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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Seltz

Por Carlos Yushimito

Cuando me quitaba el traje en el almacén, sentí su duro aliento a cachaza junto a la oreja. Era Bautista, el administrador. Tenía la cara sudorosa. Pensé, como siempre, que habría estado divirtiéndose mucho por cómo le vi torcer la boca y la forma como sus palabras se abalanzaron hacia mí con intensidad, pero descoordinadamente. No era raro que me asaltara entonces un extraño sentimiento de pudor. Un furtivo sentimiento de culpa. Por unos segundos, sentí como si alguien estuviera mirando la cópula de un par de langostas en cámara lenta y yo estuviera a su lado, de pie, delante de veinte televisores que repitieran la misma imagen. Lenta. Lentísima. Zé Antunes dice que la mejor estrategia comercial, para una tienda de electrodomésticos como la nuestra, es dejar que todos los televisores de la tienda estén siempre sincronizados en el Discovery Channel. “Por ejemplo”, decía, “imaginemos que hay un concierto de rock o un partido de fútbol: los padres asocian el televisor con la droga o con el ocio mal aprovechado. Si hay una película, una mujer de cuarenta y tantos, casada y con hijos en la universidad, suele recordar con nostalgia y cierto rencor inconsciente que su marido ya casi nunca la invita al cine”. Zé Antunes dice que los canales educativos aumentan las probabilidades de que una venta se concrete, y debe ser verdad, porque a los padres la educación siempre les parecerá una buena inversión y nunca escatimarán nada. “Ésa es la parte sensible que debemos atacar: la yugular de las ventas”, afirma. Zé Antunes sabe mucho sobre el mundo animal, aunque no tanto como de ventas y marketing. Por eso procuro escucharlo a menudo con atención, para contagiarme de toda esa sabiduría suya. Pero con Bautista es diferente. Mientras miraba sus gestos amplificados, casi seguro de que su tabique adelgazado se había metido una buena farra por la tarde, pensé en su idea de felicidad y en el buen negocio que seguramente habría hecho con el distribuidor de Draco. Una cosa lleva a la otra, ya se sabe. Y él conoce bastante bien el negocio porque es el hijo del dueño, y el dueño es uno de los hombres más importantes y ricos de todo Río de Janeiro.

“Esta noche tengo un nuevo disfraz para ti, Toninho”.

Palmoteándome la espalda con complicidad, Bautista permaneció en actitud alerta sin darse cuenta de que yo no tenía ganas de otra mala noche a su lado. Por eso, aunque insistió, no levanté la cabeza afirmando ni negando nada. Continué con mi caprichoso strip tease hasta que recuperé mi forma humana.

Al final se dio por vencido, tal vez cohibido por mi exceso de confianza. Me apuntó con una pistola hecha por sus dedos, y un gatillo presionado en sus ojos disparó:

“Te espero en el auto”.


Me esperaba en el corredor, no en el auto.

“¿Cerraste bien la llave?”, preguntó Zé.

Yo le dije que sí, pero el cara, desconfiado como siempre, quiso comprobarlo por sí mismo. Al rato vino secándose las manos.

“Hombre prevenido, vale por veinte”.

A esas alturas, la puerta corrediza ya clausuraba la entrada principal. Solamente quedábamos los tres adentro, enlatados entre losetas blancas y monitores de televisor encendidos en el mismo canal. Un león de melenas rojas se alejaba con el último pedazo de entrepierna en la boca, meneaba el trasero y unas hienas se disputaban los restos de lo que antes fuera una cebra. Comían con ardor, con un apetito africano. Bautista y Zé Antunes, sin prestarme atención, seguían charlando animadamente junto a la caja.

“En el maletero tienes un saco y una buena loción”, dijo Bautista, interrumpiéndose por un momento. Movió las manos, como si su cabeza fuera la bola de una pitonisa:

“Póntelo y te metes al auto”.

Me tiró la llave.

