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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Luciérnagas

Por Adolfo Vergara Trujillo


Hacía frío pero murió de tristeza.

Por esos días dijeron en la radio que la primavera se había adelantado dos semanas, aunque tuve que arder la chimenea todavía durante muchos días.

-Chavelita, traiga por favor unas medias de lana -me ordenó doña Matilde, quien arreglaba todo para la siesta del maestro, hábito que el anciano había adquirido en el Liceo de Temuco, muchos años atrás. “¡5 minutos! Prepararé el verso del crepúsculo”, recordé decir al señor cuando se retiraba a su descanso de media tarde, que cada día se prolongaba por más tiempo.

En eso pensaba yo cuando regresé al estudio; ya estaban las persianas cerradas y la lámpara lista para apagarse. El maestro descansaba con los ojos cerrados, sentado en su sillón rojo, ese del respaldo que se reclinaba hasta donde su espalda encontraba la paz. Su respiración era serena, triste. Pensé que ya estaba dormido y me acerqué a doña Matilde, que le acomodaba las piernas en el escabel.

Sin hacer ruido, le entregué las medias a la señora. Ella le tomó los pies al maestro con mucho cuidado, como si fueran bebés, gemelos prematuros necesitados de mucho cuidado. Lo atendía no con esmero ni obligación, era puro amor; lo atendía con fe.

La señora intentó ponerle la primera media y el maestro abrió un ojo; por un momento me miró; cuando me reconoció abrió el otro y vio a doña Matilde practicando su religión.

-¡Ay, amor mío! Esas medias no calientan; esas son para los días largos -dijo con una voz firme que parecía acariciar a la señora-. ¡Las medias rojas! Esas sí templan en septiembre.

Doña Matilde me lo ordenó con la mirada y salí enseguida. Subí la torre y encontré las medias en la cómoda del dormitorio; estaban igual de viejas, con sus agujeros remendados tantas veces y tantas veces vueltos a retoñar. Olían mal, pero ya no admitían el agua y el jabón. Tenían casi 25 años; el maestro las había traído de Rusia, obsequio de un poeta.

De regreso, abrí la puerta del estudio y me encontré con la penumbra. Alcanzaba a distinguir el sillón ya reclinado y la silueta de doña Matilde a un lado del señor. Quise acercarme deprisa, sin hacer ruido, y tropecé con una mesa. No hice mucho escándalo pero escuché el susurro de la señora.

-Déjemelas aquí, Chavelita, muchas gracias.

La señora me pidió que le echara el seguro a la puerta y me recordó llevar el té en 20 minutos. Fui a la cocina y puse a hervir el agua a fuego lento. Me entretuve un poco guardando los enseres mientras Clarita, protegida de la familia, terminaba de lavar los tan pocos platos que se usaban en la casa por aquellos días. La niña comenzó diciéndome algo, cualquier cosa, acerca de su hermano Aldo; miraba hacia la ventana y de tanta luz que se le metió por los ojos se le reventaron en llanto.

-No aparece, Chavelita -me dijo sollozando-. Ya son cuatro días.

Quise decirle que tuviera esperanza, pero el gentío que desde el martes anterior había entrado y salido tan deprisa de la casa, y los comentarios que alcanzaba a escuchar cuando ofrecía el café que nadie aceptaba, me hacían pensar mal. No le dije nada. Sólo me acerqué y le apreté un hombro, pero ella no estaba más allí; se encontraba lejos, llorando entre risitas de otro tiempo, de otro lugar. Ya no había platos sucios qué lavar, pero el agua del fregadero seguía empapándole las mangas del suéter hasta los codos.

Partí una manzana en cuatro y luego cada trozo en tres. El maestro decía que no había nada mejor en el mundo para avivar la esperanza. Acomodé la fruta en un platito y se lo dejé a Clarita en la mesa.

La tetera chifló. Miré el reloj y ya era hora. Preparé las tazas con cocos de hierbabuena y salí con todo rumbo al estudio. Doña Matilde abrió la puerta cuando iba a tocar. No me dejó entrar pero me fijé que la habitación ya estaba llena de luz, con las persianas corridas de nuevo. Pensé que el maestro estaría estudiando el arte de los pájaros con su catalejo sobre la lejanía del mar, pero no; había demasiada bruma. Lo vi sentado en su mesa, escribiendo a mano sobre papel rosado.

