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El futuro no es nuestro

Narradores de Latinoamérica

Semejante a la vida

Por Ricardo Silva Romero

Y ahora, para terminar, la historia de un niño de la televisión que acaba de cumplir cincuenta años. Mide unos diez centímetros más que un enano común y silvestre. Es peludo, calvo y jorobado y tiene un ojo de vidrio. Unos dicen que se llama Juan Fernando, otros dicen que se llama Jorge Iván. El apellido, según creen, es Marroquín. Y todos le dicen “señor Marroquín”. Fue, desde los cinco hasta los diez años, gracias a su actuación en Mi familia se parece a las demás, el niño más popular de la tierra. O casi. Su sonrisa infantil, su conmovedora forma de argumentar con las manitas, y su frase recurrente, ese “el mundo no es tan feo, ¿no mamita?”, lo convirtieron en el ídolo de varias generaciones.

Pero creció. A los once años comenzó a usar desodorante, a los doce se afeitó por primera vez, y a los trece, no obstante todos sus esfuerzos por evitarlo, su voz empezó a volverse gruesa. De un momento para otro, decir “el mundo no es tan feo, ¿no mamita?” sonaba ridículo y pasado de moda. Las historias de la televisión se volvieron más sofisticadas, menos familiares, y el programa se quedó, poco a poco, sin audiencia. Y él, el niño Marroquín, se quedó en las revistas de las peluquerías y los consultorios, en el recuerdo de la gente de su edad y en esas secciones de periódicos tituladas “qué pasó con nosequién”.

Hoy en día, después de la caída, Marroquín tiene una papelería. Se llama El papel de su vida. No le va nada mal. Le enseña a un joven vendedor, un hijo que nunca tuvo, a sacar fotocopias y a empastarlas, le advierte a la cajera sobre la necesidad de ponerle límites a los sueños, y les cuenta a los clientes, en especial a esas muchachitas de buenas familias que aparecen en la ventanilla de la fotocopiadora, qué se sentía tener su propio camerino, recibir cientos de cartas de sus seguidoras y descubrirse señalado en los recovecos de los centros comerciales. Las jóvenes no saben si creerle, pero, porque están de afán y de verdad necesitan esas fotocopias con urgencia, le sonríen y le siguen la corriente.

El señor Marroquín no se arrepiente de estos últimos treinta y pico años y piensa, todavía, que haber sido un niño de la televisión le dio sentido a su vida. Si no hubiera aparecido en el programa, si no hubiera sido Coque, en Mi familia se parece a las demás, su vida no habría valido la pena. Hay quienes le recuerdan, de vez en cuando, que todavía tiene toda una vida por delante. Pero él, que ya ha hecho las paces con su pasado, sabe que no, que él no es de esos, que él tiene toda una vida por detrás. Por eso, y porque aún transmiten la comedia por los canales nacionales, siempre, cuando alguien se lo pide, no tiene ningún problema en transformarse en Coque y repetir, como imitándose, la famosa muletilla “el mundo no es tan feo, ¿no mamita?”. ¿Por qué no le molesta? ¿Por qué repite esa frase sin ningún problema? Porque la gente se ríe como loca. Por eso.

El señor Marroquín nunca se casó, nunca tuvo una novia a la que no tuviera que pagarle todo, y perdió un ojo y se atrofió la espalda una noche, en una esquina, porque no quiso entregarle a un hampón la billetera, pero en ningún momento le guarda rencor a la televisión, ni a nada, ni a nadie. De hecho, aún no se pierde las telenovelas, los programas de concurso y las historias de la vida real. Para decir verdad, no se pierde nada. Puede decirse que, en materias de programación y farándula, él es el hombre más informado de la tierra. Colecciona portadas, afiches y entrevistas con sus artistas favoritos.

Todo el día, mientras saca sus fotocopias, sean cuentos de Oscar Wilde o planos de apartamentos, el señor Marroquín tiene prendido el televisor. Y, aunque no es un televidente neurótico, de esos que no toleran interrupciones mientras están frente a la pantallita, sí es cierto que se queda paralizado, mudo, como embobado, cuando comienza Semejante a la vida. Los clientes de la papelería ya saben que, de las cuatro a las cinco de la tarde, mientras los tres invitados del programa revelan sus secretos más íntimos, frente a un auditorio compuesto en su mayoría por entusiastas amas de casa, lo mejor es no dirigirle la palabra: el señor Marroquín se sienta en un banquito de lata que se ha ido encogiendo con los años, le pide al muchacho, al mensajero, que le traiga una empanada y una Coca-Cola, y se pierde, como hipnotizado, en las brutales anécdotas del show.

Semejante a la vida no es el mejor ni el más original de los programas de la televisión, pero su presentadora, Pilar Navarro, es la mujer más linda, más noble y más inteligente que el señor Marroquín haya visto en su vida. Quizás es ella la que lo tiene embrujado. Su aura angelical, su sonrisa y sus bromas delicadas tendrían que enloquecer a cualquier hombre normal. El señor Marroquín no logra entender por qué nadie se ha dado cuenta de que ella existe, por qué no le dedican todas las entrevistas, los perfiles y las primeras planas, por qué no le dan todos los premios. Sabe que él es el único que la quiere de verdad, que él sí podría hacerla feliz, que él es el hombre “sensible, divertido y frágil, muy frágil” que, según la revista Cosmopolitan, ella ha estado buscando.

Primero, una voz profunda, como de Darth Vader, nos dice que ahora, ya, en vivo y en directo, comienza el mejor programa de la televisión. Después suena la canción: “nadie sabe la sed con que otro bebe, / nadie sabe de solidaridad, / y como el que nada debe nada teme, / ven a confesarnos la verdad. / En Semejante a la vida tendrás un nuevo hogar / en donde podrás lavar tu ropa sucia, / cuéntale tus emociones a Pilar / con una sonrisa: deja en tu casa la astucia”. Las luces se iluminan y la preciosa Pilar Navarro llega hasta el escenario, a través del auditorio, y, después de darle la mano a todas las señoras que se encuentra por el camino, y de dar una pequeña venia a unos pasos de los tres asientos vacíos, le da las gracias a todos por haber venido, cuenta alguna pequeña anécdota de su vida, e introduce, sin más, el tema central del programa.

Algunos ejemplos de esta semana: el lunes, Pepe Serrano, en Madrid, España, ha apuñalado repetidas veces en el brazo a Lola Carrillo, su mujer, porque sospechaba que le era infiel con un amigo. Ella lo niega todo en vivo y en directo, pero él, que está en el estudio, le pregunta que entonces qué hacían unos calzoncillos de su amigo en el patio de ropas. Ella, atrapada, dice que no puede creer que se queden en esas tonterías. La ex esposa de Pepe, Magnolia, salva la situación: llama al estudio y cuenta que Pepe la apuñaló en una pierna porque también creyó que se la jugaba con su mejor amigo. Pilar, contrariada, sugiere la posibilidad de que Pepe sea homosexual y esté enamorado de su amigo, y él, histérico por la insinuación, le dice que le dé gracias a Dios porque nadie, en todo el auditorio, tenga a la mano un cuchillo de cocina.

