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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Mañana, después de todo

Por Eduardo Varas

Vulnerant omne, ultima necat
(inscripción latina en algunos relojes de iglesias)

¡Vaya suerte la tuya! Una especie de logro a punta de desconsuelo y ternura. La estúpida realidad de los payasos, crónica de algo que puede dar risa, pero te derrota, ¿no? Sé que así es contigo, no me lo puedes negar. La derrota es tuya y a la larga el tedio llega, sofoca y no motiva. Destroza, eso te pasa, ¿no? A veces eres tan cristalino que es fácil ver a través de ti. Estoy como repetido, caleidoscópico, como los ojos de Margarita ¿Recuerdas? Tanto nos gustaba. Sí, era maravillosa. Sí, usa el verbo en pasado, como todo lo que tiene que ver con nosotros. Volvemos a encontrarnos, tú de un lado, yo del otro, como siempre antes de cada función. Ahora toca ensimismarte y convertir los secretos en algo más oculto que aquello que no dices. Ni siquiera debes pensarlos.

Toma el bigote y lo pega con cuidado. Se mira, quizás debí peinarlo antes de ponérmelo, piensa. No, nada de eso, te ves bien de esa manera. Prefiere no escuchar y se lo quita. Abre el cajón, busca entre fotografías, recortes de diarios, artículos que hablan de él. Todo el recuerdo con el filtro de los años, amarillo. Mueve los objetos, se pincha con un alfiler. ¡Chinga tu madre! Un punto rojo empieza a crecer en el dedo anular y se lo lleva a la boca. Chupa, deja que la saliva juegue un papel importante. Lo revisa, el sangrado ha terminado. Descubre el cepillo y con dedicación deja que las cerdas se vayan mezclando, bigote y cepillo uno solo. La maravilla de la simbiosis y la compenetración. ¿No te recuerda a algo? Se mira a los ojos y sonríe. Hacía ya tanto tiempo que el color blanco en su rostro no le resultaba interesante, peor una manera digna de sentirse útil.

¿Cómo fue? Vamos, piénsalo de nuevo. Fue en el DF, llegaste al estudio sin nada que perder. No habías comido en días, y la idea de representar cualquier obra de Artaud se te estaba desvaneciendo. “No sólo del hombre vive el pan”, ¿no es así? Llegó tu buena estrella con ese papel. Pasa el cepillo una y otra vez sobre el bigote. Hay tanto por decir de aquello que no vale la pena pronunciarlo, ni siquiera para recordar tu capacidad actoral. ¿Habías sido el más joven en representar a Hamlet en el grupo de la Universidad Autónoma? Pues algo pasó en el camino porque te hiciste payaso. ¿Cuáles eran las frases, cuáles? “¡Ya basta de tanta tontería”, la primera; “¡Pero noooooooooo!”, la otra. Todos a reír. ¿Te parece que ya está el bigote? Déjame verlo. Lo enseña con lentitud. ¡Pos sí mano!, manos a la obra, a continuar la tradición.

Intenta colocarse el bigote. Trata de encontrar un punto que permita la simetría perfecta, sucede luego de varios intentos. Ahora los lentes. El estuche está a un lado. Tiene una pequeña inscripción en la que se lee ‘Don Armargado’. ¡Qué nombre! Parece que al autor no se le ocurrió nada mejor. Ya estás hablando de más. El cambio está completo. Bienvenido Don Armargado, pase y tome asiento, está en su circo.

Se detiene en la puerta del camión. Arrima su espalda en una de las paredes y reza para no caerse en la función. ¿No está listo don Pablo? Estoy listo, chamaco. Ayúdame a llegar a la pista. Claro, faltaba más. El conserje lo sujeta del brazo, ejerce la tensión suficiente para soportar el peso. Vamos, don Pablo, falta un escalón. Eso, ahora vamos. ¿Sabe? Cada día, apenas llegaba de la escuela, prendía la tele y esperaba ‘La Pandilla’, me encantaba cuando salía usted y gritaba: ¡Pero nooooooooooooo! Era tan tonto el ‘Muelas’, ¿sigue vivo el actor? ¿Cómo se llama? Dionisio, se llamaba Dionisio, murió de una insuficiencia renal hace unos años. ¡Qué pena! Era tan chistoso. Sí, era muy chistoso. Bueno, tenga cuidado, el piso está un tanto resbaloso. Nos vemos, chamaco. Gracias. No, es un placer para mí. La palmada en la espalda fue más que un simple acto reflejo de agradecimiento.

