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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Patán universal

Por Ignacio Alcuri

La cena de fin de año de la Asociación de Neurocirujanos había comenzado a las ocho. Ya eran las nueve y media.

Leonardo Da Vinci estacionó el carruaje bastante lejos de la vereda y corrió hacia el ballroom. No estaba invitado por sus logros en el mundo de las artes o por sus descubrimientos científicos. Estaba invitado porque, además de pintor, escultor e inventor, Leonardo era neurocirujano.

Se disculpó con el primer grupito de colegas que encontró.

-Mil disculpas. El gremio de taxistas tuvo una asamblea urgente por los últimos hechos de violencia. Y como soy taxista tuve que ir. Pensé que iba a llegar más temprano, pero calculé mal los tiempos.

-Lástima que no es usted relojero -dijo con sorna un hombrecito de bigotes.

-De hecho sí soy relojero. Pero dicen que en casa de herrero, cuchillo de palo. Y puedo confirmarlo, porque soy herrero.

Se sentó en una de las mesas y le entró de punta a los saladitos. Sólo paraba de comer para servirle saladitos al resto. Porque también era mozo.

Al poco rato de haber llegado, la mayoría de los presentes estaba caliente con él. Esto le pasaba muy a menudo. Es que resultaba irritante oírlo contar sus anécdotas como arqueólogo, espeleólogo, piloto de pruebas y ganador de un Globo de Oro como Mejor Director. Además, como era orador, todo lo decía como si estuviera dando el State of the Union.

El peor momento fue cuando llegó un mago, el número contratado para amenizar la velada.

-Necesito un voluntario.

-Yo soy voluntario -dijo Leo, que era voluntario de la ONU, de UNICEF, la OTAN y la Comisión de Obras del Parque Central.

Subió al escenario. El mago le dio una pelotita de gomaespuma que tomó con sus manos.

-¿Dónde está la pelotita? -preguntó el mago al público. No tuvieron tiempo de responder.

-Está en el bolsillo de su camisa. Nunca estuvo en mis manos. Lo sé porque yo soy mago.

Al cuarto truco que le arruinó, el prestidigitador huyó en un mar de lágrimas. Todos miraron a Da Vinci.

-Vos sos culpable de todo esto -dijo alguien.

-Es cierto, soy culpable. Pero también soy inocente.

Como tenía razón no pudieron decirle nada. Pero él, con extensos estudios en reconocimiento facial, se dio cuenta de la cara de embole que tenían todos.

-Traje algo por si esto pasaba. -Era previsor.

Conectó su guitarra eléctrica al cubito y empezó a tocar. Leonardo era un guitarrista del carajo. A los pocos segundos todos los neurocirujanos agitaban en un gran pogo frente al escenario.

El set list estuvo compuesto por diez canciones de su autoría. El público se quedó con ganas de más y lo hizo saber a viva voz, pero el tano terminó el último tema y se fue para su casa. No lo hizo porque fuera malagradecido, amargo o patán (que lo era), sino porque Leonardo Da Vinci no hace bises.

PiedePágina • 2008