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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Malvados rojos

Por Margarita Posada Jaramillo

1

“¿Eres consciente, Bianca, eres consciente de lo que hiciste?”, le preguntó el director con un tono particular que mediaba entre el regaño y la humillación. «Sí, soy consciente”, dijo ella. “Pero, entonces, ¿para qué lo hiciste? A sólo horas de salir al aire, ¿por qué?”. No. No sabía por qué. Simplemente encontró un espejo y lo hizo. El tiempo se detuvo y no sabe ni siquiera cuánto le tomó volverse así. De todas maneras, la maquilladora le dijo que no se preocupara, que además no era grave. Pero en la cara que ponía cada persona que la veía ahí sentada, mientras la peinaban, se notaba la gravedad del asunto. El director salió hacia la móvil sin decir más.

Minutos después entró la productora con la continuidad en la mano y no pudo evitar hacer un gesto de terror cuando la vio. Bianca recibió los papeles y se puso a leerlos para disimular, para no tener que volver a preguntar “¿Está muy grave?”. Para qué darle más vueltas a algo resuelto. Esta vez se había pasado. Una y otra vez trataba de reconstruir la escena para entender por qué lo había hecho, pero sólo recordaba ver el espejo ahí, y luego estaba como estaba. En las puertas del desapacible pabellón C de la Expocine, técnicos y operarios se agolpaban para corroborar lo que repetía el director. “Es que no me explico cómo hizo”. A lo lejos oyó un “pero cómo es posible que una persona que depende de su imagen…” y eso la puso a temblar. La maquilladora apagó el secador y le pasó un saco. “Para que no te enfríes mientras te maquillo”. Luego salió caminando con afán.

En esas vino el sonidista a alambrarla. No era el mismo del día anterior. Éste era pecoso y tenía una chivera roja. La saludó, eso sí, igual de confianzudo que todos los demás. “Hola, bonita. Venga pues y la alambramos”. Cuando la miró fijamente a la cara soltó un quejido, un ay de sorpresa, casi de miedo. “¿Qué te hiciste en la carita, niña?”. Cuando iba a continuar con las imprudencias, alguien le chifló desde afuera y el tipo se calló. En adelante hizo hasta lo imposible por desviar la mirada, como cuando alguien a quien no queremos ver desnudo se quita la ropa en frente de nosotros. Le puso el apuntador y el micrófono. Los prendió ambos, pero se dio cuenta de que el micro no tenía pilas y salió a buscarlas tan apresurado como la maquilladora. Bianca se puso el apuntador en la oreja izquierda para que no saliera en cámaras al momento de grabar. Luego volteó a mirar hacia el set y vio las dos sillas azules donde, en minutos, estaría sentada con su invitado. Nunca antes un lugar le había parecido tan gélido y despedidor, aunque era el mismo set en el que se sentaba todos los días desde hacía dos años. Un zumbido horrible en la oreja izquierda la sobresaltó. Luego, como cuando alguien sintoniza la radio, empezó a oír las voces de la gente que estaba en la móvil. “¿Y en dónde podemos conseguir el famoso pan stik?, preguntaba el director. “Jefe, es que si yo hubiera sabido… Mire que volverse así… eso no es normal”, contestaba la voz de Nelly, la maquilladora. “Ya sé, ya sé, pero solucionemos este asunto”, decía de nuevo el director. “¿Y es que está terrible?”, preguntaba el jefe de cámaras. “Pídanle que se siente en el set para verla”. El director se negaba. Si todo el mundo empezaba a mirarla, se pondría peor. “No quiero que me la dejen hecha un manojo de nervios para el programa. Es más, díganles a todos que disimulen cuando la miren, que si es posible ni la miren. Y déjenla fuera del set hasta que la maquillen. Además, no la han alambrado”, decía el director. “¿O sí? Shhh… que ya lalambr”.