Apoya su mano en uno de los pilares. Quiere desesperadamente un cigarrillo. Disculpa chamaco, ¿no me das una fumadita? Pero don Pablo, ¿no se lo había prohibido el médico? Chamaco, ya estoy viejo, la muerte se duerme conmigo todas las noches y a la mañanita va a buscar a sus compadres. Convídame un poquito. Con tal que no diga que fui yo, no hay problema. El ‘Chipotle’, al menos eso parece con el disfraz, le da un poco de su cigarrillo. Golpea y tose. Ya no los hacen como antes. No, don Pablo, lo que pasa es que sus pulmones ya no resisten. Mijo, a esta edad hasta ir al baño a echar aguas es cuestión de resistencia. El ‘Chipotle’ sonríe. ¿No se quiere sentar un ratito? No chamaco, deja no más. Solo quiero apoyarme un rato. Si me siento no voy a tener fuerza para levantarme y ahí se chinga la función. Como quiera, voy a retocarme, ya regreso.

No es el ‘Chipotle’, se ve como el ‘Chipotle’, pero sabe que no es él. Gracias al maquillaje se transforma en el personaje y los años parecen difuminarse. “La verdadera relatividad del tiempo está en lo subjetivo, en la memoria”, piensa. ‘Chipotle’, ‘Muelas’, ‘Rosarios’, ‘el Mugre’ y ‘el Nadas’, vueltos a la vida gracias a la maravilla de los cosméticos. El único dinosaurio era él, pedazo de recuerdo que se mantiene vivo sin saber por qué, bueno, en un principio era el menor de todos, aunque físicamente parecía lo contrario. El color blanco sobre la cara, así confunde las arrugas, los rasgos que son disparados a la idea de la risa, de la emoción. Él continúa arrimado sobre uno de los pilares. La voz del anunciador lo sobrecoge: “Ahora, los perros amaestrados por el gran Benito”. Cuenta los aplausos y la intensidad, “de seguro hay poca gente”, piensa. El enano sale a escena, acompañado de cinco french poodles. Saltan las argollas, ladran cuando se los pide, caminan en dos patas y, para finalizar, uno muerde la pata de otro. Estalla la guerra canina y Benito los saca del escenario a punta de gritos y patadas.

-¿No es fabuloso? -grita el anunciador.

Nadie parece entender lo sucedido. El enano entra a su camerino, los perros siguen detrás de él, cabizbajos. ¡Pinches perros! ¡Cabrones! ¿Así me pagan lo que he hecho por ustedes? Para sus oídos no existe otro instante. Lo más alto del día: los insultos del enano a unos perros, entristecidos por la vergüenza que acaban de provocar.

-A veces estos perritos tienen su temperamento, pero ¿quién no? -unos cuantos deciden aplaudir-. Pero sigue el instante que están esperando, esa posibilidad de remontarse a la edad de sus hijos. ¿Quién no se ha criado viendo a ‘La Pandilla’?

Los niños se agarran de los brazos de los padres. La excitación crece, es endemoniadamente prometedora. Los vi cuando era pequeño, casi de tu edad, cuando estuve en el DF. Era una actuación en la Arena México. Fue increíble, me impresiona que le sigan gustando a los chiquitos. Sí, oiga, es el tipo de humor que debería poblar la televisión. Por eso es que me parece genial que un canal los vuelva a poner a las ocho de la noche. Sí, es el horario ideal para verlo con los pelados. ¿Se acuerda de las canciones? Claro: “la botella del doctor tiene una medicina/ una medicina que me pondrá mejor/ combate mis dolores y me hace sonreír/ la botella del doctor es toda para mí”. Ya no hacen temas como esos. Para nada.

-¿Listo, don Pablo? -pregunta el ‘Muelas’.

-Estoy bien, salgamos a matar. Hoy hacemos el capítulo en que a don Armargado le duele la muela.

Rodrigo es el ‘Muelas’, Arturo ‘el Nadas’, Giovanna es ‘Rosarios’, Mauricio ‘el Mugres’ y el ‘Chipotle’ le cayó a Alfonso. Avanzan por el pasillo y se ven idénticos. Las voces y el trabajo escénico los convierten en los mismos personajes de ‘La Pandilla’. “Estos mocosos son mejores de lo que éramos nosotros”, dijo alguna vez en una entrevista.

-Señoras, señores. O debiera decir: Niños, Niñas e hijos de las niñas y niños… Con ustedes “¡La Pandilla!”.