Antes de salir miré que conversaba con Zé y que éste le tendía un pequeño sobre amarillo. Era el sobre que empleaban en la contabilidad los fines de mes. Pese a su edad, Zé Antunes es el empleado más antiguo de la tienda, se ocupa cada noche de ponerle el candado a la puerta, de apagar los equipos y desconectar la electricidad. Es el último en marcharse y el primero en llegar, salvo los días martes, cuando se toma las mañanas libres. En los cuatro años que llevo trabajando aquí, nunca le he visto faltar ni tomarse vacaciones. Y nunca lo he escuchado quejarse, ni maldecir, ni incordiar a nadie que no lo merezca.

Es en verdad un tipo al que todo el mundo debería imitar.

Cuando cerré la puerta del maletero me sentía más alerta y animado que antes. Me puse el saco recién lavado al seco, terminé de echarme la loción al pelo y me monté en el asiento del copiloto con un salto ágil. Me miré en el espejo retrovisor y la idea no me disgustó tanto. Prendí la radio. La voz de Daniela Mercury gruñía en los parlantes, con la misma sensualidad que su cuerpo: Vem ai un baile movido a nova fontes de energía. Chacina, política e mídia. Bem perto da casa que eu vivia… eletrodoméstico… eletro-brazil…


Camisa abierta, tweed marrón, cabellos húmedos. Al cabo de algunos minutos me había convertido en un Bautista apenas diferente, más pequeño, menos elegante. El pecho, un tanto al descubierto, disfrutaba el aire que se metía a patadas, partido en ráfagas, por la ventana de su Audi. Me caía bien el papel de hombre despreocupado que sale un viernes por la noche para librarse del estrés de una negociación incierta. Tenía ese mismo aspecto de tensión a punto de estallar que atrae tanto a las mujeres. Me observé con disimulo en el espejo lateral. Una y otra vez me miré. Sí, concordaba: en verdad me sentía apuesto, sofisticado. Fuera de mi maltrecho y abaratado atuendo cotidiano era un seductor innato: el instinto seductor bullía, silenciosamente, bregando por saltar de mi interior. Aún así, la entereza se conservó tanto como un chispazo de luz. Bautista es un niño rico que hace deporte por competencia, pocas veces por diversión, y viste trapos onerosos que yo nunca podré comprar, ni con el sueldo de cinco meses. Sabe comportarse en sociedad y no le cuesta esfuerzo que las cosas le calcen bien en el cuerpo y en la vida. Tiene los ojos verdes como dos luciérnagas en la noche y una buena osamenta que transpira testosteronas, con un suave aroma de Gucci. Ojalá tuviera yo su habilidad para engatusar con las palabras, esa determinación conductual (diría Zé), cuando quiere llevarse a una chica bonita a la cama.


“¿Entradas?”, dice el negrazo, atento en la puerta.

Me mira con cierta desfachatez, de arriba abajo.

“Déjalo ahí, Ciro. Viene conmigo”.

Bautista sabe cómo desautorizar sin más poder que su sonrisa rotunda. Después de eso, el par de entradas personales y su tarjeta de socio, terminan por abrirnos todas las puertas. Atento a la cara dulcificada de los dos gorilas, yo me atieso en el tweed y camino sin miedo hacia adelante. Los atravieso. Siento, con impaciencia, la energía palpitante que proporcionan los placeres y las jerarquías. Dentro hay un pasillo de paredes cromadas; una explosión que se intuye y, finalmente, la sorpresa que nos engulle a esa enorme fábula con miles de vidas en movimiento. De súbito, las luces nos atraen como a dos astronautas perdidos en mitad del universo. Me digo en voz baja que esto es la riqueza de los seres humanos; el centro del poder en reposo. Aunque vistos así, en la oscuridad, nada los diferencia de los que se quedaron afuera, hombres y mujeres son apenas sombras y destellos de sí mismos; caras y sellos de una moneda, eso sí, de muy diferente valor.

“Estos tipos son como los perros antidrogas”, dice casi gritando Bautista, mientras avanza a mí lado: “pueden oler a los pobres a más de doscientos metros de distancia”.

“Estarán acostumbrados”, respondo, la rabia contenida aún. “A este negro lo veo yo subiendo todos los días a vender droga a São Clemente”.

Apenas acabamos de abrirnos paso cuando alguien nos aborda.

“Bautista”, dice un hombre.

