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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Menarquias

Por Carlos Villarino

¡Aléjate de aquí, mujer! ¡Aléjate de este lugar santo!
Si antes estuve muerta, ahora desconozco haber nacido de tu vientre…
Ifigenia

León Febres Cordero – Clitemnestra. Tragedia en Tres Actos.

I

Nos conocimos en una fiesta en casa de unos primos míos, desde el principio me impactó su presencia. Llevaba un vestido de algodón de un color muy claro, quizá era blanco o tal vez beige, ceñido a su cuerpo destacaban sus amplias pero estilizadas caderas, sus piernas firmes y torneadas hacían juego con su diminuta cintura. Pero eso no es en modo alguno lo que más me fascinó, por sobre todo me sedujo ese rostro de rasgos finos y elegantes, a medio camino entre una cara infantil y un rostro maduro, que no es un rostro adolescente, no, es precisamente eso, un rostro ambiguo, hermoso pero ambiguo. Dulce y antipático a la vez, como el de las niñas prepúberes. Inocente y seductor al mismo tiempo, esa indeterminación me enloquecía. No podía dejar de verla, me deleitaba en sus senos compactos y tímidos, escudriñaba cada uno de sus gestos, de sus ademanes y modismos. Hablaba distendidamente, como si ella fuese dueña absoluta de la situación, ejerciendo su encanto entre todos los invitados, hombres y mujeres por igual la admiraban, ella lo sabía y cuando digo que lo sabía no digo que lo hiciera deliberadamente, al contrario, era precisamente esa naturalidad la que encantaba a todos y como ella no podía ser de otra manera sabía que ese era irremediablemente el efecto embriagador que iba a generar. Desde el principio me esforcé por llamar su atención, por acaparar su tiempo y su espacio en la fiesta. Hablamos de todo, de la universidad, de su trabajo, de lo aburridos que eran mis primos y de lo bien que la estábamos pasando esa noche.

Me contó que trabajaba para una agencia de publicidad de relativa importancia en el mercado nacional, que le encantaba su trabajo, la literatura y el buen cine. Me habló del tipo de música que le gustaba, de la música electrónica y del tango. “Sabías que el tango y la música electrónica son como gemelas”, me dijo sonriendo como si revelara una travesura de la intimidad. “Sí, a mí me encanta Gotan Project, son geniales, es como hermanar lo más sublime con lo más sórdido, lo virtuoso con lo perverso, lo divino con lo diabólico”. Ese comentario selló mi determinación de seducirla, de poseerla, de hacerla transitar por todos esos senderos de los que tanto habla. Acaricié su pelo haciendo rizos con un mechón de cabello, inicialmente me pareció que le incomodaba mi iniciativa, incluso creo que en principio le provocó un poco de aversión, pero al rato se fue relajando y seguía hablando de las cosas que le gustaban. Todos reíamos como invadidos por una extraña agitación. Sorpresivamente, apareció uno de mis primos y sin mediar ni una palabra la tomó por la mano y la sacó a bailar al medio del salón, había colocado música electrónica y sabía lo mucho que le gustaba a ella. Comenzó a bailar con movimientos desganados que progresivamente iban cobrando cada vez mayor ritmo, con una cadencia que parecía fluir de algún punto en lo más profundo de su espíritu. Entró como en un trance, elevaba los brazos haciendo siluetas en el aire y moviendo su cintura sensualmente, como en una danza mística, como si a través de esos movimientos entrara en contacto con algo más allá de toda palabra, de toda determinación. Se quitó las sandalias y comenzó a acariciar su cuerpo de una forma que, de sólo verla, una ola de calor me invadía por completo. Al aproximarse el final de la pieza ella dio varios giros sobre su eje y terminó desplomándose a mi lado en el sofá, el cabello le cubría parcialmente la cara y sus ojos estaban cerrados. Sentí unos deseos alucinados de besarla pero me contuve porque no sabía si ella y yo… si ella estaría dispuesta conmigo…