Bianca comenzó a arrancarse los cueritos de las uñas, haciendo del pulgar y del índice una tenaza. Se le aguaron los ojos un poco, pero vio venir a la productora, que volvió a hacer la misma cara de terror cuando se acercó. Después de controlar su impresión, le habló. “Ya viene Nelly, que va a traer un pan stik especial para…”, dijo haciendo círculos con las manos en frente de la cara. “Sí, sí”, la cortó Bianca. “¿Qué demonios estabas pensando, Bianca?”, preguntó la productora con un tono íntimo que jamás había utilizado. No sabía, pero en ese momento repetía una acción igual de dañina con las manos. “¿Quieres que te traiga una aromática o algo? Te veo nerviosa, nunca habías estado tan nerviosa”. No, Bianca no quería nada. Sólo acabar con esto de una buena vez. La productora salió levantando de nuevo las cejas y Bianca se acomodó de nuevo para leer la continuidad.


2

No veía a Su invitado desde hacía unos tres años. Su invitado se había marchado de su vida de una manera tajante que ella agradeció. Estaban en una exposición de arte. Era la primera vez que ella salía en muchos meses. Estaba recuperándose aún. Su invitado la había acompañado durante todo el proceso sin recular jamás, pero esa noche no aguantó más y lo mandó todo al traste, justo cuando ella sacaba la cabeza del hueco. A lo mejor creyó que todo era una farsa y que el problema de Bianca no era con el mundo sino con él, porque Bianca lloraba. Bianca no dormía. Bianca no se levantaba de la cama. Bianca no comía. Bianca no se peinaba y, lo peor de todo: Bianca no podía encontrar un espejo porque… Bueno, no lo peor. Lo peor peor: Bianca le daba dosis demasiado justas de sexo, debido a su recuperación.

La maquilladora entró con el pan stik, le sonrió exageradamente, hizo un chasquido con la lengua y levantó en frente de su cara el producto como si fuera la modelo del comercial. “Vas a ver que con esto se soluciona hasta un corte de franela”. Bianca pensó en lo macabro de la comparación. Mientras Nelly la cubría con una base compacta que se untaba como quien unta un colorete en los labios, sólo que en toda la cara, sentía como si le estuvieran vertiendo encima todo el lodo de un volcán dormido y con ello la fueran a asfixiar. Recordó la noche fatídica de la exposición. Su invitado ya estaba bien entonado cuando ella volvió de terapia. Al ver a su invitado tan contento con sus amigos, se decidió a salir por fin, no con poco miedo, valga aclarar. Su invitado llevaba meses convidándola a uno y otro plan, pero Bianca sólo aceptaba el cine y las cenas donde sus padres, aunque al final eso salía mal también: Bianca se salía del cine abrumada. Bianca no pronunciaba palabra durante las cenas en casa de sus padres. Pero esta vez Bianca dijo sí. Mágicamente dijo sí al fin. Mucho sumó a la decisión el hecho de que hacía un par de semanas Bianca no se asomaba al espejo de aumento. Estaba decidida a no acercarse más a ese malvado enemigo. Mientras se arreglaba un poco en el espejo regular del baño, Su invitado y sus invitados seguían bebiendo en la sala. No era la sala de su casa, era la sala de Su invitado, pero Su invitado la invitaba a quedarse siempre que ella quisiera y hasta le había propuesto que se mudara a vivir con él.

El maquillaje duró más de lo usual. De las ochenta y seis emisiones que Bianca había grabado, ésta había sido la vez en que más se habían demorado en maquillarla. La cara le pesaba, y detrás de todo el pan stik que Nelly le había puesto, la piel palpitaba como queriendo salir de allí. No sentía el corazón. Sus pálpitos eran opacados por los de la piel, y aunque la sangre adentro parecía hervirle, por fuera sentía un frío glacial. Después de ponerle una gruesa capa de polvos sueltos Diorskin Loose Powder # 651 Transparent Deep by Christian Dior -polvos que obviamente no formaban parte del kit de Nelly, sino que Bianca compraba para cuidarse la piel y no tener que usar los que Nelly le ponía a todo el mundo-, la maquilladora volvió a sonreír exageradamente. “Ya estás, muñeca”. Acto seguido entraron el director y la productora y se quedaron analizándola por espacio de dos minutos. Ciento veinte míseros segundos que en el reloj de Bianca marcaron un lustro. Durante el otoño del primer año el director se puso una mano en la barbilla. El segundo, inclinó la cabeza milímetro a milímetro mientras pasaban los meses más lluviosos. Cuando llegó el 1° de enero del tercer año, volteó a mirar a la productora. Para marzo del cuarto año volvió otra vez la mirada a Bianca, y justo el 28 de febrero del quinto año, que era bisiesto, la productora le susurró algo al oído al director. Luego ambos se voltearon hacia Nelly y el director le dijo “usted es una maga”, con lo que el tiempo recobró sus dimensiones. Bianca quiso sonreír, pero la detuvo a tiempo la maquilladora, no fuera que se le cuarteara el maquillaje.



