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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Ningún rapto es pasajero

Por Vivian Abenshushan


al amigo okupa


Estoy seguro de que si tuviera un poco más de dinero, hace tiempo que habría hecho las maletas y me habría largado. Este departamento es muy frío y oscuro, tanto que es imposible distinguir, mientras se está aquí dentro, el día de la noche. Vivimos en la planta baja, al final de un largo pasillo. Por el cubo de la cocina apenas entra un poco de luz alrededor de las doce del día y hasta las tres de la tarde; el resto del tiempo, el departamento permanece prácticamente en la penumbra y es difícil saber cuándo ha caído la tarde. No me extraña que a menudo me sienta como una marmota en hibernación perpetua, pero una marmota incapaz de pegar el ojo. Se lo atribuyo a dos razones: la primera es que por regla general en casa tenemos las luces siempre encendidas; la segunda se debe a mi mala costumbre de pensar demasiado en el mañana. Para quien habita, como yo, en una madriguera sin sol, las horas se estiran cruelmente y da la impresión de que el futuro nunca llega. Quizá por eso me he habituado a imaginar sus posibilidades inherentes, los distintos hombres que seré algún día.

Pienso en muchas cosas durante la noche, esperando a que finalmente el sueño me venza. Pienso en qué gesto me convendrá poner cuando me vaya, si éste deberá ser de alivio o de nostalgia o mejor: de temeridad. Porque entre las cosas que pienso está la idea de embarcarme en uno de esos cargueros que cada año zarpa del puerto de Veracruz y llega hasta las costas de Grecia. Dicen que el trabajo a bordo es pesado y que después de unas semanas las jornadas son insufribles y monótonas, un día detrás de otro, idéntico a sí mismo. También he escuchado que un barco es un país aparte, una tierra movediza e inestable, donde el sueño está prohibido. “Pero aquí las cosas no son muy distintas”, me digo para infundirme ánimo y tomar, de una vez por todas, la decisión de partir.

Aún me pregunto por qué no lo he hecho. La falta de dinero me parece un pretexto objetivo, aunque débil. Para embarcarse sólo es necesario hacer un examen médico y tener pasaporte. El dinero se gana a bordo, sudando en cubierta o lavando trastes. Por eso creo que, en el fondo, lo que me retiene aquí es otra cosa, algo así como un vínculo afectivo y, lo más importante, una obligación moral. La verdad es que le he tomado gran cariño al barrio (no hay nada mejor que vivir cerca del parque) y también a Salgado, el escritor con quien comparto el departamento. Y resulta que hace ya algún tiempo comprendí con tristeza que el bueno de Salgado está completamente fuera de sí. No sólo eso: estoy convencido de que no hay nadie en el mundo, además de mí, que pueda regresarlo a su sitio. Me necesita como testigo, como la versión lúcida de sus acciones. Él me tendió la mano en un momento difícil y no pienso zarpar hacia las bellas islas cretenses dejando a mi amigo a la deriva. No es así como se conduce alguien que pretende hacerse marinero. Mientras estemos en el mismo barco, haré todo lo posible por salvarlo.

Yo sé que paso demasiado tiempo encerrado, que necesito un cambio de aires; pero ha sido el propio Salgado quien más ha insistido con esa idea de que me embarque. La tiene bien metida en la cabeza, la idea. Tal vez quiere que me vaya del departamento y no sabe cómo decírmelo. Últimamente le resulto incómodo, como si fuera una voz dispuesta a denunciarlo a cada paso. Cree que me he propuesto contrariarlo, hacerle sentir que ha perdido el curso objetivo de las cosas. Pero yo sólo le platico lo que hace sin darse cuenta. Eso debe de ser molesto, sin duda. Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos actuado contra nuestros propósitos o hemos dicho palabras que más tarde hubiéramos querido evitar. Hay personas que viven esos actos como un pesado fardo que no los abandona nunca; otras, en cambio, procuran olvidarlos para seguir su camino hasta que alguien termina por echárselos en cara. El matrimonio y la familia son instituciones bien entrenadas en esos deportes de la mala conciencia. Pero Salgado y yo somos sólo un par conocidos y las cosas entre nosotros son distintas. Yo nunca he tenido la intención de recriminarle nada; sencillamente le explico ciertas cosas, y lo hago casi por reflejo. Como cuando, por ejemplo, deja la puerta abierta y más tarde me reprocha que yo haya olvidado cerrarla. “Pero si has sido tú el último en entrar”, le digo, porque es la verdad. A veces me siento mal por ser tan preciso y me pregunto si no habría sido mejor no decir nada, porque ese tipo de aclaraciones suele sumir a Salgado en un desconcierto tan hondo que es capaz de pasarse toda la noche sin dormir, tratando de desandar sus pasos mentalmente hasta dar con el momento en el que se distrajo de sus movimientos.