El martes, Francis Cunningham, un gordo gigantesco de Palm Beach, Florida, trata de demostrar, con fotografías y mapas, que la tierra es plana, pero Pilar, que sabe que el público no se identifica tanto con los locos como con los perdedores, invita al escenario a otro gordo que, para olvidar toda su manteca, también ha emprendido un proyecto, casi una cruzada, para la humanidad. Thierry Bernard, de las afueras de París, confiesa que se ha inventado, en la buhardilla de su casa, una máquina para no sentirse solo, pero Pilar, pronto, muy pronto, desvía la confesión hasta que el pobre gordito reconoce que come y a la media hora vuelve a tener hambre, que jamás cupo en un pupitre del colegio y que todavía odia a sus compañeros de curso por todos los apodos que le pusieron. No puede mantener relaciones sexuales con nadie porque se cansa mucho y cuando está triste come porque está triste, y cuando está feliz come porque está feliz.

El miércoles, Alba Moreno, del estado de Chiapas, en México, llega a considerarse, sin el menor asomo de vergüenza, la mujer más machista del mundo: no entiende cómo las hembras han llegado a extremos como votar, tener amantes o llevarle la contraria a sus maridos. Le parece repugnante. Invita a todas, bajo los chiflidos y los abucheos, a que cuiden bien a sus esposos, a que aprendan a ser sumisas y obedientes y a que entiendan que cuando les pegan siempre es, en el fondo, por alguna buena razón. A nadie le pegan porque sí. Eso era en los tiempos de las cavernas.

En fin. Hoy es jueves y, para conmemorar el programa número cien, Pilar dice que va a presentar una antología de las mejores confesiones en la historia del programa: la pareja australiana que llegó a decir que su hijo era un fantasma, el actor porno que hablaba muy parecido a Cantinflas y que juró por Dios que había sido violado por un extraterrestre, una lavandera en Santiago de Chile que dijo que en su juventud había sido capaz de multiplicar unos panes y unos peces, y una prostituta regenerada que después de penar hasta la locura (“yo aquí, pene que pene”, dijo), una tarde encontró a Dios en los ojos de un mendigo, se casó con él y, juntos, comenzaron la colección de prótesis más grande del mundo.

Pilar Navarro, apesadumbrada por una noticia que acaban de darle y que no puede transmitirle a nadie hasta mañana, presenta el final de esos grandes éxitos de Semejante a la vida con una sonrisa nostálgica y todas las mujeres del auditorio, que se sienten en el estudio como se sienten en sus casas, aplauden y gritan y celebran. Aunque, claro, no sólo de mujeres se compone el público de hoy: también, en un rincón, hay un hombre. Pilar siempre se ha dado cuenta de ello y, cuando aparece en el escenario, nunca olvida buscarlo como si jugara a encontrar a Wally. Pase lo que pase, siempre hay un señor, un padre de familia pensionado, que se deja convencer por la mujer para ir al programa.

Pilar les vuelve a dar las gracias por haberla acompañado en el especial de hoy. Las luces se apagan mientras Darth Vader vuelve a darle paso a la célebre canción del programa. Y cuando Pilar oye la última frase, el bellísimo “deja en tu casa la astucia”, se dirige, como un alma en pena, hasta su inmenso camerino. Una, dos, tres personas intentan hablarle, pero ella logra abrirse paso sin responderles ni una palabra y sin que se den cuenta de que está a punto de llorar. Cierra la puerta del camerino, se mira en el espejo y, a los veintisiete años, sin una arruga, sin un hueso torcido, se siente vieja, gorda y fea.

Lucero, la maquilladora, que en realidad es su asistente, entra sin golpear y le pregunta a Pilar qué está pasando. Ella la conoce muy bien, desde hace dos años, y sabe que en todo eso, en su reacción de hace un momento, hay gato encerrado.

-Van a cancelar el programa -dice Pilar-: mañana es la última grabación.

-Pero no nos pueden hacer eso, ¿ah?, ¿cierto que no nos pueden hacer eso? -pregunta Lucero.

-Una cifra -le dice Pilar-: llegamos a un rating de una sola cifra: pueden hacernos lo que se les de la gana.

-Estoy sin aire -dice Lucero-, todavía me falta por pagar la mitad de las cuotas del carro.

-Dos años de vida a la basura -dice Pilar: habla, sin saberlo, como una heroína de telenovela.

-Marcelita necesita que le compre el libro de matemáticas -dice Lucero-. Esos hijueputas no pudieron escoger un mejor momento, ¿cierto?, ¿ah?, ¿cierto que no pudieron escoger un mejor momento?

-Qué idiotas, no saben con quién se están metiendo.

-Llama al que sabemos -dice Lucero-, dile lo que está pasando.

-¿Castilla?, ¿Gilberto Castilla? -pregunta Pilar-, ese no va a descansar sino hasta que le acepte la invitación a Aruba.

-¿Y es que tú ya conoces Aruba?

-Es que por nada del mundo me voy a dejar tocar ni un pelo de ese señor -jura Pilar-, ¿me oyes?: ni un solo pelo.

Por nada del mundo. Más bien va a darles, a él y a su papito, el programa con más rating de toda la historia del canal. Va irse, mañana, con el mejor show que jamás hayan podido imaginar. Va a llamar a Teresa Leal, la productora, y a Claudia y a Gustavo, los dos libretistas, y les va a pedir que, a espaldas de todos, echen a rodar el plan que siempre han discutido cuando se pasan de tragos, la idea más perversa que jamás se les ha pasado por la cabeza.

-De aquí nos sacan arrastrados, Lucerito: primero muerta a dejarme chantajear por semejante huevón -dice Pilar: entonces suena el timbre del teléfono de su camerino y, como una veloz pistolera del Oeste, contesta la llamada antes que la maquilladora-. Estaba hablando de ti -dice iracunda-: que eres el hijueputa más bobo del mundo, ¿qué más hay para decir?

Lucero cierra los ojos como si pensara que su vida acaba de terminarse, como si la hubieran capturado en el aeropuerto de Nueva York con un par de kilos de coca. Trata de reaccionar, pero Pilar, energúmena, no para de insultar al hijo del dueño del canal:

-¿Sabes quién me da mucha tristeza? -le pregunta mientras se mira en el espejo-: tu esposa, ¿nadie le ha contado que está casada con el soltero menos codiciado del país?

Lucero piensa que, como decían su mamá y la mamá de su mamá, Dios proveerá: ni ella ni su esposo le hacen mal a nadie; a las niñas, a las tres, les va lo más de bien en el colegio; y ellos, los cinco, siempre visitan a sus enfermos y a sus muertos. Todo tiene que salirles bien. No pueden quedarse sin trabajo a estas alturas de la vida. No en tiempos de recesión absoluta.

-¿Qué tal lo que me dice el desgraciado? -dice Pilar apenas cuelga el aparato-: que yo sé qué tengo que hacer para que el programa dure otros dos años, ¿ah? Qué tal el desgraciado.