II

La tía Elena siempre me hablaba de ese gran día, nos decía que después de ese día ya no podía tratar a los niños de la misma manera, que sería una señorita y que no debía dejar que ningún niño se me acercara, porque “todos los hombres -decía mi tía- quieren escupir su moco dentro de una”. Mi tía sabía mucho de eso porque era una mujer a la que le habían escupido muchas veces muchos hombres. De niña, me metía en el cuarto de baño de la tía y peinaba mis muñecas mientras ella se depilaba las piernas y las axilas. A ella le encantaba hablarme sobre la importancia de ser bella, de ser una mujer, pero no cualquier mujer sino precisamente de ser mujer. Para ella ser mujer era cultivar su cuerpo, la casa y la cama. Cuando hablaba con sus amigas, yo me metía debajo de la mesa con mis muñecas y las escuchaba hablar toda la tarde de los hombres, de sus maridos y de sus amantes. Las amigas de mi tía eran todas mujeres muy hermosas, bien arregladas, elegantes, que pasaban horas en el espejo y días sin comer. Siempre decían: “en la calle una debe ser una señora, en la casa una dama y en la cama ¡una puta!” y se reían mostrando sus perfectos trabajos de ortodoncia. Como para mi tía, y sus amigas, una verdadera mujer jamás debe salir en pantalones porque los pantalones son para las feas, yo, debajo de la mesa me dedicaba a ver sus piernas depiladas y torneadas y a espiar discretamente sus pantaletas, susurrándole a mis muñecas: “en la calle debes ser una señora, en la casa una dama y en la cama ¡una puta!”.

Mi mamá en cambio jamás hablaba de su cuerpo, no se dejaba ver desnuda ni siquiera por mí, que tenía ocho años y lo único que quería era peinar mis muñecas mientras ella se bañaba. A mamá la tía Elena le parecía frívola y desvergonzada, que traducido a la lengua de mi tía quería decir estúpida y regalada, pero mamá jamás usaba esas palabras. Mamá castigaba sistemáticamente todo intento de mi parte por averiguar algo sobre mi cuerpo y el de ella, cuando tenía dolores de vientre, que eran espantosos y la hacían retorcerse en la cama desfigurando su rostro con cada mueca de dolor, ella me hacía salir del cuarto y me decía que algo le había caído mal en el almuerzo. En una oportunidad encontré una toalla sanitaria en la papelera del baño, corrí a preguntarle a mamá si se había cortado y ella me respondió con una cachetada fortísima, diciéndome que era asquerosa y cochina, que una niña decente no anda hurgando en la basura y me mandó a mi cuarto castigada. Mamá odiaba ser mujer, cada veintiocho días maldecía el día en que había nacido mujer y se daba golpes en el vientre, logrando así que le doliera más. Mi tía en cambio adoraba sus menstruaciones, siempre decía: “estoy en esos días” y me sonreía como si fuera una cuña de tampax, disfrutaba sus cambios de humor, sus levísimos malestares menstruales y por sobre todo la ola de excitación que la invadía antes y después de cada flujo.

Como no tenía hermana ni hermanos, me entretenía jugando con mis muñecas pero sobre todo me gustaba mirar en los cuartos sin que nadie me viera. La primera vez que vi una actividad amorosa me pareció una experiencia dolorosísima y fea. Papá estaba encima y empujaba sus piernas furiosamente contra las de mamá que estaban entreabiertas. Papá hacía unos sonidos horribles como los de un cochino y decía obscenidades a cada rato, mamá en cambio permanecía en silencio sin hacer ningún gesto de placer, dolor o fastidio, en realidad estaba como ausente. Al final papá hizo un chirrido de animal degollado y mamá soltó un brevísimo quejido, en una pírrica victoria de su cuerpo sobre su mente. Papá se incorporó, encendió el televisor y un cigarrillo sin decir ni una palabra y mamá se retiró al baño porque odiaba el olor a tabaco. Siempre que papá se iba a trabajar, mamá repetía: “Ya se fue el tabaco” y mamá odiaba el tabaco. De ella aprendí que “los hombres son un tabaco” y de mi tía que “en la calle debes ser una señora, en la casa una dama y en la cama ¡una puta!”. El problema era cómo hacer conciliar estas dos máximas de vida, esos dos imperativos categóricos.