3

Bianca empezó a leer la continuidad. El sonidista Barbarroja regresó con pilas y ahora sí fue capaz de mirarla a la cara. “Qué linda que te dejaron, bizcocha”. Después de haber conocido a veintiocho sonidistas, de los cuales uno de siete había sido decente, Bianca ya ni siquiera se indignaba por las confianzas que se tomaban. Lo dejó hacer y luego fue a sentarse al set por orden del director. Cuando volvió a tomar la continuidad para leerla, la volvieron a interrumpir por el apuntador, esta vez la productora, para notificarle que Su invitado ya estaba llegando y que en diecisiete minutos entraban al aire. A todas éstas, la piel no dejaba de palpitar. Bianca leyó las preguntas que le haría a Su invitado y le dolió conocer casi de memoria sus respuestas.

Su invitado era uno de los pocos -si no el único- críticos de cine reconocidos en el país. Cuando ella fue de Su invitado, él apenas comenzaba a hacerse un nombre. Ahora era prácticamente el gurú del cine. Increíble que en tres años nunca se hubieran encontrado frente a frente. Bueno, en dos, porque el primero ella se fue a México, donde comenzó con esto de la televisión. A lo sumo dos o tres veces lo vio a lo lejos, o lo esquivó a la entrada de una matiné, y de esas sólo recordaba con exactitud la primera, por ser la que le corroboró esa “verdad dura y sin sombra” de que Su invitado tenía un nuevo amor, al cual abrazaba por la cintura con ternura.

Uno de los luminotécnicos entró al set con un papel celofán azul en la mano y se empinó para ondearlo frente a una luz. “¡Bianca, dile que ahí!”, dijo el director a través del apuntador. “¡Que ahí!”, repitió Bianca sintiendo que las comisuras de los labios se le abrían como si tuviera la mandíbula del muñeco de un ventrílocuo. La productora entró arrastrando una caja grande de cartón. “¡Muchachos, aprovechemos que quedan unos minuticos para refrigerar! ¡Vengan todos por el refrigerio! ¡Todos a refrigerar!”. Barbarroja, el sonidista, entró en el set y le preguntó a Bianca si oía bien por el apuntador. Le pidió además que modulara para probar el micro. “Ah, ¿Blanca es que te llamas?… eso, Bianca. ¿Me regalas tu refrigerio?”. Bianca asintió mientras una legión de técnicos se abalanzaba sobre la caja de cartón. Al levantar la vista de la caja, Bianca vio entrar por la puerta del pabellón C a Su invitado.


4

A lo lejos, Su invitado se puso una mano en la frente para avistarla mejor y con la otra la saludó. Ella hizo lo mismo y luego enterró los ojos en la continuidad para apaciguar un poco las palpitaciones de esa piel que estaba debajo de las toneladas de pan stik y de los Dior sueltos número seis cincuenta y uno, “que son los mejores polvos que mi Dios ha echado al mundo”, decía Nelly con tanta convicción que la convenció de comprarlos. Sólo se atrevió a mirar a Su invitado dos segundos, mientras Nelly le ponía algo de polvos, pero no de los Dior, “no, mijitica, de eso poquito porque es bendito”. Tenía la misma cara que en días muy lejanos había estado apenas a centímetros de la de ella, ambas paralelas a la tierra y reposando entre almohadas blancas. La gente terminó al fin de refrigerar. “Esa maldita costumbre de refrigerar”, pensaba Bianca, mientras Barbarroja se atiborraba la boca con pastel Gloria y néctar de piña.