Pilar se da cuenta de que Lucero no sabe qué decirle. Debe pensar que hay que ser muy estúpida y muy egoísta para negarse a pasar un fin de semana con el dueño de la empresa. Si ella tuviera las piernas y la boca, seguro que lo haría. Pero no, ésta no, ésta es de mejor familia, ésta no se deja comer sino por dos o tres tipos de aquí hasta la muerte y es capaz de echar al mejor de los hombres, al mejor amante, al menos perezoso de todos, o porque le huele mucho a cigarrillo, o porque se ríe como si rebuznara, o, simplemente, solamente, porque sí. Lucero no sabe qué decirle, pero debe estar pensando en algo como eso.

No sabe que ella, Pilar Navarro, se está guardando para un príncipe azul. ¿Quién podría imaginarse que una estrella de la televisión conservara, después de portadas, entrevistas y cientos de miles de autógrafos, el refundido tesoro de la virginidad? Primero que todo, nadie sabe, a ciencia cierta, si la virginidad es un tesoro. Segundo, ella, por un horrible temor al ridículo, y la verdad es que no hay nada tan ridículo como una presentadora de televisión virgen, les ha dicho a todos, a las revistas, a sus compañeros de trabajo y a su familia, que tiene un novio piloto que la visita, sin falta, cada quince días, y lo más posible es que, porque vive sola, en un apartamento de las afueras de la ciudad, todos hayan imaginado a qué tipo de visitas se refiere. Cuarto, sabe cogerles el brazo a sus pretendientes, sabe quitarse el pelo de la frente y echárselo detrás de las orejas y sabe mirar fijamente a la boca de los hombres en el momento preciso, como si fuera, de lejos, la mujer más experimentada de la tierra.

-Necesito un favor, Lucero -dice Pilar-: necesito que llames a Gustavo, a Claudia y a Teresa y les digas que mañana vamos a presentar, en vivo y en directo, el plan del que hablamos la otra noche.

-¿El plan del que hablaron la otra noche?

-Ellos saben de qué estoy hablando -dice Pilar: habla, sin querer, como una heroína de Shakespeare le hablaría a su dama de compañía-: corre, corre como una hijuemadre, ve a llamarlos, pero, ojo, cuidado, pilas, llámalos desde tu casa porque las paredes de este lugar tienen oídos y no queremos que nuestra venganza se vaya al carajo.

Pilar Navarro se pone sus gafas oscuras. Saca, de entre el bolsillo secreto de su billetera, la fotografía de Gilberto Castilla. ¿De verdad está enamorada de un tipo que es capaz de poner en juego la vida de una serie de camarógrafos, maquilladores, escenógrafos, apuntadores, a cambio de unos minutos de placer? ¿Es ese tipo de dientes torcidos su príncipe azul? ¿De verdad guarda la esperanza de casarse con un hombre que cada vez que le dirige la palabra la degrada? ¿Está fascinada por la posibilidad de quitarle el marido a otra mujer o se siente atraída por la gravedad de un tipo que no puede sostenerse cuando la ve? ¿No es cierto que le gusta que la miren? ¿No es verdad que en el fondo, bien en el fondo de su alma, aspira a protagonizar los mejores escándalos del mundo?

Se sube a su pequeño auto deportivo. Ahora, ahora sí, se siente feliz de ser Pilar Navarro: las pecas en sus mejillas, las pulseras de tela en sus manos, los zapatos que se compró el viernes pasado. Está en el borde de una crisis, pero hay algo en esa situación que la hace sentirse viva. Sabe hacia dónde va. Quizás es eso. Sabe que en un par de días todos los periódicos van a hablar de ella. Está preparada para lo que viene. Prende la radio y busca desesperadamente una voz conocida. Avanza por el garaje, se despide del portero con una sonrisa torcida y lanza el carro hacia la cima de la rampa de salida. Cuando va a salir a la calle, cuando va a girar a la derecha sin precaución, Lucero se le lanza sobre el carro.

-Hablé con todos -dice mientras trata de recuperar el aliento-: que te llegan a tu apartamento por la noche.

-¿Y no llamó nadie más? -pregunta Pilar.

-Pero no creo que quieras sabe nada de él.

Pilar se queda en silencio. Es como si le hubiera cogido la corriente, pero no pudiera contárselo a nadie. ¿Y si le devolviera la llamada y le aceptara la invitación? ¿No sueña todas las noches con que Castilla le arranque, en una playa desierta, una blusa de las viejas?

-De aquí sólo nos sacan arrastradas -dice.

Entonces le pica el ojo a Lucero, que tiene quince años más que ella pero la respeta como a sus mayores, y se suma al río de los carros mientras los estudiantes la señalan y los celadores intentan recordar en dónde, en qué programa, en qué revista, en qué oficina es que la habían visto antes. Todo va bien por el camino hasta cuando el motor de un bus de los más viejos comienza a echar humo negro por la carretera. Pilar levanta el capote, cierra las ventanas y le baja el volumen a la radio.

Los carros de los lados comienzan a pitar enloquecidos, y ella, que no tiene afán porque los libretistas y la productora sólo llegan a su apartamento hasta por la noche, no reacciona ni nada sino hasta cuando un niñito, hecho de aceite y de lana, le pide, con un cuaderno cochino en la mano, un autógrafo para su papá, que está allá, en el semáforo, vendiendo ediciones piratas del último libro de José Saramago.

Pilar abre la ventana y saca su esfero de entre la cartera, pero pronto, sobre la superficie mugrienta del cuaderno, descubre que se ha quedado sin tinta. Le señala al niño las hojas y la punta del esfero como si no hablaran el mismo idioma, como si tuvieran que entenderse por señas.

-Allá hay una papelería -dice el niño-, ¿quiere que la acompañe?

Pilar no tiene afán. Sabe que el trancón va a durar unos minutos más y que esa noticia, que la vieron de la mano con un niño de la calle, va a aparecer en alguna revista. Deja el carro a un lado, sobre el andén, y apaga la radio y sale y cierra las puertas con seguro. Le da la mano al niño, que sonríe, y trata de limpiarse los mocos con la manga, y camina, hecha una princesa europea, como si esa fuera una escena vital para una película. Entran a la papelería, bajo un letrero de neón que dice El papel de su vida, y aunque al comienzo a nadie le parece extraña su presencia, después, cuando todo vuelve a sus justas proporciones, y ella empieza a hacer parte de la escena, la cajera le pega un codazo al muchacho, y éste, que hasta ahora aprende a anillar fotocopias, no logra disimular su emoción.

-¿Esa es? -pregunta a media voz a la cajera.

-Claro que es -dice la cajera-, ¿no le ve las gafas negras?

-¿Qué es lo que les pasa a ustedes dos? -pregunta el señor Marroquín-. Dejen de hablar tanta tontería: ¿no ven que hay un jurgo de clientes?

-Pero es que estamos atendiendo a la señorita -dice el muchacho al tiempo que señala a Pilar Navarro, la presentadora, con el mentón.

-Buenas tardes -dice Pilar: sonríe como si protagonizara un divertido comercial de American Express-, necesito un esfero.

El señor Marroquín es, desde el primer momento en que la ve, en vivo y en directo, una marioneta abandonada a su suerte. Intenta decir algo, alguna de las frases que ha ensayado tantas veces en el baño de arriba, pero ella le ha quitado la mirada y se ha puesto a hablar de tú a tú con el gamín. Quiere decirle que ha aprendido a preparar la pechuga con rodajas de piña que a ella le gusta comer los fines de semana. Quiere decirle que sacó en la guitarra su canción favorita. Pero no, ya no, no va a alcanzar a pronunciar ni una palabra y va a lamentarlo para siempre: el muchacho trae el esfero y, en nombre de la parálisis de su jefe, le dice a Pilar que no se preocupe por el dinero, que es cortesía de la casa.