Abren el telón. Los cinco personajes aparecen saltando. La música se apodera de todos los rincones de la carpa. Los padres aplauden utilizando la mano de los niños. Cantan: “Estamos esperando que empiece nuestro horario para darte un poco de diversión/ somos algo locos, pero no estamos tan locos/ Somos ‘La Pandilla’ sin igual/ No somos criminales/ todo nos sale mal/ queremos ser mejores/ queremos robarnos una sonrisa de verdad/ La Pandilla ya llegó a divertirte…”.

Don Armargado entra a escena.

-¡Pero noooooooooooo! ¿Qué están haciendo? -la gente aplaude a rabiar. Don Armargado camina ayudado de un bastón y gesticula con menos fuerza, pero su voz sigue siendo la misma.

-¿Le pasa algo, Don Armargado?

-No, nada. Hay que preparar un plan para obtener el dinero de la Empresa.

-Pero antes comamos. Le tengo preparado un pastel, don Armargado -Rosarios regresa con una tajada en un plato-, pruebe.

-¿A qué se debe el detalle? -don Armargado baja el tono de la voz. La mira con delicadeza a la chica y le acaricia el mentón.

-Pos a nada en particular, le quise hacer un regalo porque ha sido un padre para nosotros.

-¡Ve, qué bacán! Creo que este es el capítulo de la muela -el hombre sentado en la segunda fila habla con su mujer.

-No amor, este es cuando a todos les hace daño la comida.

-Estás equivocada, solo don Armargado está comiendo, los otros no.

-Ah, cierto.

-¿Me va a dar un poco, don Armargado? -el Muelas habla, mientras todos está rodeando al jefe, esperando que pruebe el pedazo.

-¡Ya basta de tanta tontería! Quiero comer en paz -don Armargado corta con dificultad el pedazo-. Está algo duro, pero se ve delicioso.

Consigue partir un poco y lo pone en su boca. La música se detiene, el sonido es el de una bestia salvaje comiendo su alimento del día. Algo se destroza, el crash se oye con lentitud y la cara de don Armargado cambia por el dolor.

-¡Ay!

-¿Qué pasó, don Armargado?

-¡Mi muela, mi muela!

-¿Ves? Era ese el capítulo.

Don Armargado camina con la mano en la boca. El dolor es terrible, es la raíz de todo. Por cada línea que repite desearía ser el príncipe de Dinamarca.

-¡Por Dios, niña! ¿Desde cuándo tienes este pastel guardado? (…La naturaleza está en desorden… ¡Suerte execrable! ¡Haber nacido yo para enmendarla!..).

-Pues lo hice hace tres semanas, pero estaba esperando a que se enfriara.

Las risas se sueltan en el circo.

Don Armargado la mira con odio, pero un odio signado por el ridículo. Quiere ir hasta ella y ahorcarla. El Chipotle y el Mugres lo detienen.

-No jefe, pare. A la chava le falla la chirimoya. Mejor veamos su muela. -dice el Chipotle.

-¿Acaso eres odontólogo? (…El patán hará reír a los que tengan la risa a punto en el disparador…).

-Jefe, el Chipotle es bien macho, no lo insulte -otras carcajadas suenan al unísono.

-Yo le saco la muela jefe, por algo me llamo el Muelas.

-¿Lo sabrás hacer bien? Mira que no aguanto el dolor. (..¡Oh, vergüenza! ¿Dónde están tus sonrojos? ¡Rebelde infierno!..).

-Confíe jefe, nada malo le haremos.

-Aquí es cuando le sacan tres dientes que no son la muela que le duele -dice en voz baja.

-Ajá. Creo que al final él mismo se estrella con una puerta y se le cae la muela.

-Cierto, cierto.

-Ten cuidado Muelas, o te muelo a palos. (…El gusano es el monarca supremo de todos los comedores…) -otras carcajadas llegan hasta la pista.

El Muelas tapa la cara de don Armargado al público. Hace el gesto de colocarle un hilo en la muela adolorida.

-No se preocupe don Pablo, unos minutos más y estaremos entrando a los camerinos -susurra.

-Dale chamaco, dale. Estoy muy cansado.

-¡Nadas, pásame el alcohol para limpiarme las manos! -el Nadas permanece sentado y no se mueve. El auditorio vuelve a reír.

-Que me late que mejor te hubiesen puesto el Muchas, a ver si así haces algo, ¡torpe! -el Chipotle lo mira con enojo.

-¡Ya basta de tanta tontería! ¡Me duele la muela! (…¡Acordarme de ti..! Sí, alma infeliz, mientras haya memoria en este agitado mundo…).

