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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Manos dibujando

Por Yolanda Arroyo Pizarro

El lápiz de carbón se escurre en su mano. Agustina dibuja líneas y líneas. Danza su muñeca con trazo firme sobre el papel. El papel sobre su falda. Los trazos pueden divisarse por la hendija de la puerta. Trazos, música soft rock y trazos. Los senos desnudos se le mueven cada vez que marca un delineado, o un semicírculo, o intensifica los detalles de los nudillos en el esbozo, de los botones de la camisa arrugada por una soga, de las venas sobre la piel del cuello, cuando atenúa los pormenores del puente. Blanco y negro. Gris.

Él la observa desde la hendija de la puerta, en un escondite que acomoda su secreto hace semanas. Que acomoda su secreto y la vergüenza, acaso compartida. Identifica el bulto de ropa femenino sobre una butaca, de lado a una estiba de libros antiguos de Bierce. Él lame sin lengua la piel aún a esa distancia. Aspira todo el espacio que puede recoger entre su cuerpo maduro, arrugado y el de ella inaugural. Poco trayecto si se atreviera, si le diera la gana y abriera la caja para verle las pestañas a Pandora. ¿Sabrá que él la observa?

Agustina levanta el rostro por un momento. Luego regresa al dibujo. Tiene la potestad de recrear realidades incomprendidas desde que era más chica y su padre le permitía colorear. Su padre la sentaba en su falda y le pedía que dibujara. Que dibujara y se quedara quietecita, que no se quejara aunque sintiera cosas. No ha pasado tanto tiempo.

Entre las figuras dibujadas en el papel va apareciendo de a poco, en rayas grises, un hombre que contempla el rápido discurrir del agua. Tiene los brazos detrás de la espalda; las muñecas sujetas con la soga; otra soga colgada al cuello y atada a un grueso tirante por encima de su cabeza. Agustina también le ha dibujado algunas tablas flojas, en blanco y negro, colocadas sobre los durmientes de los rieles que le prestan un punto de apoyo a él y a sus verdugos. Los verdugos son dos soldados rasos del ejército federal que Agustina ha estampado. Blanco, negro, sombra. No lejos de ellos, en el mismo entarimado improvisado, se halla de pie un oficial del ejército con las divisas de sus combates; estrellas de capitán. Grises, líneas finas y líneas gruesas. Cuando Agustina se detiene a dibujar en más detalle las medallas, el de la hendija se agita, jadea, intenta no hacer ruido mientras su mano se pierde. Desearía también tomar un lápiz, acuclillarse junto a Agustina, rozar su piel mientras comparten el pedazo de papel. Escuchar que ella lo sabe, que lo perdona por antes, por ahora y por más tarde. O que quizás lo disfruta un poco.

El personaje del dibujo abre los ojos y escucha cómo corre el agua bajo sus pies. Piensa en que si lograra desatar sus manos, podría soltar el nudo corredizo y saltar al río; esquivaría las balas y nadaría con fuerza hasta alcanzar la orilla; después se internaría en el bosque y huiría hasta llegar a la casa. El canvas. La hendija. Agustina. Hay un hombre mayor que la observa.

Presiona casi hasta perforar el papel. Dibuja con tenacidad. Él no está aquí. Atrapa la esencia. Sudan los poros. Vuelve a tomarla de los hombros y la lanza al suelo en un gesto que no sucede. Musita “mi Agustina” con una voz que no se dice. Se coloca encima. Se mueve provocándola y escuchándole decir que no es nada, que no importa, que siempre lo ha sabido y que le da igual. Colgado de la pared hay un Drawing Hands de Escher que les guiña un ojo entre el chasquido de los dedos de ambas manos.

Cuando Agustina se estira para delinear los trazos de las sogas, en el dibujo blanco y negro sobre su falda, él vuelve a agitarse aún escondido; aún sin haber salido jadea, intenta no hacer ruido, su mano se sigue perdiendo, recuerda a su niña sobre las rodillas no hace tanto tiempo. Al hombre del papel se le parte el cuello y se balancea de un lado a otro sobre el puente del río Búho.

PiedePágina • 2008