-¿Cierto señor Marroquín? -pregunta el muchacho.

El señor Marroquín agita las manos, da un paso al frente y dice que sí con la cabeza: como un gnomo mecánico.

-¿Cómo se les va a ocurrir? -dice Pilar: busca con la mirada sonriente al gnomo jorobado y peludo y de un momento para otro le parece que lo ha visto en alguna parte-. Nosotros nos conocemos, ¿cierto?

-Ahí donde lo ve el señor Marroquín hizo el papel de Coque en Mi familia es como las demás -dice el muchacho antes de que su jefe se desmaye-: hoy tenemos dos estrellas en la papelería.

-No lo puedo creer -dice Pilar: habla, ahora, como una fanática de los Beatles-: “el mundo no es tan feo, ¿no mamita?”

El señor Marroquín, alelado ante la imagen de Pilar, sólo se atreve a sonreír. Va a decir algo, cualquier cosa, tal vez un “muchas gracias, señorita”, o un “todo el mundo me recuerda por esa frase”, pero los demás clientes de la papelería ya se han dado cuenta de que la presentadora de Semejante a la vida está en el establecimiento y, sin la menor demostración de pudor, han comenzado a acercarse, todos, para pedirle un autógrafo. Ella, como en una película muda, los detiene con la palma de la mano, les pide que la dejen firmarle una hoja aquí, a su amiguito el gamín, y se dedica a agradecer, mientras se inventa una dedicatoria al lado de su firma, todas las manifestaciones de afecto de la gente. La voz, la noticia de que ella está en la papelería del enano, se ha corrido por todo el barrio. El señor Marroquín nunca había visto a tanta gente dentro de su almacén.

Pilar le da un beso al niño mocoso, lo deja irse entre el bosque de piernas, y levanta la mirada hacia el horizonte de fans que, como una jauría de tiempos romanos, han comenzado a cercarla.

-Tengo que llegar a mi casa en una media hora -dice-, no creo que pueda firmarle a todo el mundo.

Y la gente, en vez de reírse, comprenderla y agradecerle el simple hecho de que los haya tratado como a iguales, como a vecinos o compañeros de colegio, empieza a reclamarle, a exigirle, con grosería y altanería, que les de un autógrafo a todos los que están en el local. La cajera y el muchacho no se dan cuenta de ello, pero dan un paso hacia atrás y se cubren, inconscientemente, con el mostrador lleno de lápices, borradores, plumas, reglas, compases, crayolas, tijeras, clips, transportadores, escuadras, vinilos, plastilinas, tajalápices y papeles de todos los tamaños y todos los colores.

El señor Marroquín, entonces, entra a hacer parte, a hacer el héroe, de la película muda. Se arma de unos rollos de cartulina y, como si espantara a un ganado mutante, empieza a dar gritos y a empujarlos a todos hacia la puerta de la papelería. Sus ojos bondadosos se han dilatado por completo. Es una nueva lección para la cajera y el muchacho: el señor Marroquín, como cualquier hombre decente, está dispuesto a defender, a capa y espada, a todos los que quiere. Algunos clientes, furiosos, le pegan una palmada en la calva, pero él, de inmediato, se voltea y los aterroriza con la mirada. Y así, poco a poco, logra sacarlos a todos, poner la tranca en la puerta y cruzarse de brazos como si fuera el rey del universo.

Afuera, como muertos de hambre ante una vitrina llena de manjares, los fanáticos de Pilar Navarro, que en realidad son los fanáticos de cualquier celebridad que pase por la calle, intentan romper las puertas de vidrio de la papelería. Y Pilar, que se esconde detrás del mostrador, más allá de la cajera y del muchacho, fija su mirada en el señor Marroquín como si toda su vida dependiera de sus decisiones. El señor Marroquín aún no dice ni una palabra pero sí la hace comprender, con uno, dos o tres gestos, que necesita que escriba una dedicatoria y firme en una de esas hojas blancas. Ella, como una mujer secuestrada, hace exactamente lo que él le pide: escribe “para mi amigo: por ser mi bastón y mi alegría”, hace la versión temblorosa de su firma y, después de darle el papel al señor Marroquín, intenta pedirle a Dios que al menos le de la oportunidad de hacer el programa de mañana.

El señor Marroquín es la definición del héroe: mientras un grupo de fanáticos se pone de acuerdo para encontrar una piedra que les permita romper la puerta de vidrio de la entrada, él, sin dudarlo ni siquiera por un momento, saca cien fotocopias del autógrafo, pega un grito que en realidad es una palabra sin comienzo ni final, abre la puerta de la papelería y les entrega a todos, uno a uno, una copia calientita de la firma de la presentadora de Semejante a la vida.

No es exactamente lo que ellos querían. Pero, ante la mirada de dos agentes de policía que acaban de aparecer en la distancia, cualquier cosa es mejor que nada. Le lanzan un gesto de agradecimiento a la presentadora, le levantan las cejas al señor Marroquín, y, ante la llegada de los dos agentes de la ley, que vienen acompañados por el niño del semáforo, dan así, sin más, la media vuelta. Los policías son, en realidad, un par de adolescentes llenos de barros y espinillas: seguro que los dos, el gordo y el flaco, acaban de salir del colegio, y que les ha correspondido esa suerte, ser dos inútiles policías de barrio, en el sorteo de finales del año pasado.

-¿Están bien? -pregunta el gordo-: por poco y me los linchan, ¿eh?

-Si no hubiera sido por el señor -dice Pilar- a esta hora estaríamos metidos en una ambulancia.

-¿Y es que el señor trabaja en esta papelería? -pregunta el flaco.

-El señor es el dueño -aclara Pilar: habla, ahora, como si en el fondo se avergonzara del trabajo de su novio.

-¿Y ustedes abren los fines de semana? -pregunta el gordo-: es que mi hermano mayor estudia arquitectura y siempre pasa afanes los sábados y los domingos.

-El señor Marroquín trabaja veinticuatro horas al día -dice el muchacho-: ¿no ve que vive en el segundo piso?

-Nosotros venimos de ocho a cinco -dice la cajera.

-Bueno saberlo -dice el policía flaco: le pica el ojo a la cajera-: con empleadas así quién no compra una pluma y una hoja y se vuelve poeta.

-¿Quién no? -dice la rabia del policía gordo, que, como en cualquier serie policíaca de televisión, ya no resiste más a su compañero de trabajo.

-Óigame, ¿y sumercé sí tiene la te? -pregunta el flaco.

-¿La regla? -contraataca la cajera-, ahí sí depende de usted: tenemos para todos los tamaños.