Convivir con Salgado no me desagrada en absoluto (el tinto y los libros nos han hecho buenos amigos), pero acepto que aún no me acostumbro del todo a sus extrañezas. No es sólo que de tanto trabajar en este oscuro departamento haya ido perdiendo la capacidad para distinguir el día de la noche, sino que a veces se ausenta por completo, como si visitara temporalmente otra región y regresara sin recordar nada. Una especie de sonambulismo, supongo. El asunto puede llegar a ser grave, porque en esos momentos Salgado se vuelve insensible a todo, incluso al dolor: no han sido pocas las ocasiones en las que he tenido que arrebatarle de la mano un cerillo encendido, antes de que se le quemara por completo la uña. Sin embargo, acepto que a veces sus gazapos me hacen reír a carcajadas. Como cuando dijo el disparate aquel sobre la Estatua de la Libertad. Eran las tres de la mañana; como de costumbre los dos estábamos despiertos. Salí de la habitación, vi que Salgado fumaba frente al televisor de la estancia y me senté junto él. Me dijo:

-Ignoro si alguna vez en mi vida habré cerrado el ojo, para parpadear.

-Seguro que sí -repuse entre bostezos-, sólo que duermes tan mal que al día siguiente no lo recuerdas.

-Es probable -aceptó lánguidamente, como si de un momento a otro le hubiera dejado de interesar el tema, y luego se quedó callado. Estuvimos mirando la pantalla por más de una hora sin decir palabra. De vez en cuando, se cruzaba el humo de nuestros cigarros frente al televisor. Súbitamente, como si despertara de un sueño, Salgado dijo:

-¿No te parece que la Estatua de la Libertad está jugando vóleibol?

Lejos de extrañarme, la ocurrencia me provocó una risa tan loca, tan incontenible, que habría podido despertar a todo el vecindario. Me imaginé a la señora de la Libertad en el momento del saque, jugando vóleibol con su balón de fuego de un lado al otro del Atlántico, y casi me caigo del sofá de tanta risa sin que Salgado se inmutara siquiera un poco. Se había sumergido del todo en sí mismo y al verlo me di cuenta que mantenía los ojos muy abiertos (casi podía ver el reflejo del televisor en ellos), como si no hubiera dicho nada. Así estuvo poco más de media hora, ausente y silencioso, con esos ojos fijos que no miraban a nadie, esas pupilas sin gesto. Fumaba sin parar. Pero de un momento a otro Salgado volvió a romper el silencio, esta vez con una carcajada abrupta y sin sentido, una carcajada que no venía de ningún lado. Entonces, como si acabara de despertar, dijo:

-Acabo de soñar algo genial, algo verdaderamente ridículo: me decías que la Estatua de la Libertad parecía estar jugando vóleibol de un lado al otro del Atlántico.

-Eso fue exactamente lo que tú me dijiste hace unos minutos -le aclaré, mirándolo con asombro.

-Lo habré dicho entre sueños; estoy seguro de que me quedé dormido. Tú sabes que la televisión es mi único somnífero.

-Pues dormías sin parpadear, y fumabas. Yo te vi: tenías los ojos bien abiertos.