Los personajes de ‘La Pandilla’ corren por toda la pista. Surgen las carcajadas, el estrépito es único. Los movimientos asemejan a los de la serie de televisión. El estudio hecho de cada uno de los personajes es producto del empuje que don Pablo le ha dado a las representaciones. Porque no tiene más remedio, lo que hace debe hacerlo bien, aunque tenga 73 años y le falle una de las piernas. Camina de un lado al otro. Tres cubos gigantes acaban de saltar de su boca, al menos eso parece. Similar a lo sucedido en el capítulo 300, sólo que los actores eran distintos y ahora no hay corte tras corte, luego de algún movimiento no ensayado. Aquí puede pasar lo que sea. Los niños están contentos, los adultos han percibido una posibilidad de unión con sus criaturas. Don Armargado se golpea en la puerta por culpa del Mugres, que lo empuja. Se detiene, mete su mano a la boca y saca otro de los cubos. Grita de la felicidad y abraza al Mugres. Luego le da un cocacho en la cabeza, la música se detiene y las luces se apagan.

Hacen la venia mientras los espectadores aplauden de pie, observándolos con emoción. Un estruendo que alimenta el ego de los participantes. Don Pablo sale de la pista, luego de aceptar el abrazo de un niño que había corrido a su encuentro. Chico, ¿no me ayudas a llegar a mi camerino?, le dice al Muelas. Estoy algo cansado y quisiera dormir un rato. Cómo no, eso no debe ni siquiera pedirlo. Vamos, don Pablo. Salen de la carpa, el sol está cayendo por detrás de uno de los camiones. Los trapecistas conversan entre ellos, mientras los domadores se acomodan el pantalón en medio de las piernas. Vaya mundo este, ¿no? Es una locura linda, don Pablo. En mis tiempos los circos eran tan estrictos, nadie podía salir de sus camerinos a menos que el dueño lo permitiera, según decía para mantener el encanto de lo secreto y escondido para el público. No sabía que había trabajado antes en un circo. Sí, por un par de años, antes del programa. Debe sentirse orgulloso de haber formado parte de algo con tanta repercusión. Bueno, algo. No sea modesto don Pablo. El programa era una belleza, todavía lo pasan en algunos países. Sí, lo he podido ver en el cuarto del hotel. Llegamos, entre y descanse, más tarde tenemos otra función. Se sienta en un pequeño mueble y de lejos ve la foto de toda ‘La Pandilla’, si bien es cierto que no distingue nada por la distancia, se sabe de memoria cada gesto y posición. A su lado está Margarita, la ‘Rosarios’ original. La mano que no se ve le está tocando el trasero y don Pablo sonríe. Francisco era el Nadas y la paradoja más grande es que era uno de los guionistas. Al parecer, el personaje llegó de la nada y no les dio tiempo para contratar actor. Manuel del Río era el Chipotle y cómo le encantaba serlo. Era el que más lo disfrutaba, en la calle, fiestas, cuando iba a recoger a sus hijos al colegio. Un gran compañero, un cuatachón. Juan era el Mugres y nunca fue tan amigo de ninguno, pero sí era el más profesional. Pero el Muelas era su preferido, Dionisio Rivera, todo un personaje. La última vez que lo vio fue cuando estaba enfermo, recluido en un hospital. Mira que sí la hicimos, fuimos famosos en nuestra época. Así es compadre, tuvimos nuestro tiempito. Me siento feliz por eso, solo espero que te sepas disculpar. No hay nada más que hablar del tema compadre, y así fue. Dos semanas más tarde falleció.

Sentado en el mueble recuerda, la foto como remitente, el sentido de las palabras que escuchó con tanto desprecio. ¿Qué es esa chingadera que me estás diciendo? Como escuchó don Roberto, ya son cinco años con el mismo personaje y quiero progresar, no estancarme en la interpretación de ‘Armargado’. Es un personaje querido, me ha dado satisfacciones, especialmente económicas, pero quiero hacer algo más. Mira, tarugo, te voy a doblar el sueldo y te vas a meter esas ideas estúpidas sobre la expresión y los requerimientos actorales por el culo. Renuncias y no te dejaré trabajar en ningún lado, ni siquiera de muñeco de almacén. ¿Quedó entendido? Después de todo el dinero que te he hecho ganar con mi creación vienes a decirme semejante tontería. Ahora vete de aquí y dedícate al libreto. Pendejo. De una vez aprende que yo soy el dueño del balón y aquí se hace lo que yo quiera.

Se levanta del asiento y va hasta el espejo. ¿Qué haces? Lo que ves, me saco el bigote. Y ¿para qué? Para dormir algo, estoy tan cansado que no podré hacer nada en la siguiente función. Vamos a descansar. Tú mandas ahora.

PiedePágina • 2008