El señor Marroquín, muerto de la pena, coge del brazo a la presentadora y se la lleva hasta una esquina de la papelería: odia, con todas sus fuerzas, los apuntes de doble sentido, y no quiere que ella, su princesa, oiga frases tan vulgares y tan innecesarias. Siempre, desde cuando sus papás estaban vivos, se ha sentido en el mundo equivocado. Pero siempre, en la soledad de su camita, cuando se pone su gorrito de dormir, ha pensado que algún día, así sea un par de días antes de morirse, va a encontrar a la mujer que Dios hizo para él, sólo para él. No se atrevería a declararle su amor a Pilar Navarro, pero ahora que la tiene a su lado, con ese aspecto de Venus de Boticelli, no va a desaprovechar la oportunidad de protegerla, de ofrecerle el único hombro bueno que le queda.

-Perdónelos -le dice: se siente feliz porque aún puede hablar-, no saben lo que están diciendo.

-No se preocupe -dice ella-, tengo dos hermanos.

-Pero esa no es una excusa -dice el señor Marroquín-, no debieron hablar vulgaridades enfrente de una mujer como usted.

-No se preocupe -repiten los ojos brillantes de ella-, más bien déjeme agradecerle lo que acaba de hacer por mí.

Es, punto por punto, una escena de la versión cinematográfica de Blancanieves y los siete enanitos: ella, que mide dos cabezas más que él, toma la calva gorda y redonda del señor Marroquín entre las manos, y aunque él se pone completamente rojo, le da un beso de profundo agradecimiento. Ha sido nombrado caballero en una esquina de su propia papelería. Es, por fin, y a pesar de los chiflidos del muchacho, la cajera y los dos policías, absolutamente feliz.

-Se me acaba de ocurrir una idea -anuncia Pilar: mira a un punto invisible en el espacio, reflexiona, recapacita-, pero no, tal vez no.

-¿Qué?, ¿qué es? -dice el señor Marroquín.

-No, no vale la pena -dice ella-, ¿para qué me pongo a molestarlo?

-¡No más! -grita el policía redondo y le da un puño al peligroso borde de metal del estante de vidrio: está histérico y rojo y resopla-: ¡no aguanto más!, ¡no soporto cuando alguien dice que tiene una idea, pero no la dice!, ¡hay que ser muy perro!

-¿Qué es?, ¿cuál es la idea? -dice el señor Marroquín poniéndole, a pesar del temblor, una manita en el hombro a Pilar y lanzándole una mirada de desaprobación al policía gordo-: mire que ya nos dejó a todos intrigados.

-Mañana es el último programa de Semejante a la vida -dice ella y, sobre los susurros, las exclamaciones y las interjecciones de sorpresa, agrega-, y de verdad me encantaría que usted fuera el invitado especial: el héroe, el sobreviviente del mundo de la televisión, el niño que cerraba los ojitos y decía, como si tratara de convencerse a sí mismo de esa idea, la frase “el mundo no es tan feo, ¿no mamita?”

Habla, sin saber, como una periodista de última hora. Se ha jugado el todo por el todo y espera la mejor de todas las respuestas. El señor Marroquín, por su parte, no esperaba esa propuesta. No, no se la imaginaba. Ha pasado mucho tiempo en ese pequeño cuarto, rodeado por el penetrante olor de la tinta y el sudor contagioso de las máquinas, y ya ha perdido la más humana de las aspiraciones humanas: la de salir por televisión.

-¿Qué opina?, ¿qué tal le parece?

-¿Semejante a la vida se acaba? -pregunta el muchacho.

-Pero ¿cómo sería eso? -pregunta la cajera: piensa, sin duda, que ahí hay algo que huele mal-, ¿quiénes más estarían invitados?

-No sé -dice Pilar-, ¿otros sobrevivientes?, ¿otros niños?

-¿Por qué se acaba?

-Porque así es la televisión -dice Pilar-: un día estás en todos los canales y al otro no apareces en ninguno.

No es una gran frase, ni nada, pero el señor Marroquín, dispuesto a todo por su amada, de pies en cuerpo y alma para ella, dice que sí, que lo hará, con un movimiento convulsivo de su cabeza gigante. Pilar, entusiasmada por el gesto, da un pequeño aplauso de alegría.

-Yo no estaría muy segura de esto -dice la cajera.

-¿Pero es que se les acabó el rating, o qué? -pregunta el muchacho.

-Me quedó doliendo la mano, mano -añade el policía gordo.

-Es muy sencillo -aclara Pilar-: el señor Marroquín va, se sienta en la silla, nos cuenta su experiencia en Mi familia es como las demás y nos dice cómo le ha ido todos estos años.

-Suena muy fácil -dice el escepticismo de la cajera.

-Es lo más fácil del mundo -acepta Pilar-: y, claro, no tiene que hacerlo si no quiere.

-Quiero -dice el señor Marroquín-: acompañarla a usted, estar a su lado, es un gran honor para mí.

Pilar se acerca al señor Marroquín, le da otro beso en la frente y lo abraza como si fuera un oso de peluche de la infancia. Él, atrapado a la altura del pecho de la presentadora, descubre que el corazón de ella titila como un beeper desbocado, como un tambor en el pelotón de fusilamiento, como una alarma de mesa de noche. ¿Quiere decir que ha ocurrido el milagro? ¿Quiere decir que Dios ha oído sus súplicas y le ha traído hasta ahí, hasta su casa, hasta el pequeño espacio de su oficina, a la mujer, al ángel, a la protagonista de sus sueños? ¿Quiere decir que la soledad ha terminado y que ahora, por fin, van a venir las risas y los ojos de los hijos?

-Lucero, mi maquilladora, que es mi amiga y mi asistente, lo va a llamar en un par de horas -asegura Pilar al tiempo que comienza a comprender, de verdad, lo que está diciendo-. No sabe lo feliz que me hace.

Pilar le da la mano a todos. Ahora está nerviosa porque el plan ha comenzado a funcionar y porque todo parece indicar que se va a salir con la suya. Piensa que así, de pronto y porque sí y cuando todo parece indicar que no hay salida alguna, se resuelven las peores situaciones. Todos, la cajera, los policías y el muchacho, la miran como si esa escena hubiera sido el sueño de cualquiera de los cuatro. Y ahí, a un lado, está, como embrujado, el señor Marroquín. Ahí se queda mientras ella se sube a su carro, le cuenta las últimas noticias a Lucero por medio de su teléfono celular y emprende el viaje hacia su apartamento de soltera. Ahí está en este momento: suspira como si hubiera terminado un episodio.

El señor Marroquín les dice a todos que ya se pueden ir. Que hoy, teniendo en cuenta los hechos, va a cerrar la papelería un poco más temprano.

-Un poco no es palabra -dice el muchacho.

-Alcanzamos a invitarlos a tomarnos algo -dice el policía flaco: le pica el ojo a la cajera-. Bueno: si no tienen planes.

-¿Y si no aceptamos? -pregunta la cajera coqueta-, ¿sería como no hacerle caso a la autoridad?

-Por supuesto que sí -le dice el policía-: al que no nos haga caso, le sacamos las esposas.