Los veo abrazarse, darse un beso en la mejilla. Es un hombre flaco, de lentes. Circunstancial.

“No me digas que vamos a seguir negociando aquí”.

“Siempre que tengamos la misma química”, se ríe cogiéndose el hocico.

Es el distribuidor de Draco.

“Evaristo Rangel”, me extiende una mano.

“Toninho”, digo yo.

“Mi primo Toni”, corrige Bautista, y, disimuladamente, me mira con odio.

“Ajá… así que eres tú, el famoso Toni”, dice Rangel.

Me mira con curiosidad a su vez.

“El famoso Toni”, repite ahora, mirando a Bautista.

Me siento un poco idiota, riéndome sin entenderlos.


Buena parte de la noche nos la pasaremos hablando sobre anécdotas vacías e intrascendentes, cuentos de los que nadie se enterará, ni recordará luego. De cuando en cuando harán tres hileras de coca y yo me meteré una para no malograr el maquillaje que me ha elegido Bautista. Bueno, me meteré más de una. A este ritmo mentir no se hará tan difícil. Llegará un instante en que nada será verdad, y ellos no se enterarán de lo que dicen que yo he dicho que ellos han dicho. De pronto seré el tipo más divertido sobre la tierra solo porque ellos han querido que lo sea. Diré que el sexo de las serpientes es lento, casi como su digestión, y que las palomas tiran de un modo horrible, se despluman casi literalmente, que son los animales más sádicos y refinados para el dolor, sobre todo entre ellos mismos. Les hablaré de cosas poco comprometedoras. Me reiré de mí mismo, fingiendo que es otro el idiota que baila vestido de cocodrilo para los críos. Se reirán. Nos reiremos. Podría decirles, sin asomo de sarcasmos, que son un par de idiotas y aún así reirían con ganas. En el caos, el momento de cambiar de diversión llegará sin palabras. Dos morenas como nunca antes he visto se unirán a la fiesta, escotes, muslos, pantorrillas oliendo todo ellas a sexo. Cuando me saludan, la suave textura de sus pantalones me lamen la pierna, y siento que necesito otro tiro, pero éstos ya se terminaron para Toninho. Quizá para Toni haya uno más, le digo a Bautista. Y él se ríe. Y yo me meto. El distribuidor de Draco nos abastece de caipirinhas y cervezas. Y el negro de la puerta, en efecto, es el que nos traerá la coca. Las morenas me miran con lujuria. Sin arrestos, casi me imaginaré una orgía sobre la mesa, y cuando voy a tocarle el muslo a una de ellas, Bautista me lleva a un lado de los sofás y dirá que tiene que llevarse a Evaristo Rangel. “Eres fenomenal, Toninho. Recuérdame que te mereces un aumento el próximo mes”. El próximo mes nunca llegará. Pero en ese momento lo abrazo, y él me aparta suavemente porque una de las morenas lo atrapa a su vez, desde atrás, como si fuera un osito de felpa. Tiene un par de ojazos que todo lo petrifican. Mi palo, para empezar. Mi boca. Mi autoestima. Regreso a la mesa solo. Evaristo me abraza y me besa la mejilla. “El famoso Toni”, se ríe. Y yo me río también, me río observando cómo se alejan Bautista y Rangel del brazo de dos colosales reinas. Uno de los camareros me toca el hombro, señor, me alcanza el sobre amarillo que le ha dejado Bautista antes de irse. Me lo llevo al bolsillo después de mirarlo con cautela. Si fuera un hombre juicioso, siendo pobre como soy, debería esperar un poco, beberme una última cerveza y marcharme a casa con un sueldo extra en los pantalones. Si fuera un hombre atinado secaría mi vaso sin mirar a ninguna parte. Pero la primera cerveza se multiplica milagrosamente en mis manos, y, sentado aún en la misma mesa, el vaso lleno de una renovada y luminosa magia, reconozco a Julia, ah, la bella Julia Oliveira.


“¿Has visto a Bautista?”, inicia nuestra conversación por primera vez.

Levanto los hombros.

“Se fue”, le digo.

Veo cómo sus pupilas de gata herida se dilatan en la oscuridad. Adivino que su cabello echado hacia atrás procura ser un gesto de dignidad frente al abandono.