En una oportunidad, cuando tenía once años, vi a mi tía hablando por teléfono con una de sus amigas sobre su última experiencia sexual con el entrenador del gimnasio, estaba acostada en la cama (en falda como siempre) y mientras le relataba a su amiga lo bien dotado que lo tenía el instructor, firme, recto, con una amplia y esponjosa cabeza, así como la técnica completamente profesional que utilizaba, deslizaba sus manos por debajo de la falda y abría completamente las piernas tocándose suavemente en el centro de ambas. Hablaba con naturalidad pero hacía pausas breves para cerrar los ojos y exhalar un minúsculo pero placenterísimo quejido. Hubiese querido acercarme y curiosear allí dentro, pero me parecía que mi tía no entendería mi curiosidad gnoseológica, mi interés estrictamente epistemológico luego de ser privada constantemente de ese saber por parte de mi mamá. Fue entonces cuando descubrí como hallar la síntesis, la superación de los opuestos…. fue entonces cuando descubrí mi verdadera situación…


III

Hoy viene a despedirse definitivamente, no la había visto tan radiante desde la fiesta en casa de mis primos, ya no hay remedio, la separación es inminente e irreversible. Accedió venir a cenar a mi apartamento bajo la condición de que cerráramos definitivamente el capítulo de la separación, que ha sido largo y tortuoso. Luce un vestido azul de seda completamente ceñido al cuerpo y sus curvas son hoy más hermosas que nunca. Parece feliz y esa felicidad se entierra en mí como una daga, parece satisfecha y aliviada de que hoy sea nuestro último encuentro. Hago un esfuerzo por no revelar mi dolor, sonreír y hacer como si nada estuviese pasando. Su cabello, completamente liso, baña sus hombros descubiertos por el escote del vestido. He decidido colocar un poco de música, comencé con algo cuyo gusto compartiéramos: War de Goran Bregovic, en la banda sonora de Underground. Bien visto, nuestra relación ha sido como una guerra, una guerra en la que sólo he salido perdiendo yo. Le he preparado su plato favorito, Cartoccio de lomito en salsa de hongos. Adora ese plato, siempre que teníamos una ocasión especial comía ese plato como un tributo a nuestros intensos pero poco frecuentes instantes de felicidad. He preparado con extraordinaria dedicación la salsa, dándole un toque especial, algo para sentir a plenitud…

Así como ama War, así también detesta Underground Tango, que está dos piezas más adelante en el disco. Siempre me dice que eso no es tango, que qué van a saber en los Balcanes cómo se hace un tango. “La música es un reflejo de las culturas, por eso War es una gran pieza, porque refleja la cultura balcánica de Bregovic, pero Underground Tango, ¡por Dios, eso no es tango!” me repetía siempre que sonaba la pieza. Charlamos sobre sus proyectos futuros, me contó que le habían asignado la cuenta de un cliente muy importante y que estaba emocionada con la idea de hacer una gran campaña a nivel internacional, está leyendo El tambor de hojalata de Günter Grass y tiene pensado hacer un postgrado en Inglaterra el año próximo. Me preguntó sobre mi tesis de maestría en Filosofía, le dije que todo marchaba bien, que estoy trabajando con textos de Martin Heidegger, en especial con el tema de la muerte y que estaría lista en unos seis meses. Se acercó al reproductor de CD’s, tomó el disco de Gotan Project que ella misma me había regalado al poco tiempo de iniciar la relación e hizo sonar “Una música brutal”, que es su pieza favorita. Entonces aproveché la oportunidad para pedirle que bailara para mí. “Por favor, no te tortures y no me lo hagas más difícil para mí -me dijo con voz de súplica-, qué sentido tiene recordar esas cosas, es mejor pasar la página”. Insistí en que no se preocupara, que no me causaba daño y que lo viera como una función privada de despedida. Una vez más comenzó a moverse con desgano y poco a poco fue cobrando intensidad y cadencia, una vez más estaba en trance, yo la miraba y sentía que un profundo vacío se apoderaba de mí, elevó los brazos haciendo oscilaciones y dibujando figuras en el aire, acarició su cuerpo como aquella vez pero al llegar al vientre se detuvo y dejó de bailar. Es claro que está embarazada, lo sospechaba desde hace unas semanas, sobre todo cuando se agudizaron nuestros problemas, pero ahora ya no tengo duda, está esperando un hijo. Me preguntó que si ya podíamos cenar, que estaba cansada y no quería irse muy tarde. Comimos Cartoccio de lomito, sólo que yo no quise la salsa de hongos. Después de la cena brindamos con vino, “por nuestro amor” dije yo, “por el futuro” dijo ella. “Por el futuro” repetí yo en silencio.