Este tipo de escenas, en las que Salgado me atribuye frases que él ha dicho, ocurren todo el tiempo. Y no lo lamento (quiero decir, no lo lamentaba hasta ayer, pero de eso hablaré más adelante): admiro y envidio su ingenio; ojalá a mí me pasaran por la cabeza esos destellos de nonsense cuando escribo. Pero mi prosa es calculada y tensa (diría incluso aburrida), como mi propia existencia. Tal vez se deba a que escribo por las mañanas y a que le temo a lo imprevisto. Pero no es de mí de quien se trata esta historia. Hablábamos de Salgado, ¿no? Es importante distinguir entre uno y otro. Ya he dicho que mi amigo me necesita, y me necesita precisamente porque soy distinto. De otra forma pereceríamos unidos en el mismo naufragio, y él lo sabe… Hace tiempo, mientras esperábamos juntos el paso de la noche, me lanzó una de esas frases suyas que aún ahora resuenan en mi cabeza:

-Nuestras diferencias nos salvan, es como si tomáramos turnos para descansar mientras el otro permanece alerta.

Lamento que con el paso de los años, aquel acuerdo se haya convertido en un lastre admonitorio, acusativo. Entiendo que Salgado está demasiado sumergido en su trabajo como para darse cuenta de los incontables detalles de la vida diaria que pasa por alto. ¿Para qué interrumpirlo con tonterías?, me pregunto a veces y termino por ser yo quien cierra las llaves del agua, quien tira la basura antes de que los vapores nos asfixien, quien paga la luz (las cuentas son altísimas). Lo hago porque, de otra forma, naufragaríamos en el mismo barco. Por lo demás, Salgado es quien se encarga de la comida, el tinto y los cigarros. Si los roba o no, es lo de menos; hemos pactado que sea él quien los traiga a casa. Eso nos ayuda a preservar la armonía, supongo. Sin embargo, lo que hizo ayer fue demasiado lejos y me puso sobre aviso. Creo que es preciso ponerle freno a ese estado de evanescencia que se ha apoderado de su vida y lo está llevando a confiar más en el mundo que ha imaginado que en el real.

Recuerdo que desde que toqué a su puerta (de eso hará unos tres años), atraído por un anuncio de alquiler que estaba en el portón que da a la calle, noté algo raro en su conducta. Me dijo con sorpresa que en efecto había pensado en compartir el departamento (tenía, como yo, problemas de liquidez), pero aún no lo había anunciado, ni siquiera se lo había comentado a nadie. Entonces le enseñé el cartel que colgaba del portón y lo miró con desconfianza, como si se tratara de una broma o un embuste. Después de revisarlo con detenimiento, aceptó finalmente que estaba escrito con su propia caligrafía y muy perturbado me pidió una disculpa. Le dije, como para tranquilizarlo, que a veces “nuestras intenciones se anticipan a nuestros actos”. No recuerdo si fue la construcción de la frase o tan sólo la idea que contenía, pero el caso es que al escucharla levantó una ceja y sonrió (y en su gesto yo alcancé a leer lo que decía su pensamiento: “Este tipo no es un tonto.”) Luego, entusiasmado, me pidió la frase prestada para su novela.

-Hace un momento -dijo en voz baja, como si me compartiera un secreto- estaba pensando en eso mismo, pero no sabía cómo escribirlo.

La coincidencia lo animó tanto que me invitó a pasar. Mientras tomábamos unos tragos, le expliqué que no tenía a dónde ir, que acababa de llegar de la costa y que me encontraba solo en la ciudad. No dudó en acogerme, aunque puso una condición:

-Sólo te pido que por las noches no apagues las luces. No tolero la oscuridad. Así que discúlpame, pero las luces deben permanecer encendidas…

Algunos meses después, ya entrados en confianza, Salgado me contó el origen de sus temores:

-Cuando era niño, mi familia vivía en un pueblo costero de Veracruz. De aquellos días conservo algunos recuerdos felices, sobre todo, los que corresponden a los días en que iba a jugar entre los mangles con mis amigos. Mi madre dice que iba solo, pero eso altera mi recuerdo de la historia. A los niños no les gusta jugar si no hay otros, ¿verdad? Bueno, pues a nosotros nos daba por pasar varias horas juntos viendo cómo se desvanecía el atardecer detrás de las gruesas hojas elípticas, pues estábamos seguros de que justo después del último mangle se encontraba el mar. “Algún día -decíamos con seguridad-cruzaremos el trópico y nos subiremos a un barco.” Entre nosotros, trópico significaba aquel inmenso y enredado cerco de plantas. Éramos niños y nos gustaba pensar en la aventura. Sin embargo, en una ocasión me quedé dormido sobre las yerbas y al despertar me encontré solo en medio de la noche, sin saber a dónde se habían ido todos mis amigos. Era una noche sin luna, una noche absoluta. Yo sentía que la oscuridad me aplastaba, que su espesura me había arrebatado el cuerpo: no podía ver ni siquiera el contorno de mis manos. De pronto escuché claramente que alguien me llamaba y me decía palabras incomprensibles. Luego vino el horror: ese alguien me rozó el rostro. ¿Quién era? Yo mismo, que había acercado mi mano, sin darme cuenta. Pasé el resto de la noche despierto e inmóvil… ¡Sentir horror de uno mismo! ¿Sabes lo que significa eso? Una experiencia así no se olvida nunca.

Salgado es un narrador portentoso; por eso creo que aquella historia no es más que una invención suya, la falsa anécdota de infancia que seguramente contará cuando alguien lo entreviste y le haga preguntas sobre el origen de sus obsesiones: el otro, la personalidad como una caverna colmada de extraños, la idea de que nos habita un traidor encubierto que se guía por impulsos contrarios a los nuestros. Esos son los temas centrales de la novela en la que trabaja desde que lo conozco. Su protagonista, llamado Salgueiro, vive atormentado por la conciencia tardía de sus equívocos: siempre que cae en la cuenta de algo (que ha dicho palabras de las que más tarde se arrepiente o que, deseando ayudar a alguien sólo ha conseguido hundirlo, por ejemplo) es demasiado tarde para dar marcha atrás. Su tragedia no consiste tanto en sus yerros, como en la imposibilidad de pasarlos por alto, incluso cuando se trata de los hechos más nimios e intrascendentes. En otras palabras, no es la culpa lo que lo fustiga, sino la certeza de que lo habita un inquilino a quien nunca llegará a conocer, porque siempre corre más deprisa que su conciencia. Salgueiro está convencido de que ese inquilino lo manipula, lo regula, lo tiene atrapado. Es decir, le teme irracionalmente y sospecha que tarde o temprano lo conducirá a un error fatal. En algún momento de la novela, el protagonista decide quedarse inmóvil, sin salir de casa, tratando de evitarse así cualquier infortunio. Pero la inacción no le sirve de mucho: “Yo soy mi propio enemigo -dice Salgueiro- y me acompaño a todas partes. Mientras estoy tumbado aquí en el sillón, me doy cuenta de que es un grave error no hacer nada.” El caso es que el pobre hombre nunca descansa de sí mismo.

Si me entretengo en estos detalles del trabajo de Salgado, se debe a que están íntimamente relacionados con su comportamiento anormal. Él, como Salgueiro, es incapaz de dar un paso sin tropezar; sólo que en su vida las cosas ocurren a la inversa: si no fuera por mí, sus pifias le pasarían inadvertidas. A veces lo ayudo por mera inercia y, otras, por precaución. Porque, ¿cómo podría abandonar a mi amigo, dejándolo arrastrar por esa fuerza que lo guía hacia el desastre? Siempre intuí que algún día sus despistes iban a causarle un accidente mortal y eso no me lo perdonaría. Así que he terminado por convertirme en su Salgueiro, su verdugo casero. Y no me arrepiento: ahora soy el único que tiene la posibilidad de mantenerlo a flote.