-Yo sirvo el té, Chavelita -dijo la señora-. Si viene alguien pídale que espere por favor. Doña Matilde entró al estudio y se encerró con el maestro.

Nadie visitó la casa ese día y los señores se retiraron a descansar poco después de las ocho. Yo me acosté más tarde, pero no pude dormir. Hubo ruidos en la noche, fríos, de esos de la tristeza; parecía que la Medusa y la María Celeste se lamentaran en la oscuridad. Ya en la madrugada, pasadas las tres, escuché sonar el teléfono. Al poco rato sentí a Doña Matilde abriendo la puerta de la cocina. Me asomé discreta y vi a un señor alto, bien vestido, de acento español; parecía preparado para un viaje largo. Apenas cruzaron dos palabras y la señora le entregó un sobre grueso, pesado; la verdad no vi lo que era, pero me pareció un paquete de hojas de papel rosado.

El día amaneció muy normal. Antes de las ocho ya estaba yo desayunando con Clarita, que tenía los ojos hinchados; parecía que el mal pensamiento le había pegado de nuevo durante la noche. Le partí una manzana sin decir nada.

Después del mediodía llamaron a la puerta. El doctor visitaba al maestro a petición de la señora. Luego de un momento subí la torre con un vaso de limonada para el médico, quien le recomendaba reposo absoluto al señor. Miré al señor y se veía mal, aunque no precisamente enfermo.

Salí de la alcoba y al poco rato me llamaron para encaminar al doctor a la salida; pero apenas cerrando la puerta vi bajar las escaleras al maestro apoyado de doña Matilde.

-Comeremos en el estudio, Chavelita, si me hace favor -dijo la señora.

Esperé a que terminaran de bajar y los seguí hasta el estudio. El maestro refunfuñaba algo, pero no supe qué; se lo decía a su mujer al oído y ella asentía con la cabeza.

Me adelanté a abrirles la puerta.

-¿Entonces? -habló el maestro.

-Sí, mi vida, sí -le contestó doña Matilde-. Chavelita, traiga por favor una botella de vino.

-¡No! -dijo el señor- No una botella de vino. Por favor traiga un Albuñol del 36.

Doña Matilde me hizo una seña condescendiente mientras entraban al estudio. El maestro seguía hablando, pero en monólogo, como si se recordará algo a sí mismo.

-A Lorca lo fusilaron en el 36… -alcancé a oír antes de que la señora cerrara la puerta.

Llevé el vino al estudio y el señor se empeñó en abrir la botella él mismo. Comieron ahí y en nada cambió la rutina del día anterior: las medias rojas, el té de hierbabuena, el hermano de Clarita, doce trozos de manzana.

Cerca del crepúsculo sonó el teléfono. Me apuré a contestar pero el grito de Clarita me detuvo; la criatura salió corriendo de la cocina.

-¡La guardia! ¡Llegó la guardia!

Todo pasó muy rápido. Me iba a acercar a la ventana cuando golpearon como nunca la puerta de la casa. Me apresuré a abrir pero Doña Matilde dijo que ella misma lo haría. Clarita entró al estudio buscando quizá la protección del maestro. Yo caminé detrás de la señora, quien me miró por encima del hombro sin dejar de andar con su paso distinguido, del mismo modo en que lo hacía durante las recepciones. Esperé su instrucción para atenderla de inmediato pero nunca despegó los labios.

Doña Matilde abrió la puerta y encontramos un agente de abrigo color rata y anteojos oscuros. Detrás de él estaba un oficial del ejército y una veintena de soldados armados.

-Requiero la presencia inmediata del ciudadano Neftalí Ricardo Reyes Basoalto. Esta orden militar acredita legalidad.

-El maestro está enfermo -respondió la señora.