De repente el tiempo, siempre tan voluntarioso, decidió pasar a toda velocidad. Lo que habrían podido ser cinco largos minutos para tranquilizarse y tener control de la situación, se convirtieron para Bianca en tres segundos. Uno que está sola en el set, dos que sientan a Su invitado y tres que estamos al aire. La cortinilla musical se oyó por el apuntador, seguida de un “preparada… 5, 4, 3, 2… ¡habla!”, del director. Bianca comenzó con mucha energía, presentó a Su invitado y mandó a comerciales. Mientras pasaban los comerciales Su invitado la saludó de verdad, tiempo hace, qué ha sido de ti. Bianca apenas balbuceó un sí, cuando sintió la esquizofrenia exasperante del apuntador. El director le estaba diciendo “no te me desconcentres, Bianca, ya vamos a volver al aire”, mientras Su invitado le decía algo así como “estás muy bonita, aunque irreconocib”, cuando ella le hizo señas de callarse con el dedo, pues ya entraban, ya entraban. Cortinilla de entrada de comerciales y de nuevo “preparada.. 5, 4, 3, 2… ¡habla!”. Las palabras se hicieron fonemas, fonemas sin sentido: bua, buabuá, buabuabuá, bua… Su invitado contestaba lo que ella había previsto, fonemas más, fonemas menos. Una adaptación esto, una adaptación lo otro. Los guiones originales esto, los guiones originales lo otro. A la segunda pregunta, Bianca sintió cómo la piel empezó a palpitar de una manera exagerada. Detrás del pan stik y de los Dior se gestaba un terremoto, un gran desastre natural. El pan stik y los Dior eran ahora una masa compacta, dura, acartonada, que se había secado como se seca la greda al lado de la chimenea. Por cada frase que Bianca pronunciaba, una grieta le resquebrajaba el rostro. Su invitado frunció el ceño un par de veces, aterrado, pero luego trató de disimular la impresión. Bianca estaba a punto de echarse a llorar cuando pasaron ese pequeño fragmento de Audrey Hepburn en Desayuno en Tiffany’s. Era una clave demasiado privada para que alguien la conociera, no podía ser posible. Sólo ella sabía de las incontables veces que vio esa película en la cama de Su invitado, con las cortinas cerradas para olvidar que era ya mediodía.

Bianca miraba el monitor por donde pasaban las imágenes de esa y otras notas, mientras Su invitado miraba de reojo la catástrofe que seguía haciendo estragos en su cara. Las grietas separaban ya porciones de pan stik de manera irreparable, algunos pedazos de la masa empezaron a caer al suelo, mientras Bianca oía en su apuntador ese parlamento de Holly Golightly una y otra vez: “No… the blues are because you’re getting fat or because it’s been raining too long. You’re just sad, that’s all. The mean reds are horrible. Suddenly you’re afraid and you don’t know what you’re afraid of. Do you ever get that feeling?”. Se repetía como un loop en su oído izquierdo, hasta que un zumbido lo acalló y de nuevo entró la voz del director: “Preparada… 5, 4, 3, 2… ¡habla!”. Bianca se quedó callada. Cuando trató de abrir la boca, una gran porción de la masa de pan stik y Dior cayó por el suelo y reventó en mil pedazos, dejando una especie de polvo de estrellas por todo el piso. El director le gritó de nuevo “¡Habla!”, pero Bianca no podía más que tenerse lo poco que quedaba de su maquillaje con las manos. Su invitado la miraba angustiado. Los pedazos seguían cayendo y dejaban ver el horror que Bianca había hecho con su cara. “The mean reds are horrible, the mean reds are horrible, the mean reds are horrible“. El director quiso salvarla, pero al ver que era tarde porque el último pedazo de pan stik caía al suelo y no había ya un milímetro de piel que no estuviera a la intemperie, dijo con voz fúnebre “Corten y manden a comerciales”, no sin que antes los televidentes en sus casas alcanzaran a oír a Bianca Lourido diciendo “Perdón, me quebré”.

PiedePágina • 2008