“Hijo de puta”, murmura, pensando en Bautista

Y, sin más explicación, me enseña su espalda.

La segunda vez la veo rondando inútilmente alrededor de la mesa.

Me causa pena. Le miro las tetas.

“¿Y tú quién eres?”, dice ella, atraída por mi curiosidad.

“Toni”, le miento: “El primo del hijo de puta”.

Se ríe, coquetamente ahora.

“Supongo que no sabrás a dónde se ha ido, ¿no?”.

No voy a traicionar a mi amigo.

Le digo que no.

“Claro”, continúa ella, tomando asiento. “Ustedes los hombres siempre se cubren el culo unos a otros cuando se ven en aprietos. Es una cuestión de género, me imagino. Un instinto animal, simple conservación. En cambio nosotras aprovechamos el primer descuido para destruirnos. ¿Por qué será? Debe ser que evolucionamos más deprisa que ustedes”. Su voz se suaviza, creo que se pondrá a llorar: “No me importa que se vaya con otras, siempre y cuando me lo diga, ¿sabes?”.

Pero no se lo creo. Es una forma de soltarme la lengua.

Al rato de mirar a la gente bailar en la pista, siento que sus ojos se arriman.

“Sabes bailar, ¿no?”.

Esta vez no le miento cuando respondo que sí. Durante cinco años lo había hecho para la escuela de samba de Mangueira, hasta que me hice viejo para seguir viviendo de la renta de un mes al año y los trotes entre lentejuelas no me dieron lo suficiente para alimentarme. Antes me había servido para encontrar un trabajo legal, y ahora me serviría para acostarme con una linda chica. ¿Quién me había dicho que bailar no me llevaría a ninguna parte? Qué importaba, me decía: uno es lo que vive. Me sentí afortunado por mi agilidad, por mis fuertes y flexibles brazos. No me costó trabajo acomodar mi cuerpo a la curiosa sensualidad que Julia irradiaba; no me costó trabajo atacar sus fuertes ancas con las mías. La clavé con una mirada profesional, dejando en claro que solo éramos un hombre y una mujer haciendo lo que querían en una pista de baile. Nada más nos comprometía. Nos meneamos un buen rato hasta que las piernas nos pidieron una tregua: las suyas antes que las mías, y nos devolvimos a los sofás, exhaustos. Éramos dos langostas observadas por una cámara oculta, pensé: miles de televisores nos miraban de cerca, la complicidad de una buena venta, la felicidad de un par de respetables padres de familia. Sentí que las luces rojas y amarillas de la siguiente canción, la voz grave de Tim Maia arrastrándose como un comando camuflado en la oscuridad, nos calentaba de nuevo.

“Bailas bien”, dejó caer en mi oído.

En realidad quería decir: “bailas muy bien, formidablemente”, pero la dominaba esa continencia femenina que me había enseñado a comprender, incluso a valorar, en mí mismo, leyendo las revistas del corazón en la peluquería.

“No tanto como tú”, le mentí.

“Ya ni siquiera me apetece que venga tu primo, Toninho”.

Recordaba mi nombre.

Bailamos el resto de la noche. Nos besamos. Di buena cuenta de lo que sobraba en el sobre. Luego, con alguna excusa, me llevó a su casa. Quería saber si era verdad lo que decían: que uno baila como tira.

Al día siguiente, con el palo adolorido, desperté pensando que había sido el mejor sexo de mi vida.


“Cuando dos lobos se encuentran fuera de un territorio neutral es inevitable que peleen entre sí hasta que uno de los dos venza. En estas circunstancias, antes de morir, el lobo más débil se encoge y pone su carótida a voluntad del vencedor. Es una señal de sumisión que sabe, instintivamente, el otro acatará de inmediato. No importa que a éste la sangre le borbotee en calor, y sus colmillos no hayan terminado de asimilar que esa noche no disfrutará represalias. El vencedor lo dejará ir, pues incluso entonces su impronta los fuerza a su propia subsistencia colectiva. A este fenómeno, los etólogos lo denominan ‘mecanismo de inhibición’. Una clave genética que evita que los animales de una misma especie se eliminen unos a otros, cuando hay, por ejemplo, tantas otras especies por eliminar, conejos o venados…”.

