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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Otra historia de gatos

Por Hugo Ríos

Vea usted. Si me permite, le podré explicar qué sucedió y cómo sucedió, y de ese modo quedaremos todos claros. Trataré de ser lo más breve posible porque imagino que tendrán otras cosas que hacer. Resulta que amo mi trabajo. Aunque algunos dicen que es un trabajo patético, a mí me parece de lo mejor que hay. En ocasiones hasta hay comida gratis. Además, la tranquilidad de las noches cuando me toca hacer guardia nocturna se presta perfectamente para la lectura. Muchos libros ya he leído en ese lugar y por eso aprecio el trabajo. Es cierto que cuando me toca desechar algunas cosas o limpiar el área de trabajo, pues las cosas son diferentes, pero le digo, no me quejo. Andaba un día tranquilo en el turno nocturno con una noche profunda sobre mí, cuando escuché ruidos en el patio posterior. Aunque soy discreto, a veces mi curiosidad me lleva a ponerme en peligro, como quiera que sea mi trabajo de guardia nocturno exige que me cerciore de lo que ocurría. Tomé mis instrumentos de vigilia y me dirigí, sin prisa, a investigar. Pude notar movimiento detrás de unas cajas y con mucho cuidado las removí y allí me encontré con la siguiente escena.

¿Les dije que quería ser escritor, especialmente de guiones de cine? Una de las claves para tener éxito es postergar la revelación, ¿no cree? Bien, bien, continúo. Pues resulta que había seis gatos acompañados de su madre justo detrás de las cajas que mencioné. Los gatitos recién nacidos estaban acurrucados sobre los pechos de la madre. Ella, muy alerta de cualquier movimiento sospechoso que yo diera, para saltar en la defensa de sus crías. Esa noche por casualidad había llevado algo de leche para mi merienda nocturna. Un poco de leche caliente ayuda a aliviar los nervios y al menos a mí me mantiene despierto. Bueno, el caso es que busco la leche y la gata muy precavida, poco a poco se acerca y toma. Mientras sus crías fueron pequeñas pude alimentarlas con leche durante todos mis turnos nocturnos. De hecho, en varias ocasiones me ofrecí para cubrir esos turnos funestos que nadie quería y así poder alimentar a mis amigos felinos. Algunos crecieron rápidamente y como estábamos en el centro de la ciudad, la gata madre empezó a tener problemas para proveerles alimento a todos. Como quiera ella se las arreglaba para llegar con una rata o algún ave pequeña, pero esto no era suficiente. Yo seguí proveyendo mis dosis nocturnas de leche, pero las miradas hambrientas de los gatos poco a poco me afectaron. Los observaba con detenimiento. Había cuatro que eran muy rápidos y cuando llegaba la madre atacaban con furia la comida hasta saciarse, pero los otros dos quedaban algo rezagados. Esto comenzó a reflejarse en el tamaño de los gatos. Los primeros cuatro crecían muy aprisa mientras que los otros apenas rebasaban el tamaño que tenían al nacer. Cuando el primero de los pequeños murió, supe que tenía que hacer algo. Realmente la combinación de muchas deudas y poco presupuesto ponía en jaque cualquier intento de comprarles comida. Estuve largas horas del día pensando como solucionar mi problema de una manera eficiente, y así fue como se me ocurrió el plan maestro. Cuando tenía turnos de día, siempre estaba cerca del área de procesamiento porque el técnico que allí trabajaba era uno de los pocos empleados divertidos que tenía el lugar. En muchos de mis ratos libres, cuando no alcanzaba el dinero para comer fuera o simplemente me saltaba el almuerzo, iba con él al taller como le llamábamos y lo veía trabajar. El hombre realmente era exasperante en la frialdad de su empresa y hasta lo vi comiendo en el taller. Luego de terminar su trabajo, amontonaba los sobrantes, los colocaba en una caja que luego una compañía de desechos especializada se llevaba una vez cada dos semanas. Así que decidí tomarme unas libertades con el sobrante. Sabía la fecha en que la compañía recogía los sobrantes y preparaba porciones en pequeños sacos para así garantizar que tendría para todo el tiempo. Eran desechados, así que, no me pareció un crimen tomar un poco para que los pobres animales pudieran sobrevivir. Los miraba mientras engullían los sobrantes, se veían tan felices de poder comer a sus anchas. Cada uno tenía una porción y ya no tenían que competir por la comida. En las semanas que siguieron los vi crecer con más fuerza. Podía jurar que hasta su pelo brillaba más.

Una noche llegué a mi turno correspondiente y cuando fui a buscar los sacos de reserva, no estaban allí y en el taller tampoco quedaba nada. Esa noche mis pobres amigos sólo pudieron beber leche. Al otro día fue igual y como toda la semana me tocaba el turno de noche y a esa hora no había a quién preguntarle, decidí darme una vuelta de día por el local. Le pregunté a mi amigo del taller sobre la ruta de la compañía de desechos. Mi amigo sorprendido por mi interés me contestó que la nueva política de la compañía requería un nivel de limpieza más alto y se estaban haciendo rondas diarias para recoger los sobrantes. Me fui de allí frustrado. Qué desperdicio. Ni pensar que todas las sobras eran para las llamas, mientras que mis amigos se morían de hambre. Pasaron dos días en los cuales, además de leche, les pude llevar algunos sobrantes míos, pero yo comía tan poco que no resultaba suficiente y terminaban peleándose de nuevo por la comida. Una tarde mientras los veía pelear por la escasa carne de algunos huesos que les había traído, se me ocurrió una idea, a mi entender genial.

Mi amigo no terminaba su trabajo el mismo día porque algunos le tomaban más tiempo. Así que, utilicé destrezas aprendidas en películas de espionaje (bueno realmente tenía la llave) y logré entrar en el taller. Conocía el sitio muy bien y di con un trabajo a medias. Estaba muy frío por lo que tuve que utilizar las herramientas de mi amigo para extraer un pedazo. Calenté lo obtenido por mi esfuerzo en el microondas para removerle el frío y les serví porciones a todos mis amigos. Tuve mucho cuidado de limpiar bien los cuchillos de la cocina que utilicé porque mis jefes sabían que yo nunca usaba la cocina de noche. Mis amigos complacidos saltaron como nunca y jugaron toda la noche junto a mi silla de vigía, mientras yo me deleitaba con sus juegos y alternando la lectura de Los hermanos Karamazov con la novela Vendaval de un tal Marcos. Seguí así por unas semanas hasta que un día cuando llegué al lugar, mi supervisor y mi amigo del taller me esperaban en la puerta. Luego de unas horas de preguntas les conté la verdad explicándole la situación, pero ni aún al mostrarle lo saludable que estaban los gatitos pude apaciguar la furia de mi jefe. Llamó a la policía y me llevaron arrestado como si fuera un criminal. Y aquí estoy frente a usted, su Señoría. Le he dicho toda la verdad como quería hacerlo. Mi abogado anterior se rehusaba, por eso decidí hablar yo mismo y prescindir del estorbo de abogados. Sé que usted comprenderá. Sólo me queda una pregunta más, ¿quién cuidará mis gatitos si no regreso a la funeraria?

PiedePágina • 2008