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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Portland on my mind

Por Juan Carlos Rodríguez

Para Carolina

La estoy esperando en Granahorrar, al lado del caballo. Llegué muy temprano. Como ahora casi no salgo de la casa he perdido la noción del tiempo. Las sillas están mojadas, la lluvia de la noche anterior. Sequé una para poder sentarme, de espaldas a la 11, mirando hacia donde antes quedaba la librería. Recuerdos: las tardes infinitas tomando café, las visitas a Álvaro, las citas con Miguel, el cine, los años de la universidad. Estoy nervioso. Fumo a pesar del guayabo. He dejado de recordar, sólo miro al caballo.

-¿Siempre llega tan temprano?

-¿Qué hora es?

-Faltan tres minutos…

No lleva el reloj en la muñeca, para contestarme lo ha sacado de un bolsillo. No hay por qué pero sigo agitado. Caminamos. Pasa algo raro: no soy capaz de verme andando con ella por ahí, mi cámara remota externa no transmite. Me gusta verla, hablar con ella. Vamos recordando que es una despedida. Hablamos del futuro: de su viaje, de cine, de literatura. Nos reímos, nos relajamos, la estamos pasando bien.


La miro mucho, comienzo a encontrarla bonita. Se ha dejado crecer el pelo y le sienta. Su nariz se ve bien. Me emboban su sonrisa de joker, la rapidez de sus palabras y la forma en que echa la cabeza hacia atrás cuando habla.

-¿Quieres tomar algo?

-Usted decide.

-…

-No quiero tomar café… De pronto un capuchino… Pero por estética… el capuchino es todo bonito…

Me río. Si fuera por estética quién sabe qué acabaríamos tomando. Los dos llevamos pantalón de pana verde y recuerdo a Pablo: “la ropa de pana es típica de profesor de literatura pobre”. Se lo digo, pero no le hace gracia. El único profesor de literatura en veinte metros a la redonda soy yo. Oma es lo único abierto a esa hora. Su estética se impone y pide un capuchino. Mi guayabo pesa y pido un jugo de melón. Hablamos. Querría decirle que la quiero, que la voy a extrañar, que estoy encantado de haberla conocido, que siempre he querido que seamos amigos. Pero hablamos de otras cosas mientras el tiempo pasa.


Después de dos horas estamos fuera de nuevo, caminando por la 72 hacia la 11. Trata de decirme una frase ingeniosa y cariñosa al tiempo. Yo también lo intento pero es una combinación difícil de lograr y ambos fracasamos. Optamos entonces por esperar su bus, que no se demora. Nos abrazamos, es difícil fallar en un abrazo.

-Me va a hacer falta, ¿sabe?

No puedo soltarla

-Tú también

Me aprieta el brazo antes de irse.


Mi cámara remota exterior comienza a transmitir de nuevo. Recibo la imagen de un hombre parado en una esquina viendo a una jovencita diez años menor irse en un bus. He quedado aturdido. Camino por la 11, tratando de no pensar. Y lo logro, pero queda una última imagen que no se desvanece: la de una niña alzando la mano en la última fila de un salón de clase.

PiedePágina • 2008