Miraba la televisión, cuando se acercó Zé Antunes.

“Llegas tarde”, me dijo.

Supongo que Bautista se lo habría advertido anoche porque no me regañó más de la cuenta. En algún momento incluso se mostró aprensivo:

“Tienes mala cara, Toninho. Debes haberte quedado despierto hasta muy tarde”.

La verdad es que no me quejaba. Encontré enseguida el camino de regreso desde los bajos de Tijuca, me duché en el almacén y ahora intentaba recuperar un poco de energías, dormitando sobre el sofá los pocos minutos que tenía libres. Aún cuando recurría al buen recuerdo de la noche, a las caricias de Julia Oliveira, la cabeza no dejaba de dolerme. La molestia se había intensificado, convirtiéndose en un aguijón implacable. Frente a los televisores veía ese ballet de luz, la sincronía perfecta de sus imágenes.

Escuché que Zé Antunes saludaba a los guardias, a Roberto, a Célia, a Clarice, a Zacarías.

Todos ellos caminaban en fila, cada vez más lejos.

“Suponga usted que dejamos correr reiteradamente la misma pelota de ping pong frente a un grupo de patitos recién nacidos. En ese momento, sin darnos cuenta, furtivamente, quizá habremos fijado la impronta que los hará asociar el movimiento rotativo con la identidad de la madre, y en adelante no será extraño ver a las cinco crías ir detrás de la pelota como lo hubieran hecho con una pata adulta; imitar esa reacción delante de cualquier esfera que despierte instintivamente su necesidad de protección; correr y morir aplastados por la llanta de un coche irresponsable que cruzó la carretera demasiado aprisa…”.

Para entonces, ya reducido por la voz susurrante del televisor, Julia conducía su cochazo azul deportivo y yo, a su lado, miraba a través de la ventanilla la hilera continua de la carretera, los postes de luz y los extensos campos a oscuras, como si todo conformara una sola e inseparable identidad. Pero, sobre todo, yo la miraba a ella. Miraba el reflejo de su perfil azul. El lunar que tenía en el cuello, junto a la yugular. De cuando en cuando ella volteaba y yo veía en sus ojos una promesa firme, fuera de mi alcance.

Tal vez por eso sonreí: porque me sentía inseguro mientras me miraba.

“Solo los hombres cazan por deporte o matan por diversión. Los demás animales lo hacen porque tienen miedo a ser devorados, porque sienten hambre o por simple competencia territorial. Si creemos en las jerarquías evolutivas, entonces tendríamos que aceptar que la agresividad humana, desarrollada hasta niveles en exceso, ha alcanzado su máxima perfección en la crueldad y que nuestros instintos de nada sirven contra la cultura cuando enfrentamos situaciones básicas como son la amenaza frente al territorio o el miedo al que es diferente”.

Julia sonreía desnuda sobre la cama.

“¿Por qué a veces hablas de cosas que no entiendo, Toninho?”

Dejé de hablarle entonces sobre los televisores que suelen parecernos más caros de lo que son, de las palomas, de las serpientes.

“Estás loco”, dijo.

Sentí que interrumpía mi papel, que el mal aliento de la mañana y la resaca que empezaba a despertarse quizá le pertenecían mucho más a quien realmente era.

“Porque haces que me ponga nervioso, de lo linda que eres”, dijo Toni.

“Oh, eres tan dulce, tontinho“.

Volví a mirar su perfil en el vidrio.

Esta vez su cabellera formaba ondas perfectas sobre un campo verde, cada vez más iluminado por el brillo que la puerta corrediza dejaba pasar. Su lento ascenso metía el sonido del centro comercial como gorjeos matinales. Solo algunos segundos después, parpadeando pesadamente, una hilera de patitos seguía persiguiendo una pelota sobre el césped.

“¿Puedo ir a buscarte luego?”, escuché.

Miré a Ze Antunes con los brazos en jarra estorbando el televisor.

“Ya es hora, chico”.

Asentí.

Pero, mientras ella se duchaba, me marché sin responderle cuándo.