IV

De todas mis primas yo fui la última en desarrollarme. A los doce años todavía no aparecían en mí signos de madurez sexual, no tenía pechos ni vello púbico ni ensanchamiento de caderas, nada. Mis primas en cambio tuvieron su menarquia entre los diez y once años todas. A Cecilia la tomó por sorpresa en el colegio en pleno receso de clases, le vino un flujo abundante y uno de los niños que se dio cuenta comenzó a burlarse de ella, en unos segundos todos los niños y niñas habían hecho un círculo en torno a ella y se reían a carcajadas o la miraban con asombro y asco. Ella se abrió paso y corrió en dirección al baño destilando un hilo rojizo de secreciones uterinas. No volvió al colegio en una semana y, como mi mamá, odia ser mujer. Lucía en cambio casi no notó el paso de la niñez a la pubertad, su menarquia fue gentilmente dosificada por la naturaleza en dosis muy pequeñas, tan sólo descubrió una mancha entre marrón y vinotinto en su ropa interior. Con los ojos aguados, su mamá (mi tía Emily) le explicó que ya era una señorita y la abrazó tiernamente. Lucía nos contó todos los detalles posteriores de su primera menstruación porque lo vivía como un triunfo personal.

A los doce años, durante las vacaciones escolares, obsesionada con la idea de que jamás me llegaría mi turno, me sentaba en el piso del baño, colocaba un pliego de papel bond debajo de mí y esperaba por horas y horas a que bajara el flujo. No quería que me sorprendiera desprevenida en el colegio como a Cecilia, así que le robaba una toalla sanitaria a la tía Elena y me la metía en las pantaletas desde los once años. Sabía también que a diferencia de Lucía, mamá jamás me abrazaría y celebraría conmigo la llegada de la madurez. Así viví dos años y medio pensando, anhelando, rogando por que me llegara la menstruación. Casi al cumplir los catorce años, sentada en mi cama leyendo La náusea de Jean Paul Sartre, sentí que algo se desprendía dentro de mí. Algo descendía por ese conducto membranoso y fibroso que en las hembras de los mamíferos se extiende desde la matriz hasta la vulva y que nosotros llamamos vagina. Me apresuré a buscar un pañuelo, me senté de cuclillas y dejé caer un abundante flujo de desecho uterino. Cuando sentí que ya había pasado todo, me limpié con cuidado y me senté a observar aquello que había salido de mí, vi allí toda mi infancia desde el alumbramiento hasta el día anterior, veía allí a mí mamá dándose golpes en el vientre, a papá haciendo gemidos animales, a la tía Elena tocándose suavemente entre las piernas, a Cecilia destilando líquidos rojos, a Lucía en los brazos de la tía Emily, a todas las amigas de la tía Elena mostrando sus perfectos trabajos de ortodoncia, veía a mis muñecas y me veía susurrándoles al oído cosas que nadie sabe de mí.

Jugué un rato con los grumuelos y coágulos desprendidos, con la punta del dedo tome un poco de líquido, lo posé sobre la lengua y apreté contra mi paladar. No sabe mal, algo amargo, pero no sabe mal. Escribí sobre el pañuelo mi nombre y dejé que se secara al sol en la ventana. Todavía hoy conservo ese pañuelo. Soy mujer, no rechazo mi condición ni la acepto como un don natural, no soy ni como mi mamá ni como la tía Elena, yo escojo ser mujer, es mi elección, mi decisión existencial. Yo soy una mujer porque he comprendido que sólo apropiándome de la experiencia única e irrepetible de mi menarquia soy dueña de mi feminidad, no necesito aprobación ni repudio de los otros para elegir ser mujer, amo ser mujer, amo lo femenino…