El señor Marroquín no quiere oírlos más. Quiere que se vayan. Quiere subir al segundo piso, entrar en su habitación y medirse todos los vestidos elegantes que le quedan. Y sí. Eso hace. Lo dejan solo, voltea el letrero de “abierto” y se dedica a mirarse en el espejo con el vestido del entierro de su mamá y a conceder, en voz alta, una entrevista imaginaria. Quizás, en el fondo, ha estado esperando este momento. Tal vez aspiraba, en el inconsciente, a volver a salir por televisión. O de pronto es el recuerdo de sus labios en la frente. El espejo le dice que sí, que se ve bien, que cuando lo vean lo van a llamar para actuar en otra comedia. Puede hacer el papel del abuelo. Puede hacer el papel del mayordomo fiel. Puede hacer lo que ellos quieran. Está listo, como siempre, para servirlos en lo que quieran: el cliente siempre tiene toda la razón.

Baja a la fotocopiadora y las máquinas no lo reconocen de corbata. Les dice que sí, que es él, que no las va a olvidar cuando vuelva a ser famoso. Huele los borradores en forma de princesas y dragones, les confiesa su alegría a los lápices de todos los colores y acaricia a las láminas de madera y a los pliegos de cartulina como si fueran mascotas fieles. Quiere salir. Quiere llenarse los pulmones de aire y recobrar la energía que va a perder por el camino.

Por eso sale a la calle. Camina por la estrecha acera de su cuadra. Siente, como siempre, que los semáforos lo menosprecian, que los carros se ríen de su tamaño y que las bancas de los parques lo señalan con sus brazos de metal. Seguro que piensan que es el de Mi familia es como las demás. Seguro que lo compadecen. Seguro que creen que él es un hombre frustrado, pero seguro que, si lo conocieran personalmente, se darían cuenta de que él es uno de los pocos hombres felices que quedan en el mundo. Hoy, tal vez, es el más feliz. El único. Vuelve sobre sus pasos cuando descubre que no tiene a dónde ir, entra de nuevo en la papelería, prende su televisor y trata de abstraer, hasta mañana, las posibilidades de su futuro.

Cierra los ojos. Los abre. Y ahora, de un momento para otro, jueves es viernes, noche es día, mañana es hoy. No sabe cómo ha hecho para soportar la ansiedad. Sabe que ha recibido la llamada de Lucero, la asistente, y que debe llegar al estudio, al otro lado de la ciudad, a las tres de la tarde. Y sabe que ha dormido un poco, que ha dado vueltas por ahí, que le ha pedido a Dios que lo ayude a sentirse en paz de aquí hasta la grabación. Que le ha pedido que lo deje llegar fresco, como una lechuga, hasta los estudios de su programa favorito. Que no, jamás, se le noten los nervios.

El día avanza. La cajera y el muchacho llegan a la papelería y, como si lo hubieran discutido en el bus, le piden que por hoy no se preocupe por el negocio. Ellos ya están preparados para quedarse solos, a cargo de todas las funciones del almacén. Ellos dos son capaces de cualquier cosa con tal de que él se sienta tranquilo. El señor Marroquín les da las gracias, les dice que los considera sus hijos y se dedica a esperar, en el banquito de lata de siempre, al chofer de Semejante a la vida. De acuerdo con las indicaciones de Lucero, lo recogerá hacia las dos de la tarde.

Que, contra todos los pronósticos, llegan, en el reloj de la esquina, de un momento para otro. Ha sido gracias a los clientes, al gamín y a los dos policías: gracias a un par de yuppies que le sacan copia a una propuesta para una licitación; gracias al niño que ha venido a preguntar si sería posible que le regalaran un cuaderno; gracias al flaco, que ha venido a proponerle matrimonio a la cajera; gracias al gordo, que ha venido a pedir perdón porque ayer casi destroza una vitrina.

El señor Marroquín mete una extraña hoja en un sobre y se lo guarda en el bolsillo interior del blazer. El muchacho le pregunta qué lleva ahí y él se niega a revelarlo porque, según dice, es el gran secreto de su vida. Sus amigos, conmovidos, le dicen adiós desde la puerta de la papelería, bajo el letrero de neón que dice El papel de su vida. El chofer del programa lo mira desde el espejo retrovisor y, mientras arrancan, avanzan y atraviesan la ciudad, le pregunta una, dos o tres bobadas. Llegan a los estudios de Semejante a la vida cuando todavía faltan cinco minutos para que sean las tres de la tarde. Aún no puede creer que esté ahí. Que esté en el estudio que ve todos los días desde su oficina. Ojalá el muchacho se acuerde de grabarlo. Imposible que no: le dejó el aparato prendido, el casete listo para comenzar y un papelito amarillo, pegado en la superficie del VHS, en el que dice “espichar record, el botón rojo, a las tres y cincuenta y cinco de la tarde”.

Lucero, al borde de un ataque cardíaco, lista a perder su trabajo para siempre, lo recibe en la puerta de la entrada, le dice una o dos frases que jamás va a recordar y lo conduce hasta una especie de camerino en donde comienza a maquillarlo.

-¿Puedo hablar con Pilar? -le pregunta el señor Marroquín.

-Creo que después del programa -dice Lucero-: ahora mismo está en una reunión.

-¿Ya llegaron los otros?

-Acaban de llegar: va a ser un programa muy lindo.

-¿Quiénes son ellos?

-Hombres como usted -dice ella porque no sabe qué más puede decir-: uno fue payaso de un circo y el otro fue pianista de la Orquesta Filarmónica.

-Estoy nervioso -dice él-: hace mucho tiempo no sentía estas cosquillas en la garganta.

-Todo va a salir muy bien, tranquilo.

Una media hora después, comienza la angustia en el pasillo: quedan unos minutos para comenzar, los otros dos invitados están listos en los otros camerinos y parece, dicen, que Gilberto Castilla, el hijo del dueño, está discutiendo con Pilar en la tras escena. El coordinador aparece en el camerino del señor Marroquín y le dice que, en unos diez minutos, tendrá que aparecer en el escenario. El señor Marroquín asiente y traga saliva como si fuera a perder la cabeza.

No ve nada, porque no hay un monitor ni nada en ese cuarto, pero alcanza a oír, en la distancia, la voz de Darth Vader: nos dice que ahora, ya, en vivo y en directo, comienza el mejor programa de la televisión. Después, como siempre, suena la canción: “nadie sabe la sed con que otro bebe, / nadie sabe de solidaridad, / y como el que nada teme nada debe, / ven a confesarnos la verdad. / En Semejante a la vida tendrás un nuevo hogar / en donde podrás lavar tu ropa sucia, / cuéntale tus emociones a Pilar / con una sonrisa: deja en tu casa la astucia”.

El señor Marroquín sabe que las luces caen y que la preciosa Pilar Navarro llega hasta el escenario, a través del auditorio, y, después de darle la mano a todas las señoras que se encuentra por el camino, y de dar una pequeña venia a unos pasos de los tres asientos vacíos, le da las gracias a todos por haber venido, cuenta alguna pequeña anécdota de su vida e introduce, sin más, el tema central del programa. Pero él no lo alcanza a oír bien porque Lucero le dice, en ese preciso momento, que nunca habían hecho un programa como ese.

-¿Yo soy el primero? -pregunta el señor Marroquín.

-Todos salen al tiempo, pero usted es el último que habla -dice Lucero-: ya viene el coordinador y le dice todo lo que tiene que hacer, no se preocupe.