Por eso mismo quisiera dejar bien asentado que no es mi intención acusarlo o ponerlo en evidencia con lo que cuento. Es simplemente que, por más unidos que estemos, ha llegado el momento de deslindarme de sus acciones. No es que yo piense que pueda llegar a cometer crímenes graves (me molesta que se refieran a él como a un delincuente); hasta ahora, el genio que lo domina ha sido travieso e inocuo. Salgado no sólo carece por completo del cálculo perverso de un ladrón profesional, sino que sus atracos son involuntarios y están desprovistos de cualquier finalidad.

Me preguntarán entonces por qué, si estaba al tanto de sus desvaríos, nunca di parte a la policía. Me refiero, por supuesto, a sus pequeños e inocentes robos. No lo he hecho porque carecen de importancia, porque los hace sin dolo y porque forman parte de un impulso del que Salgado nunca ha sido consciente. Además, durante los últimos meses, se convirtieron en nuestro único sustento. Es probable que, de no ser por las frutas y quesos que Salgado sustrae hábilmente de los supermercados sin darse cuenta, habríamos contraído una anemia perniciosa. Ambos vivimos en el subempleo, la inestabilidad angustiante del free lance, y hay temporadas en las que ninguno de los dos logra cazar nada. Por un lado, tenemos disposición para el trabajo, eso es indiscutible, pero nos hacen falta influencias, buenos contactos en las editoriales. Por otro, la ausencia de reposo nos ha indispuesto de tal forma para la sucesión regular de los actos habituales, que sólo nos queda trabajar en casa, corrigiendo pruebas o pergeñando artículos para el periódico. Las traducciones son nuestro fuerte. Se pagan bien y, a veces, un mamotreto de quinientas cuartillas sobre la vida de los cachalotes puede darnos de comer durante tres o cuatro meses.

Es cierto que hay temporadas del año en las que la demanda de nuestros servicios escasea gravemente. Son momentos tensos y desesperantes, aunque Salgado y yo hemos aprendido a sobrellevarlos con elegancia. Generalmente conversamos durante horas, al lado de un buen camambert y un pan de cebolla, para no aburrirnos en nuestras desiertas horas de laburo. Sí, he dicho camambert y pan de cebolla; por favor, añadan a la lista: salmón con eneldo, latas de pulpo en su tinta, buenos vinos de mesa, a veces, vodka. Pareciera que Salgado elige qué robar con gusto de sibarita. Pero no es así, quiero decir que no hay nada premeditado en ello. En general, los alimentos que se birla son más bien insulsos: requesón, tortillas, sobres de café instantáneo. A veces ni siquiera responden a una necesidad alimenticia, como cuando llegó cargado de bombones. Sin embargo, es un hecho que justo durante los periodos de desempleo, Salgado se vuelve más temerario que de costumbre, más apto para cometer deliciosos hurtos. Ignoro si es por el tedio o la distracción, el caso es que cada vez que regresa de la calle trae consigo un arsenal de lo más selecto. Él niega siempre que se trate de alimentos robados o dice que no se acuerda de nada. Incluso ha llegado a sugerir (no sé si con cinismo o creyendo ciegamente en sus palabras) que he sido yo quien ha traído el menú ilegal a nuestra mesa. Eso es falso, por supuesto, aunque no negaré que en estos días de precariedad he sido víctima de los impulsos criminales de mi amigo. Pero soy un imbécil para robar quizás porque, a diferencia de Salgado, vivo demasiado consciente de mis actos. Hace tres semanas, por ejemplo, intenté robarme un vino Castillo de Landa. Un oficial disfrazado de civil me descubrió en el acto, me hizo pagar el importe y devolver el vino y me advirtió que la próxima vez que quisiera comprar algo en ese lugar, me seguiría un empleado por todos los rincones del supermercado. No he vuelto a intentarlo, pero cometí un error gravísimo: al llegar a casa, le conté a Salgado el incidente. Desde entonces, se le ha metido la idea de que alguien lo vigila y lo sigue a todas partes.