V

La noche de la fiesta en casa de mis primos hice lo imposible para garantizar el poder dormir con ella, como sabía que dormiría en alguna de las habitaciones de la casa, fingí que mi carro no encendía e insistí en quedarme esa noche en casa de ellos. Finalmente terminamos durmiendo juntas en el cuarto de servicio, en una diminuta cama que se hundía un poco en el centro. Charlamos en la oscuridad un buen rato antes de que ella se quedara dormida, me contó sobre su última relación con un compañero de trabajo y de lo mal que le había ido con él. Me preguntó si tenía novio y le respondí que no estaba interesada en ningún hombre. Todo quedó en el silencio de la más absoluta oscuridad. Mi corazón latía frenéticamente y no podía lograr dormir de la emoción, al cabo de un rato la abracé y ella balbuceó un: “¿qué pasa?”, “nada, tengo un poco de frío, ¿te molesta?” le respondí y me dijo prácticamente dormida que no. Sentía el calor de su cuerpo por toda mi piel, mi cara rozaba ligeramente sus pechos y yo estaba invadida de líquidos. Deslicé mi mano y la posé con cuidado sobre sus piernas, parecía profundamente dormida porque no hizo ningún movimiento. No podía resistirlo más, poco a poco fui deslizando mi mano hasta su entrepierna y con sigilo introduje mis dedos debajo de su ropa interior, hizo un movimiento como si se fuera acomodar en otra posición, quedé paralizada, no sabía si sacar la mano o dejarla donde estaba. No podía dar marcha atrás, el deseo me impedía pensar racionalmente. Froté con delicadeza el cuerpecillo carnoso y eréctil sobresaliente en la parte más elevada de su vulva, un suave clítoris que se dejaba mecer dócil en la dirección que ordenara mi dedo. Sentí que su vulva se humedecía cada vez más, que se inundaba con cada contacto mío. No quise hacerme ilusiones, sé bien que es una reacción biológica completamente involuntaria, probablemente ni siquiera había notado mi subrepticia penetración en su intimidad. De repente, una sacudida convulsa seguida de una compresión de sus piernas hizo que me apresurara a sacar la mano, pero en ese instante ella lo impidió posando su mano sobre la mía.

-No te detengas, por favor -me dijo.

-Quiero beber todo de ti -respondí arrebatada de deseo.

Con movimientos serenos abrí sus piernas de par en par y aproximé mis labios a los suyos. Ella palpaba mi cabello con ambas manos y me presionaba contra su pubis, dibujé con la lengua círculos alrededor de su abertura y caté cada uno de los sabores de sus fluidos vaginales. Con la nariz hacia cosquillas entre los rizos del vello y ella respondía con risas entrecortadas. Remonté su cuerpo con besos, lamí sus pezones y finalmente la besé, la besé con desesperación y ella me correspondió. Aquella fue la noche más feliz de mi vida, hoy en cambio…


VI

¿Por qué la amo? Siempre me pregunto porqué a pesar de todo la amo, y siempre obtengo la misma respuesta. La amo porque amándola la poseo, la subyugo, la pervierto, porque amándola me apodero de toda su belleza, toda su dulzura, toda su maldita perfección, mi amor la infecta como un virus, destruye sus resistencias y la vuelve vulnerable e indefensa ante mis deseos, la convierte en un apéndice de mi voluntad. La amo porque de lo contrario no tendría otra alternativa que odiarla, que destruirla o hacerla desaparecer, por eso prefiero pervertir su alma, corromper su cuerpo y envenenarla con todo mi amor. Pese a todo la amo, la amo con locura, no podría vivir sin ella y no voy a vivir sin ella. En las mañanas, cuando me levanto y veo al espejo, veo en él su reflejo, mi rostro se transfigura y se convierte en el de ella. Somos una unidad indivisible y no voy a permitir que eso cambie, no dejaré que nada ni nadie perturbe esa unidad, ni siquiera ella misma. Jamás, jamás podrá ser sin mí, yo soy el ser para ella, fuera de mí no hay ser, fuera de mí ella sencillamente no puede ser.


VII

-Me siento mal, siento unas puntadas en el abdomen.

-Tranquila, seguro es que comiste muy rápido y la comida te cayó mal, ¿quieres recostarte un rato?

-No, quiero un poco de agua, ¿puedes darme un poco de agua?

-Claro, espera aquí que ya te la traigo. Sabes, algunas amigas me han dicho que has vuelto con el publicista, te han visto con él en un centro comercial. ¿Están saliendo de nuevo?

-¿Ah? Sí hemos salido un par de veces, pero sólo como amigos… Me duele mucho el vientre, me siento mal.

-¿Será que tienes el período? Si mal no recuerdo es por estos días que te viene la menstruación.

-No, no es la regla, no puede ser la regla… Aaayyy, cada vez son más fuertes.

-¿Qué raro, tu período siempre es muy puntual? ¿Será que tienes quistes?

-No, la semana pasada fui al ginecólogo y todo estaba normal.

-¿Al ginecólogo? Pero si tú odias ir al ginecólogo.

-Es distinto, necesitaba ir… Me duele mucho, tengo como unas contracciones, es horrible, no soporto el dolor.