Así que ha llegado la hora de la verdad. En cualquier momento se dirigirá hacia el escenario. La gente, las señoras de gafas del auditorio, aplauden como si hubieran regresado a la primera etapa de la infancia. El corazón del señor Marroquín se comprime como un puño a punto de dar un golpe. Y sí, ahí viene, esos son los pasos del coordinador del programa.

-¿Señor Marroquín? -le pregunta el coordinador-: lo necesitamos en el escenario, ¿me acompaña?

-Sí señor -dice: siempre, aunque se trate de alguien menor que él, trata de demostrar así su respeto por las personas-, como usted diga.

-Hay mucha gente en el público -dice el coordinador mientras comienzan a avanzar por los pasillos sin perspectiva-, como si todos hubieran sido fanáticos de Mi familia es como las demás.

-¿Estamos en propagandas? -pregunta el señor Marroquín.

-Estamos en los primeros cortes comerciales: sí señor.

Y ahí, en la tras escena, está Pilar Navarro. Qué manos tan misteriosas, qué labios tan silenciosos, qué ojos tan sedientos. Es, de verdad, una princesa. No hay nadie, ni aquí, ni más allá, en el mar o en el desierto o en la nieve, que pueda nublar su presencia. Ella está primero que todas las mujeres de todos los tiempos y todos los espacios. Ella sonríe cuando uno está a punto de perder las esperanzas y da la vuelta cuando uno está empezando a contrariarla.

Pero ¿quién es ese hombre con el que discute? ¿Por qué se niega a mirarlo a los ojos? ¿Por qué subraya sus frases con sus manos? ¿Por qué Lucero, a unos pasos, se tapa la cara con las suyas?

-Señor Marroquín -dice una Pilar sorprendida-, me alegra mucho tenerlo en el programa.

-Es mi honor -dice el señor Marroquín-, es la alegría de mi vida.

-Este es el señor Marroquín -le dice Pilar a Gilberto Castilla-, este es el doctor Gilberto Castilla.

-Un minuto para arrancar -grita el coordinador.

-Tenemos que hablar -le dice Castilla a Pilar-: yo no me voy a quedar con los pasajes comprados y sin ninguna respuesta.

-¿Viene conmigo? -le pregunta la sonrisa de Pilar al señor Marroquín-: vamos a divertirnos mucho.

-Yo vivo por usted y para usted y hasta que usted me lo pida -dice el rubor y la voz baja del señor Marroquín.

-Y yo le doy las gracias por ser tan bueno conmigo.

El señor Marroquín hace una pequeña venia para Gilberto Castilla y sospecha, mientras sigue a Pilar y al coordinador, que algo muy raro está pasando. Sale, a pesar de los reflectores y las miradas del auditorio, hasta el pequeño escenario que ha visto tantas veces desde su papelería. Por ahora, hasta ahora, es el único que ha llegado a ese lugar.

-Siéntese en la silla de la mitad -sugiere Pilar-: el protagonista es el protagonista.

-Veinte segundos -grita el coordinador.

-¿En dónde están los otros dos? -pregunta Lucero.

-Ahí están, ahí vienen -dice una voz desde detrás de las cámaras.

-Cinco, cuatro, tres, dos, uno -dice el coordinador.

-Y ahora, con nosotros, Pilar Navarro -dice el locutor del lado oscuro.

-Hola -dice Pilar-: estamos, en Semejante a la vida, con tres personajes maravillosos: Oscar Aguirre, Bernardo Valderrama y el señor Juan Fernando Marroquín. Oscar, mejor conocido como Piñita, fue unos de los payasos más influyentes del país hasta que sufrió un horrible accidente. Oscar: ¿podrías hablarnos un poco de esa tragedia?

-Yo iba con Compota y con Nenito en mi carro -dice Piñita.

-Compota y Nenito: los payasos que aparecían en tu programa.

-Exacto: acabábamos de salir de una grabación y estábamos un poco cansados y de un momento para otro un camión comenzó a perseguirnos.

-¿Porque sí?

-Porque sí, nos cerraba y trataba de sacarnos de la calle.

-Lo pregunto porque hay quienes dicen que ustedes, completamente borrachos, le mostraron sus partes nobles al conductor y a su hija de tres años.

El señor Marroquín acaba de descubrir qué está pasando y por eso está en el borde de la muerte. O por lo menos eso siente. Ya no siente su propio corazón. Da la vuelta y ve cómo el payaso Piñita, sin brazos y sin piernas, narra su horrible tragedia. Eso es. Es una imagen que no ha podido evitar: el payaso es sólo un tronco, no hay nada más, no queda nada. Habla, argumenta, se defiende. El público lo abuchea, lo aplaude, se ríe de sus comentarios. Y él, con la cabeza gacha, con su nariz roja y su cara pintada de blanco, encoge los hombros cuando el coordinador anuncia que ha llegado el nuevo corte de comerciales.

El señor Marroquín ve cómo Pilar desaparece, de nuevo, en la tras escena. Respira como si hasta ahora se hubiera dado cuenta de que tiene que hacerlo. A un lado, tiene a un payaso que trata de hacer reír a los niños, pero al final, hecho una cabeza y un pecho, sólo se aparece en sus pesadillas. Y, al otro, a su derecha, tiene a un hombre llamado Bernardo Valderrama que, según dice, ahora que hemos vuelto de los cortes comerciales y Pilar ha regresado, deshecha, desde las profundidades del teatro, fue, a los siete años, el mejor pianista del mundo.

-¿Y cómo llegaste a quedarte sin las dos manos? -pregunta Pilar.

-Mi papá nunca me pegaba -dice Valderrama-, pero ese día, el trece de enero de hace veinticinco años, no resistió mi mala educación y me pegó muchas veces con una regla.

-¿Eso fue todo? -pregunta Pilar.

-Mis manos eran muy delicadas -dice él-, no estaban preparadas para semejantes golpes: quedaron heridas y, como se fueron infectando con el paso de los días, al final tuvieron que cortarlas.

-Tuvo que ser muy duro para tu papá.

-Me acuerdo de que jamás pensé que fuera a ser tan grave: traté de convencer a mi papá de que algún día volverían a crecerme las manos, porque, claro, yo era un niño y estaba seguro de que todo le crecía a uno como las uñas o el pelo.

-Pero no -dice la derrota de Pilar-, no podemos volver atrás.

-Así es: jamás volví a tocar el piano ni pude ser policía ni bombero y mi papá, que era un hombre muy bueno, no resistió mi frase, mi “algún día volverán a crecerme”, y una mañana decidió pegarse un tiro.

-¿Y por eso tienes paralizada la mitad del cuerpo?

-Por eso -dice Valderrama-, porque, si tú te pones a pensar, Pilar, las manos son la mitad de la vida: no puedes cambiar un canal sin las manos, conducir un carro o un ascensor, saludar con valor a un enemigo, acariciar a la mujer de tus sueños o escribir una carta de amor.

-No me lo digas a mí -dice Pilar-: a veces me hace falta una tercera.

-Y perdí a mi papá y a todos mis amigos, o sea, a mi otra mitad, y resistí todo lo que pude hasta que una tarde, un primero de enero de hace doce años, decidí lanzarme desde el último piso de mi edificio.

-Y aquí estás para contar la historia -dice ella-: y aquí termina la segunda parte de este capítulo especial de Semejante a la vida: no se vayan, ahora volvemos con otro de nuestros errores de la naturaleza.