Yo atribuyo a esas sospechas infundadas el hecho de que de un momento a otro Salgado comenzara a actuar de forma inusual. No sólo dejó de hacer las compras, sino que cambió radicalmente su apariencia: se rasuró la barba, se rapó el cabello, adelgazó varios kilos. En una ocasión, hasta lo encontré vestido de mujer mientras escribía. Al principio, creí que sus cambios de personalidad obedecían a un rapto pasajero, algún tipo de experimento que consistía en encarnar los distintos personajes de su novela. Pero sus repentinas y largas ausencias de la casa me dieron la impresión de que había algo más. Hacia el lunes de la semana pasada, Salgado se convirtió en un desconocido. Apenas me dirigía la palabra y casi todas las mañanas salía muy temprano del departamento y no regresaba hasta muy tarde, bien entrada la noche. En varias ocasiones, volvía a la hora de la comida sólo para cambiarse de ropa (a veces se ponía corbata y gafas) y, sin decir nada, se marchaba rápidamente. Supuse que había encontrado un empleo, así que una tarde, atajándolo en la puerta, se lo pregunté.

-No se trata de ningún trabajo -respondió-, es sólo que siento que hay alguien más en el departamento, alguien que me inquieta.

Interpreté aquella frase de muchas formas, pero ninguna me satisfizo. Por un lado, parecía que Salgado había vuelto sobre sus viejos fantasmas infantiles; por otro, insinuaba que su novela estaba entrando en un bache -que Salgueiro había renovado su obsesión por el huésped indeseable-, y él huía de casa para evadirse. Pero cuando el carguero, el puerto de embarque y las islas cretenses se convirtieron en el único tema que Salgado trataba conmigo en nuestras esporádicas conversaciones, entendí la frase como una indirecta, una forma de sugerir que mi presencia le estorbaba.

-Deberías hacer como yo -sugirió una mañana antes de desaparecer- y darte un respiro.

Llegué a la conclusión de que aquel enigmático comportamiento, ese entrar y salir sin explicarme a dónde iba, era una forma de ponerme a prueba. Hasta ese momento, mi función en la casa había consistido en la de ser su centinela; por lo tanto, si él no estaba, yo me convertía en un espectro. Así que Salgado estaba provocándome: una vez liberado de mi responsabilidad de cuidarlo, yo ya no encajaría más en el acuerdo que nos habíamos trazado y no me quedaría otro recurso que el de marcharme. Estuve a punto de entrar en su juego, cuando me arrebató un mal presentimiento. Pensé que Salgado corría demasiados riesgos estando a solas en la calle. Mi preocupación se confirmó cuando, al preguntarle qué tanto hacía en sus vagabundeos, él me dijo, apretando los párpados como si hiciera un gran esfuerzo de concentración, que no se acordaba de nada. Decidí no bajar la guardia: mi sensatez tenía que ser más férrea que su torpeza.

Ayer me propuse espiarlo. A las seis de la mañana, después de una interminable noche de hambruna, salí del departamento poco después de escucharlo partir. Lo seguí durante cuatro horas, esperando a que cometiera algún desatino, como cruzar la avenida con el peatonal en rojo o subirse al camión sin pagar, por ejemplo. Salgado, sin embargo, se conducía de una forma perfectamente normal. Eso me inquietó, no por él sino por mí mismo: estaba claro que ya no me necesitaba. Al instante me reprendí por mi conducta egoísta, ¿acaso no estaba deseándole un accidente para darle sentido a mi inquietud? Así, mientras lo perseguía, comprendí de pronto que se habían invertido los papeles. Era yo quien dependía de Salgado y no al revés, como había supuesto.

Si aquel estado de cosas se hubiera prolongado un poco más, yo simplemente habría desertado, habría vuelto a casa y habría hecho las maletas. Pero ocurrió algo que me devolvió la esperanza. Salgado trastabilló y a partir de ese momento todo fue distinto. Por un momento, creí que se desplomaría sobre el asfalto: se veía fatigado y pálido, casi tanto como yo que estaba a punto de desfallecer por el hambre y el sueño. Sin embargo, siguió andando aunque muy despacio, arrastrando los pies. Fue entonces cuando pensé que nuestro profundo cansancio, ese insomnio diario que desde hacía años llevábamos atado a nosotros como un grillete, había hecho de nuestra amistad algo indestructible. El pequeño tropiezo de Salgado me pareció un guiño, una forma de pedirme que yo permaneciera alerta mientras él tomaba un descanso. Me había devuelto mi lugar, sin duda, ¿pero acaso eso significaba también que más tarde yo tomaría el suyo?