Abrimos la tienda hacia la diez. Solo había conseguido descansar quince minutos extras. Lejos de lo que hubiera podido pensar, la gente fluía afuera con una continuidad inquietante: era un largo caudal de infinitas cabezas, caminatas apremiantes y necesidades insatisfechas. Era la vida en movimiento. En mi esquina, delante de la entrada principal, me las había ingeniado para tener ya el disfraz ajustado; el gran abdomen con lunares verdes; la cabeza enorme sobre la pequeña cabeza humana; el hocico, los dos colmillos blandos, el par de bien disimulados agujeros que me servían de ojos. Era nuevamente el gran cocodrilo que promocionaba los electrodomésticos de Almacenes Mattos bailando para los niños. Trabajando mi talento, no tardé en atraer y luego en reunir en seguida a los pequeños y sus padres. Con el equilibrio de mis piernas largas, con la fuerza de mis brazos, los llevé hasta la sección de refrigeradoras Draco y ahí la habilidad de Roberto hizo el resto. Regresé a mi esquina y continué bailando. No me detuve en ningún momento. Media hora después vi salir a una pareja de esposos, seguidos por Zacarías y un enorme televisor de 21 pulgadas, y una cafetera de regalo. Sonreían, tomados fuertemente de la mano.


“Toninho”, sonrió Bautista, reluciente.

Traía en la mano un catálogo de los productos Draco, desplegado y espléndido, como corresponde a la empresa de electrodomésticos más importante de todo Brasil. Pronto llegaría la nueva colección de lavadoras y secadoras, un verdadero adelanto en tecnología que revolucionaba el mercado de la línea blanca en todo el continente.

“Y los tendremos primero aquí, en nuestra tienda”, decía, blandiendo el folleto, a ratos besándolo y golpeándolo ligeramente, como si se tratara de una ampolleta y estuviera a punto de ensartarme una inyección en el trasero.

“Toni”, me palmeó la espalda.

Tenía, como siempre, la sonrisa perfecta.


Una de las ventajas que tiene mi profesión es que puedo controlar, discretamente, a todas las personas que entran y salen de la tienda. Puedo hacer gestos obscenos sin ser descubierto, mirar escotes y pasar inadvertido. Por eso, cuando vi acercarse a Julia, única entre la multitud, no me tomó realmente por sorpresa. Me sentí perplejo, asustado, pero protegido al fin bajo toda esa barrera de goma y algodón que me escondía. La vi ascendiendo, empujada por las escaleras eléctricas, una visión magnífica que se abría paso entre la multitud. Julia, radiante, el rostro encendido con la vitalidad que le da el buen sexo a las mujeres, pasó junto a mí sin mirarme. Sabía que había hecho todo el camino desde Tijuca solo para encontrarme.

“Julia Oliveira”, escuché que decía Bautista.

Me volví sobresaltado, pues, en mi ensimismamiento, no había previsto la posibilidad de un encuentro entre ambos, pero eso era lo que sucedía.

“Qué sorpresa tenerte en nuestro humilde negocio familiar”, continuó.

Vestida con un escote provocador, Julia se las había arreglado para sobrevivir a la luz del día con mucho más éxito que todas las mujeres que había conocido juntas. La miré, sutilmente maquillada, desafiante bajo el despecho, pero incomparablemente hermosa y digna frente al casanova que tenía delante y que no la merecía. Sentí que, bajo el calor de la goma, empezaba a fundirse toda mi seguridad, viendo cómo lo encaraba con un valor que yo nunca hubiera reconocido en mí mismo.

“¿Y bien?”, decía ella, con voz indiferente. “¿Sabes dónde puedo encontrarlo?”.

“¿Toni?”, se rió Bautista.

Sentí un escalofrío deslizándose por mi larga cola de cocodrilo.

“Sí, Toni”, dijo ella. “Toninho. Tu primo. ¿Dónde está?”.

Bautista encontró mis ojos en mitad de la gente.

“Debe estar en el club de yates, en Ipanema”, noté cierto grado de molestia esta vez. “Como a todo buen carioca, le gusta darse de golpes contra las olas”.

Mi alma regresó al cocodrilo. Ahora estábamos a mano.

