más Tímido me dio ahora una palmada pequeña, se iba desnudando él también, me llamó la atención, los pantalones primero. Se incorporó y me ayudó si se le puede decir, y Laura de lo más divertida, eso lo peor de todo, allá arriba en su piedra; el Más Tímido me sacó la camiseta y se enredó con el sostén, por supuesto. Lo ayudé ahora yo a él, y sentí el fresco de pronto pero, es curioso, no tuve rubor. El otro se volvió, ya había enrumbado a la orilla, se volvió para mirarme supongo, hizo un gesto con la boca que supuse de gusto pero también de premura, Dile a tu amiga que venga, qué espera, esto es hoy. Me saqué la falda y las bragas a una, mejor así, de una vez. Laura bajó de la piedra muy fácil, como si lo hubiera hecho de siempre, la miré a ver si entendía y el Más Alto tiró de nuevo más fotos, cuatro o cinco, crac clic, Laura quedó atrás de nosotros y me pellizcó una nalga, también una al Más Tímido. El Más Alto me miró pero no dijo nada esta vez, no dijo Esto es hoy ni nada en concreto -no dijo nada, no hubo ninguna palabra- pero igual comprendí. Laura no -Laura no-: Laura sonrió y dijo Oye cuando yo la toqué y lo dejó colgado en el aire -oye…-, en qué estaría pensando la muy tonta, le desabotoné la camisa y se dejó hacer, menos mal. El Más Tímido le soltó el sostén a la espalda ya sin torpezas ahora, se aprende rápido a veces, pero Laura lo sostuvo con las axilas y me miró como quien reta o quien juega, o reserva a quien corresponde lo suyo, y espera que cumpla. Se lo saqué evitando tocarla, no sé si entendió por fin pero separó ella sola los brazos del cuerpo, y lo dejó resbalar. Hacía fresco. Me fijé en los pezones, los tenía apretados y duros y toda la areola una pasa hacia el centro, como los de una mujer que ya es madre y ha amamantado recién, también los míos, los miré un segundo nada más, me sobresaltó el ruido de cuando se corre en el agua, la zambullida luego, y las brazadas. El Más Alto nadaba con elegancia y despacio, sacaba apenas la cabeza, no salía de su ritmo.

Pasa algo, dijo Laura o más bien preguntaba, yo le abrí los ojos pero no sé que entendió, me acarició el cuello y sonrió, algo como un guiño. Me gustó -y esto sí lo afirmaba-: A estas alturas, quién lo iba a decir. El Más Tímido la tomó de los hombros y le dio la vuelta hacia él, ya no vi su cara pero me la figuré sonriente también, Haz lo que te diga, le dijo, Y qué cosa me vas a pedir, Haz lo que te diga -insistió, su cara sí la veía, un rictus amable como el que le sonsacan las fotos, por nada una mueca-, Haz siempre lo que te diga él que va a ser lo mejor. Me voy a que me digan, le dijo, me voy a que me ordenen y manden y ahoguen, me voy corriendo ahora mismo. Y lo hizo, correr e irse, está visto que no entendió nada ni sospechaba siquiera, se fue corriendo hasta la orilla, a la orilla se detuvo y se desnudó ya del todo -para nosotros supongo, se contoneó como si bailase u ofreciera su carne, para nosotros pues el Más Alto nadaba a buen ritmo. Lo estoy haciendo por ti, me confió al oído el Más Tímido entonces, es por ti que lo hago, tonta. Y yo qué podría haberle objetado -nada-, así que asentí. Nos está mirando seguro -él con miedo también-, Ya ha pasado otras veces pero no quiero esta vez. Qué otra cosa iba a hacer sino lo que dijo, fingir, me besó en la boca -o fingimos- y nos fundimos en uno, en la mentira y yo también de verdad, me excitaba aunque reconocerlo aún me cuesta, él no, estaba fláccido, venía a cuento ya revolcarse en la arena. Hice lo que había que hacer y qué otra cosa podía, nos arrastramos hasta el promontorio de piedras donde quedó aquel tronco empotrado, qué estéril su estiba, yo recogí de un manotazo unas ropas que no sé si eran nuestras. Llegar al carro fue fácil. Nos tumbamos para que no pudiera vernos, me besó de nuevo y qué sentido tendría, o quizá fui yo a él. Arrancó cuando oímos el chapoteo de correr en el agua, y la zambullida enseguida, y luego las brazadas de Laura no tan rítmicas pero sí con firmeza.

Salimos a la carretera muy pronto, había otros coches y ya no estaba sola. Y no podía hacer otra cosa, no sé si me entiendes, no pude.

PiedePágina • 2008