Cerca del mediodía, Salgado emprendió el camino de regreso, pero, cuando ya estábamos a unos pasos de la casa, en lugar de enfilarse hacia ella, se desvió y se internó en el parque que se encuentra en la cuadra contigua. Caminó durante varios minutos alrededor de la fuente central, donde unos niños se divertían arrojándose al agua. Luego se sentó en una banca. Eso me dio un respiro: el paseo había durado ya demasiado y sentí que, si Salgado no se detenía, el cansancio me derrotaría en cualquier momento y mi vigilancia sufriría un imperdonable revés. Así que yo también me acomodé en una banca, procurando no perderlo de vista. Transcurrió media hora sin que sucediera nada. El sol estaba radiante y el sonido de la fuente se deslizaba tibiamente en mis oídos. Un momento sublime, pensé, un momento de absoluta calma. Vi a un par de niñas que paseaban a su abuela en una silla de ruedas. Vi cómo se arrebataban el mando: “Ahora me toca a mí”, decía una de ellas, mientras empujaba a la otra que no la dejaba conducir. Tuve la sensación de estar en otro lado, un lugar flotante y fluido, donde aquella escena se repetía eternamente. En los parques, pensé, los días pasan uno detrás de otro, idénticos a sí mismos. Estaba a punto de quedarme dormido, cuando Salgado se levantó súbitamente y me obligó a dar un salto. Fue un salto brutal, uno de esos saltos que me despiertan en la noche, cuando estoy cayendo en el sueño. Supongo que debe ser una especie de alerta primitiva, el resabio de un instinto animal que se sabe vulnerable, a merced de los depredadores, mientras duerme. El caso es que ayer intuí que algo malo ocurriría, algo que me rescató de mi letargo. En cuanto Salgado abandonó la banca, me dispuse a perseguirlo de nuevo.

Pronto advertí que él seguía a alguien más: se trataba de las niñas que paseaban a su abuela en silla de ruedas. Me propuse un juego: “Cuando la silla se atore con alguna baldosa saliente, Salgado se detendrá; cuando se libere, Salgado reanudará la marcha.” Y así ocurrió una y otra vez, al girar a la izquierda, al acelerar, al frenarse: Salgado seguía el ritmo de la silla de ruedas como un autómata y eso me permitía anticiparme a sus movimientos. Me sentí como en casa, donde me había habituado a reconocer sus equívocos más frecuentes. Nada podrá sorprenderme, me dije. El juego duró un buen rato: las niñas detrás de la silla, Salgado detrás de las niñas y yo en la retaguardia de aquella extraña caravana. Hasta que, finalmente, regresamos al punto de partida. Ahí, junto a la fuente, las niñas dejaron a su abuela mientras se iban a jugar. Entonces, Salgado se aproximó a la anciana, como si quisiera hacerle plática. Pero lo que hizo fue algo totalmente inesperado: la cargó entre sus brazos, la lanzó al suelo y se echó a correr con la silla de ruedas… Todo aquello sucedió tan rápido que apenas tuve tiempo para salir disparado detrás de mi amigo. Pero ya lo había perdido de vista.