-Si quieres te doy unos calmantes, aunque quizá deberías tomar un digestivo.

-Estoy mareada y tengo muchas ganas de vomitar… Aaayyy, creo que es mejor que me vaya…

-No, ¿estás loca? No puedes manejar si te sientes tan mal, es mejor que te quedes un rato a ver si se te pasa el malestar. Voy a colocar un poco de música para que te relajes, ¿te parece bien algo de Piazzolla? Ya sé, “Dúo de amor”, que a ti te fascina.

-Pon lo que quieras, de verdad no me siento nada bien.

-Sabes, desde aquella noche en casa de mis primos siempre pensé que éramos como almas gemelas, como el tango y la música electrónica. ¿Te acuerdas? Fuiste tú la que me señaló esa extraña hermandad. Jamás pensé que te perdería, menos aún que serías tú la que desearía estar lejos de mí. No puedo entenderte, pensé que lo nuestro era algo especial, que conmigo habías vivido experiencias inolvidables y que viviríamos para siempre dentro del hechizo de aquella noche.

-Por Dios, te pedí que no volvieras sobre ese tema, me juraste que no tocarías ese tema, no hubiese venido si… ¡Creo que estoy sangrando, me duele mucho, llévame a un médico, por favor!

-Ves, te dije que era la menstruación, eso es todo.

-¡Que no es la menstruación, te lo ruego, llévame a un hospital!

-Está bien, no llores, iremos al hospital en un momento, espera que termine la pieza, sólo faltan seis minutos. Escucha ese bandoneón, cada vez más lúgubre, seguro que simboliza una separación. Como la nuestra.

-Estoy sangrando mucho, me duele, me duele, te lo pido por favor…

-Sabes, la mayoría de las mujeres no saben lo que es la feminidad, la mayoría se cree ese cuento falocentrista de que una mujer realizada es aquella que usa su cuerpo como una incubadora, estúpidas, no entienden nada. Las verdaderas mujeres son como nosotras, unas amazonas, no necesitamos de nadie para tener éxito en la vida y disfrutar de nuestros cuerpos y nuestras mentes a plenitud. Las verdaderas mujeres nos tenemos las unas a las otras.

-¡De qué coño estas hablando, llévame a un médico, me estoy desangrando!

-La menarquia es el desprendimiento de la niñez, nos deshacemos de ese estado de incompletitud y alcanzamos nuestra verdadera condición existencial. Una mujer jamás debe olvidar su condición, una amazona nunca debe traicionar su feminidad prestando su cuerpo para servir de incubadora, por eso hoy he querido regalarte este preciado momento, ayudarte a desprenderte de esa estúpida niñez que has permitido que invada tu vientre. Sé que estás embarazada, jamás te perdonaré que nos hayas traicionado de esa manera. Hago esto porque te amo, porque te amo con locura… ¿Recuerdas cuando te mostré el pañuelo? Tú has sido la única de mis parejas que no reaccionó con asco ante ese tesoro personal, allí me convencí de que éramos una unidad inseparable.

Un grito estremece toda la habitación, coágulos de sangre y tejidos uterinos emanan a borbotones de un vientre en gravidez. La alfombra blanca se torna roja y la visión se hace nebulosa. El rostro cada vez más pálido, las fuerzas huyen galopantes del cuerpo. Intenta erguirse, las piernas desmayan precipitándose hacia una mesita de centro y estrellándose contra una colección variada de souvenirs. Una mano toca el vientre, cuya matriz se desprende pedazo a pedazo conforme el fármaco, hábilmente oculto en la salsa de hongos, hace su efecto. Una mano en la entrepierna intenta detener la hemorragia. Otro grito aún más feroz reclama auxilio, tendida en la alfombra asume una posición fetal, su vestido azul de seda completamente ceñido al cuerpo se tiñe de rojo de la cintura hacia abajo, sus curvas son hoy más hermosas que nunca.

Suena el bandoneón en sus notas finales, dos mujeres yacen acostadas en la alfombra cada vez más roja, una abraza la otra sintiendo el tenue calor de su cuerpo que desaparece lentamente. La imagen gira con pesadez en espiral, fluidos rojos invaden la escena desde el borde hacia el centro, las dos mujeres son inundadas progresivamente hasta quedar cubiertas por completo, ahora sólo quedan coágulos y grumuelos.

PiedePágina • 2008