El señor Marroquín no puede creerlo. A su lado tiene dos seres deformes. Allá, en el público, hay una serie de mujeres con síndrome de Down, un par de obesas al borde del infarto y dos hermanas siamesas con bigote. Y ahora, en la inmensa pantalla del estudio, aparece un hombre feo, cabezón, peludo, calvo y jorobado. Tiene un ojo de vidrio, una frente achicharrada y un belfo gigantesco, y si él, el señor Marroquín, se mueve un poco a la derecha, o se agacha, o pone el cuello como un jarrón romano, el monstruo toma la decisión de imitarlo. Si el señor Marroquín sonríe, el engendro intenta una sonrisa. Si el señor Marroquín se rasca la nariz, el ser fabuloso hace lo mismo.

¿Dijo “nuestros errores de la naturaleza”? ¿Dijo eso? ¿No es un programa sobre estrellas de la televisión del pasado? ¿Qué caras estarán haciendo el muchacho, la cajera, los policías, el gamín y los demás clientes de la papelería? ¿Habrá sido él el último en darse cuenta de quién es ese hombre achatado y repugnante, ese gnomo baboso y grasiento que lo imita en la pantalla del estudio? Es él. Ese monstruo es él. Nadie más y nadie menos que él. El señor Marroquín, el mismo, el de la papelería, el que se quedó sin nadie cuando llegó el último capítulo de Mi familia es como las demás, el que fue humillado por un hombre con capucha en un callejón oxidado de la ciudad, el que ahora es observado, con desprecio, por las cámaras, las sillas y las pantallas. Él es el monstruo.

Cuando Pilar Navarro, ahora liviana y sonriente, vuelve de la tras escena y le pica un ojo y le señala su propia cara en el monitor, el señor Marroquín siente un profundo silencio en su interior como si todos sus órganos vitales hubieran dejado de funcionar, como si al final, de un golpe, hubiera descubierto que sí existía la música secreta de los pulmones, los riñones y el intestino. Su corazón es, en este preciso momento, una mano que se abre de repente. Su ojo de vidrio es lo único que se niega a cerrarse para siempre.

-Cinco, cuatro, tres, dos, uno -anuncia el coordinador.

-Volvemos a Semejante a la vida, a este capítulo de errores de la naturaleza, con una buena noticia -dice Pilar: habla, ahora, como si una secta le hubiera lavado el cerebro-: el programa saldrá del aire durante los próximos quince días, pero volverá con una hora más de duración, y mientras eso, mientras yo por fin conozco las islas de Aruba y Curazao, y termino mi relación con mi novio, el piloto, nuestro equipo creará un nuevo escenario y un par de nuevas secciones.

El público aplaude. Lucero, desde detrás de los paneles, siente que todo va a salir peor de lo que esperaba. Pilar, fuera de sí mientras los aplausos nacen, crecen y se reproducen, descubre que en el programa de hoy no hay ningún un hombre entre las monstruosas amas de casa del auditorio. No es, para nada, una buena señal. El letrero de neón se apaga y las espectadoras dejan de ovacionarla, y ella, Pilar Navarro, la presentadora que superará por siempre y para siempre los escándalos, las censuras y las desgracias conseguidas por sus propios errores, sabe que todos le van a hablar a sus nietos, de aquí a la eternidad, de la siguiente escena de horror.

El señor Marroquín se ha quedado sin aliento y sin latidos y no quiere responderle una pregunta. ¿Cómo es tu historia? ¿No quieres hablar? ¿No es cierto que te atracaron en un callejón? ¿Por qué no hablas? ¿No es cierto que aparecías en un programa de televisión y le jurabas a tu mamá que el mundo no era tan feo como todos los demás creían? ¿Estás nervioso? ¿Por qué no me miras? ¿No es cierto que ese día, el día cuando te atracaron, venías de un horrendo prostíbulo del centro de la ciudad? ¿Estás bien? ¿No es cierto que has mantenido relaciones sexuales con mujeres que habrían podido ser hombres en estrechas calles sin salida?

El señor Marroquín no responde y no va a responder. Está muerto.

-¿Está bien? -le pregunta la mano de Pilar-: ¿hay alguna enfermera entre el público?

-Pongan una cortinilla, hagan cualquier cosa -grita Gilberto Castilla.

Los clientes de la papelería se miran los unos a los otros. El policía gordo le da un puño a un estante y, cuando los vidrios caen al suelo, declara que detesta cuando se va la señal. El policía flaco no logra darle el beso a la cajera que, ante la imagen congelada de Pilar y el letrero “les pedimos disculpas por la interrupción: Semejante a la vida se reanudará en pocos instantes”, lanza una frase que podría ser “mierda, se los dije” o “esto no me gusta nada, nada”. El muchacho coge sus llaves y su billetera y sale, despavorido, de la papelería. Va a ir en un bus hasta el estudio para ver qué está pasando. No va a dejar que esa gente se burle de su jefe, de su segundo padre, de su maestro.

-Este man se chitió -asegura el coordinador del programa-: hay que llamar una ambulancia.

-Que nadie salga del estudio -dice la voz desde detrás de las cámaras.

-Pero si estaba bien hace un minuto -se queja Pilar-: recuérdenme que nunca vuelva a invitar a los tipos sensibles que conozca por la calle.

-No le suena el corazón -dice Lucero-, tuvo que ser un infarto, ¿cierto?, ¿ah?, ¿no es cierto que tuvo que ser un infarto?

-Pues entonces recuérdenme que jamás vuelva a invitar a un tipo tan frágil.

-Así son esos niños de la televisión -resume Gilberto Castilla-: se resisten a crecer un par de centímetros.

-Tiene algo en el bolsillo -dice Lucero-. Es una carta para Pilar.

-Eso a usted no le importa -dice Gilberto-: usted ya no trabaja aquí.

-¿Yo?: ¿yo qué hice? -pregunta Lucero.

-No ha hecho sino meterle a Pilar cuentos raros en la cabeza -dice Gilberto Castilla-: ¿un programa con errores de la naturaleza?, ¿le parece poco?: se nos va a venir el mundo encima: busque sus cosas, recójalas y lárguese: no quiero verla nunca más en mi canal.

Lucero quiere llorar, pero no les va dar ese placer. Y todo mientras Pilar, como si ya no la conociera, le recibe el sobre, lo abre y descubre que, debajo de una fotocopia de un ojo de vidrio, y dedicadas “a mi futura esposa”, están el autógrafo del señor Marroquín y la frase “el mundo no es tan feo, ¿no mamita?” Es un testamento inesperado que la obliga a sentarse en el suelo y a concentrarse, sin aire, en la absurda imagen de cuatro, cinco o seis franjas de todos los colores en la pequeña pantalla de un monitor. Es como cuando comienza o finaliza la programación. Hay rectángulos de colores y un timbre agudo que no está dispuesto a callarse. Eso es todo.

Eso es. Así termina. Pilar no ha puesto las reglas y no tiene por qué sentirse deprimida. Pero, por lo que ha venido y por lo que vendrá, les pide a todos que la dejen sola. Así sea por un momento.

PiedePágina • 2008