“Iré a buscarlo entonces a Ipanema. Ciao Bautista”.

Luego pasó a mi lado, evitándome con elegancia, caminando de prisa.

Yo no existía más para ella.

No hice nada por demostrar lo contrario. No le dije nada mientras se iba. Dejé que los dos agujeros de mi disfraz apuntaran excesivamente su magnífico trasero, mientras ella se hundía en las escaleras eléctricas y el primer piso no tardaba en engullírsela.

Poco después, Bautista la siguió. Se le veía realmente furioso conmigo, aunque no lo reveló de ninguna forma superficial, ni quise yo interpretarlo de esa manera. Estábamos bien como estábamos. No valía la pena malograr el día. Al cruzar junto a mí, susurró lentamente que le debía una explicación, y creo yo que lo decía más por no haber sido Toni la noche entera, que por haberme tirado a su novia, cinco o seis veces.

Seguí bailando, girando, bailando hasta que Gal Costa me dio una tregua prudencial.

Entonces detuve a los niños que brincaban alrededor y caminé hacia la tienda, sin que nadie ni nada me detuviera, inmune a súplicas y reclamos. Pese a ello, uno de los niños alcanzó a colgarse de mi cola; pero yo lo aparté con fuerza, y el pequeño tunante fue a parar junto a las lavadoras. Caminé sin miedo, atravesando las palabras de amonestación que pudieran tener Zé, Bautista o cualquier cliente, padres de familia conservadores, interesados en una correcta educación de sus hijos. Pero, admirablemente, nadie me siguió. Nadie se atrevió a decirme nada. En el camino solo me encontré con Célia, la promotora de tecnología celular, animándome con la sonrisa hueca que le entregaba a todos.

“Lo que sea, diles que necesitaba ir al baño”.

“Te cubro” dijo. “Pero no esperes que lo haga más de cinco minutos”.

Pensé que iba a añadir “o iré a buscarte”; pero la puerta, cerrada por el vaivén, interrumpió mi fantasía.

Como fuera, me sentía enfadado.

Una vez dentro no fui directamente al baño como le había dicho; antes me quité la enorme cabeza y la abandoné junto al grifo. Deseaba con todas mis fuerzas poder sacarme también la otra, ese blando espiral que se hundía hacia ninguna parte al interior de mi cuerpo. Caminé hacia el casillero, y rebusqué en los bolsillos del pantalón hasta que di con el sobrecito celeste que había comprado dos horas antes en el camino a Tijuca. Saqué la pastilla, la sumergí en un vaso de agua y me senté a esperar, observando cómo se desintegraba en miles de burbujas lechosas en la superficie. Miré cómo se hundía, cómo el náufrago vencido por la gravedad se adelgazaba hasta llegar a esa convulsión final que lo desintegró por completo. Pensé en las langostas reproduciéndose en proporción a las buenas ventas. En Célia sonriéndome con algo más que simpatía antes de desaparecer. En Julia buscándome en todos los yates encallados de Ipanema. En Bautista orgulloso de tener el catálogo completo de Draco, mucho antes que en cualquier otra tienda del centro. En Daniela Mercury, pensé. En los lobos que son palomas y las palomas que son lobos. En los animales que se perdonan la vida. Quizá mi cuello había sido expuesto mucho antes de saber que iba a perder. O podía lanzar mis propias bolas de ping pong a la vida; conseguir que alguien me siguiera, al menos un par de metros en lo que quedaba de ella. Mirando el vaso en paz, creí encontrar la respuesta a muchos misterios de la vida, pero no tuve palabras para compartirlas con el mundo. Tampoco hizo falta. Solo éramos ese momento y yo. Vigoroso, inspirado por una extraña dignidad, escuché los quejidos de un niño y el grito de un padre indignado, quizá mi nombre dicho atravesando el tabique del almacén. Escuché los pasos que venían a buscarme, amenazadores, y, quieto por fin, también el dolor de cabeza deshecho en miles de burbujas de adrenalina, me calcé la cabeza de cocodrilo y los esperé de pie, dispuesto a darles batalla.

Mi nombre era Antonio Carlos Pereira. Toninho.

Estaba listo.

PiedePágina • 2008