-El ciudadano no necesita salir -dijo el agente con un tono de voz que pareció de cobre. Empujó a doña Matilde y entraron. Tomé a la señora de los hombros y la replegué a la pared para que el tropel no la tirara. Los soldados se dispersaron por toda la casa; se metieron a la cocina y al comedor, a la sala; otros tantos subieron por la torre, regando las conchas marinas a su paso; se escuchaba el correteo abriendo y cerrando puertas. La señora comenzó a sollozar; era un llanto sordo, discreto, sólo para ella.

Un soldado gritó desde el estudio y la señora corrió donde el maestro. La seguí y entramos antes que los oficiales. Clarita estaba llorando, hincada a los pies del señor, agarrada de su mano. Doña Matilde, entera de nuevo, se paró detrás de él y le puso las manos sobre los hombros; le frotaba el cuello y las orejas de forma extraña, como si quisiera darle recuerdo al tacto.

El agente entró y los soldados se formaron en valla, haciendo un pasillo para que avanzara hasta el maestro.

-¿Neftalí Ricardo Reyes Basoalto?

-Soy Pablo Neruda -dijo el poeta.

-¿NEFTALÍ RICARDO REYES BASOALTO? -gritó.

-Soy Pablo Neruda.

Doña Matilde abrazó a su hombre por el cuello, fuerte, tan fuerte que pensé que lo quería ahorcar. Le susurró algo al oído y los ojos del maestro se ablandaron.

-Soy Neftalí Ricardo Reyes Basoalto. ¿Quién me busca?

-El gobierno de la República de Chile -respondió el agente.

El maestro volvió a encenderse.

-¡En Chile no hay república ni gobierno!

-Está acusado de conspiración.

El maestro enderezó el respaldo de su sillón y se relajó los pantalones. Las medias se asomaron con todos sus hoyos. El agente miró los pies del maestro y le apareció de pronto una sonrisa imposible para su rostro.

-Le ordeno que me entregue todo lo que ha escrito.

-¿Todo? -preguntó el maestro arqueando sus cejas.

-¡AHORA!

El maestro alejó a doña Matilde y se levantó de su sillón sin ayuda. Rojo de coraje, sin fuerzas, abrió a empujones una de las filas de soldados. Llegó hasta la pared de los libros y se dirigió a un rincón; tomó tantos libros como aguantaban sus brazos y caminó lentamente de regresó hasta el centro del estudio, tirándolos al suelo. Anduvo el camino cinco o seis veces más del mismo modo, a veces desparramando en el camino algunos de los más de cincuenta volúmenes que escribió durante su vida. Cuando terminó, regresó a su sillón. Estaba exhausto. Lo colorado de su cara había bajado hasta tomar el amarillo de la tristeza.

-Eso es todo -dijo el maestro.

El agente se acercó al montón de libros en el suelo y levantó uno. Lo abrió en cualquier página y leyó. Su media sonrisa volvió a dibujarse bajo los anteojos oscuros.

-Entregue lo que haya escrito en contra de la República.

-Puede comenzar juzgando ese libro en sus manos -dijo el maestro-. Así le quedarán sólo unas 15 mil cuartillas más.

El hombre del abrigo caminó lentamente hacia la chimenea y arrojó el libro; luego salió del estudio. Fue cuando el militar al mando de la tropa dio la orden. Los soldados, acomodándose la correa del fusil sobre los hombros, cargaron con los más de 10 mil libros del estudio, lo mismo que las notas, hojas sueltas, apuntes y cualquier cosa que fuera de papel. Aventaron todo en el patio del mástil y formaron una montaña.

Eran más de las nueve, pero esa noche la oscuridad no llegó a Isla Negra.

El maestro, apoyado en su mujer, se quedó tan triste asomado a la ventana, frente al reflejo alumbrado de su rostro en el cristal.

-Mira, Matilde, corazón, cómo arrulla el viento los papelitos encendidos. Parecen luciérnagas. ¿Te fijas cómo se apagan en un momento luego de arderse todos? Debe mirarse hermoso desde lejos, ¿no crees, Matilde? ¿Mi amor?

El maestro sonrío. Lloraba pero, pudoroso, fingía rascarse la nariz.

PiedePágina • 2008