Hice un cálculo veloz: Salgado no podía ir muy lejos con una silla de ruedas. Además, a esas horas, y en ayuno, estaría ya mortalmente fatigado. Sólo le quedaba ir al departamento, que estaba muy cerca de ahí, como lo había hecho días antes a la hora de la comida. No me equivoqué: al abrir la puerta, encontré la silla de ruedas en la estancia, frente al televisor. Pero de Salgado no había ni rastro. Supuse que lo mejor sería salir a buscarlo antes de que sucediera algo más grave. Así que me cambié de ropa y volví al parque. ¿Por qué lo hice? No lo sé, fue un impulso estúpido, un error imperdonable. Estoy seguro de que, por más descuidado que fuera, Salgado no habría vuelto al lugar de los hechos. Pero ahí estaba yo, justo en el momento en que el alboroto cobraba mayor intensidad. Desde lejos, vi a un grupo de curiosos que rodeaban a la anciana. Me acerqué: ése fue mi segundo error. La anciana seguía en el suelo, manoteando como un escarabajo volcado sobre su caparazón. La escena me pareció grotesca. ¿Por qué nadie la sentaba en una banca? De pronto, se encendió en mí el bulbo de la responsabilidad y, sin pensarlo demasiado, me abrí paso entre el tupido cerco de la gente, para cargar a la anciana y llevarla a un sitio más cómodo. Pero en el momento en que me disponía a tomarla entre mis brazos, la vieja comenzó a gritar:

-¡Es él! ¡Es él! Este es el hombre que me robó la silla de ruedas. ¡Me quiere raptar! ¡Dios mío, está loco!

-La loca es usted -dije con molestia-, yo sólo quiero ponerla en una postura menos indecorosa.

Hubo un momento de confusión, la gente no sabía si apalearme, llamar a la policía o escuchar mis recomendaciones y sentar a la víctima. Además, mi vestimenta no correspondía a la descripción del ladrón que, minutos antes, ella misma les había hecho. Aproveché sus titubeos para escabullirme. Aún no sé cómo lo conseguí, hacía muchos años que no corría con tanta agilidad. Me alejé lo más que pude, perdiéndome entre callejuelas desconocidas para evitar que alguien me siguiera o me diera alcance.

Alrededor de las diez de la noche, exhausto, decidí volver al departamento. En el camino, no me cansé de insultar a Salgado y juzgué que era el momento de tomarle la palabra y largarme. Que él se las arreglara como pudiera, después de todo, parecía estar probando mi paciencia para agotarla por completo y deshacerse por fin de mi molesta salvaguardia. Sin embargo, cuando llegué a casa, se esfumó mi descontento y, al ver la silla de ruedas, me embargó una ternura incomprensible. Me senté en ella, encendí el televisor y, poco después, comencé a reírme a carcajadas. ¿Qué sería de mí sin los disparates de Salgado? En estos tres años, mi vida habría sido una sopa insípida, carente de sentido. Pensé (aún lo pienso) que era el momento de demostrarle mi lealtad. Así que, en vez de abandonarlo, decidí hacer las maletas (las suyas y las mías); a su regreso le propondría que nos fuéramos al puerto de embarque juntos: “Después de anunciarle lo que ha hecho, ya no le quedará duda alguna de que debe tomar un descanso, dejar la novela por un tiempo, cambiar de aires.” Apagué las luces y pasé toda la noche imaginando nuestra nueva vida a bordo, las deslumbrantes mujeres que nos aguardaban en el Mediterráneo.

Ahora lo sé y no tengo manera de arreglarlo: aplazar mi decisión de partir fue mi último error, mi error fatal. A cierta hora, antes de que el ruido de los aviones comenzara a surcar el techo blanco de mi insomnio, escuché pasos al otro lado de la puerta. “Debe de ser Salgado que ha vuelto de madrugada”, pensé lleno de entusiasmo. Sin embargo, mientras caminaba hacia la puerta para abrirle, tuve la sensación -una sensación fugaz, como todas las que verdaderamente importan- de que Salgado no estaba del otro lado, sino ahí conmigo, a mi lado incluso, mirándome con somnolencia, con escarnio. “Eso es absurdo”, me dije, ya incapaz de defenderme de mi propia torpeza… Entonces tocaron a la puerta. Permanecí inmóvil, dudando -y no sabía si era yo el que dudaba-, hasta que decidí abrir para salir de dudas. Y en efecto: no era Salgado quien volvía a casa, sino la policía que había venido a buscarme.

PiedePágina • 2008